Un otoño para ser feliz Capítulo 24. Michelle #2
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Capítulo 24. Michelle #2

—Si llego a saber lo que me estaba perdiendo, habría venido antes —comenta, inclinándose hacia Cliff para darle un suave empujón en el hombro.

Como Cliff no puede dejar de ser Cliff, le sonríe y se lo devuelve. Algo me recorre la columna vertebral. Desvío los ojos y me meto un nuevo trozo del horrible estofado en la boca.

—¿Te apetece ocuparte del hotel? —pregunta Cliff.

Sara se endereza y asiente.

—¡Sí! Claro. Ya tengo algunas ideas para los cuadros del vestíbulo principal.

—¿En serio? —se interesa Cliff—. ¿Grandes planes de renovación?

Sara se encoge de hombros, más para sí que para él.

—No, lo más probable es que pinte durante los fines de semana.

—Seguro que a los huéspedes les encantan tus cuadros por toda la casa —la animo.

Sara adopta una expresión radiante y le da un nuevo sorbo al vino.

—Sí, quizá.

Durante la cena, hablamos de las decoraciones de Copper Run por Acción de Gracias.

Mi padre menciona que van a repetir los viejos adornos preferidos de los lugareños y que la plaza se ha llenado de banderines naranjas y marrones, cuernos de la abundancia y una cartulina bajo el cenador con pavos hechos con las manos de los niños de la escuela del pueblo.

Cliff anuncia, orgulloso, que el de Brittany es el del centro en la primera fila, ante lo que Emily gruñe, tapándose la boca con el tenedor.

Le doy un codazo y me devuelve una mirada de soslayo.

Sara nos deleita con relatos sobre la escuela de arte y Cliff no deja de insertar sus comentarios ingeniosos habituales.

Sara se echa a reír con cada uno de ellos y le toca el antebrazo al hacerlo.

Rechino las muelas. Creo que Cliff es divertido, pero tienes que pillarle el gusto.

Sara no ha tenido tiempo de llegar a ese punto aún.

O quizá fui yo quien no lo entendió cuando nos conocimos.

A lo mejor lo juzgué con demasiada aspereza.

Trago saliva, incómoda, y me ofrezco a recoger los platos, la mayoría llenos de una comida que la gente ya ha fingido disfrutar durante suficiente tiempo. Entro en la cocina. Rocket me sigue, se aovilla en la cama para perros y entierra el hocico bajo el cojín.

Suspiro.

—¿Estás molesto porque Britt no te saluda? —le susurro.

Exhala a través de la nariz.

—Lo siento.

La puerta se abre y entra Sara, tambaleante, con la copa de vino en la mano.

—¿Tienes otra botella? —pregunta, moviendo la copa entre risas.

Mi hermana tiene una pinta muy mona cuando está achispada. Sus mejillas sonrosadas y su sonrisa flanqueada por hoyuelos son la personificación del champán. Chispeante, dulce, siempre perfecto para eventos divertidos.

—Nunca te he visto beber tanto —comento con una sonrisa.

—Tú deberías beber más.

—No me gusta tomar alcohol —respondo. La realidad es que no me gusta perder el control de mi propio cuerpo.

—Es un gusto que he adquirido en la escuela de arte.

—¿Cómo tienes tiempo para pintar? —pregunto.

—No seas tan aburrida. —Esboza un mohín—. ¿Tenemos más vino?

Me estiro hacia el armario y rebusco más allá de la hilera de libros de cocina desgastados y usados, así como las falsas enredaderas colgantes; entre la colección de botellas de vino de mi madre. Cojo una.

—Vaya, menudo alijo tenía mamá —se sorprende Sara.

—Me quedé tan sorprendida como tú.

Levanta la copa vacía.

—Por mamá. Le encantaría saber que estamos aquí juntas.

Sara me da un abrazo lateral. Huele a frambuesas y chicle de fresa. De cerca, veo que se ha echado purpurina en las mejillas. No había visto a Sara en esta cocina nunca. El papel floral de las paredes va a juego con su top de color pastel. Encaja bien.

—Quizá el espíritu de mamá esté aquí —dice.

Se me tensa el estómago.

—No creo en fantasmas.

—¡Qué aguafiestas! —me provoca Sara.

Sonrío, clavo el sacacorchos en el tapón y tiro.

—Por cierto —dice, apartándose de mí y señalándome con el dedo—, tenías razón.

—¿En qué?

Pasea los ojos hasta la puerta cerrada y se inclina hacia mí.

—Cliff es muy mono.

El estómago me da un vuelco justo cuando el corcho sale con un «pop».

—Sí —concuerdo a toda prisa—. Sí, es… guapo, creo.

Dejo el tapón al lado del vino y estiro la mano hacia su copa. A punto está de dejar caer el tallo entre mis dedos. Lo cojo con las dos manos y Sara reprime una carcajada.

Comienzo a servirle el vino mientras con falsa timidez dice:

—Entonces…

—¿Entonces qué?

Estira su pequeña y preciosa bota en mi dirección.

—¿Hay algo ahí?

—¿Dónde?

—Entre Cliff y tú. Sé que dijiste que no, pero parece que algo ha cambiado.

La botella de vino tintinea contra la copa entre mis manos temblorosas.

—¿Entre nosotros? No. Ah, no, no, para nada.

—¿En serio?

—Sí, ¿por qué?

—A veces te mira… de forma extraña.

—Es un chico raro —bromeo, y al instante me siento mal por el insulto. Una cosa es llamarlo raro a la cara y otra hacerlo a sus espaldas.

—Hum… —Chasquea la lengua, pensativa—. Entonces, no sé… ¿Crees que podrías hacer de celestina entre los dos?

Siento que el corazón se me detiene, vuelve a latir y da un salto olímpico hasta mi garganta. Sigo vertiendo el vino en la copa, pero se me tensan los dedos alrededor del cuello de la botella. Juro que oigo la presión sanguínea en mis oídos.

—¿No eres un poco joven para él? —pregunto.

Suelta otro bufido, aunque no estoy segura de si se debe al desdén o a que ha tomado demasiado vino.

—Qué va. He salido con hombres más mayores.

—¿De verdad? —cuestiono con los ojos muy abiertos.

Sonríe y se coloca el índice frente a sus labios carnosos con un «shhh».

—¿De qué edad? —pregunto.

—No lo sé. De cuarenta y tantos.

—¡Sara!

Se echa a reír.

—No se lo cuentes a papá.

—Podría ser uno de sus amigos.

—Lo que tú digas —dice Sara, dándome un empujón en el brazo—. Bueno, a Cliff le gustan las rubias, ¿no?

—¿Sí?

—Me lo dijiste tú. —Sara se echa a reír—. Ay, madre, Shells, ¿estás tratando de emborracharme?

Advierto que he llenado la copa hasta casi el borde.

—Perdona. —Me he distraído—. Bueno, ¿cuándo dije que le gustaban rubias?

Despacio, le tiendo la copa y el vino se acerca de forma precaria al borde.

—Ah, ¿a Cliff? Claro, sí, al teléfono. Dijiste que os llevabais bien, pero que las rubias eran su tipo. Gracias a Dios porque es muy mono.

Eso dije, ¿no? Pero fue antes de Halloween, antes de… Bueno, nada, supongo. Según Cliff y yo, no ocurrió nada ni volverá a ocurrir. Además, está bien. Es como debería ser.

—¿Crees que podrías hablarle de mí? —insiste Sara—. Porfi, porfi, porfi.

Sara y Cliff. Cliff y Sara. Mi hermana y mi vecino encantador. Mi mejor amigo y mi hermana.

Sara entorna los ojos.

—A menos… que te guste a ti —añade, dejando la copa y poniendo las manos en alto—. No quiero pisar tu territorio.

Me doy cuenta demasiado tarde de que he fruncido el ceño.

—No —respondo a toda prisa, dejo escapar el aire y niego con la cabeza mientras me sirvo otra copa—. Dios, no. No, es Cliff. Es… No.

Entrecierra los ojos de nuevo.

—Pero parece que os lleváis muy bien.

Dejo la botella en la encimera con un golpe firme.

—En realidad, me llevo mejor con sus hijas —miento.

—Hum. Bueno, ¿crees que podrías…? —Se interrumpe mientras se muerde el labio inferior y golpea la puntera de mi zapato con el suyo.

Debería conseguir que se liaran. Tiene sentido. No voy a salir con Cliff, así que ¿por qué iba a arrebatarles esa posible felicidad? Al fin y al cabo, Sara será su vecina después de Año Nuevo y yo no. Si funciona, entonces mis dos personas favoritas serían felices.

Ella es un encanto. Cliff se merece tener a un encanto al lado después de todo por lo que ha pasado.

Vuelvo a colocar el corcho en la botella, que emite un chirrido.

—Si te gusta de verdad, le hablaré de ti.

Suelta un grito ahogado y da un par de brincos hacia mí.

—¿En serio?

—Claro.

Sara me agarra de las manos.

—Gracias. ¡Gracias, gracias!

Me obligo a sonreír y la empujo hacia el comedor. Coge la copa y, traviesa, atrapa la botella de vino antes de desaparecer por la puerta.

En cuanto se marcha de la cocina, me dejo caer contra la encimera. Desde el suelo, oigo un ladrido grave. Inclino la cabeza sobre el hombro para fulminar a Rocket con la mirada.

—¿Sí? —pregunto.

Pestañea con lentitud, pasea los ojos hasta la puerta y vuelve a centrarlos en mí.

«¿De verdad quieres que esté con Tipo Divertido?».

—Tampoco es tan divertido —farfullo.

«Me ha hecho reír una o dos veces».

—Ah, ¿qué sabrás tú del humor? —bufo. Luego, le doy un sorbo a mi copa y cruzo la puerta de vuelta al comedor.