Capítulo 24. Michelle
MICHELLE
El paraguas de mi hermana se abre como una flor, rosa y precioso, a juego con su enorme sonrisa.
—¡Hola, caracola! —Sara echa a correr. Ignora el camino de acceso o el sendero de adoquines y opta por cruzar el jardín embarrado, levantando trozos de césped con las botas de agua.
—Espera, ¡sal de la hierba! —exclamo sobre el sonido rítmico de la lluvia.
Sara no me escucha, o le da igual, porque sigue corriendo, se cuela bajo el toldo del porche y echa a un lado el paraguas abierto antes de abrazarme con tanta fuerza que me estruja los huesos.
—Ah, te he echado de menos —dice con un suspiro.
Es más baja que yo, metro sesenta en comparación con mi metro ochenta, de ahí que se acurruque contra mí y entierre la cara en mi pecho como si fuera la madriguera de un conejo.
—Para —gruño entre carcajadas de agotamiento.
—No sabía que ese era el «hola» habitual —interviene Cliff, reclinado a cierta distancia con las manos en los bolsillos—. Llevo meses saludándote mal.
Le doy un codazo y se le escapa un quejido con una sonrisa.
—¿Qué tal el viaje? —le pregunto a mi hermana.
—Terrible —se queja esta—. Nuestro coche de alquiler estaba a punto de quedarse tirado. Me he pasado la última hora aterrada.
—A veces creo que lo hacen a propósito —comenta Cliff—. Como si fuera un juego de supervivencia. A ver quién logra abrirse paso en la selva. O en la carretera.
Sara desvía con lentitud los ojos hacia mi vecino, pero no tardan en oscurecerse.
Me tenso, siguiendo la mirada hasta él. Cliff tiene el mismo aspecto de siempre.
Lleva su camisa de franela habitual bajo un jersey de punto.
Sus botas son de color marrón, toscas, con pequeñas marcas de la pastelería.
Sara arquea una ceja, curiosa, mientras lo estudia, desde su sonrisa hasta las muñecas definidas que se intuyen dentro de los bolsillos del pantalón.
Pensaba que solo yo me había fijado en sus muñecas.
Mi hermana le tiende la mano.
—Hola. Sara.
Desvergonzada, se muerde el labio inferior antes de dedicarle una sonrisa radiante en la que se le marcan los hoyuelos. Cliff se saca la mano del bolsillo y se la estrecha. Sara observa su mano grande, llena de venas.
—Cliff. Soy el vecino de al lado.
—Eso he oído.
—¿En serio? —Sin retirar la mano, Cliff pasea los ojos hasta mí con una sonrisa torcida y la vuelve a centrar en ella.
Y siguen estrechándose la mano.
No se sueltan. Es parecido a nuestros apretones. Se me forma un nudo en la garganta.
—Bueno, me alegra conocerte por fin —le dice Cliff.
Y siguen estrechándose la mano.
Sara sonríe, agita una vez más el brazo y le revela los hoyuelos en todo su esplendor. Adorable.
—El placer es mío.
Quien haya dicho que hoy haría un frío día de lluvia mentía porque, de repente, noto una oleada de calor. Me aclaro la garganta y bajo los escalones del porche sin paraguas.
—Voy a ver a papá.
—¿Necesitas ayuda? —grita Cliff detrás de mí.
—No hace falta.
Utilizo los brazos para protegerme de la lluvia hasta que llego al coche de alquiler. Tiro una vez del manillar. Dos. La puerta se abre al fin. Me cuelo dentro, sobre el cuero marrón chirriante, y la cierro a mi paso.
Mi padre, sentado en el asiento del conductor, deja escapar un lento suspiro. Los demás sonidos solo son las chispeantes gotas de lluvia en el capó y el suave murmullo de Bob Dylan en la radio.
—Hola, papá.
Sonríe, pero el gesto no le llega a los ojos.
—Hola, caracola.
Mi padre tiene mejor aspecto que hace unos meses. Ha ganado algo de peso y se ha lavado los pocos pelos que le quedan en la calva. Pero no ha perdido esa mirada distante y apagada. Sigo sus ojos hasta el coche aparcado en el extremo del aparcamiento. El coche de mi madre, cubierto de hojas mojadas.
—¿Qué tal el viaje? —pregunto para cambiar de tema, aunque no lo hayamos tratado en voz alta.
—Bien, un poco lluvioso.
—¿Todo el camino?
—La última mitad.
—Ha venido Cliff —comento—. Tiene ganas de verte. Se quedará a cenar, con sus hijas y Carol.
—Ah, Cliff —suspira, mirándome al fin con una media sonrisa—. ¡Qué personaje! Pero es buen chico.
—Le he dicho lo mismo. A ver, le dije a Rocket que era un buen chico y él pensó… —Sonrío y muevo las manos en el aire—. ¿Sabes qué? Da igual.
Me siento estúpida por contar mis historias sobre este pueblo, sobre todo las que tienen que ver con Cliff, que no parecen tan divertidas una vez pasado el momento.
El poco tiempo que mi padre ha dedicado a pensar en algo alegre se ve reemplazado con lentitud por la melancolía cuando advierte la estatua del querubín cerca del porche, con alas diminutas, gruesos tobillos y una sonrisa traviesa.
—A tu madre le encantaba —comenta—. ¿Sabías que se llama Stu?
—No, Cliff lo llama Robbie Robusto. —Uno de nuestros muchos chistes privados.
Mi padre suelta una carcajada. No desprende demasiado entusiasmo, pero es lo máximo que voy a conseguir. Suspira. Le coloco una mano en el antebrazo.
—¿Te encuentras bien al estar aquí? —pregunto.
Me da golpecitos en la rodilla.
—No querría estar en ningún otro sitio en Acción de Gracias.
—Seguro que Lisa y George estarán encantados de tenerte en el pueblo.
—¿Qué tal están?
—Tan cotillas como siempre —digo con una suave sonrisa—, pero bien.
—¿Y el hotel? —se interesa, y su tono se torna preocupado—. ¿Cómo va?
—Genial —contesto con confianza—. De hecho, he horneado unos rollos de canela. Están recién hechos. Me han dicho que están divinos.
Mi padre asiente.
—Bien, Shells. Bien.
—Vamos dentro, ¿vale?
Sin embargo, antes de que pueda salir del coche, mi padre estira el brazo para detenerme. Paso los ojos de sus dedos en mi antebrazo a su cara.
—¿Todo bien? —pregunto.
—Me gusta que vuelvas a sonreír.
El corazón me da un vuelco y dejo escapar una carcajada ahogada.
—Bueno, es difícil no hacerlo cuando Sara y tú estáis aquí.
—No es por mí —me asegura, dedicándome una mirada intensa—. Te ha picado el gusanillo de este pueblo. Lo noto.
Por alguna razón, se me forma un nudo en la garganta.
—Venga —respondo con una suave sonrisa—. Vamos dentro.
Esta noche, el comedor de Bird & Breakfast está más lleno que nunca.
En un extremo de la larga mesa estamos Emily, mi padre, George y yo.
Frente a nosotros, Sara, Cliff, Carol y Lisa.
En la cabecera, lo más lejos posible de Rocket, tumbado a mis pies, se sienta Brittany, quien pasa de incorporarse orgullosa en la silla a removerse con cautela mientras observa con desconfianza al perro.
—Este estofado está buenísimo —recalca Cliff, levantando el tenedor lleno—. Muy rico, Michelle.
Objetivamente no está bueno. Emily me ha ayudado a hacer el asado a primera hora de la tarde. Se ha quedado seco, pero Cliff no deja de halagarlo en voz alta, casi como si quisiera crear una cacofonía de asentimientos procedente del resto de la mesa.
Parto un trozo y me inclino para permitir que Rocket lo olfatee. El perro gira la cabeza.
«No me envenenes, Shelly».
Siempre puedo contar con la sinceridad de Rocket. Pero, cuando Cliff se estira bajo la mesa con un pedazo de pan, Rocket se acerca y se lo arrebata de los dedos. Desde Halloween, Cliff parece caerle un poco mejor.
«¿Ves? Le gusta», vocaliza Cliff sin emitir ruido antes de dedicarme un guiño.
El aire se me atasca en la garganta y comienzo a toser, por lo que me abalanzo hacia el agua para frenar el ataque. Emily me da golpecitos en la espalda, al mismo tiempo que el corazón se me acelera con tanta fuerza en el pecho que me preocupa que estalle. Ese guiño debería ser ilegal.
—Bueno —dice Cliff tras apartar el plato y juntar las yemas de los dedos de las dos manos—, ¿qué tal en California, Paulie? ¿Has tomado mucho el sol?
Mi padre sonríe.
—Allí hace buen tiempo todos los días. —Su respuesta es apresurada y tan seca que no da lugar a continuar con la conversación. Se bebe la copa de vino y George le da unas palmaditas en el brazo.
—Genial —añade Cliff despacio, con una sonrisa forzada.
Me mira con los ojos muy abiertos, como si dijera: «¿Y ahora qué?». Me aclaro la garganta.
—Sara, ¿qué tal van las clases? Emily se muere por oírte hablar de ellas.
Emily suelta una carcajada nerviosa.
—Tampoco me muero por oírlo.
Intenta parecer guay. Curvo los labios y Cliff niega con la cabeza, poniendo los ojos en blanco con una sonrisa.
—Te he visto, papá —se queja Emily con una mueca.
—No has visto nada —contraataca él.
Sara se inclina hacia Emily.
—La escuela de arte te encantaría. Tenemos que pasarnos la noche dibujando para cumplir las fechas de entrega. Y nos despertamos pronto para oír las críticas.
Emily arruga la nariz.
—No parece nada divertido.
Cliff me mira y siento cómo se tensa el hilo entre los dos. Es una cuerda que nos conecta a ambos, a través de la que intercambiamos una mirada cómplice que no advierte nadie más.
—No hay nada mejor que una sesión nocturna, aunque todos estén cansados por la mañana. Siempre suele haber alguien en el estudio, así que la energía creativa no para de vibrar. Y a veces metemos bebidas a escondidas.
Emily se incorpora.
—Ahí quería yo llegar. ¿Me pasáis el vino, por favor?
—Em —dice Cliff—, tienes dieciséis años.
—Tienes dieciséis años —repite Brittany con una risita, queriendo formar parte de la discusión.
—Tampoco me queda tanto para cumplir veintiuno —refunfuña la mayor.
—Cinco años —la contradice Cliff—. Hace cinco años, tenías once.
Carol le da un sorbo a su copa.
—Sí, pero no te está pidiendo beber con once.
Cliff pone las manos en alto.
—Vale, me estáis complicando la vida porque sí.
—Papá, ¿puedo beber? —pregunta Brittany.
—¿Veis lo que os digo? —farfulla.
Emily levanta el índice y el pulgar para colocarse una «l» de «lerdo» en la frente.
Yo dejo el tenedor en la mesa.
—Muy bien, alejemos la conversación del club de la comedia de los Burke.
—¡Oye! —exclama Cliff con una carcajada antes de coger un trozo de brócoli y lanzármelo al plato.
—Solo digo la verdad.
Sara pasea la mirada de uno a otro y pestañea ante el rápido intercambio de palabras. Luego, se echa a reír.