Un otoño para ser feliz Capítulo 23. Cliff
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Capítulo 23. Cliff

CLIFF

—Brittany, bájate de ahí. Lo siento, George.

El anciano desestima mi comentario con la mano y una sonrisa. Brittany mece las piernas de delante hacia atrás sobre el mostrador. Golpea con los talones el cartel que tiene colgado debajo.

—Britt Britt, vuelve a la cocina. —Le doy un golpecito en la espalda para indicarle que se baje—. Seguro que a la tía Carol le encantará oír un relato detallado de la pelea de Steve de anoche.

Brittany forma una enorme «o» con los labios antes de bajar de un salto y correr a la cocina. Suspiro y me paso una mano por el pelo.

—¿No se quedaba en el hotel después de clase? —pregunta George.

Apoyo las manos en el mostrador.

—¿Vas a querer los dónuts o no?

—Sí.

—Bien, entonces, no hagas preguntas, por favor.

—¿Es por Halloween?

—George… —le advierto, enfadado.

Pone las manos en alto.

—Te los llevaré al coche en un segundo.

Farfulla su conformidad. Luego, al salir por la puerta, la campanilla tintinea.

Vuelvo a la cocina y me encuentro a mi hermana asintiendo con los ojos muy abiertos mientras Brittany le cuenta el combate de lucha más reciente.

—¿En serio? Vaya —responde Carol, fingiendo interés.

Apoyo la cadera al lado de Brittany, sentada en la mesa de trabajo.

—También hizo esto que…

—¿No tienes deberes? —intervengo.

Se interrumpe en mitad de la frase y asiente.

—Ajá.

—Perfecto. Ve a mi despacho, empiézalos y, después, cerraré la puerta y tiraré la llave.

—¡Papá! —exclama entre risas.

—Vamos. Hoy no paras quieta —digo, colando las manos bajo sus axilas para levantarla—. ¿Te han dado crack en clase?

—Picapica —responde mientras la llevo apoyada en la cadera.

—Parecido —musito, abriendo la puerta del despacho de una patada.

Mi escritorio está hecho un desastre. Los papeles, que, debo admitir, nunca han estado demasiado organizados, caen por el borde del escritorio y flotan hasta el suelo debido a la ráfaga de aire de la puerta abierta.

Los comprobantes de pago de los pedidos sobresalen de la fiambrera donde los tengo y algunos de los números mecanografiados se han emborronado por alguna mancha de glaseado.

Nada está donde debería. He estado distraído, como mínimo.

De forma brusca, paso el brazo por el escritorio para amontonarlo todo a un lado. Uno o dos bolígrafos repiquetean sobre el suelo.

—¿Te has traído la mochila? —pregunto.

—¡Sí! —Brittany señala una esquina.

Da vueltas en la silla de oficina mientras la abro, saco el archivador y lo coloco en el escritorio. Luego, agarro el respaldo de la silla para detenerla.

—Los lápices están aquí. —Le acerco una taza llena de lápices y bolígrafos—. Las botellas de agua están detrás de ti. La máquina de café está en ese rincón. Sé que no puedes vivir sin ella.

Se echa a reír.

—No bebo café.

La beso en la frente.

—Vendré a verte dentro de una hora, ¿vale? El reloj está ahí, por si quieres controlar el tiempo. —Señalo el reloj de pared, que emite un tictac lo bastante fuerte como para que parezca un metrónomo en mi abarrotado cerebro.

—Entendido —responde, cogiendo un lápiz de la taza.

Me dirijo a la puerta, pero grita:

—¡Papá!

—¿Sí?

—No vas a cerrarla con llave, ¿verdad?

Pongo los ojos en blanco con una sonrisa.

—Claro que no.

Tras cerrar la puerta a mis espaldas, me arrastro hasta la cocina con un suspiro.

Tras Halloween, la semana ha sido larga.

Brittany no se acerca al hotel por miedo a Rocket, por lo que ahora se queda en la pastelería después de las clases.

Emily casi no me habla. Y hemos ocultado bajo la alfombra todo lo que ocurrió entre Michelle y yo. Una maravilla.

«No». La voz de Emily vuelve a rondarme la cabeza.

La otra noche, volví a soñar con Halloween. Durante un momento fugaz, sentí que estaba ahí, recorriendo con las manos la espalda de Michelle, las costillas, la mejilla. Pero me desperté, y lo único que pude ver fue el ventilador de techo dando vueltas.

No logro desprenderme de su sabor. Me he dado cuenta de que todo lo que he intentado hornearle no es nada comparado con la realidad. No es canela, es miel en todo momento, y necesito volver a probarla.

—Lamento que hayas perdido a tu canguro gratis —comenta Carol.

Me paso una mano por el pelo, pero no sirve de nada para mantenerlo apartado de los ojos.

—No podemos evitar que a Brittany le dé miedo Rocket —respondo con un suspiro—. Es comprensible, pero que hubiera menos caos en la pastelería sería agradable.

La campana sobre la puerta vuelve a tintinear.

—Dame un minuto, George —grito.

Corro a guardar los dónuts que se están enfriando en la rejilla. Carol pasa a mi lado.

—Ya lo tranquilizo yo.

—Gracias. —Suelto una carcajada y le doy una palmada en el hombro.

Pero, cuando estoy pasando los dónuts de la bandeja a la caja, Carol vuelve.

—Es Michelle —anuncia—. Quiere tres tartas de melocotón.

Solo su nombre logra subirme el corazón a la garganta.

—¿Tres? —Una carcajada borbotea en mi interior—. Es peor que George.

Giro la esquina hacia la parte principal del local.

Fuera está lloviendo, las gotas golpean la acera y salpican los escaparates.

Sin embargo, en el centro del vestíbulo, está la única mujer que podría conseguir que un día lluvioso me pareciera la mitad de malo.

Quizá sea porque es una nube de tormenta aún mayor, lo cual adoro.

A sus pies, Rocket está sentado, moviendo la nariz, sin duda olfateando los últimos cruasanes del día que estoy terminando de hacer en el horno.

—¿Tres tartas de melocotón? —le pregunto a Michelle—. ¿En serio?

Encoge un único hombro.

—No, solo galletas. Y un buñuelo de manzana.

—¿Querías captar mi atención?

—Sí.

—Supongo que el buñuelo de manzana es para Emily, ¿no?

—Se te da demasiado bien.

—Conozco a mi hija.

Rebusco entre las hojas de pedidos mientras emito un clic tras otro con el bolígrafo.

Lo estoy agarrando con torpeza porque no puedo evitar sentirme de los nervios.

Nos va bien siendo amigos, pero cada vez que está cerca noto cómo se me contrae el pecho.

Olvidar el sabor de sus labios no es algo que pueda hacer de la noche a la mañana… o tras siete días.

—Entonces ¿el viejo Paulie va a venir al pueblo? —pregunto, obligándome a darle conversación.

No me gustan los silencios largos que se forman entre nosotros y, cuando les añado una sonrisa, me da la impresión de que el gesto es poco natural.

—El viejo Paulie —susurra Michelle con una mueca divertida—. Sí, mi padre y mi hermana llegarán la semana que viene.

—¿Tienes ganas?

—Sí —suspira—. Parece que mi padre está mucho mejor. Y mi hermana está emocionada por venir. Le encanta viajar, sea adonde sea. Es una hippy de corazón.

—Deberíamos comprarle una autocaravana.

—A Sara le encantaría.

Me echo a reír.

—Bueno, estoy deseando conocerla. Si es la mitad de directa que tú, habré aprendido muchas cosas sobre mí mismo antes de que se acabe el mes.

—No, Sara es más maja que yo —dice—. Un encanto. Agradable. Generosa.

—Igual que tú. Has renunciado a mucho para estar aquí en su lugar —observo.

De repente, se queda callada y pestañea, como si nunca se hubiera planteado el sacrificio. Claro que no.

—Bueno —recalcula—, para mí ella es lo más importante del mundo.

La manera en la que se le ponen los ojos vidriosos al decirlo hace que se me curven las comisuras de los labios. Su sonrisa es una mezcla de admiración y alegría. Siento que estoy viendo algo que no debería.

Rocket olfatea el asiento cerca de la puerta, pero permanece de pie, firme, a su lado. Siempre parece una estatua.

Michelle me pilla mirándolo.

—Rocket la echa de menos —comenta.

—¿Sí?

No lo culpo por lo de Halloween. Es un perro, al fin y al cabo. El mejor amigo del hombre…, más que el mejor amigo de una niña.

Abro la vitrina y saco una galleta. Parto un trozo y rodeo el mostrador. Rocket me observa con una mirada cautelosa cuando me agacho y se lo tiendo. Tras olfatearlo, se acerca, paseando los ojos con desconfianza de la comida a mí antes de comérselo de mi mano.

Me tenso, más de lo que debería un hombre adulto, pero, cuando le doy un golpecito en la cabeza y se apoya en mis dedos, me doy cuenta de que no es tan malo como pensaba.

—La espera junto a la puerta trasera todos los días —continúa Michelle.

—¿Igual que tú me esperas en el porche frontal? —pregunto.

Suelta un bufido, boquiabierta, pero acaba esbozando una sonrisa nerviosa.

—No es verdad.

—Oye, puedes admitirlo. No se me subirá a la cabeza. Y estoy seguro de que me bajarías los humos si ocurriera.

—Eres un plasta.

—¿Ves? —le indico.

Se desliza el colgante por la delicada cadena mientras reprime una carcajada. Yo me levanto y vuelvo tras el mostrador.

—Entonces ¿cómo puedo ayudarte con la visita de tu familia al pueblo?

—No lo sé —contesta—. ¿Cómo puedo ayudarte a que Brittany se sienta cómoda con Rocket de nuevo?

—Ah, ninguno de los dos tiene respuestas. —Sonrío.

—¿Alguna novedad? —pregunta Michelle.

—Ninguna.

Entonces, justo cuando me estoy dedicando a apuntar su pedido con una sonrisa permanente en el rostro gracias a nuestra charla, Michelle dice:

—Lo dije en Halloween y lo pienso de verdad. De-deberías volver al mercado.

Clavo el bolígrafo en la hoja.

No desvío los ojos del papel mientras trato de preguntar con un tono casual:

—¿A qué mercado?

—Al de las citas.

—¿Debería? —añado, tenso.

—Deberías —me confirma—. Han pasado dos años. Te mereces una segunda oportunidad para ser feliz.

Suelto una débil carcajada.

—Sí, puede. No sé. —Me froto la nuca, aún sin poder mirarla—. No he salido con nadie que no fuera Tracy. ¿Qué clase de conversación se tiene mientras se cena? «¿Pollo para ti? Entonces, cerdo para mí. No está mal. Pero el vino no te lo puedo recomendar. Sabe fatal».

—¿Vas a hablar en verso todo el rato o solo ha sido un arrebato?

—Ahora lo estás haciendo tú también. ¿Ves? Es contagioso.

Se ríe.

—En serio. Consigue una cita, a ver qué pasa. Sé tú mismo.

—Porque eso me funcionó a las mil maravillas la primera vez.

Por fin la miro. Tiene las cejas arqueadas en el centro de la frente.

—Quiero que seas feliz, Cliff.

No quiero tener ninguna cita con nadie. Y no se debe a que esté nervioso, sino a que deseo salir con la nube de tormenta que tengo frente a mí. Deseo lo inalcanzable. El problema es que no puedo negarme a ninguna de sus peticiones.

—Vale, volveré al mercado —cedo.

Sonríe.

—Tendré la antena conectada. A Lisa le entran sofocos cuando te ve.

—No me van las mujeres casadas —replico, burlón, poniendo los ojos en blanco. Aunque no logro aplacar la presión en el pecho.

Dos meses.

Se va dentro de dos meses.

A mi espalda, unas diminutas pisadas hacen eco desde la cocina. Brittany estudia a Rocket desde detrás del mostrador. Cuando el perro por fin la ve, la niña vuelve a esconder la cabeza.

—Tardará un tiempo —le digo al animal.

Por desgracia, tiempo es lo que nos falta a los dos.