Un otoño para ser feliz Capítulo 22. Michelle
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Capítulo 22. Michelle

MICHELLE

Brittany ya no viene a casa. Los días que, en el pasado, estaban llenos de risas infantiles ahora solo cuentan con la apagada monotonía del zumbido de la televisión que muestra algún partido diurno.

Rocket se tumba en la puerta trasera a esperarla todos los días sobre las tres, como si fuera a bajar del autobús del colegio en cualquier momento. Le he dicho varias veces que no va a ocurrir, pero no creo que me escuche. O, al menos, finge no hacerlo.

El tiempo ventoso de octubre se ha visto reemplazado por el frío penetrante de noviembre. Cada vez llueve más, arrancando las últimas hojas de los árboles, que flotan hasta posarse en montones húmedos en el jardín. Ya no crujen bajo mis botas y son imposibles de rastrillar.

Cada vez contactan menos conmigo desde la oficina en Seattle, lo que me tiene de los nervios.

He enviado por fax algunos informes e ideas, pero no he recibido respuesta.

No estoy lo bastante desesperada como para llamar, por lo que me centro en la publicidad del hotel.

Es algo con lo que distraerme, que me hace sentir como en casa de nuevo.

Todas las tardes, le doy sorbos al café, envuelta en un jersey y una manta, rodeada de papeleo.

Observo cómo Cliff aparca en el camino de entrada con Brittany y a diario me pregunto si vendrá corriendo, pero, en cuanto ve que Rocket está tumbado a mi lado, con la correa atada a un barrote de la barandilla del porche, se apresura a entrar en casa.

Cliff viene a visitarme casi todas las noches cuando las niñas se duermen. Se deja caer en el balancín con un suspiro y me arrebata los documentos.

—Ya has acabado por hoy —anuncia, y se lo concedo.

—¿Alguna novedad sobre Brittany? —pregunto.

—Rocket sigue siendo su enemigo número uno.

Me agacho para acariciarlo.

—Lo siento, chaval.

El perro esquiva mi mano y se aleja todo lo que se lo permite la correa. Luego, se deja caer en el suelo. No está feliz con nadie.

Los huéspedes de Bird algo de lo que sin duda me reiré en el futuro porque lo único que puedo tener con Cliff es una amistad platónica.

Una en la que sonrío ante su risa grave y sus preciosas arrugas junto a los ojos.

Una en la que me imagino acariciándole con los dedos la pequeña cicatriz sobre el labio.

Las noches llenas de risas son muy distintas a mis tardes sobrias. Emily se deja caer en el sofá del salón casi todos los días después del trabajo, hace zapping y acaba viendo algún vídeo musical llamativo y dinámico en la MTV.

Hoy ocurre lo mismo. Emily está reclinada en el sofá, con una mejilla apoyada en la mano y una camisa roja de franela demasiado grande sobre un top corto, mirando la televisión. La lluvia marca un ritmo suave contra las ventanas, haciendo que la escena sea mucho más deprimente.

—¿Sigues enfadada con tu padre? —pregunto, apoyándome en el marco de madera con los brazos cruzados.

—Sí —musita.

—Ha pasado una semana.

—¿Y?

—Tu hermana lo ha superado. Y le han dado puntos.

—A ella no la mandaron a tomar por culo.

Desvío los ojos hacia la huésped solitaria situada en el banco lleno de cojines en el alféizar de la ventana. Observa el patio lluvioso y no parece importarle la presencia de una chica maleducada y aletargada en el sofá.

—Número uno —le susurro a Emily—: nada de usar ese lenguaje cerca de los clientes, por favor.

Se estremece.

—Lo siento.

—Número dos: Cliff no dijo nada de eso y lo sabes.

Emily gruñe.

—Lo dijo sin decirlo. Es igual que mi madre. Y ahora me va a mandar también lejos en Acción de Gracias. Él tampoco me soporta. Soy la pelota que no dejan de pasarse de uno a otro.

Me reiría si no me entristeciera tanto. Cliff me ha contado que Brittany está encantada con irse a Nueva York por Acción de Gracias, pero Emily… no tanto. Y lo está convirtiendo en un problema de todos.

—No es cierto —contraataco—. Tu madre quiere verte en Acción de Gracias.

Pone los ojos en blanco de manera tan exagerada que por un momento me preocupa que se le queden así.

—Sé leer entre líneas —declara.

La mujer del banco acolchado cerca de la ventana levanta la mano como si estuviera en clase.

Sonrío.

—Hola, Marge. ¿En qué puedo ayudarte?

—¿Puedo tomarme un café de media tarde?

—Claro. Ahora preparo uno. Y también haré pronto algunas galletas, si te apetecen.

Marge asiente, satisfecha. Luego, sigue mirando por la ventana. Es una de mis huéspedes más tranquilas. Aunque hace muchas preguntas, prefiero sus peticiones antes que las de las familias demasiado ruidosas.

De camino a la cocina, me detengo delante de Emily, colocándome en su línea de visión ante el televisor. Ladea la cabeza para intentar mirar detrás de mí.

—Tu padre no lo hizo adrede —digo de nuevo—. Fue un Halloween complicado.

Se endereza entre los chirridos del sofá. Entonces, me coloco las manos en las caderas.

—Si sigues lamentándote, no dejaré que conozcas a mi hermana.

Con eso consigo atraer su atención.

—¿Qué? —pregunta, incorporándose a duras penas—. ¿La hermana guay que estudia arte en California?

Casi me lo tomo como un insulto, pero mi hermana es la hermana guay, sí. Es alegre y maravillosa. Encandilará a todas las personas del pueblo mucho antes que yo. Aún no he hablado con el hombre corpulento que dirige la tienda de tecnología y creo que es demasiado raro empezar a hacerlo ahora.

—Sí —respondo—. Pero, si vas a estar enfurruñada todo el rato —la señalo con el dedo—, me veré obligada a decirle que siempre te portas así, que eres una aburrida y un poco desagradable…

—¡Estoy sonriendo! ¿Ves? Estoy sonriendo. —Una sonrisa enorme y exagerada, toda llena de dientes, se extiende por el rostro de Emily—. Tengo muchas cosas que preguntarle. ¿Cómo es California? ¿Es tan perfecto como parece?

Me llevo las manos a la boca para reprimir una carca-jada.

—Vale, ves demasiada televisión.

—Pareceré feliz —asegura, sonriendo de oreja a oreja de nuevo.

Suelto un bufido.

—Voy a hacer galletas.

—Guárdame alguna.

Entro en la cocina. Rebusco en los armarios antes de darme cuenta de que me he quedado sin pepitas de chocolate. Suspiro, pero lo cierto es que no me molesta tener que darme una vuelta por la plaza.

«¿Para qué hacer galletas cuando soy amiga del pastelero local?».

Vuelvo al salón y cojo el monedero de mi madre de la pared. Rocket se gira desde su puesto de centinela cerca de la ventana, siempre en busca de su compañera de juegos perdida.

—Ahora vuelvo —le digo a Emily—. ¿Te importaría preparar el café por mí?

—Pensaba que ibas a hacer galletas.

—Me he quedado sin pepitas de chocolate.

Asiente con lentitud.

—¿Vas a ver a mi padre?

—Hace las mejores galletas del mundo, ¿verdad?

—Bueno.

Cambia la expresión, como si visitar a Cliff fuera una traición. No le señalo que lleva puesta su camisa de franela.

—Ahora vuelvo —anuncio—. Y veré si puede añadir también al pedido una magdalena.

—Un buñuelo de manzana —me corrige Emily.

La miro de reojo y sonrío.

—Un buñuelo de manzana.

Rocket se pone en pie y se detiene ante la puerta, a la espera de que le ponga la correa.

—Llueve demasiado.

Resopla. «No me importa».

Lleva de mal humor desde Halloween, más de lo habitual. Está deseoso de salir de casa. Quizá nos venga bien a los dos marcharnos. No se sentirá alicaído por culpa de Brittany y yo no me sentiré desesperada por aprovechar cada momento con el encantador pastelero local.

Es patético. Egoísta.

Dentro de dos meses, Rocket y yo podremos volver a nuestra versión cómoda y menos confusa de la felicidad.