Un otoño para ser feliz Capítulo 21. Cliff
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Capítulo 21. Cliff

CLIFF

El viaje de vuelta a casa desde urgencias me parece más largo que el de ida. Brittany se ha quedado frita en el asiento del acompañante con una enorme tirita que le cubre la rodilla y los puntos que le han dado en ella. Tres, para ser más exactos. Un número que no olvidaré en un futuro cercano.

—Tres puntos —ha repetido Tracy al teléfono.

En ese momento, notaba el corazón en la garganta.

Desearía haber tenido tiempo para tranquilizarme, pero no estaba seguro de cuánto estaríamos en la sala de espera y ya había echado un centavo, así que una bronca al precio de un centavo sería mi castigo hasta que la llamada se cortara de manera inevitable.

—Me gustaría que pasaran Acción de Gracias conmigo este año —ha dicho.

Casi me he desmayado en el sitio.

—¿Qué? Ya vas a venir en Navidad.

—Quiero que vengan.

—Trace —he susurrado, pellizcándome la nariz, al tiempo que trataba de hacerle entrar en razón—. No lo dirás en serio.

—Clifford, creo… Creo que lo necesito.

La notaba nerviosa. Asustada. Incómoda con todo. Y lo he entendido, pero me he sentido como si alguien tirara de la alfombra bajo mis pies.

—A ver, estás dejando que juegue con un perro cualquiera sin vigilarla.

—El perro no le hizo nada. Se asustó.

—¿Y dónde estaba Emily?

—Allí —le he asegurado—. Nadie podría haber hecho nada.

—Podrías no haber permitido que nuestra hija se hiciera amiga de un animal.

En ese momento, he apoyado la cabeza en la fría cabina.

—Trace, por favor, no te las lleves en Acción de Gracias. —Mi propia súplica me ha parecido desagradable, pero las palabras ya habían surgido de entre mis labios—. Es su celebración favorita. Siempre organizamos una gran cena con todo el vecindario.

—Pero pueden ver el desfile de Acción de Gracias de Macy’s en persona. ¿No les encantaría?

Claro que a Brittany le encantaría verlo. Incluso Emily disfrutaría del espectáculo. Pero eso significaría no pasar ese día conmigo. No quiero que se vayan en esas fechas.

—Sí, pero… —Aunque no me he sentido tan desesperado en mi vida, no he encontrado ni un solo argumento que no fuera egoísta.

—Quiero pasar ese festivo con ellas —ha sentenciado Tracy—. ¿Crees que no pienso todos los días en mis niñas?

No. Pero no podía decírselo, por eso he respondido: «Sí, tiene sentido», «Sí, les encantará ver el desfile» y «Siempre y cuando vuelvan al día siguiente», ante lo que no he encontrado ninguna resistencia.

Ahora, miro a Brittany, que tiene la cabeza caída sobre el cinturón y los labios entreabiertos mientras deja escapar suaves ronquidos, como los de un cachorro.

«¿Cómo diablos voy a contarles a las niñas que no van a pasar Acción de Gracias conmigo?».

La furgoneta traquetea al pasar junto al cartel de bienvenida de Copper Run, bajo el puente cubierto, a través de la plaza y por el par de manzanas hasta llegar a nuestra casa.

La luz del porche de Bird & Breakfast está bañada por un brillo naranja y dorado que ilumina a Michelle y Carol en el balancín.

Me tiembla el pie contra el pedal. No he estado a más de una o dos manzanas de Michelle desde hace un mes y, después de lo que ha ocurrido esta noche entre nosotros, no puedo evitar sentirme incómodo por la distancia. No sé qué dice eso de mí, pero seguro que no es bueno.

Giro en el camino de entrada, le desabrocho el cinturón a Brittany y la llevo en brazos hasta su cuarto. Solo gime un poco cuando le quito los zapatos antes de meterla en la cama. Se abraza a su unicornio de peluche y se aovilla bajo la manta sin abrir ni un ojo.

Paso junto a la habitación de Emily. Tiene la puerta cerrada y la luz apagada. Llamo con suavidad, pero no recibo respuesta. La casa desprende una tranquilidad poco habitual, sobre todo en comparación con el ruido que había en la calle hace apenas unas horas. Me incomoda.

Bajo las escaleras. Una nota junto al teléfono me informa de que Lars ha llamado, igual que George, Betty y Sandra. Supongo que ahora mismo todo el pueblo está enterado ya del incidente.

Abro la puerta trasera y dejo que la mosquitera se cierre a mis espaldas.

Las hojas crujen bajo mis botas, que repiquetean sobre los adoquines que me llevan al jardín de Michelle.

Tanto esta como Carol interrumpen su charla.

Sé que debería decir algo, pero las cejas arqueadas, llenas de preocupación, y los labios entreabiertos de Michelle me distraen demasiado.

En algún instante de este último mes, nos hemos vuelto inseparables.

No sé en qué momento ha ocurrido. Es como cuando las hojas verdes y rebosantes de vida, de repente, caen al suelo con apagados tonos marrones y naranjas.

Las estaciones de nuestra relación han cambiado sin mi consentimiento.

Ahora no sé en qué nos convierte eso. Nos hemos besado, pero ¿qué significa?

Puedo imaginar el olor a romero de su pelo y el sabor a canela de sus labios y deseo revivir esos besos una y otra vez. Se va en dos meses, ¡dos meses!, lo que, en cierto sentido, estropea todo lo demás.

Un plan a largo plazo parece imposible dado que a Michelle le espera un trabajo al otro lado del país. Me resultaría demasiado optimista. Irresponsable. Le encanta Seattle. No pienso mantener anclada a ninguna otra persona a Copper Run. No puedo.

—¿Y bien? —insiste Carol—. ¿Cómo está Brittany?

—Bien. Tres puntos. —Las dos palabras retumban de nuevo en mi cabeza como un gong.

Michelle suspira.

—Pobre.

Me paso una mano por el pelo.

—Sí, se ha pasado todo el camino de vuelta durmiendo.

Carol se clava los dientes en el labio inferior y suelta una risita.

—¿Sabes que sigues disfrazado?

Estudio la larga túnica negra que se me aferra al pecho y se arremolina sobre mis botas, flotando sobre los escalones del porche.

—No —respondo, soltando una carcajada al imaginarme la pinta que debo de haber tenido mientras irrumpía en la sala de urgencias con mi hija disfrazada con una calva postiza y yo vestido como el asesino más aterrador de 1997. Al menos, no llevaba la máscara. Michelle la tiró al suelo mientras…

Trago saliva.

—Emily se partirá de risa cuando se lo cuente.

Michelle y Carol intercambian una mirada. Me apoyo en la barandilla y cruzo los brazos.

—¿Qué tal está? —pregunto—. ¿Se encuentra bien?

Las dos mujeres se estremecen. En otras circunstancias, me echaría a reír por lo similares que son sus expresiones.

—¿Tan mal? —digo.

—Siente que la has ignorado —me explica Carol—. Ya sabes lo sensible que está con ese tema.

Gruño y me paso los dedos por el pelo de nuevo.

Todo me hace sentir incómodo. La túnica suelta.

La soledad de mi hija mayor. La terrible verdad que les tendré que contar a las chicas mañana, que solo empeorará la situación.

Y luego el recuerdo de mi beso con Michelle, que cuelga sobre mi cabeza como un hacha.

Carol se da una palmada en las rodillas.

—Bueno, debería irme. Ya he tenido bastantes dulces y dramas. —Se pone en pie, se despide de Michelle y a mí me aprieta el hombro—. Te veo a primera hora de la mañana, Cliff.

Le doy un golpecito sobre la mano.

—Sí, nos vemos.

Carol cruza el patio, sube por nuestro camino de entrada, enciende su chatarra de coche y recorre las pocas manzanas que nos separan de su casa, dejándonos a Michelle y a mí a solas en el porche.

Paso una de mis botas por una tabla del suelo y me aclaro la garganta.

—Oye…

—He…

—No, tú primero —la animo. Me subo a la barandilla y me inclino hacia ella con las manos unidas entre mis rodillas.

Michelle se incorpora, cruza una pierna sobre otra y deja las manos con delicadeza sobre su regazo. Siempre tan guapa y serena.

Exhala.

—Lo siento.

—¿Por qué? —pregunto.

—¿Por qué no? —dice—. Perdona por haberte mantenido alejado de tus hijas…

—Yo elegí…

—Perdona que Rocket haya asustado a Brittany…

—Tenía miedo…

—Perdona por besarte.

La superposición de palabras se detiene en ese momento.

—¿Lamentas que nos hayamos besado? —pregunto.

—Lo he estado pensando —comienza y, por primera vez, no me sostiene la mirada.

—Y yo.

—Solo voy a estar en Copper Run dos meses más. —Retuerce la falda entre los dedos—. Tengo una vida en Seattle y tú aquí, en Vermont.

—Cierto…

—Me gustas, Cliff. —Suelta una carcajada, incrédula.

La imito.

—Y tú a mí, Michelle.

—Pero…

—Pero solo somos amigos —concluyo por ella.

—Sí, eres mi amigo —me confirma.

No sé si me siento aliviado o no. Está pensando lo mismo que yo porque, por supuesto, estamos en el mismo punto. Aun así, no puedo evitar que me dé un vuelco el corazón al oír la realidad en voz alta.

Me bajo de la barandilla de un salto y me siento a su lado en el balancín, lo que hace que las cadenas del asiento giman.

—Lo más probable es que solo seamos dos divorciados supercachondos. —Pone los ojos en blanco con una sonrisa—. Y no quiero estropear los buenos recuerdos que hemos creado por un rollo pasajero.

Me echo a reír. No se equivoca. Al menos, en lo último. Y sí, quizá tampoco en lo primero. Me encantaría hundir las manos en su pelo y besarla de nuevo. Me encantaría colar mis dedos bajo su falda, pero también me apetece reír a su lado.

Lo último que deseo es perderla durante los dos meses que la tendré junto a mí. Debo olvidarme del beso si eso significa conservar nuestra amistad. Necesito mantenerla conmigo mientras pueda.

—Tienes razón —respondo—. De todas formas, solo fue un beso, ¿no?

Estira el brazo para retorcerse el pendiente.

—Claro. —Parece triste—. Todo esto es complicado.

—Oye —digo, y le acuno el rostro entre las palmas de mis manos.

Se queda paralizada bajo mi roce.

—Estoy de acuerdo contigo, ¿vale?

Me sorprende, y me llena de calidez, que incline la cabeza hacia un lado para apoyar la mejilla contra mis dedos.

—Me gustas, Cliff. Necesitas que alguien te lo diga.

Solo con eso consigue que sonría.

—Gracias por contármelo.

—Te lo diré todas las veces que necesites.

Se me escapa una grave carcajada.

—Te tomo la palabra.

Pone los ojos en blanco.

—Te mereces volver ahí fuera, ¿sabes? —susurra.

—Eso he oído.

Trago saliva, le acaricio la mejilla con el pulgar y la beso en la frente, cerrando los ojos. El corazón me palpita con fuerza en el pecho cuando lo alargo unos segundos. Su aliento me cosquillea en el cuello. Luego, despacio, me retiro hasta poder sostenerle la mirada.

—¿Amigos? —pregunto.

Veo cómo traga saliva.

—Amigos.

Una ligera brisa de Halloween sopla a nuestro alrededor, lo que me provoca un escalofrío por la columna vertebral. Porque, aunque esté aquí y todo vaya bien, sé que un fragmento de mi corazón, el que me ha robado con tanta facilidad, se está desprendiendo como una hoja que volara por el viento.

—Bueno. —Rompo el silencio—. Ya está, entonces.

Le coloco una mano en la rodilla y ejerzo un poco de presión como haría normalmente para tranquilizarla. Aunque ahora el gesto me parece distinto. Inapropiado.

—Debería irme a la cama —dice, removiéndose en el banco—. Es tarde.

Asiento y finjo un bostezo, sé que voy a pasarme despierto toda la noche.

—Y yo —concuerdo.

—Gracias —añade—. Ha sido una noche divertida.

«Divertida».

—Hago lo que puedo —la provoco.

Tiene razón. Ha sido divertido. Y punto. Dos amigos solitarios y divorciados divirtiéndose.