Capítulo 20. Michelle
MICHELLE
—Em…
—No quiero hablar con nadie.
—Emily —suspiro.
—Déjame en paz.
Nuestro pequeño grupo se abre paso a trompicones por la casa tras ella. A Josh, con su cola de perro torcida que rebota a su lado, y a mí, con Rocket en brazos, se nos une Carol, que se ha levantado del sofá. Se le cae el bol naranja lleno de chucherías y se derrama por la alfombra.
—¿Qué ha pasado? —pregunta.
—Muchas cosas —respondo tensa.
Demasiadas.
No consigo asimilar la noche. La casa del terror. El corte de Brittany. Emily. Cliff.
¡Cliff!
Sus manos en mi cintura. Sus labios tersos, desesperados.
El latido irregular de mi corazón, a un ritmo tan superior al habitual que temo que explote.
Y ahora esto. Estoy persiguiendo a su hija por la casa, subiendo a toda prisa las escaleras antes de que la adolescente me cierre la puerta en la cara.
Josh, Carol y yo alzamos la cabeza al unísono. Intercambiamos una mirada. Carol tiene los ojos muy abiertos. Josh, una expresión casi aterrada. Y yo abrazo con firmeza a Rocket contra el pecho. Cuando se remueve, lo dejo en el suelo, donde se tumba sobre el estómago entre mis piernas.
—Brittany se ha caído —le explico a Carol, recogiéndome el pelo para hacerme una coleta. Necesito apartármelo de la nuca pegajosa, cubierta de una atracción chisporroteante y el sudor de la carrera tras Emily por la calle.
—¿Dónde está? —pregunta Carol.
—Cliff se la ha llevado a urgencias.
—Ay, madre mía, ¿se encuentra bien?
—Lo más probable es que necesite puntos —expongo, las palabras han surgido antes de haber podido reprimirlas.
Necesitará puntos.
He arrastrado a Cliff hacia los arbustos de la parte trasera de la casa de Winston para liarme con él mientras mi perro arrastraba a su hija de seis años por el cemento. Observo a Rocket, que no me devuelve la mirada. Tiene el hocico enterrado entre las patas.
Tras un mes entero tomando rutas alternativas por el vecindario para evitar a esos fantasmas, debería haber tenido cuidado antes de dejarlo solo. Debería haber cuidado de él. De la hija de Cliff.
He impedido que Cliff estuviera pendiente de sus hijas. Me he comportado como una egoísta, exigiendo más, más y más, como hago siempre. Más para mí.
Esto me supera como un maremoto y, presionándome contra la pared, cierro los ojos con fuerza.
—¿Se encuentra bien, señorita Michelle? —se preocupa Josh.
Lo contemplo y me acaricio la mejilla con la lengua. Asiento en silencio. Luego, me incorporo y golpeo la puerta de Emily con los nudillos.
—Oye, abre, Em.
—¡No! —exclama con brusquedad.
Josh frunce los labios y avanza con pequeñas zancadas.
—Cariño…
—No me vengas con «cariños», Joshua.
Se estremece, igual que yo.
Vuelvo a llamar.
—Emily…
—No. —Esta vez, su protesta se torna trémula.
—Le prometí a tu padre que hablaría contigo.
Carol pasa a mi lado y da un golpe en la puerta con la palma de la mano.
—Oye, Em…
—Cállate, Carol.
Su tía retrocede y asiente para sí, a la vez que comenta:
—Sí, era de esperar.
Ya veo cómo se toca los bolsillos en busca de un cigarro. Dejo escapar un bufido y aprieto los dientes antes de golpear la puerta con el puño.
—Emily, pienso hablar contigo te pongas como te pongas. ¿Prefieres hacerlo delante de todos o a solas?
Se produce una pausa incómoda, seguida del chirrido del colchón.
Después, se escucha el clic de un cerrojo al abrirse.
La puerta cede una rendija y el corazón me da un vuelco.
Debido a las lágrimas, se le han corrido por las mejillas los bigotes de gato que se había dibujado.
Tiene los ojos rojos. Y todo a su alrededor ha adoptado un toque rosado e hinchado.
Suavizo mi tono.
—¿Puedo pasar?
Se sorbe la nariz, desvía la mirada y me abre la puerta.
—Vas a entrar de todas formas.
Me encojo de hombros porque, bueno, no se equivoca.
Les sostengo la mirada a Josh y a Carol.
El chico se apoya en la pared. Las orejas de perro hechas de cartón, atadas con una cinta, le caen encima del pelo largo.
Carol cruza los brazos sobre el pecho y asiente, solemne.
Rocket permanece tumbado en el suelo con el hocico entre las patas.
Cruzo el umbral y, de inmediato, Emily da un portazo a mis espaldas.
Miro a mi alrededor. Nunca había estado en la habitación de Emily.
Es un álbum de recortes de las fases de cualquier chica.
Las paredes están pintadas de color rosa claro.
Hay peluches esparcidos por el suelo y la cama sin hacer.
El techo está cubierto de estrellas que brillan en la oscuridad, junto con un póster de una cara sonriente amarilla y otro de Leonardo DiCaprio en Romeo + Julieta .
Unas notas garabateadas en pósits cubren la pared, entretejidas con páginas arrancadas del libreto de algún álbum musical.
Las estanterías, llenas con los libros de Pesadillas y El club de las canguro , flanquean el marco de la puerta.
Emily se sorbe la nariz.
—¿Qué quería mi padre que me dijeras? —pregunta. Su voz rezuma desdén.
—No me dijo que te dijera nada, fui yo quien se ofreció a ver cómo estabas.
—Bueno, aquí estoy. Viva —se burla con una mueca de desprecio—. ¿Feliz?
—No pagues tu enfado conmigo —replico, ladeando la cabeza y cruzando los brazos—. Cuéntame qué te pasa.
—No lo entenderías.
—Haz que lo entienda.
Suelta un bufido tan gutural que me pregunto si se habrá hecho daño.
—No me ha elegido. Otra vez. Me ha apartado. Otra vez. Mi padre no ha confiado en mí. Otra vez.
—Tu padre confía en ti, pero estaba abrumado.
Me contempla.
—Brittany es más importante.
Oigo las mismas palabras saliendo de mis labios cuando tenía su edad. El gemido enfadado que le escupía a mi padre a la cara mientras observaba a mi madre con Sara en el exterior, tumbadas en la hierba mientras yo estaba de mal humor en mi habitación.
«Querida Sara».
Sin embargo, no era culpa de Sara. Sé que tampoco lo era de mi madre, pero, aun así, escocía.
—Brittany es más pequeña —digo—. No puede ir conduciendo por sí sola hasta el hospital.
Emily pestañea.
—Ya lo sé, mamá —replica con retintín.
Se me tensa el cuerpo. Me he quedado sin palabras y, en mitad del silencio, Emily levanta la mirada, rebosante de preocupación, con las cejas arqueadas.
—Lo siento —susurra.
Niego con la cabeza.
—No pasa nada.
—No quiero seguir siendo el segundo plato —confiesa—. Estoy harta.
Me da un vuelco el estómago. He acaparado a Cliff. ¿Para qué? ¿Para marcharme dentro de dos meses? ¿Para acabar con el equilibrio precario de esta familia?
Me siento a su lado en la cama.
—Tu padre no tiene predilección por ninguna, ¿vale?
—Pero mi madre sí —espeta.
—Tu padre no —insisto—. No es de esa clase de hombres.
Se sorbe la nariz y pestañea, mirándome a través de los ojos anegados de lágrimas.
Entonces, de repente, esconde la cara en mi vestido.
Me quedo paralizada. No sé qué hacer. Nadie me ha abrazado así nunca, excepto mi hermana.
Levanto los brazos en el aire y, despacio, la rodeo por la espalda para estrecharla contra mí.
La puerta se abre y, cuando Carol saca la cabeza por ella, Emily deja caer los brazos. Espero que vuelva a gritarle, pero, con un mohín, le dedica un asentimiento silencioso a su tía. Carol cruza el umbral y su sobrina se levanta para lanzarse contra su pecho.
La cabeza me da vueltas mientras la hija de Cliff llora, abrazada a su tía. Me trago el nudo de la garganta. Me siento como una intrusa ahora mismo. Quiero irme.
Esto es lo que necesita Emily, lo que necesitan las hijas de Cliff. Tengo una vida para la que me he esforzado en Seattle. Una buena vida que me encanta. ¿Qué hago aquí, ocupando el papel de madre de estas niñas? Es una irresponsabilidad. Es egoísta por mi parte porque sé que me voy a ir.
—Tu padre no es mala persona —musita Carol—. Lo prometo.
Emily se sorbe la nariz y asiente en silencio contra ella.
Copper Run es un momento fugaz en mi vida, pero, para la familia Burke, es real. Estoy disfrutando de una felicidad temporal en el hotel. No puedo distraer a Cliff de lo que importa de verdad. No he tenido muchos amigos íntimos en mi vida, pero me imagino que la amistad no es así.