Un otoño para ser feliz Capítulo 19. Cliff
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Capítulo 19. Cliff

CLIFF

Con Michelle de la mano, me abro paso entre las ramas puntiagudas de los arbustos y corro por el jardín cubierto de hojas en busca de mi hija. El corazón me palpita con tanta fuerza que late contra la mano de Michelle.

Hace un segundo estaba en la gloria, sujetando a esta preciosa mujer por la cintura. Y ahora… Ahora… estoy aterrado.

No tardamos mucho en encontrar la fuente de los gritos.

Un grupo de gente forma un círculo en torno a una alcantarilla.

George me ve y me dedica un saludo solemne.

La multitud se divide cuando penetro en ella y Michelle deja caer la mano porque solo hay espacio suficiente para que pase yo.

En el cemento, Brittany se sostiene la rodilla entre sollozos. El estómago me da un vuelco.

Quizá sea igual que cuando la encontré entre las calabazas. A lo mejor solo se ha caído.

En una rodilla advierto algunos arañazos, pero respecto a otra… no ha tenido tanta suerte. Tiene un corte de bastante profundidad. El corazón se me sube a la garganta cuando me acuclillo a su lado.

—Oye, Britt. —Le acuno las mejillas con las manos—. Cuéntame qué ha pasado.

Los mocos se le deslizan sobre el labio superior y, como no deja de sorber por la nariz, no es capaz de pronunciar bien las palabras. Son un revoltijo de «eh», «él» y «miedo». Con un único dedo, señala a Rocket.

El perro se escabulle junto a Emily, rozando el suelo con el cuerpo, gimiendo con el rabo entre las piernas. Mi hija mayor lo sujeta por la correa.

—¿Qué ha pasado? —le pregunto.

—Uno de los fantasmas del jardín asustó a Rocket —explica—. Cuando Brittany ha tratado de acariciarlo, ha entrado en pánico y ha intentado huir. Como lo tenía sujeto por la correa, la ha arrastrado con él.

Mi primer instinto es enfadarme con Rocket. Sin embargo, en cuanto el combustible en mis venas se consume, me siento triste. Me siento triste porque Brittany lo está mirando como si la hubiera traicionado.

Mi hija pequeña se sorbe la nariz y se ahoga con otro estallido de lágrimas. Intenta limpiárselas con el dorso de la mano, ahí también tiene la marca áspera de la carretera, ya que debe de haber frenado con ella la caída. Se la aparto y le limpio las lágrimas con los pulgares.

Michelle (¡Michelle!) le quita a Emily la cadena de la mano.

Rocket se esconde entre sus piernas, apoya la barriga en el suelo y sigue gimiendo.

Michelle se agacha para acariciarle el pelaje, pero el perro solo se tensa aún más y deja escapar un pequeño gruñido de advertencia.

Está asustado. Entonces, advierto que el pequeño Clifford al que mordió un perro no es el mismo hombre que está contemplando al animal.

Sé que no ha sido culpa de Rocket. Es Halloween y cualquier mascota se sentiría incómoda rodeada de esqueletos, demonios y diablos.

Aun así, no me gusta que mi hija sea un daño colateral o que lo esté pagando también con Michelle.

Es un animal. Esperar que sea razonable es ridículo, pero la irritación guía todos mis movimientos.

Cada momento que paso observándolo, más enfadado me siento.

Brittany se remueve en el sitio. Está abrumada por las lágrimas. Le miro la rodilla. Se le ha rasgado la piel y el corte es tan profundo que lo más probable es que no sirva con una simple tirita. Me pregunto si necesitará puntos. No logro ralentizar el latido de mi corazón.

Tenemos que irnos.

Le paso un brazo por la espalda y otro tras las rodillas para acunar a Brittany contra mí.

—Nos vamos a urgencias —anuncio—. Emily, quédate aquí. Cuéntale a Carol lo que ha ocurrido.

Su expresión preocupada sigue mis pisadas.

—¿Estás seguro de que no necesitas…?

—Tenemos que irnos ya, peque —digo—. No nos va a pasar nada.

—Puedo ayudar, papá.

Brittany vuelve a echarse a llorar.

—Em, ahora no, ¿vale? Lo siento.

Aprieta la mandíbula. Josh le acaricia la espalda con una mano, pero mi hija frunce el ceño y sacude el hombro para apartarse de él.

—Deja que vaya contigo —insiste.

—No puedo ocuparme de dos cosas a la vez ahora mismo, peque.

Se queda paralizada.

—¿Cosas? ¿Soy una cosa?

El estómago me da un vuelco. Cierro los ojos con fuerza.

—No es…

—Lo que tú digas —escupe.

Aprieta los puños antes de alejarse con largas zancadas.

—¡Emily! —Estoy mareado, mis pensamientos no dejan de dar vueltas mientras busco la manera de arreglarlo todo a la vez. Pero es demasiado y tengo a una cría de seis años llorando en mis brazos.

Me detengo junto a Michelle. No sé qué decir. Ojalá pudiera confesarle que todo lo que ha ocurrido esta noche ha sido nuevo para mí, que ha sido la primera vez en casi veinte años que me he sentido vivo.

Me pregunto si se arrepentirá. Si verme aquí, con mi hija pequeña en brazos, será demasiado. Y, si lo es, no hay nada que pueda hacer porque mis niñas son el centro de mi mundo.

«¿Se lo estará replanteando Michelle? ¿La habré presionado demasiado?».

No tengo tiempo para centrarme en esas preguntas. En mi mente no dejan de acumularse el resto de las preocupaciones sobre mis hijas.

«¿Cuánto tiempo tardaré en llegar al coche?».

«¿Habrá mucho tráfico para salir del pueblo por ser Halloween?».

«¿Cuántos puntos necesitará Brittany?».

«¿Qué le he dicho a Emily?».

—Hablaré con Emily —me asegura Michelle, como si me leyera la mente.

Quiero abrazarla. Quiero contarle que me conoce más que cualquiera desde hace años. Quiero tocarla de todas las maneras posibles hasta que le quede claro que lo que he dicho en la casa de Winston iba en serio. No me arrepiento de haberla besado y odio que nuestra noche haya acabado así.

Pero un simple «gracias» es lo único que logro musitar antes de trotar hasta mi casa en busca de la furgoneta.

La última pregunta en mi mente hace que me piten los oídos por la ansiedad.

La pregunta que desearía no tener en la cabeza justo después de haber arrinconado a Michelle contra una pared y saboreado sus labios.

Una persona que desearía que no hubiera interrumpido todo lo que estaba sintiendo mientras besaba a otra mujer por primera vez.

Tampoco es que necesite saberlo.

Tampoco es que necesite su aprobación.

Pero llevo a nuestra hija en brazos y sé que esta llama-da no es la que desearía recibir en Halloween. De hecho, es la última llamada que quiero hacer. Y la última pregunta en la que quiero pensar ahora mismo es: «¿Qué diablos le cuento a Tracy?».