Un otoño para ser feliz Capítulo 18. Michelle #3
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Capítulo 18. Michelle #3

No sé a qué llevará nuestro beso. No sé si nos importará que me marche en dos meses.

Quizá no sigamos en contacto. O sí. Quizá nos riamos de esto.

Entre tanta incertidumbre, hay una cosa clara: no tengo ninguna duda sobre Cliff.

Es sarcástico, ruidoso y abierto, no reservado como Allen.

Cliff es más hombre que cualquiera de los supuestos tíos altruistas y agradables, según sus propias palabras, con los que he salido.

Es más hombre de lo que nunca lo fue mi exmarido.

Cliff se gira para marcharse, pero estiro la mano y lo cojo del codo.

Se tensa antes de dar media vuelta para mirarme.

Su máscara, no, Cliff, me provoca un miedo repentino que me palpita en el corazón; aun así, tiro de su brazo para que vuelva.

Las hojas crujen bajo sus botas cuando se vuelve a acercar a mí.

Esta vez, se aproxima más. Hasta que nuestros pechos se fusionan.

Cuelo el pulgar por la parte inferior de la máscara para levantársela hasta verle por fin esos ojos azul cielo bajo la luz de la luna. Arquea las cejas. Noto cómo su corazón late contra el mío.

—Yo tampoco me voy a arrepentir —susurro.

Cliff parpadea y pasea los ojos por los míos.

—¿No?

Niego con la cabeza.

—No.

Cliff me delinea con lentitud la mandíbula con los dedos.

Siento la tela rugosa de su guante, que se me engancha en el pelo al acunarme la nuca.

Cierro los ojos cuando me presiona los labios en la frente y los deja ahí durante un segundo, antes de regalarme un nuevo beso en la sien.

En la mejilla. En la mandíbula. Cliff actúa con lentitud, saboreando cada parte de mi ser que le estoy permitiendo tocar.

Se retira. Al abrir los ojos, descubro sus labios a menos de tres centímetros de los míos. La calidez de su aliento me inunda.

—Michelle —susurra, inclinando la cabeza hacia un lado—, no podemos.

Un cuchillo se clava en el estómago.

—Ah. —Es todo que consigo contestar.

Se echa a reír enseguida.

—Ahora mismo no, quiero decir. —Luego, se acerca aún más y me dedica una sonrisa traviesa—. No quiero empezar algo que no puedo terminar.

—Ah —repito, pero esta vez se me encienden las mejillas.

Deja escapar un suspiro antes de colocarme un mechón tras la oreja.

—Creo que hacer ciertas… cosas… entre los arbustos de Winston no es lo más acertado. Nunca superaríamos esa vergüenza.

—Claro —concuerdo, negando con la cabeza—. Tiene sentido.

Cliff me contempla con una sonrisa solemne.

Se la devuelvo, pero mi corazón no frena su ritmo frenético.

La energía me vibra en todo el cuerpo y, a medida que pasan los segundos, noto cómo su sonrisa desaparece.

Las arrugas alrededor de sus ojos se desvanecen.

Sus labios se convierten en una línea recta. Al final, suspira.

—A la mierda.

Cliff introduce los dedos en mi pelo, me acuna la nuca y presiona sus labios contra los míos.

Se me corta la respiración. Me tambaleo, pero me estabiliza posando la otra mano en mi cintura.

La llama en mi pecho asciende hasta la garganta.

Se convierte en un incendio. Cliff es un incendio.

Paseo los dedos por su túnica y agarro la tela para atraerlo contra mí.

Y, cuando funde su pecho musculoso contra el mío, me derrito.

Abrimos la boca en sincronía. Se me escapa un gemido vergonzoso. Pero el sonido lo provoca de tal manera que suelta un gruñido como respuesta. Nunca he oído tanta desesperación salir de la garganta de Cliff. Nunca me he imaginado que desearía con tanta desesperación volver a oírlo.

Le muerdo el labio inferior y su lengua se cuela en mi boca. Tiro de su capucha y la máscara cae a la gravilla. Se presiona contra mí hasta que tengo la espalda pegada a la valla. Contonea la cadera contra la mía y me quedo sin aliento.

El deseo nos empuja a acariciarnos el cuello, la mandíbula, el pelo. Siento su latido a través de la muñeca que me ha posado en la mejilla. Lo más probable es que note mi corazón a través de la mano que le he colocado en la base del cuello. Exhalo contra sus labios.

Pero, entonces, nuestro fervor se convierte en algo más tranquilo. Más dulce. Más delicado. Me acaricia la mejilla con el pulgar. Suelto las manos del disfraz y él dibuja un sendero con las suyas desde mi cintura hasta mis costillas y vuelta a empezar. Los besos comienzan a ser más lentos.

Por fin, me regala lo que parece el último beso y se aparta.

Sin embargo, cuando me inclino contra él, acepta todo lo que le ofrezco, presionando los labios contra los míos una y otra vez hasta que las pausas entre uno y otro se hacen cada vez más largas.

No es suficiente. Podría pasarme la eternidad besándolo.

Por fin nos separamos y, al abrir los ojos, los dos nos echamos a reír. Nos reímos para ahuyentar nuestro nerviosismo. Nos reímos cuando advertimos que tengo el pelo revuelto, y él, las mejillas ruborizadas.

Estiro la mano para seguir el rastro de la pequeña cicatriz sobre su labio y la profunda marca junto a su boca. Al pasar ante esta, vuelve a soltar una carcajada y me besa la yema de cada dedo.

Me siento segura. Contenta por primera vez desde quién sabe cuándo. Hasta que, a lo lejos, alguien grita:

—¡Cliff! ¿Dónde está Cliff?

Otra persona chilla:

—Id a buscar a Cliff.

Pero lo único que hace que Cliff se aparte con brusquedad es un desgarrador:

—¡Papá!

De inmediato, echamos a correr.