Capítulo 18. Michelle #2
Giramos y un payaso enmascarado salta en nuestra dirección. Grito, pero me echo a reír enseguida cuando Cliff también lo hace.
—Ah, ¿estás asustado, Clifford? —lo provoco con una sonrisa.
—Lo que tú digas —replica.
Un esqueleto cae desde la red del techo.
—¡Winston! —grito.
Cliff se echa a reír detrás de mí y juro que oigo la carca-jada de un niño al otro lado de las paredes oscurecidas. Debe de ser la familia de Winston, pasándoselo en grande.
—Sigue andando —me pide Cliff, acariciándome la columna vertebral con el pulgar.
Despacio, abre por completo la mano y la extiende por mi espalda, enredándose en los pliegues de mi vestido. Camino con mayor lentitud, paralizada bajo su roce.
—Sigue andando —repite, y el murmullo grave me roza la nuca.
El cuerpo me arde. Reticente, avanzo unos pasos.
Otro giro revela un hombre con una máscara de cuero. El de después va de hombre lobo. Luego, de demonio. Pero cada vez me sobresalto menos. Quizá esté insensibilizada. O tal vez estoy demasiado centrada en el hombre a mis espaldas, que me ha posado los dedos en la cintura.
Noto su pecho contra mí. Su aliento en el pelo. Nunca me había fijado en lo alto que era Cliff hasta ahora, ya que se yergue sobre mí como un escudo. Con cautela, estiro la mano y la entrelazo con la suya. Me delinea lentos círculos por la muñeca.
Este hombre, este hombre encantador, está muy cerca. De mí. ¿Por qué de mí?
El laberinto desemboca en un lado de la casa de Winston. Un hombre se abalanza contra nosotros con una motosierra sobre la cabeza. Cliff y yo nos precipitamos hacia la salida mientras nuestras carcajadas sincronizadas hacen eco en la noche.
Corremos por el jardín cubierto de césped hasta que llegamos a un callejón sin salida.
A la derecha, las hojas amontonadas a cada lado de un camino llevan a la acera del vecindario.
A la izquierda, hay una alta hilera de arbustos, envuelta en falsas telas de araña, con un pequeño hueco en el centro para pasar entre ellos.
Ante esta encrucijada, mis pies frenan. Odio que lo hagan. Odio que esté planteándome qué ocurriría si giramos a la izquierda. Si me quedara a solas con Cliff, escondidos entre los arbustos. «¿Qué pasaría? ¿Quiero que pase algo?».
Me giro y me encuentro con una máscara blanca que me devuelve la mirada. Grito tan fuerte que Cliff se echa a reír y me tapa la boca con la mano.
—Se me había olvidado lo de tu estúpida máscara —aclaro, y las palabras se me escapan en parte amortiguadas por su mano enguantada.
Sin embargo, poco a poco, nuestra risa decae y, de repente, estamos los dos ahí de pie, inmóviles y juntos, con su palma contra mis labios. Se me forma un nudo en el estómago.
Entonces, tomo la decisión. No sé cuándo lo ha determinado mi mente, pero ya estoy dirigiéndome a los arbustos.
Cliff me sigue. Ando hacia atrás, y él, hacia delante.
Paso a paso, con el corazón acelerado, desaparezco junto a Cliff entre los arbustos.
Nos encaminamos por una vía tranquila, solitaria, lejos del resto del mundo.
Al otro lado, la gravilla cubierta de zarzas está sumida en la oscuridad bajo nuestros pies.
Mi espalda choca con la valla de la casa de Winston.
Las farolas distantes y la decoración titilan entre los arbustos, que dejan pasar apenas un ápice de luz.
Cliff se sube la máscara. Sus ojos se ocultan bajo las sombras de la larga máscara blanca, pero los noto fijos en mí.
Aparta la mano de mi boca y me acaricia la mejilla con los nudillos. Después, me recorre el cuello con los dedos y los posa en mi hombro, desde donde me roza la clavícula con el pulgar al tiempo que los dos respiramos temblorosos.
El aire a nuestro alrededor se vuelve más denso. La brisa otoñal que llevaba toda la noche sin soplar agita de repente las ramas. Una única hoja se engancha en la capucha de Cliff. Estiro la mano para cogerla e inspira con brusquedad cuando le rozo la mejilla con el brazo.
Se inclina hacia mí y apoya una mano en la pared junto a mi cabeza, atrapándome contra el revestimiento de los paneles.
Con la otra mano me deja un cosquilleo fantasma en el brazo al recorrerme la tela del vestido con el dorso de los dedos enguantados.
Un escalofrío me atraviesa la piel a pesar de las capas de ropa que hay entre los dos.
Estoy intentando respirar con normalidad, pero empiezo a hiperventilar.
Tengo ganas de besarlo. Tengo tantas ganas de besar a Cliff que duele. Sin embargo, él se muestra precavido. Muy precavido. Me pregunto si se deberá a que no lo tiene claro. No lo culpo.
—No hagas nada de lo que creas que puedes arrepentirte.
Niega con la cabeza sin dudarlo.
—De esto no me arrepentiría.
Me coloca las manos en la base del cuello, que me recorre con los dedos. Dejo escapar un jadeo ahogado.
—¿Tú sí?
No sé qué contestar. El corazón se me va a salir del pecho. ¿Qué significaría esto para los dos? ¿Está buscando un rollo otoñal? ¿Y yo? ¿O es algo más? Es mi amigo. Mi mejor amigo. Nunca he tenido un mejor amigo, aparte de mi hermana.
En mitad de mi silencio dilatado, Cliff por fin suelta una suave carcajada. Baja la mano que había posado junto a mi cabeza y se aparta. El corazón me palpita con fuerza ante la pérdida de su calidez. La ansiedad me recorre el cuerpo cuando da un paso atrás.
Se baja la máscara y ladea la cabeza.
—¿Cuál es tu película de terror preferida? —me provoca, adoptando un timbre siniestro y áspero bajo la máscara mientras cita la película a la que pertenece su disfraz.
Cliff se echa a reír y lo imito. Será mejor que rompa la tensión.
—Vamos, Michelle. —Ahora utiliza su voz. Oigo la sonrisa en sus palabras—. Volvamos.
Y en ese momento, justo en ese momento, sé que necesito besarlo. Porque, a pesar de que Cliff se esté arriesgando, sabe dar marcha atrás cuando cree que estoy incómoda. Porque es esa clase de amigo. Porque es esa clase de hombre.