Un otoño para ser feliz Capítulo 18. Michelle
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Capítulo 18. Michelle

MICHELLE

Los niños corriendo, los grupos de preadolescentes y los padres que hablan tras ellos sin disfraz o con uno a juego han invadido las calles. Solo la familia Burke tiene un repertorio caótico formado por el villano de una película de terror, un luchador indiscreto y un gato.

—Nunca había visto a un pueblo tan emocionado por una festividad —comento.

Cliff sonríe.

—Nos tomamos Halloween muy en serio. Lars está organizando una competición en la plaza. Si te comes una pizza entera en forma de fantasma, conseguirás porciones gratis durante un año.

—¿Y me has privado de algo así? —pregunto con un grito ahogado.

—¿Crees que podrías ganar?

—Puede.

—Me gustaría verte probar. Ah, vamos por aquí —señala, colocándome una mano en la parte baja de la espalda para guiarme por otra calle distinta a la que habíamos elegido en un primer momento.

Me siento perdida ante tantos estímulos y me he sobresaltado dos veces después de que un grupo de adolescentes pasara con una motosierra falsa. Y, aun así, no es nada comparado con la vibración que me inunda el pecho cuando Cliff me toca.

Ante nosotros, Josh y Emily van cogidos de la mano. La cola de gato de la chica se mece a su lado, junto al rabo de perro hecho de cartón del chico. La adolescente le da un empujón con el hombro que él le devuelve.

—Gracias por aconsejarme que le diera una oportunidad —se sincera Cliff—. No es el peor chico que podría haber elegido.

Suelto un bufido.

—¿Es un halago para Josh?

—No es un insulto.

—Estás madurando, Cliff.

Pone los ojos en blanco.

—Creo que tener otra adolescente conseguiría que tuviera un ataque al corazón antes de tiempo.

—Lamento romperte la ilusión, pero… —Señalo a Brittany, quien corre por la acera con su funda de almohada semillena por una pequeña colección de dulces.

A su lado está Luke, el chico que al parecer odia a Steve Austin, vestido como Undertaker. Le propone echar una carrera hasta la siguiente casa y ambos comienzan a correr, remolcando a Rocket, cuya correa está atada a la muñeca de Brittany.

—Estoy condenado —se lamenta Cliff con una sonrisa.

Me muerdo el labio inferior mientas la contemplo. No puedo evitarlo. Me gusta esa pequeña cicatriz junto a su boca y el conjunto de arrugas alrededor de sus ojos.

Trato de recordar la última vez que me sentí tan ansiosa.

Me encontraba tan nerviosa en mi primera cita con Allen que apenas pude comer.

Pero, durante los últimos cinco años, con una comunicación cada vez menor, las veces que llegó tarde a casa del hospital y su preferencia por el cuarto de invitados para no despertarme antes de adoptarlo como residencia habitual sin ninguna razón…

, el único nerviosismo que he sentido ha sido malo.

«¿Estas mariposas que noto con Cliff son malas?».

«¿Son mariposas o son polillas?».

«¿En qué mundo se ha hecho posible que yo sienta mariposas?».

Las noto en este, en el que estamos caminando por calles ajetreadas, donde los que gritan truco o trato ignoran las aceras y los coches deben abrirse paso entre la multitud a la velocidad de un caracol.

Siento mariposas por este pastelero de un pueblo pequeño escondido en Vermont.

Por este hombre, un amigo, a quien nunca habría conocido en ninguna otra vida excepto en esta; con un divorcio y sin una madre para sus hijas.

Pero no estoy segura de que quiera estar en ningún otro sitio ahora mismo y eso es lo que más me asusta.

—Papá, ¡a Rocket también le han dado caramelos! —exclama Brittany, quien trota hasta nosotros con la funda de almohada abierta. La inclina para mostrarnos una pequeña galleta para perro entre los caramelos.

—Vaya, me alegro por él —dice Cliff, mirando a Rocket, cuya cola da golpes con la fuerza de un trueno.

No lo he visto tan feliz desde que llegamos a Copper Run. Ya somos dos.

—¡Otra casa! —chilla Brittany, quien se vuelve a alejar, corriendo hacia una vivienda de la que surgen gruñidos demoníacos y que cuenta con una máquina que produce niebla.

Cliff se inclina hacia mí y me susurra al oído:

—De forma discreta, mira a tu izquierda.

Un escalofrío me recorre la columna vertebral ante su proximidad, pero obedezco. En un patio cercano, Betty y Lisa se mecen de delante hacia atrás. Cada una lleva una petaca de color naranja fosforito con unas etiquetas negras pegadas a cada lado para simular la sonrisa de una calabaza.

Suelto un grito ahogado.

—¿Están bebiendo?

—No somos responsables de nuestras acciones en Halloween —comenta con una sonrisa.

—No me puedo creer que mi madre viviera aquí. Es tan… diferente.

Cliff deja escapar todo el aire y se echa a reír.

—Ah, sí. Lisa y ella se lo pasaban de lujo juntas.

—¿En serio?

—Nunca he visto a Birdie y a Lisa disfrutar más que el año pasado en la casa encantada.

Me echo a reír.

—Vaya.

—¿Te he contado la historia de cuando tropezó con una tumba?

—No —jadeo.

—¿Sabes qué es lo mejor? Que no era siquiera Halloween.

Vuelvo a reírme con una alegría que me resulta extraña. Pero está ahí, desprendiéndose a través de un dique derruido. Me llevo una mano a la boca para evitar que las carcajadas suenen demasiado fuertes. Cliff me sonríe, casi como si no quisiera ver nada más, solo a mí.

Un fogonazo de luz cruza la oscuridad y ahuyento las estrellas ante mis ojos con un pestañeo.

—Ay, por Dios.

—Britt, nos tienes que avisar —se queja Cliff con una carcajada, frotándose los ojos y negando con la cabeza, conmocionado.

Brittany se echa a reír, apretando entre los dedos la cámara que le he regalado. Se aleja corriendo y otro fogonazo cruza la calle sin previo aviso.

—Va a dejar ciego a alguien si no lo ha hecho ya —dice.

—O lo reducirá con una llave.

—¿Se la has comprado?

—¿La cámara? —pregunto.

—Sí.

—Ajá. Iba a necesitarla esta noche.

Sonríe.

—Gracias.

—¿Quién iba a decirle que no a Steve Austin, Cliff?

—Yo también habría cedido.

Ante nosotros, Emily se da media vuelta, nos mira, se muerde el labio inferior y se gira para susurrarle algo al oído a Josh.

Me desaparece la sonrisa y me tenso al sentir que ha leído demasiado entre líneas cuando advierto que el brazo de Cliff está muy cerca del mío y que el espacio entre nosotros es mínimo comparado con el que separa a los demás que caminan a nuestro lado.

—Odio cuando los adolescentes susurran —musita Cliff—. Siento que me están acosando.

—¿Alguna vez te han acosado? —pregunto.

—Claro que sí. Era el payaso de la clase. Pero todo lo que decían ya me lo había dicho yo a mí mismo. Ah, es-pera. —Me pasa a toda prisa un brazo por los hombros y me dirige hacia la izquierda—. Tienes que ver la casa de Winston.

Al final de la calle, una fila de personas se arrastra hacia una muralla erguida y envolvente.

La niebla cubre el terreno mientras desaparecen con cautela por la cortina negra.

En el interior hacen eco los gritos y las motosierras, casi tan estrepitosos como el sonido de demonios gimiendo que emiten los altavoces de la casa a nuestro lado.

—¿Un laberinto encantado?

—Un laberinto encantado —confirma Cliff.

—¿Estoy preparada para entrar? —pregunto con una mueca.

—Supongo que no, pero, lo estés o no, vamos a hacerlo.

—¿En serio?

—Confía en mí —dice—. Soy el organizador de eventos, ¿recuerdas?

—Confío en ti —sentencio.

La frase flota un momento entre los dos y, cuando me giro hacia Cliff, pasea los ojos por los míos con una profunda exhalación.

—Prometo que la espera merecerá la pena. —El estómago me da un vuelco cuando se gira y grita—: Oye, Em, ¿puedes cuidar de Rocket y de Brittany un segundo?

Emily, al final de la calle, con la pesada funda de almohada llena de caramelos, desvía la mirada de uno a otro con una leve sonrisa demasiado parecida a la mueca traviesa de su padre. Entorno los ojos, consiguiendo que la ensanche aún más.

—¡Claro! —le responde a Cliff a voz en grito—. Pasadlo bien.

Un guante cálido se desliza por mi mano y, cuando vuelvo a mirar a Cliff, se ha puesto la máscara blanca.

Me sobresalto y suelto un chillido que le provoca una carcajada grave, amortiguada por el disfraz.

Después, me guía con delicadeza de la mano por la calle en dirección al laberinto encantado.

Gira los dedos sobre los míos para entrelazarlos y deja caer las manos entre los dos.

Un estremecimiento me cosquillea por la espalda y empiezo a temblar.

—Eres más asustadiza de lo que pensaba —señala cuando nos unimos a la cola. Se inclina hacia mi oído y susurra—: ¿La firme Michelle tiene miedo?

Lo triste es que, cuando trago saliva y miento: «Por supuesto que no», no estoy segura de si me refiero al túnel frente a nosotros o a nuestras manos unidas. Estoy aterrada.

La mujer de Winston está en la entrada y contonea las caderas de un lado a otro al ritmo de una melodía alegre que surge del radiocasete que hay junto a ella; estoy convencida de que intenta acallar los gritos desgarradores del interior.

—¿Preparada? —me pregunta con una sonrisa mientras agita los brazos, bailando el twist.

Alzo la barbilla con un desafiante:

—Lo estoy.

Cliff se echa a reír.

—Esa es mi chica.

Le aprieto la mano y él tensa la suya cuando nos colamos bajo las pesadas cortinas, hechas con manteles negros, antes de entrar en el laberinto encantado.

La hierba cruje bajo nuestras botas. Con lentitud, avanzamos por el estrecho pasillo.

La luz de las farolas trata de abrirse camino por los paneles negros de la muralla improvisada, pero el sendero ante nosotros está envuelto en la oscuridad.

Se oye un grito. Me detengo y el pecho duro de Cliff se encuentra con mi espalda. Se echa a reír.

—Podemos volver si quieres —dice.

—Nunca.

—Bien, porque eso te convertiría en una perdedora.

—Cállate —siseo con un susurro.

Suelta una carcajada, me coloca una mano en el hombro y me lo acaricia para tranquilizarme, pero solo logra ponerme más de los nervios. Sobre todo, cuando me desliza la mano con lentitud por el brazo y la muñeca antes de volver a entrelazar nuestros dedos.