Un otoño para ser feliz Capítulo 17. Cliff
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Capítulo 17. Cliff

CLIFF

Halloween es la festividad más importante de Copper Run.

Sí, también nos encanta la Navidad, con los copos de nieve cayendo desde las ramas desnudas y los puestos de chocolate caliente; pero, si quieres que el pueblo se emocione de verdad, coloca algunos esqueletos malhumorados en los jardines y pon Monster Mash a tope.

Si vives aquí, se espera que celebres las películas de demonios y asesinos como el buen ciudadano que eres y siempre, siempre, debes disfrazarte.

Me miro entre los adhesivos que ha pegado Emily en el espejo de cuerpo entero y suspiro.

—¿Recuerdas cuando solías vestirme de fantasma? —digo—. ¿O de Batman? ¿Por qué no puedo volver a ser Batman?

—Porque ahora está de moda Ghostface —aclara mi hija, indiferente.

Emily lleva eligiéndome el disfraz, o haciéndolo, desde que era pequeña. Y este año ha optado por el más popular de la temporada debido al exitoso estreno de Scream el año pasado.

Estiro el brazo. La tela negra cae y cuelga, formando una enorme manga abierta que revela el puño de la camisa de franela roja que llevo debajo. Solo se intuye un centímetro de piel entre eso y los guantes negros.

Emily se inclina para darse una capa más de esmalte negro en las uñas de los pies.

—Era el último que quedaba en el centro comercial, papá. Tienes que ponértelo sí o sí.

Cojo la máscara blanca de su tocador y me la coloco sobre la cara. A través de la suave rejilla negra puedo ver una enorme boca abierta y las cuencas caídas que me devuelven la mirada.

Me la quito.

—Voy a asustar a tu hermana.

—Ya se la he enseñado. Le he dicho que es de una vieja serie para niños —argumenta Emily—. Cree que es gracioso.

—Em, eso ha sido muy irresponsable por tu parte. —Me recoloco la túnica negra sobre los hombros—. Pero también una genialidad. Estás descastigada .

Levanta la cabeza.

—Espera, ¡pero si no estaba castigada!

—Lo estaba planteando.

Me coloco la capucha larguirucha y me pongo de nuevo la máscara. Es difícil respirar por culpa del plástico y la rejilla.

Cuando chasqueo la lengua, Emily se echa a reír.

—Confía en mí, vas a ser el más guay de los que van a salir esta noche.

—Ya lo soy.

—Ya quisieras. No te vendría mal serlo un poco más.

—No intento impresionar a nadie.

—¿Ni siquiera a Michelle? —me provoca.

Se me corta la respiración de una forma tan brusca que casi empiezo a toser. Me quito la máscara y toqueteo, nervioso, el guante negro antes de estirarlo sobre la muñeca.

—Ya le intimida lo guay que soy —bromeo—. ¿Por qué voy a hacerle pasar un mal rato?

Emily se sopla las uñas.

—No, no eres ni de lejos lo bastante guay para Michelle.

—¿Qué más da?

Me dedica esa expresión boquiabierta que suele ir acompañada de un «es obvio». En lugar de eso, suspira, se coloca las orejas de gato y se levanta del borde de la cama.

—Ay, papá —añade por fin, con otro suspiro lastimero.

—Estoy planteándome castigarte de nuevo.

—¡Papá! —Brittany irrumpe en la habitación con una funda de almohada de unicornios apretada entre los dedos—. ¡Mira!

La contemplo y me quedo perplejo. Sin dudarlo, Emily se echa a reír.

Mi hija lleva una calva postiza. No está siquiera bien colocada, o quizá ha tirado demasiado de ella.

En la parte superior se le ha formado un bulto, parece una seta que ha crecido demasiado.

Los mechones de pelo le sobresalen de la parte inferior.

Garabateada bajo la nariz y barbilla se ha pintado una barba morena.

Lleva unos vaqueros y un vestido negro que reconozco a duras penas como las sábanas que estaban en el suelo de Bird & Breakfast la semana pasada.

—¡Vaya! —jadeo—. ¿Has visto a Brittany? Porque creo —bajo la voz hasta adoptar un tono gutural— que Steve Austin acaba de entrar en la habitación.

Flexiono los brazos, me agacho y me la coloco al hombro. Brittany suelta agudas carcajadas incontrolables mientras corro hasta la cama de Emily y la lanzo sobre el colchón.

—Espera, papá, Steve siempre gana. —Brittany esboza un mohín o, al menos, lo haría si no se estuviera riendo con tanta fuerza.

—Ah, claro. —Me golpeo la frente con la mano—. Fallo mío. —Me dejo caer en la cama y me quedo quieto mientras Brittany me presiona los hombros.

Emily da varios golpes en las sábanas.

—¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! Y Steve Austin es el ganador.

Brittany levanta los brazos en señal de victoria.

La cojo de nuevo y la balanceo por el aire mientras Emily y yo coreamos:

—¡Campeón invicto! ¡Campeón invicto!

—Ah, espera. —Brittany se retuerce entre mis brazos hasta que la dejo en el suelo. Sale a toda prisa por la puerta—. Se me ha olvidado una cosa. —Su voz es un eco distante al alejarse por el pasillo hasta su habitación.

Me miro de nuevo en el espejo y descubro que Emily ya me está contemplando. Me sobresalto.

—¿Qué?

—Podría hablar con Michelle si quisieras —se ofrece.

El corazón vuelve a darme un vuelco.

—Eso también puedo hacerlo yo.

—Sí, pero ¿qué te parece…?

Brittany regresa a la habitación. Se oye un clic, seguido de un fogonazo de luz.

El negro me oscurece la visión. Después, veo diminutos puntos como burbujas.

Me froto los ojos y pestañeo hasta que la habitación se vuelve nítida de nuevo.

Entonces, veo la cámara amarilla desechable entre las pequeñas manos de mi hija.

Me echo a reír.

—¿De dónde la has sacado?

—Me la ha dado la señorita Shell.

Si el corazón se me vuelve a instalar en la garganta una vez más esta noche, juro que me desmayo. No sé la última vez que me sentí tan desorientado. Es inquietante que me pillen con la guardia baja con la mera mención de una sola persona, la persona por la que no debería ponerme nervioso.

—Qué maja —digo—. ¿Le diste las gracias?

—Ah. —Brittany baja la cámara—. No.

Le doy una palmadita en la espalda.

—Asegúrate de dárselas cuando la veamos. Bueno, es hora de hacer truco o trato, antes de que haya demasiada gente en la calle.

El teléfono malva de Emily suena sobre su tocador y lo coge al instante.

Gruño.

—Em…

—Un segundo —gimotea.

—Date prisa —le ordeno—. Nos tenemos que ir.

Pero no creo que me haya oído sobre su embobado:

—Hola, Josh.

Cojo la máscara de Ghostface y empujo a Brittany con ella, a la vez que le susurro:

—Le damos cinco minutos. Luego, la asustamos.

Mi hija pequeña se echa a reír, conforme.

Bajamos las escaleras hacia el salón. La puerta principal se abre, dando paso a una música escandalosa, gritos y risas infantiles procedentes de la acera, por donde pasan los críos vestidos de fantasmas, momias y demonios.

Carol cruza el umbral con una peluca negra y un gorro puntiagudo antes de dar un portazo.

El ajetreo del truco o trato vuelve a llegarnos amortiguado.

—¿Vas de bruja otra vez? —pregunto.

—Es el único disfraz que tengo —replica esta, dejándose caer en el sofá y pulsando un botón del mando a distancia—. He estado a punto de atropellar a unos críos de camino. —Hace zapping antes de parar en una conocida película de asesinos—. Esta nunca la he visto. —Se remueve entre los cojines.

Cojo a Brittany por los hombros y la giro hacia la cocina.

—¿Qué es eso? —pregunta, oteando entre mis piernas la televisión, donde un hombre levanta una sierra eléctrica encendida.

—Algo nada apropiado para los ojos de una niña —digo, empujándola hacia la otra sala y cubriéndole las orejas con las manos.

La puerta trasera se abre en cuanto nuestros pies pisan las baldosas. Rocket irrumpe en casa y no tarda en dar vueltas alrededor de Brittany como un loco. Michelle permanece de pie en el umbral, colocándose un mechón de pelo tras la oreja, antes de cerrar la puerta a sus espaldas.

—¿Ya no llamas como una persona educada? —la provoco mientras trato de meterme las manos en los bolsillos, pero se me deslizan por la delgada tela de la túnica, lo que consigue incomodarme.

«Por Dios, ¿desde cuándo me siento incómodo con Michelle?». Y no es porque lleve un vestido muy mono (no se ha disfrazado y pretendo meterme con ella por eso) o porque esté más despampanante de lo habitual (imposible), sino porque está aquí y es ella.

No sé qué habría ocurrido si Josh no se hubiese pasa-do por la pastelería hace unos días. La parte racional de mi cerebro sabe que lo más probable es que ella hubiera vuelto al hotel y yo hubiera seguido horneando. Pero otra parte de mí se pregunta si habríamos cruzado una línea invisible.

Michelle, la urbanita confiada, y yo, un pastelero cualquiera de un pueblo pequeño. Ahora mismo, es mi amiga más íntima y… estoy sobrepasando los límites.

Me estaba mirando con los ojos entornados, rodeados de sus oscuras pestañas y con una intensidad que nunca había visto.

Yo tenía las manos escondidas en su pelo.

Y ella, los labios entreabiertos. Su aliento cálido se entremezclaba con el mío.

El corazón me palpitaba con fuerza. Entonces, apareció Josh.

He ideado al menos cinco maneras distintas de matarlo desde entonces.

—Debería haberme disfrazado —expone Michelle, formando una fina línea con los labios.

—Sin duda —concuerdo con una sonrisa—. Pero me gusta. Es casual. Te queda bien.

—¿No te has disfrazado? —le pregunta Brittany a Michelle, y se le entristece la expresión.

—No quería eclipsar tu maravilloso disfraz —responde esta, agachándose y ocultándole los mechones rebeldes bajo la descuidada calva postiza.

Se me contrae el pecho. Se porta genial con Brittany.

—¿Eres demasiado guay para disfrazarte? —pregunto, burlón.

Michelle me da un golpecito en el hombro.

—No lo bastante guay.

Los dos nos reímos, pero sus ojos no abandonan los míos y juro que inhalamos a la vez porque creo que ambos entendemos lo que acaba de ocurrir. Michelle nunca me toca de forma juguetona.

—¿De quién vas? —pregunta.

Tiendo un brazo.

—Ghostface. Un placer conocerte.

Se muerde el labio inferior al estrecharme la mano. La mía, cubierta por el guante, envuelve la suya.

—Michelle —responde.

Sigue estrechándome la mano.

—Bueno, Michelle, te guiaré por Copper Run esta noche de Halloween.

Sigue estrechándome la mano.

—Muchas gracias, señor Ghostface.

Y sigue estrechándome la mano.

Nuestros dedos se aferran entre sí. Entonces, dejo caer el brazo.

—Bueno, vámonos. —Ejerzo una ligera presión en el hombro de Brittany—. ¿Preparada?

—Sí —canturrea mi hija, quien levanta la cámara y me saca otra fotografía.

Pestañeo por las estrellas que flotan ante mis ojos.

—Britt, ten cuidado con eso —le pido, apresurándome a coger el teléfono de la cocina. Me llevo el auricular a la oreja y oigo la voz de Josh, que está diciendo algo sobre que el batería de R.E.M. ha dejado la banda.

Me acerco el micrófono a los labios todo lo posible y canalizo por él mi mejor imitación de Ghostface cuando gruño:

—¿Te gustan las películas de miedo?

En la planta superior, Emily grita y Josh suelta un chillido aún más agudo por el teléfono.

—Ma-madre mía —tartamudea Josh al otro lado de la línea.

—No hagas eso, papá —se queja Emily.

—Tú te has encargado del disfraz, Em. Y yo tengo el poder de imitar la voz. Cuelga el teléfono.

—Lo que tú digas —gime a través de un suspiro aterrado—. Eres un aguafiestas.

—Os vais a ver dentro de dos segundos.

—Sí-sí, señor Burke.

Emily gruñe.

—Josh, dijo que podías llamarlo… —Pero no oigo el final de la frase porque dejo el auricular en la base para que se despidan a solas.

Doy una palmada.

—¡Que empiece el espectáculo!

Miro a Michelle, que se detiene y dirige la vista a mis labios. El corazón vuelve a hacer ese movimiento horrible, dando un brinco como si fuera un pez fuera del agua. Me aclaro la garganta y desvía los ojos hasta los míos.

—¿Preparada? —pregunto con una carcajada, tratando de que mis palabras no demuestren el temblor que me provoca.

—Preparada siempre y cuando tú lo estés —responde a toda prisa. Luego, pasa a mi lado hasta el salón, al tiempo que desliza el colgante de su madre por la cadena con el pulgar y el índice. Lo hace cada vez que se pone nerviosa. «¿Está nerviosa?».

Emily baja a toda velocidad la escalera con una funda de almohada vacía flotando sobre su cabeza.

—Vamos a por caramelos.

—¡Sí! —grita Brittany con la voz más grave y parecida a la de un luchador que puede poner una niña de seis años.

Abro la puerta principal. Brittany es la primera en salir, seguida por Emily, quien se agacha para pasar bajo mi brazo corriendo.

Muevo la barbilla para indicarle a Michelle que pase.

Sin mirarme, hace lo mismo que Emily. Me roza con el pelo la tela que cuelga de las mangas de mi túnica, lo que añade electricidad estática a algunos de sus mechones sueltos. Por instinto, me río y se los recoloco.

Juro que vuelve a mirarme los labios. Luego, sonríe, como si tratara de ocultar lo obvio que ha sido, antes de girarse y recorrer la acera tras mis hijas.

—¡Divertíos haciendo truco o trato! —me grita Carol—. Y no pases demasiado miedo.

Trago saliva.

—Claro.

Sin embargo, creo que esta noche hay algo que me da más miedo que los fantasmas.