Capítulo 16. Michelle #4
Me acaricia la espalda. Sé que me está tocando por costumbre. Es su manera de ser, sin importar quien sea la otra persona. No obstante, una parte de mí quiere que me toque porque soy yo.
Levanto la cabeza unos milímetros y él apoya la mejilla en la mía.
—Deberías volver al trabajo —susurro.
—Debería —concuerda con un murmullo.
—Gracias por los secretos.
—Gracias por la compañía.
Me echo hacia atrás, pero no bajo los brazos de su cuello.
Desliza las manos hasta mi cintura y empieza a dibujarme un círculo con los pulgares en las costillas.
Con el índice, me abro paso por su pelo hasta rozarle la nuca.
Desvía los ojos hasta mis labios antes de centrarlos de nuevo en los míos.
Que me mire así siempre consigue ponerme nerviosa.
El corazón me late a un ritmo errático y, con el pecho presionado contra el suyo, noto su pulso acelerado.
Me oigo tragar saliva. Veo cada pincelada brillante en sus ojos azules, cada suave mota de avellana en sus iris. Siento que, con ellos, ve las profundidades de mi ser, me agita por dentro y me ancla los pies al suelo. El corazón se me sube a la garganta y quizá… Quizá…
Alguien llama con fuerza a la puerta de la pastelería. Me sobresalto, pero Cliff no se mueve. Frena el movimiento de la mano sobre mi cintura. Pasea los ojos por los míos, no estoy segura de qué está buscando.
Un puño vuelve a golpear el cristal. Pestañeo y me alejo de sus brazos.
—A lo mejor deberías…
—Sí —me interrumpe, pasándose una mano por el pelo, antes de salir de la cocina.
La campanilla sobre la puerta tintinea cuando Cliff la abre de golpe.
—Señor Burke…
—Josh —anuncia Cliff.
Me acerco al vestíbulo de la pastelería, observando cómo el color desaparece del rostro al chico mientras pasa los ojos de uno a otro.
—¡Qué alegría verte! —continúa Cliff, irónico, con los dientes apretados—. ¿En qué puedo ayudarte?
—No sabía si Emily estaba aquí. No se ha pasado a verme como suele hacer siempre.
—Está en el hotel —intervengo, por alguna razón sin aliento—. Ha estado esperando que la llames.
—Mierda, lo sabía —gime—. Mi madre ha estado acaparando el teléfono. Se ha apuntado a no sé qué sorteo de la radio.
—Una pena —ironiza Cliff, aunque parece tan desconectado de la conversación como yo.
Estoy perdida en lo que acaba de ocurrir. Fuera lo que fuese eso. Si es que ha sido algo. Estábamos bailando y, un minuto después, me encuentro de los nervios. Nunca he sentido esto estando con Cliff.
—Iré a buscarla al hotel —comenta Josh.
—La puerta principal está abierta —le digo.
—Gracias. Ah, ¿señor Burke?
Cliff cierra los ojos con fuerza.
—¿Sí, Josh?
—¿Puedo…? ¿Puede decirme cuál es el postre favorito de su hija? He pensado… No sé… Me gustaría averiguar cómo hacerlo o algo así.
Cliff deja caer los hombros y asiente.
—Los buñuelos de manzana —susurra.
—Buñuelos de manzana, buñuelos de manzana… —repite Josh.
—Te daré la receta.
—Gracias, tío. Quiero decir, señor…
—Llámame Cliff.
Juro que la sonrisa del chico se vuelve tan amplia y llena de vida que podría iluminar todo Copper Run.
—Gracias, Cliff. Eh, os veo luego.
La puerta de la pastelería se cierra y Cliff se gira sobre las botas, emitiendo un chirrido.
Se mete las manos en los bolsillos, a la vez que sus ojos me recorren el pelo, aterrizan en mis labios y vuelven al punto inicial.
Me está asimilando y, aunque siempre me ha contemplado así, con una mirada que ve lo que escondo en mi interior, nunca me he sentido más expuesta que ahora.
Me sonrojo y siento calor en todas partes. No en las mejillas o el pecho, sino en el estómago y más abajo. Esto se está volviendo peligroso.
—Debo volver —anuncio de golpe—. Seguro que Lisa y Carol estarán agobiadas. —Rebusco en el bolsillo y sostengo en alto el billete de cinco dólares de su hermana—. Me ha dado dinero para que le compre un paquete de tabaco.
Traga saliva y se obliga a soltar una carcajada, centrando la vista en sus zapatos en lugar de en mí.
—Ah, bueno, no lo hagas.
—No planeaba hacerlo —respondo. Lo coloco en el mostrador—. Diré que lo he perdido.
Sonríe.
—Se lo meteré en el bolso mañana sin que se entere.
—Gracias.
Paso a su lado sin mediar palabra y empujo la puerta. A mis espaldas, desliza el cerrojo.
No quiero girarme. No quiero saber si me está observando mientras me alejo. No quiero ver su posible sonrisa sutil elevarse por las comisuras de su boca. No necesito sentir cómo se me acelera aún más el corazón. Y, definitivamente, no necesito confirmar mi secreto más reciente.
Me gusta Cliff Burke. En el sentido de «gustar gustar», como diría Emily.
Me gusta su humor sarcástico y su vida desordenada y complicada. Me gusta que necesite tocar a los demás tanto como necesita el oxígeno. Me gusta que diga lo que quiere, que luche por conseguirlo y no se disculpe. Me gusta que, a pesar de todo, siga siendo mi amigo.
Me gusta Cliff Burke. Pero sé que a ese chico encantador que tiene a todo este pequeño pueblo comiendo de su mano nunca le gustaría una mujer tan arisca como yo.