Un otoño para ser feliz Capítulo 16. Michelle #3
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Capítulo 16. Michelle #3

—Mientras ellas jugaban en el jardín con las rosas, ¿dónde estabas?

Me encojo de hombros.

—No lo sé. Dentro. Leyendo, quizá.

—¿No querías salir?

Se me endurece el rostro y trago saliva.

—Nunca me sentí bienvenida.

—No parece algo que haría Birdie.

—Era complicado. Cuando era pequeña, se pasó triste mucho tiempo. Pero, cuando llegó Sara, todo pareció tener sentido de nuevo en su vida. Fue el soplo de aire fresco que necesitaba nuestra familia. No puedo explicarlo.

—Me gusta cómo hablas de tu hermana —comenta.

—Es mi persona favorita en el mundo —admito.

Una sonrisa suave se le extiende por los labios, lo que me provoca un cosquilleo cálido por el cuerpo, que repta por mi cuello hasta mis mejillas.

—Bueno, ya basta de hablar de mis sentimientos —me apresuro a decir.

Asiente.

—Me parece bien.

—Te toca —lo animo, estirando un botín—. Tú tienes suficientes sentimientos por los dos.

Suelta una carcajada.

—¿Sí?

—Ah, por supuesto. Seguro que te vale cualquier excusa para llorar.

—Puede —concuerda—. Veamos… ¿Qué quieres saber?

—¿Cómo estás?

—¿Cómo estoy? —repite—. Eh, no sé. Parece que la pastelería ha explotado. Emily tiene novio. Brittany no deja de decirme que quiere ser luchadora. Podría decirse que estoy un poco más estresado de lo habitual. Y Trace está… —Hace una pausa—. No sé, preocupada, supongo. Lo típico de las madres.

Deslizo el colgante por el collar, dándole vueltas, mientras pienso qué contestar. Nunca sé cómo reaccionar cuando habla de Tracy. Estuvieron juntos tanto tiempo que cualquier cosa que diga me parece inapropiada. ¿Cómo se van a comparar cinco años de matrimonio con catorce?

—Es buena persona —continúa—. La situación es —suspira— complicada. —Cliff me dedica una tenue sonrisa—. Pero, oye —suelta una carcajada—, no puedo quejarme. Soy un pesado.

Esbozo un mohín.

—No lo eres.

Me dedica una mirada que me lleva a encogerme de hombros.

—A ver, sí, pero… es esa pesadez la que te convierte en quien eres. Creo que le gusta a la mayoría.

Deja escapar un grave suspiro.

—Mira, llevo toda la vida escuchando lo abrumador que es estar conmigo. No necesitas regalarme los oídos.

—Bueno, si tú eres un pesado, entonces yo también lo soy —replico—. Difícil de contentar. Beligerante. Brusca. Según mi ex, aburrida. —Suelto un bufido.

—Para empezar, nunca vuelvas a decir eso de ti misma —me pide con aspereza, señalándome con un dedo—.

En segundo lugar, cambia esas palabras por otras.

Sofisticada. Con una opinión firme. E intimidante para las personas que no saben cómo comportarse con las mujeres fuertes. Eso es lo que más me gusta de ti.

Pongo los ojos en blanco.

—Soy muy cerrada.

—Te abres ante las personas que te caen bien.

—No me cae bien nadie.

—Sí, yo. Te gusto.

Se me para el corazón y esbozo una sonrisa.

—A veces —lo provoco.

—A veces es mejor que nunca.

La canción cambia en la radio de nuevo. Esta vez la reconozco. No es difícil ubicar el suave canturreo murmurado de Eddie Vedder. Me balanceo a su ritmo, pero me quedo inmóvil al instante cuando advierto que Cliff me está contemplando con las comisuras de la boca curvadas hacia arriba.

—¿Qué?

—¿Quieres bailar? —pregunta.

—¿Qué? ¿ Pearl Jam?

El resto de la sonrisa de Cliff se extiende por su rostro.

—Sí.

Suelto un bufido.

—No vamos a bailar pegados al ritmo de Pearl Jam .

—Ah, sí, claro que sí.

Despacio, se acerca hasta donde estoy. Me rodea el codo con los dedos para que abra los brazos cruzados, me coge de la mano y me coloca la otra en la parte baja de la espalda. Contengo el aliento cuando tira de mí para acercarme y baja la mejilla hasta rozar la mía. Entonces, nos mecemos.

Al final, él da un paso al frente y yo retrocedo. Luego, se desplaza a un lado y lo sigo. Me está guiando y odio que me guíen. Sin embargo, con Cliff, no parece que esté tomando el control. Se mueve conmigo, a la par. Es un baile para el que se necesitan dos, no uno con un poder abrumador.

—Recuerdo la primera vez que oí esta canción —murmura, y su cálido aliento me cosquillea la oreja antes de bajarme por el cuello—.

Estaba de camino al médico con Emily. Tenía una tos como un trueno.

La pobre se sentía fatal y me encontraba al límite.

No había dormido desde hacía días. Pero, cuando la pusieron en la radio, fue como si de repente hubiera dejado de tener tos.

No sé cómo explicarlo. Dice que recuerda también esa noche.

O quizá he contado la historia tantas veces que ha acabado creyendo que era real.

—Me gusta esa historia —susurro.

—Hum. Es una canción maravillosa, pero esa clase de recuerdo debería estar relacionado con…, no sé…, otra cosa que no fuera Eddie Vedder.

Suelto una risita.

—¿Quieres saber un secreto?

—¿Un secreto de Michelle? ¡Por fin!

—En realidad, me encanta esta canción. —Su risa me roza el cuello y continúo—: Y Allen la odiaba.

—¿Cómo es posible que alguien la odie?

—Es gracioso. Nos conocimos cuando yo tenía veintitrés años y, fuera lo que fuese, si me gustaba a mí, era demasiado joven para él, demasiado infantil.

—¿Tú? ¿Infantil?

—Y no me hagas hablar de La chica de rosa . También la odiaba.

—¿Cuántos años tenía este tío?

—Allen me lleva veinte años. —Cliff se queda en silencio, y una pequeña parte de mi ser se siente avergonzada—.

Creo que me gustaba que fuera… un adulto, ¿sabes?

Que no tuviera que encargarme de él como hacía con mi madre o mi hermana.

Pensé que quizá cuidaría de mí. —Suelto una carcajada jadeante—. Qué tontería, ¿no?

Cliff me aprieta contra sí.

—Para nada. Mereces que cuiden de ti, Michelle.

Me deleito con sus palabras.

—Y la mujer que me llamó… no debía de tener más de veintidós. Quizá no le gustó que me estuviera haciendo mayor. No sé.

Cliff se echa a reír de nuevo, pero no parece que se esté burlando de mí. El sonido retumba en mi interior, sobre mis hombros y a lo largo de mi columna vertebral, donde descansa su mano, como si estuviera mimando mis terminaciones nerviosas. Protegiéndolas.

—No… No me sorprendí cuando me enteré de que me había engañado —admito—. A decir verdad, ni siquiera lo echo tanto de menos. Lo que me falta es… el ruido. Cuando se está sola, hay demasiado silencio.

Cliff me coloca el pulgar y el índice en la barbilla para girarme la cara hacia él.

—Pasará —dice.

Entreabro los labios para susurrar un ahogado:

—Eso espero.

—Cuéntame otro secreto —murmura, y la petición me vibra en la oreja.

—Tengo demasiados —confieso—. No sé por dónde empezar.

—Aceptaré todos los que me entregues.

—Quiero saber más de ti.

Se echa a reír.

—¿Tu secreto es que quieres conocerme?

—¿Por qué no funcionó lo tuyo con Tracy?

De repente, Cliff se queda callado. Me estremezco y el rostro me arde. Me río con un resoplido.

—¿Lo ves? Soy demasiado brusca.

Me suelta de la mano, pero, en lugar de alejarse, me levanta los codos para colocarme los brazos sobre sus hombros. Me acerca a su pecho.

—No digas eso —me pide.

Entrelazo las manos tras su cuello y lo único que se me ocurre decir es «vale» porque el temblor en su tono parece reflejar indignación, como si le molestara que la palabra hubiera salido de mi boca.

—Lo que ocurrió fue que un día Tracy decidió que no quería seguir aquí —comienza—. Así de sencillo. Dijo que llevaba mucho tiempo pensándolo, antes incluso de que tuviéramos a Brittany.

—¿Cuántos años tenía cuando os separasteis?

—Tres —contesta—. Me sorprendió cuando dijo que quería intentar tener otro hijo, sobre todo porque Emily ya se estaba haciendo lo bastante mayor como para poder hacer más cosas, para disfrutar un poco más de la libertad que no habíamos tenido como padres adolescentes.

Sin embargo, Trace dijo que quería probar con un niño que fuera buscado.

¿Y quién era yo para negarme? Me encantaba ser padre.

Pero, después de que naciera Brittany, fue como si siguiera sin encontrar lo que fuera que estaba buscando.

Luego, un buen día se sentó conmigo y dijo que ya no le gustaba.

No habló de amor, lo recuerdo con claridad.

No le gustaba. Le pregunté que desde cuándo y dijo que quizá nunca le había gustado.

Noto una punzada en el corazón. Desasosiego. «¿Quién le dice algo así a otra persona? ¿Quién le dice algo así a Cliff?».

—Lo siento mucho —musito.

Deja escapar una carcajada sarcástica.

—No fuiste tú quien lo dijo. Sé que siempre estoy de broma. Que soy irónico y no me suelo tomar nada en serio. Es normal que no le guste a la gente.

Las palabras no parecen pertenecerle. Son las de Tracy. Las semillas de esas ideas se plantaron hace años y han tenido tiempo de florecer, y ahora han echado raíces en su interior.

—Es muy raro que no le gustes a alguien, Cliff —le aseguro—. Lo digo en serio. No me gusta la mayoría de la gente, pero tenías razón, tú sí. Por eso, no te disculpes por ninguna de tus bromas. Las disfruto.

Suelta un bufido.

—No te ablandes conmigo.

—Vale, no alabaré tus bromas nunca más, siempre y cuando sigas haciéndolas.

Se echa a reír.

—Trato hecho.

Dejo caer la cabeza sobre su hombro. Me acuna la nuca y me masajea la piel bajo el pelo. Con calidez. Con delicadeza.

—No me puedo creer que estemos bailando esta estúpida canción —añado con un suspiro.

—No me puedo creer que te haya convencido para que lo hagas.

Me río con suavidad y él me imita. Me abraza con más fuerza y entierro la cabeza en la curva de su cuello. Percibo su olor a vainilla y canela, pero también ese perfume cítrico exclusivo de Cliff, el secreto que esconde tras su coraza.