Capítulo 16. Michelle #2
Mis pies saben adónde ir antes que yo. Diez minutos después de abandonar el hotel, estoy llamando al cristal de la puerta cerrada de la pastelería Burke’s.
Me meto las manos en los bolsillos de la chaqueta de cuero y estudio la plaza mientras espero.
El parque está preparado para el truco o trato de este viernes.
Una valla negra de hierro forjado recorre la acera con calabazas clavadas en los barrotes y unos esqueletos de plástico están recostados en mecedoras dentro del cenador.
Los fantasmas de papel maché se deslizan entre las ramas de los árboles, chocando con las escasas hojas amarronadas y doradas.
Halloween en Seattle y en Copper Run no podría ser más diferente.
En lugar de las bocinas de los coches, se oye el susurro de la brisa.
No hay ninguna fiesta aterradora secreta a la que solo se puede acceder con invitación, sino que todo el pueblo participa en la celebración, que se remata con jardines temáticos y negocios cuyos escaparates están cubiertos de brujas o Frankensteins del suelo al techo.
No estoy acostumbrada a sentir el espíritu festivo de esta manera.
La puerta de cristal de la pastelería se abre con un tintineo.
Cliff se apoya en el marco. Su pelo está revuelto.
Su color habitual de hojas otoñales ahora presenta un rocío de motas de azúcar en polvo, supongo que procedente del mismo incidente que le ha manchado la mano que tiene apoyada en la jamba.
En el delantal advierto restos de lo que creo que es naranja y glaseado blanco.
Debajo, solo lleva una camiseta blanca. Me parece que nunca lo he visto sin una camisa de manga larga.
En algún punto tras él, una radio emite a todo volumen una canción de rock alternativo de la lista Billboard Hot 100 que he oído a menudo, pero cuyo nombre nunca recuerdo.
A Cliff se le marca la cicatriz al lado de la boca y una media sonrisa se le desliza por los labios.
—¡Qué agradable sorpresa!
Me cuelo bajo su brazo y entro en el local.
—Tu hermana me ha echado.
Cliff se ríe, cierra la puerta a nuestras espaldas y bloquea el cerrojo. Las luces del techo del vestíbulo de la pastelería están apagadas. Solo los rayos de los fluorescentes se derraman desde la trastienda. El lugar huele de maravilla, a vainilla, canela y tartas. A Cliff.
—¿Qué has hecho esta vez? —me acusa.
—Mi trabajo.
—Ah, ¿no sabes que Carol odia a la gente que trabaja?
Me sigue hasta la cocina, pero el panorama que me recibe me detiene. Es un desastre desorganizado. La mesa de trabajo de acero está a rebosar de mangas pasteleras olvidadas con glaseado, moldes para galletas usados, una explosión de azúcar y una bandeja de magdalenas de cuya mullida cima sale humo.
—¿Impresionada por mi desorden? —se burla Cliff—. Si Carol pudiera echarme de la pastelería, me echaría, te lo garantizo.
—¿Por qué no puede?
Se inclina hacia mí y añade:
—Porque nadie hornea como yo.
Su sonrisa engreída le curva las comisuras de la boca cuando pasa a mi lado y me roza la espalda con el pecho musculoso. Me tenso. Su habilidad para decir las cosas de manera directa y desprender esa confianza son puro talento.
—Parece que estás ocupado —comento.
—No solo lo parece —responde—, lo estoy.
—¿En qué puedo ayudar?
—Adicta al trabajo —se burla justo cuando pita el horno. Lo señala con la barbilla—. ¿Quieres sacarlo?
Obedezco. Advierto que me está observando, inclinado sobre la mesa con los brazos cruzados mientras me recorre los hombros de arriba abajo con los ojos.
—Me gusta que lleves el pelo así.
—Ah, eh —tartamudeo—. Hum, ¿recogido?
—Sí, te queda bien.
—Es mi pelo de siempre.
—Eso y la manera en la que estás sacando la bandeja del horno —añade—. Tienes un don natural. Al menos, no te estás quemando.
—Hasta donde tú sabes.
Ausente, señala una repisa en la que puedo dejar la bandeja, a la vez que él se aleja de la mesa de trabajo para acercarse a mí.
Estira el brazo para colocarme la mano sobre el hombro y me acaricia la suave quemadura sobre el hueco del codo con el pulgar, por lo que se me eriza la piel de todo el cuerpo mientras trago saliva.
—Ya casi no se nota —observa.
—La tendré roja un tiempo, ¿no? —pregunto.
—Quizá siempre. Es una cicatriz de guerra. Todos tenemos alguna.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Tú? ¿El pastelero profesional?
—¿Profesional? Por favor.
Se sube la manga corta de la camiseta y extiende los brazos para mostrarme la parte inferior.
Nunca me había dado cuenta de las imperfecciones desvaídas que le cubren la piel.
Siempre tenía los brazos escondidos bajo jerséis o camisas de franela parcialmente remangadas, pero ahora veo una o dos líneas en la parte superior, allí donde se le curvan unos bíceps tonificados que tampoco había visto.
Incluso veo una cicatriz casi invisible cerca del hombro musculoso.
—Vaya, sí que pertenezco al club de pasteleros —bromeo.
Suelta una mezcla de bufido y carcajada.
—Te conseguiré la tarjeta de membresía. Es comestible.
Sonrío y pongo los ojos en blanco. Cliff se baja las mangas y toma una nueva hoja de papel vegetal antes de echarle harina encima y coger lo que sea que acaba de amasar para extenderlo de nuevo.
Observo cómo presiona y acaricia la masa con las manos.
Gira las muñecas al estirar el brazo hacia una de las mangas pasteleras abandonadas.
Es gracioso cómo la energía caótica de Cliff parece adoptar una precisión láser ante la mesa de trabajo.
—¿Sí? —pregunta Cliff.
Me sobresalto.
—¿Qué?
—Piensas muy alto. ¿Te lo ha dicho alguien alguna vez?
—Tú.
—Ah. —Me dedica una sonrisa de superioridad cómplice—. Por cierto, ¿ves esa cajita de ahí? Tengo una nueva manía rara de pastelero para ti.
Sonrío. Empiezo a esperar con ansias su siguiente manía rara de pastelero.
Abro la caja. Dentro hay un hojaldre con forma de diamante, doblado en el centro sobre una fina capa de lo que parece mermelada. Tiene una lluvia de azúcar en polvo por encima. Se ve delicioso. Cliff no necesita pedirme que lo pruebe, ya me he metido la mitad en la boca.
Un bocado es suficiente para desbancar a cualquier comida que exista en el paraíso. Inhalo y exhalo.
—Cliff…
—¿Está bueno? —pregunta.
—Una de tus mejores creaciones.
Vuelvo a dejar el dulce en la caja, haciendo que suspire. Me limpio los labios con una servilleta.
—Parece que nunca estás satisfecho.
—Porque no lo estoy —admite, indiferente—. Bueno, ¿qué tal te ha ido el día?
—¿Vas a cambiar de tema así sin más?
—Exacto. ¿Un día movidito?
Sé que no hay manera de reconducirlo una vez que Cliff está decidido. Por eso, solo asiento y le sigo el rollo.
—Sí, me ha llamado mi hermana.
—¿Malas noticias?
—No, va a venir con mi padre en Acción de Gracias.
—¡Paulie! —exclama Cliff a la nada—. Echo de menos a ese hombre.
«Paulie. Birdie».
Cierro los ojos. Por Dios, esa mujer me llamó por el nombre de mi madre. ¿Por qué me ha resultado tan… raro?
La canción de la radio cambia a otra balada rock bastante popular. Cruzo uno de los botines sobre el otro y sigo viendo cómo le da vueltas a la masa. Suspiro.
Cliff suelta una risa inesperada y entorna los ojos.
—Entonces ¿no quieres hablar de lo que te inquieta?
Alzo la cabeza.
—¿Hum? No.
Junta los labios y los abre, emitiendo un «plop».
—Me parece bien.
—¿Ya está?
Ejerce presión con la palma de la mano en la masa y se encoge de hombros.
—Bueno, si prefieres guardártelo para ti, es asunto tuyo, no mío.
Abro la boca. A continuación, la cierro, intentando asimilar esta nueva lógica.
Es muy distinta a la insistencia de Allen.
Ahora, cuando le digo a Cliff que no me apetece, deja que siga viviendo de una manera que me hace sentir tranquila.
No sé cómo tomarme esa clase de comprensión.
Por irónico que parezca, hace que quiera hablar más.
Quizá eso es lo que desea Cliff. A lo mejor es psicología inversa. Aunque algo me dice que no es así.
—En realidad, sí —rectifico—. Quiero hablar de lo que me mantiene inquieta.
Cliff deja de trabajar y da una palmada, provocando una nube de harina. Sonríe.
—Tienes toda mi atención, Michelle.
Giro la cabeza hacia un lado, inhalo y hablo.
—Hoy una mujer me ha llamado Birdie.
Se le cambia la cara.
—Vaya.
—No pasa nada.
—¿Cómo te ha hecho sentir?
Me encojo de hombros.
—Creo que ha hecho que recuerde que estoy dirigiendo su hotel.
—¿Eso es malo? —quiere saber.
—No —admito—. Me he estado encargando de todo como una autómata.
Me he olvidado de que existe un mundo más allá de este.
He estado tan… —estudio con los ojos sus antebrazos, la manera en la que se le marcan al estar doblados sobre el amplio pecho, antes de desviarlos— distraída.
—Rápido, añado—: Ha sido raro que alguien hablara de ella de nuevo.
Aunque desvío la mirada hacia cualquier lugar posible, abriendo y cerrando los dedos sobre los codos, la de Cliff sigue fija en mí.
—Ojalá supiera más sobre su vida aquí —continúo—. Me gustaría tener más recuerdos de ella de los que tengo. O fotos.
—No se lo cuentes a Brittany. —Suelta un bufido—. Ya le he comentado la idea de comprar una cámara.
—Ahora no para de hablar de eso, ¿no?
—A todas horas —se queja—. Bueno, ¿qué quieres saber sobre Birdie?
La pregunta me descoloca. Me siento como si me hubiera escabullido de una conversación seria, pero me estuvieran arrastrando de vuelta a ella.
Dudo antes de preguntar:
—¿Era agradable?
—Mucho.
—¿Cuidaba de Brittany?
—Como si fuera su nieta.
Sonrío.
—Solía encantarme verla pasar tiempo con Sara.
—Ah, ¿sí?
—Sí —susurro. Apoyo la cadera en la pared a mi lado—.
Corrían juntas por el jardín a todas horas.
Mi madre siempre tenía rosales, incluso en la casa en la que crecimos.
Sara arrancaba las flores y eso la enfurecía.
Pero era un enfado fingido, ¿sabes? Nadie puede enfadarse con Sara —admito con una sonrisa.
—¿Y dónde estabas tú? —indaga Cliff.
Levanto los ojos hasta los suyos.
—¿A qué te refieres?