Un otoño para ser feliz Capítulo 16. Michelle
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Capítulo 16. Michelle

MICHELLE

El hotel está a rebosar. Dado que faltan dos días para Halloween, es normal que este sea el destino de los turistas, no únicamente de la pareja de la luna de miel, sino también de otras dos familias.

Solo hay tres habitaciones para huéspedes en toda la casa y no podíamos acoger a ninguna persona más.

—Vale, ya he preparado el colchón hinchable —le digo a la mujer que parece agotada—.

Y le he puesto las sábanas de los Power Rangers, así que es obvio quién va a dormir ahí.

—Señalo con la cabeza a los gemelos que recorren el salón con una figura de acción en la mano—. Tú te quedarás con la cama principal.

Suelta un suspiro.

—Eres un ángel, Birdie.

Un escalofrío me recorre los brazos cuando me estrecha la mano.

—Ah. —Me quedo paralizada—. En realidad, Birdie es mi madre. Soy Michelle.

La mujer se pasa una mano por la mejilla, tirándose de la piel alrededor del ojo.

—Ay, Dios, lo siento mucho. Hace días que no duermo bien.

—No te preocupes —respondo, soltando una carcajada forzada.

Era inevitable que alguien cometiera ese error porque aún no hemos actualizado los letreros y la información sobre los dueños. Quizá sea bueno que haya ocurrido a finales de mes, cuando ya llevo aquí el tiempo suficiente como para que no me afecte. Aunque no aligera la presión en el pecho.

El teléfono suena en la cocina, así que cruzo la puerta a toda prisa.

Emily y Brittany están sentadas en la barra de desayuno con un montón de papeles dispersos a su alrededor.

La pequeña colorea un dibujo mientras la mayor hace los deberes.

Tropiezo con la cama de Rocket, por lo que llego a trompicones al teléfono.

Emily levanta la mirada. Unas ojeras oscuras le enmarcan los ojos.

—¿Estás bien? —le pregunto, a la vez que el teléfono emite su berrido ensordecedor a mi lado.

—Sí.

—¿Em?

Curva los hombros.

—Josh no me ha llamado hoy.

—Ah, lo… —El teléfono vuelve a sonar y suelto un gruñido—. Un segundo. —Descuelgo el auricular de la base—. Gracias por llamar a Bird & Breakfast. Soy…

—¡Shells!

La voz de mi hermana hace que el corazón se me suba a la garganta, me invade de inmediato la culpa. No recuerdo la última vez que hablamos.

—Sara —digo con un suspiro. Es curioso cómo las distracciones en el hotel han conseguido que me olvide de todo lo demás.

—¿Te pillo en mal momento? —pregunta.

—No, no, es el momento perfecto —miento.

Emily deja el bolígrafo en la mesa y arquea una ceja, juzgándome. Yo arqueo las dos como respuesta.

—Tengo la casa hasta los topes —me corrijo—. Ya sabes, por Halloween.

—Ah, guay.

Oigo cómo un sofá de cuero gime al otro lado de la línea.

Se está acomodando, lo que significa que, si me descuido, nos pasaremos una hora al teléfono.

En otro momento, no sería un problema, ya que llevamos una o dos semanas sin hablar, pero me duele la espalda y el arco de la planta de los pies me está pidiendo a gritos un descanso tras pasarme el día corriendo de aquí para allá por la casa.

—Sí, estamos hasta arriba, Sara —le cuento.

Emily abre mucho los ojos. Cubro el micrófono con la mano y susurro:

—Es mi hermana.

—¿Tu hermana?

—¿Con quién hablas? —se interesa Sara.

Me toqueteo el pendiente y cierro los ojos con fuerza.

—Lo siento, con la hija de Cliff.

—¿El Tío Bueno?

—¿También es de Seattle? —pregunta Emily.

—Sí —les contesto a las dos.

—Aaah, Shells, así que piensas que está bueno, ¿no?

—Sara, no… —Pero no concluyo la frase porque, vaya, no es un puente que esté deseando cruzar exactamente.

Mi hermana suelta un grito ahogado ante mi silencio.

—Ay, no me lo creo.

—¿Puedo preguntarle por qué los chicos dan asco? —canturrea Emily con el ceño fruncido.

—Eso me lo puedes preguntar a mí —replico.

Sara se echa a reír.

—¿Preguntarte qué? ¿Si crees que está bueno?

—Sara —la advierto de nuevo—, solo es un amigo.

Ahora es Emily la que suelta un grito ahogado.

—¿Estáis hablando de mi padre?

La señalo con el dedo.

—Dame un segundo.

—¿Yo? —pregunta Sara.

—No, tú no.

—¿Yo no? —dice Emily.

—Deja de complicarme la vida.

Sara se echa a reír.

—¿Yo?

—¡No!

Me reclino contra la pared justo en el momento en el que se abre la puerta de la cocina. Uno de los gemelos de la huésped irrumpe por ella en busca de un aperitivo.

Por suerte, Emily se pone en pie, me enseña los pulgares y en silencio lo guía hacia el salón mientras le pregunta:

—¿Dónde está tu mamá?

Al otro lado de la puerta, el zumbido ininteligible de las conversaciones continúa, pero suena lo bastante amortiguado como para que pueda respirar hondo.

—Lo siento —le digo a Sara, dejando escapar todo el aire—. Aquí la situación es un poco caótica.

—Sin embargo, parece que te va bien.

—Supongo. Al menos, este sitio sigue adelante.

Emily saca la cabeza por el umbral.

—¿Puedes preguntarle…?

—¡Em! —replico con una carcajada—. ¡Dame un segundo!

Emily sonríe al saber que se está pasando. Desaparece al otro lado de la puerta.

—Esa adolescente me va a matar —le susurro a Sara antes de soltar un suspiro y echar la cabeza hacia atrás para apoyarla en la pared. Mi hermana se queda callada al otro lado de la línea hasta el punto de que debo preguntar—. ¿Estás ahí?

—Pareces feliz, Shells.

Dejo escapar una carcajada forzada.

—¿Sí? Porque me siento estresada.

—Te gusta estar ocupada y ese tipo de cosas. Y parece que has conseguido hacer amigos.

—Sí, ¿quién no querría tener una amiga de dieciséis años? —ironizo.

—No, pero has dicho que su padre era tu amigo.

Deslizo el colgante por la cadena del collar.

—Ah, bueno…, porque lo es.

—Estoy deseando conocerlo.

—¿Vais a venir al pueblo?

—Sí, papá ha estado hablando del tema.

Me quedo paralizada en el acto. Me humedezco el labio inferior y junto los zapatos, que emiten un gemido.

No he preguntado por mi padre ni una vez.

He desaparecido en Copper Run, como pretendía.

Sin embargo, ahora me he perdido en el bosque, demasiado centrada en conseguir que el hotel prospere, adaptarme al pueblo y sacar adelante mi trabajo, como me ocurre siempre.

—¿Cómo está? —le pregunto.

—Mejor. Ya no ve series. Ahora da paseos.

Suspiro.

—Qué bien.

—Es genial —coincide Sara—. Por eso, estaba pensando que podemos ir a verte durante las vacaciones de Acción de Gracias.

—Me encantaría.

—Así podría conocer al tío bueno de tu vecino.

Me echo a reír, pero las carcajadas no tardan en apagarse.

—¿Sabes qué? Lo más probable es que te lleves muy bien con él. Es divertido. Creo que le gustan las rubias. —No sé por qué se me ha escapado eso de la boca. Ha ocurrido muy rápido, como un revoltijo de palabras con el que hubiera tropezado.

Cliff es amigo mío. No ha tenido ninguna cita desde que se divorció hace dos años. Mi hermana es como un rayo de sol en un frasco. Necesita un ápice de esa luz solar.

—¿En serio? —cuestiona Sara—. ¿No hay nada entre vosotros?

Se me encoge el pecho.

—No. En serio, no hay nada.

—A ver, si es mono —comenta con una risita—, no me negaría.

—Se lo preguntaré, entonces.

Nunca he hecho de celestina entre un amigo y mi hermana. Nunca he tenido en mi vida a un amigo disponible para considerarlo. Quizá por eso me arda el estómago. Por mi falta de habilidades como casamentera. No quiero que le hagan daño a mi hermana y tampoco que Cliff salga mal parado.

La puerta de la cocina se vuelve a abrir y Carol asoma la cabeza por el umbral.

—Por Dios, cuánto ruido hay ahí fuera —comenta, a la vez que saca el paquete de tabaco del bolsillo.

—¿Dónde está Cliff? —pregunto.

—En la pastelería —dice y, al abrir la cajetilla, frunce el ceño—. Hemos cerrado antes de tiempo. Ha recibido muchos pedidos de última hora para fiestas de Halloween.

Sonrío.

—No puede evitarlo.

—No. —Carol tira el paquete vacío a la basura y se sienta en la mesa con Brittany—. Pero estoy aquí para relevarte como canguro.

La puerta se abre una vez más y, en esta ocasión, es la madre de los dos niños.

—Lo siento mucho. ¿Cómo te llamabas? No eras Birdie, sino…

—Michelle.

—Lo siento mucho, Michelle. ¿Las toallas están en la habitación?

—Sí…

—Yo me encargo —me asegura Carol, quien cruza el umbral antes de que pueda negarme.

—Te llamaré en un par de días —me informa Sara a través del teléfono.

Pestañeo, volviendo a nuestra conversación.

—No, espera…

—Sí, estás ocupada. Voy a colgar. No te enfades. Te quiero.

Asiento, aunque no puede verme. Un muelle tenso en mi pecho está a punto de saltar por el calor que me cosquillea el cuerpo hasta las yemas de los dedos.

—Te quiero —respondo y, justo cuando estoy pronunciando las palabras, oigo el pitido de fin de la llamada.

Cuelgo el teléfono en el momento exacto en el que Carol entra con Lisa y Emily pisándole los talones. La anciana me toca el hombro, observándome con esos ojos que parecen diminutas canicas tras las gafas de pasta gruesa.

—¿Cómo ha ido el día?

—Una locura —confieso.

—¿Familias grandes?

—Familias grandes —repito. Me ruge el estómago y me coloco una mano en él—. Aj, creo que se me ha olvida-do comer.

Carol pasea los ojos de mi estómago a mí y, después, a Lisa. Las dos intercambian un asentimiento, cómplices.

—Sal de aquí —me exige la anciana.

Arqueo una ceja.

—¿Qué?

—Vete —interviene Carol—. Cómprale un sándwich a Betty o algo.

Suelto un bufido.

—No puedo marcharme.

—Claro que puedes —insiste—. No vuelvas a aparecer por esta casa hasta dentro de una hora. Nos encargaremos de esto. Emily nos ayudará.

La adolescente se queda boquiabierta.

—Esperad, ¿me toca trabajar? ¿Y si llama Josh?

Carol le da un codazo y asiente.

—Vete, Michelle. O te echo a patadas. ¿Qué te parece esto? Me vas a ayudar porque… —rebusca en el bolsillo y saca un billete de cinco dólares— me vas a comprar otro paquete. ¿Ves? Eres útil.

Lisa se sorbe la nariz.

—Carol, cariño, es un hábito horrible.

Arqueo una ceja.

—Yo tampoco lo apoyo.

—Os parecéis a Cliff —se queja, sombría, pero vuelve a agitar los cinco dólares ante mi cara—. Vamos, vete ya.