Capítulo 15. Cliff #3
—En el hotel.
—¿Con Michelle otra vez?
Me echo a reír.
—Sí —respondo con lentitud.
—¿Y qué habéis hecho?
—¿A qué viene este interrogatorio?
—A nada —contesta, pero lo hace con un falso tono indiferente que quiere decir: «Sí, es obvio que hay una razón».
No logro ocultar el calor que me sube por el cuello.
—Es mi amiga, ya lo sabes.
—¿Tu amiga?
Suelto un bufido.
—Sí.
—Es la primera amiga que tienes.
—Lars es mi amigo.
—Una amiga chica, sin bigote ni una obsesión por la pizza y los dónuts.
Ladeo la cabeza y apoyo las manos en el borde de la mesa curva de trabajo.
—¿Tienes algo que decir al respecto, Carol?
Se inclina y suelta la bomba:
—¡Vamos! No es solo una amiga. Es muy guapa.
Me da un vuelco el corazón.
—Bueno, claro que es guapa, pero sí —susurro, sarcástico—, solo es mi amiga.
Carol aprieta los dientes.
—¿Qué problema hay si te gusta?
—Me gusta.
—Sabes a qué me refiero. —Aprieta los labios—. ¿Sigues enganchado a Tracy?
—No —espeto, dejando escapar todo el aire. Luego, niego con la cabeza y suspiro al notar cómo la angustia me recorre por dentro—. Dios, no.
—Bien —contesta alguien, pero no es Carol.
Lars gira la esquina, ya vestido con la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la corbata roja con el patrón de pequeñas pizzas que decora la tela.
—Lars, ¿no trabajas nunca? —lo reto.
Se encoge de hombros.
—La pizzería abre tarde. Y soy el dueño. Puedo entrar cuando me plazca. —Mira a Carol—. ¿Y mi dónut?
Mi hermana le tiende una servilleta con el dónut cubierto de glaseado que le tenía guardado, como todas las tardes. Pero sigue con los ojos fijos en mí.
—¿Estamos hablando de Trace? —insiste Lars—. ¿O de Michelle?
—No —digo.
Al mismo tiempo que Carol contesta:
—Sí.
—Oye, déjalo —le pido, apremiante.
—No, porque hacía años que no te veía así de feliz y quiero saber por qué finges que no significa nada.
—Ah, sí, todos lo notamos —confirma Lars, expulsando un puñado de migas entre los labios.
Me paso una mano por la cara.
—¿Hay algo de lo que no esté al tanto?
—Hablamos de ti a todas horas —me asegura Lars—. El otro día Betty y yo dijimos que, si queríamos encontrar a Michelle, bastaba con buscar a Cliff. Los dos estáis siempre en el mismo sitio.
Carol abre mucho los ojos, como si dijera: «¿Lo ves?».
—Somos amigos —repito. Parezco un disco rayado y ha llegado un punto en el que me molesta hasta a mí.
Carol cruza los brazos.
—No, me niego a seguirte el rollo.
—¿Qué rollo?
—El del Clifford desgraciado.
Lars suelta una carcajada tan repentina que se atraganta con el trozo de dónut.
—Lo digo en serio —asevera Carol, dándole golpecitos en la espalda a mi mejor amigo—. Te pasaste años llorando por Tracy. Y era horrible…
—Oye, es la madre de mis hijas.
—¿Y? —replica mi hermana—. También es tu exmujer, la que nadie soportaba.
Trago saliva, notando una presión en el pecho.
—¿De qué estás hablando?
—Vamos —gruñe mi hermana—. La aguantábamos porque era Trace, pero, por Dios, todos sabíamos que no te merecía. Vimos cómo ocurría. Yo estuve en primera fila y odié cada segundo de la relación. Pero eres mi hermano y decías que eras feliz, por lo que te apoyé.
—Pero es cierto, tío, todos lo sabíamos —insiste Lars, dándose un puñetazo en el pecho antes de toser otra vez.
Carol suspira.
—Entiendo el panorama al que te enfrentabas, pero tuviste que esforzarte como si la vida te fuera en ello para intentar que les cayera bien a los demás. Eras su único punto positivo.
—Carol, no vamos a…
—No, voy a darte el discurso y, por una vez en tu vida, te vas a callar, hermano mayor.
Lo dice con un hilo de voz. Un hilo de voz mortal en mitad de una cocina ruidosa, sumida en el sonido de los Smashing Pumpkins en la radio y la tos ocasional de Lars, quien pasea la mirada de uno a otro.
—Eh…, voy a… Debería irme…
Carol sigue adelante.
—Te merecías algo mejor. Y Michelle es impresionante. La clase de mujer que Tracy quería ser. Sin embargo, la diferencia está en que a ella sí que le gustas por ser quien eres.
Suelto un bufido.
—En ninguna realidad, Michelle se fijaría en mí.
Lars tose.
—Gilipolleces —brama, a la vez que se lleva el puño a la boca.
—¿Necesitas agua? —le ofrezco.
Carol gruñe.
—Es fácil que le gustes a la gente, Cliff. Tracy era estúpida y te hizo pensar que no era así. Si hubiera podido darle una paliza por eso, lo habría hecho.
A continuación, se produce otro momento de silencio, en el que Lars hace una bola con una servilleta y se limpia los labios.
—Bueno, supongo que debería irme a dirigir el restaurante. No ha sido una pausa relajante. Para nada.
—Siento haberme acalorado —se disculpa Carol, aunque no está hablando con Lars. Arquea una ceja, mirándome—. Pero no lamento ni una palabra de las que he dicho.
En ese momento, el horno emite un pitido, avisándonos de que los dulces con aroma a romero ya están listos. Carol desvía los ojos hasta su puerta.
—¿Hojaldres? ¿Para quién?
Me acaricio el interior de la mejilla con la lengua, incapaz de contestar. Entonces, de inmediato, mi hermana sonríe.
—Solo una amiga, los cojones —espeta.