Capítulo 15. Cliff #2
Leo la siguiente línea en silencio antes de echarme a reír y obedecer:
—Los rollos de canela de cada mañana están divinos.
—Di-vi-nos —repite Michelle, enfatizando cada sílaba con un ademán de la mano.
—Divinos —repito, dejando a un lado el libro.
—¡Divinos! —chilla, rodeando el mostrador y lanzándose a mis brazos.
El impacto me corta la respiración. Me rodea el cuello con los brazos. Poso las manos en su cintura y le aprieto los costados mientras inhalo su suave aroma a azúcar caramelizado. Su pelo desprende un toque de romero (¡romero!) y los suaves mechones caen sobre mi nariz.
Da un par de saltos entre mis brazos antes de apartarse.
Reticente, dejo que se aleje y observo con una amplia sonrisa cómo se gira para volver a leer la reseña del libro de visitas.
Está preciosa así, tan emocionada y totalmente sobrepasada.
No sé qué mentiras se contará a sí misma.
Es imposible que lo que ofrezca no sea suficiente.
Suena el teléfono que hay en el mostrador y me apresuro a rodearlo para cogerlo.
—Cliff, ¡no! —exclama entre risas.
Extiendo el brazo para mantenerla alejada de mí tras colocarme el auricular entre la oreja y el hombro.
—Gracias por llamar a Bird & Breakfast, donde los rollos de canela de cada mañana están divinos. Al habla Clifford. ¿En qué puedo ayudarle?
—Cliff —gime Michelle entre carcajadas, brincando a mi lado para intentar arrebatarme el teléfono.
No dejo de alejarme de su alcance, pero, cuanto más me aparto, más se acerca hasta que me presiona el pecho contra el torso y las costillas y yo le coloco un brazo alrededor de la cintura.
Entonces…, siseo entre dientes y le devuelvo a toda prisa el teléfono.
Me dedica una sonrisa radiante, quizá ajena a lo que ha ocurrido, ¿quién sabe?
, y contesta a la llamada. Estoy sin aliento.
Camino sin rumbo fijo para salir de la recepción mientras me paso una mano por el pelo que no deja de caerme sobre la frente, y al mismo tiempo observo cómo la lluvia gotea desde el borde del porche frontal.
Me trago el latido desbocado de mi corazón, me palpita en la garganta.
Después, más estabilizado por fin, me giro para ver cómo Michelle asiente al teléfono, con el extremo del bolígrafo entre los dientes.
El brillo de la lamparita del mostrador se le refleja en las mejillas rosadas, dibujando una sombra sobre sus ojos, a través de los que me mira con una sonrisa.
El mundo tiembla. De repente, siento que me voy a hundir en el suelo hasta aterrizar en el centro del planeta.
«Dios, es impresionante».
Le hace una pregunta tras otra a la persona que hay al otro lado de la línea, y yo podría pasarme todo el día observando sus labios voluminosos. Son carnosos. Oscuros. Se abren ligeramente para revelar el resquicio de unos dientes blancos y rectos.
«¿Cómo diablos he conseguido el privilegio de ver esta versión de ella?».
Michelle es una mujer astuta. Poderosa. La clase de chica que se contonea por las calles de la ciudad, llevando en la mano una gruesa agenda repleta de eventos sofisticados que tienen lugar entre los dos y los cinco meses siguientes, como mínimo.
Mientras que mis únicos planes cada noche incluyen a mis dos hijas y mi hermana.
Quizá alguna copa con Lars o una sesión de bingo con George si me invita el anciano.
Somos muy diferentes. Michelle lleva cinturones elegantes, camisas a medida y tiene cincuenta modelos distintos de zapatos de diseñador. Yo llevo deportivas y camisas de franela, y la mitad de las veces tengo una mancha de harina o azúcar en algún punto de mi piel.
Sin embargo…, me gusta. El estómago se me contrae, formando un tenso nudo. Me gusta Michelle.
Me siento atraído por ella, lo que no es nuevo, pero este afecto que me acelera el corazón…
es raro, aunque, a la vez, conocido de una manera extraña.
Es algo que no he sentido desde que tenía dieciséis años.
Michelle es divertida cuando quiere y a veces cuando no lo intenta.
Es preciosa. Y agradable. Y, sobre todo, no teme avisarme si me estoy comportando como un imbécil.
Trago saliva de forma audible antes de desviar los ojos de ella.
Me estoy pillando por mi amiga inalcanzable. Quizá, en otro mundo, podría funcionar. No sé en qué mundo, pero en este está claro que no, ya que yo soy un tornado andante y ella es preciosa, está fuera de mi alcance y se marcha en dos meses.
Michelle levanta la mirada y sonríe mientras permanezco en el umbral. Hace un gesto con la mano y vocaliza en silencio: «Sal de aquí».
Me echo a reír.
«Sí, necesito salir de aquí cagando leches».
Me apresuro de vuelta a la pastelería, donde se ha formado una pequeña cola que rodea el escaparate pintado de calabazas y un mural de Drácula con los rasgos de un dibujo animado.
—Lo siento, lo siento —me disculpo, poniendo las manos en alto.
Carol me dedica la mayor mirada asesina que he visto jamás.
—¡Cliff! ¿Tienes alguna magdalena ahí dentro? —pregunta Sandra, con los brazos llenos de flores, hojeando el interior de la cocina cuando entro en ella. Debe de haber hecho una parada en boxes antes de entregar otro pedido.
—¿Para ti? Por supuesto —contesto.
Alguien más se frota las manos, expectante. Estas personas son buitres, lo juro.
Me pongo a trabajar enseguida, horneando la segunda tanda del día de todos los productos. La comida que he preparado esta mañana a las cuatro ya ha quedado reducida a migajas, por lo que saco todo el material que tenía preparado en la nevera y lo introduzco en el horno, un dulce tras otro.
Cuando se acaba el momento de estrés tras la comida, incluido algún extra al que ha invitado la casa por la espera, por fin meto una pequeña ración de hojaldres recién elaborados en el horno.
Contienen un relleno de mermelada donde he mezclado frambuesa y romero.
Hacía tiempo que no los cocinaba, ya que no son los favoritos de los habitantes del pueblo.
Pero quizá a alguien le gusten esta vez. A Michelle, por ejemplo.
Carol al fin se reúne conmigo en la cocina, donde apoya la cadera contra la mesa de trabajo.
—¿Dónde has estado al mediodía? —pregunta.