Capítulo 15. Cliff
CLIFF
—Cojín.
—Cojín. —Michelle me lanza el cojín de una de las habitaciones de huéspedes del hotel, como le he pedido, pero me golpea justo en la cara. Se cubre la boca para reprimir una carcajada—. Pensaba que estabas mirando.
Lo recojo y se lo lanzo de vuelta. Le aterriza con suavidad sobre el rostro, pero suelta un grito ahogado.
—Clifford Burke… —Michelle agarra el cojín del suelo y me golpea con él.
Pongo las manos en alto mientras me río y trato de protegerme de un segundo ataque.
Esboza un mohín, curvando el labio inferior, al mismo tiempo que trata de no reírse.
Sin embargo, cuando se lo arrebato y lo sujeto sobre su cabeza, se cubre el pecho con los brazos y deja escapar el aire. Me inclino hacia ella.
—No puedes enfadarte conmigo.
—No es verdad —dice, quitándome el cojín de las manos y colocándolo junto a los tres que ya adornan la cama. Me dedica una sonrisa burlona—. Siempre estoy enfadada contigo.
— Touché .
Todas las fundas rosas del colchón tienen volantes o encaje. Tengo la sensación de que estamos en una de las habitaciones de Lisa con demasiadas muñecas. La lluvia en el exterior aporta un extra de inquietud al ambiente.
—¿Quién querría algo así en su luna de miel? —pregunto, apoyándome en el marco de la puerta—. Puaj.
—¿Estás diciéndole «puaj» a mi suite para recién casados? —se ofende Michelle.
—Se lo estoy diciendo a la suite para recién casados de Birdie.
Michelle me golpea con la cadera al salir por la puerta y apaga la luz a sus espaldas.
—La colcha rosa aparece incluida en el pack de la luna de miel, así que es lo que les voy a ofrecer.
—No sé si celebrar la luna de miel en Halloween es guay o raro —comento tras reflexionar.
—Raro —responde Michelle justo antes de que yo diga:
—Guay.
Arquea una ceja. Descendemos juntos las escaleras y aceleramos en los últimos peldaños. Ella aterriza primero en la planta principal.
—Tres a dos —declara.
—Ya, bueno, la última vez saltaste. Eso no vale.
—Qué mal perdedor.
Pongo los ojos en blanco con una sonrisa mientras giramos la esquina hacia el salón. Un grito agudo que hiela la sangre surge del televisor y Michelle se lleva una mano al pecho.
—¡¿En serio?! —gruñe tras soltar un denso suspiro. Después, mira a Emily y a Josh formando una línea recta con los labios. Están sentados en el sofá, a medio metro de distancia uno de otro, como les ha indicado un servidor—. ¿Una película de terror a plena luz del día?
—Has dicho que hoy no vendría ningún huésped nuevo —se excusa Emily, encogiéndose de hombros, inocente.
Me echo a reír.
—Pensaba que ibais a ver Menuda calabaza, Charlie Brown o como sea.
—No se llama así —interviene Michelle.
—Josh no tenía ninguna copia en el videoclub —responde Emily—, así que hemos cogido Scream .
—Al menos, hace honor a su nombre —murmura Michelle.
—Papá, esta te encantaría.
—Ya la he visto.
—¿Cuándo? ¿La viste sin mí?
—Cuando estabas con tu madre el año pasado.
Emily gruñe algo entre dientes.
—Lo siento, peque.
Michelle cruza ante la televisión de camino a la cocina y Emily se remueve en el asiento.
—Ah, espera, Michelle. Mira, mira, mira.
La aludida se gira. Me coloco ante la televisión tras ella y, por supuesto, me gano un:
—Papá, aparta.
—Qué mal genio, por Dios —comento con una carcajada, situándome junto a Michelle en el umbral del comedor.
Finjo que estoy mirando la pantalla, pero, de reojo, estudio a Michelle.
Ya he visto esta película. Un asesino con una máscara y un cuchillo persigue a unos adolescentes.
Pero, a medida que pasan los segundos, la expresión de Michelle cambia poco a poco.
Entreabre los labios, arruga la nariz y unas diminutas líneas se le marcan entre las cejas.
—Ay, Dios, cuánta violencia.
—No, no, la puerta del garaje está a punto de…
—Toma —dice Josh, haciendo que ahora sea yo quien arrugue la nariz.
No me entusiasmaba demasiado dejar que Josh entrara en mi vida, pero, por alguna razón, hace feliz a Emily.
Nunca la he visto más emocionada que al decirle que podían tener una cita, siempre y cuando fuera en casa y todos estuviéramos en ella.
Tendré que lidiar por el momento con don Bollo Relleno de Higo.
Rocket está tumbado en el sofá a su lado, con el hocico escondido bajo un cojín, como si estuviera tapándose los ojos ante la brutalidad de la película de terror.
Michelle le da una palmadita en las patas traseras.
—Rocket, ¿estás bien?
El perro mueve el rabo contra el sofá como respuesta.
—Papá, ¿puedes encender la luz? —pregunta Emily, señalando el interruptor junto a la cocina.
Lo enciendo justo cuando Michelle acaricia a Rocket y musita:
—Buen chico.
Alzo la cabeza, sorprendido, y ella sonríe, desviando la mirada del perro a mí.
—Tú no, Cliff.
Emily suelta una risita.
—No lo pongáis muy alto —les pido, abriéndole la puerta de la cocina a Michelle.
Esta se agacha bajo mi brazo para pasar—.
Y las manos donde Rocket pueda verlas en todo momento —añado, señalando a los dos adolescentes antes de hacerle un gesto al animal, que sigue con el hocico enterrado entre los cojines.
No está haciendo su trabajo.
—Oye, y si viene tu hermana, lo quitáis enseguida, ¿vale?
—Vale, ¡adiós! —La última palabra es demasiado apremiante, pero me despido de ellos con un gesto y me uno a Michelle en la cocina.
Cruza la otra puerta que conduce al vestíbulo. Lo hace a menudo, da vueltas por la casa para comprobar que lo que ya ha hecho está en orden.
En la entrada, recoloca las flores recién cortadas.
Dispersos en torno al jarrón están los folletos sobre la fiesta de Halloween anual en la plaza de Copper Run.
Es apta para niños y ni de lejos tan aterradora como el laberinto encantado que crea Winston en su jardín cada año, pero a Brittany le dan miedo las dos actividades, por lo que nos dedicaremos a pasear entre las casas por la acera.
La puerta principal está abierta y deja escapar el siseo de la tranquila lluvia vespertina.
El agua fluye por los canalones sobre el porche y los niños en el exterior montan en bicicleta, provocando salpicaduras al cruzar los charcos.
Brittany está en la fiesta de cumpleaños de una amiga en el callejón sin salida y seguro que vuelve cubierta de barro.
Apoyo los antebrazos en el mostrador, observando los documentos ordenados con pulcritud y las tres cajas con las llaves de cada habitación. Estiro la mano para tocar el timbre de la recepción, pero Michelle me la aparta antes de que pueda hacerlo. Me mira con los ojos entornados y sonríe.
—Muy bien. Bueno, tengo que volver antes de que Carol me mate —anuncio—, pero ¿qué vas a hacer esta noche?
—No lo sé. ¿Qué voy a hacer, Cliff?
Suelto una carcajada.
—¿A qué te refieres?
Michelle inclina la cabeza hacia un lado.
—Eres mi organizador de eventos particular.
—¿Desde cuándo? —pregunto entre risas.
—Haces planes y yo me presento. Y, si no, siempre pareces encontrar la manera de llegar hasta mí. Bueno, ¿qué toca hoy?
—Emily va a hacer espaguetis para cenar. ¿Quieres venir?
—Sí, don planificador de eventos —me provoca, lo que me genera un sentimiento que no logro explicar.
Me echo a reír y añado:
—¿Tan malo es? ¿Te molesta que siempre esté agobiándote con planes?
Se encoge de hombros.
—Me mantienes ocupada.
—Bueno, bien. —Cambio el peso de un pie a otro—. Pero no es…, no sé, ¿excesivo?
—¿Estás de broma? —pregunta, esforzándose por sostenerme la mirada, aunque sigue con la cabeza baja sobre los documentos—. Es muy excesivo.
Me muerdo el labio inferior y trato de sonreír.
—Claro.
Se vuelve a encoger de hombros y sigue escribiendo.
—Pero, como yo nunca doy lo suficiente, no pasa nada. Nos equilibramos.
Jamás he conocido a nadie tan directo y a la vez tan involuntariamente agradable. Así es Michelle.
—Sí que das lo suficiente —le aseguro con una sonrisa.
Curva una de las comisuras de los labios, pero no hace ningún comentario sobre el halago.
Lo dejo pasar. Estoy demasiado ocupado observando cómo deja los documentos a un lado, mete los sobres en las cajas con las llaves y desplaza el libro de visitas.
Coloca el bolígrafo en una taza que tiene pequeñas huellas alrededor de las palabras «Gracias, Birdie».
Sonrío al verla y toco algunos bolígrafos para hacerlos girar por el borde.
—Me acuerdo de esto.
Pestañea.
—¿En serio?
—Sí.
Como no vuelve a centrarse en el trabajo, me incorporo.
Michelle no suele querer hablar de su madre, pero últimamente se muestra mucho más abierta.
Va recogiendo pequeñas migas como si tal vez fueran a guiarla a algún lugar.
No estoy seguro de adónde, pero soltaré por el camino todas las que necesite.
—Sí —repito—. El año pasado organizó una fiesta de Acción de Gracias. Después, animamos a todos los niños del vecindario a que le hicieran esta taza. Le encantó.
Michelle la contempla mientras se lleva la mano a la esfera de su pendiente para juguetear con ella. Tal vez está planteándose responder de alguna manera, pero permanece en silencio.
—Bueno —hablo, dando un golpe en el mostrador—, te dejo con tus cosas.
—Ajá —asiente, antes de abrir el libro de visitas—. Gracias.
—Lo que necesites.
Casi estoy en la puerta cuando un grito repentino me detiene. Me giro sobre los talones. Michelle está de pie ante la recepción, tapándose la boca con las manos. Tiene las cejas arqueadas casi a la altura de la raíz del pelo y respira con dificultad. Se me para el corazón.
—¿Qué? —insisto, acercándome a ella—. ¿Qué ha pasado?
—Me han puesto mi primera buena reseña —anuncia—. Me han… Cliff, ¡mira! —Deja escapar una carcajada, tendiéndome el libro de visitas y tratando de colocarlo ante mi cara.
Se lo arrebato.
—No me digas.
—Léela.
Me aclaro la garganta y obedezco:
—Es, de lejos, el mejor bed and breakfast de Vermont o incluso de toda Nueva Inglaterra. Michelle es un encanto y es la compañía perfecta mientras se disfruta de un desayuno ya de por sí excelente.
Michelle mueve las manos.
—¡Continúa!