Capítulo 14. Michelle #3
Luego, me rodea el antebrazo con la palma para tirar del hueco de mi codo.
Nos dirigimos a la casa y, con delicadeza, cierra la puerta de la cocina a nuestras espaldas.
Me tambaleo mientras me guía por el pasillo.
En ocasiones, tira de mí para acercarme o ayudarme a girar una esquina, colocándome una mano en la parte baja de la espalda.
—¿No podrías haberme tapado los ojos y ya? —musito.
—Hubieras podido mirar entre mis dedos y estropear la sorpresa, así que no.
—Ah, es una sorpresa —comento.
—¿Por qué si no te iba a colocar una venda en los ojos, Michelle?
El «se me ocurren varias razones» retumba en mi cabeza y las mejillas se me incendian al instante. Entiende lo que quiere decir mi silencio con una risa ronca y grave.
—Qué traviesa. Pero no somos de esa clase de amigos.
Sin embargo, es curioso que el corazón se me encoja por su rechazo inmediato. Trago saliva.
—No estaba pensando nada de eso.
—Claro que no —susurra Cliff.
Choco con una pared. Se echa a reír, pero el sonido suena amortiguado enseguida, como si se hubiera cubierto la boca con la mano.
—Luego me riñes a mí por montar escándalo —digo.
—Shhh —me provoca.
No puedo evitar sonreír. Giramos una nueva esquina y entro en lo que siento que es un espacio más pequeño que huele a Acción de Gracias. Una puerta se cierra con un clic detrás de mí. Cliff me coloca las manos en los brazos.
—Vale, quédate aquí —susurra.
Cuando me suelta, de repente, noto el frío que hace en la habitación. Distante, las pisadas de Cliff chirrían sobre el suelo de madera. No me gusta estar aquí de pie. Me empiezan a temblar los puños, aunque pronto unas manos cálidas me los envuelven.
—Vale, ¡qué mujer tan nerviosa! —musita—. ¿Preparada?
Ahogo una carcajada.
—Vas a sacar una motosierra, ¿no?
Se echa a reír.
—No, la guardaré para el truco o trato de la semana que viene.
Introduce los dedos en mi pelo y me abre el nudo de la corbata en la nuca.
Inhalo y capto de nuevo ese toque cítrico.
Por lo general, huele a vainilla y canela, como buen pastelero.
Pero, debajo de ese aroma, ahora percibo algo más.
Un perfume que solo pertenece a Cliff. Una persona bajo ese pastelero carismático que quiere presentar ante los demás.
Me pregunto si mucha gente se acercará lo suficiente a él para percibirlo.
La corbata se me desliza por los párpados y luego por las mejillas hasta desaparecer.
—Abre los ojos.
Pestañeo varias veces, asimilando la habitación de Cliff.
La luz del techo está apagada y es el brillo anaranjado de una pequeña lámpara en una esquina la que ilumina el cuarto y crea sombras sobre el papel de pared de color crema.
Tiene fotos de sus hijas y él enmarcadas y colgadas por toda la estancia.
Unas estanterías bajas cubren las paredes, algunas con varias pilas de libros en lo alto, novelas de misterio y obras de Stephen King.
Un escritorio reposa en la esquina con un flexo, notas garabateadas en papel amarillo y un televisor cuadrado.
Desde la mesilla de noche, un despertador marrón parpadea con los números en rojo.
Son casi las once y media. La cama ocupa la mayor parte de la habitación y, colocado de forma precaria sobre una tabla de cortar de madera, hay un pastel de pollo con tres velas encendidas en el centro.
Una gota de cera está cayendo con lentitud por uno de los laterales.
—Feliz cumpleaños —anuncia Cliff—. Dijiste que no te gustaban las grandes celebraciones. Y es imposible que hayas cenado esta noche. Además —coge el mando a distancia de la televisión—, he mirado el teletexto y estás a tiempo de ver Saturday Night Live .
Abro y cierro la boca.
—Cliff…
—He oído que Chris Farley es el presentador.
Una risa burbujea por mi interior hasta liberarse.
—Cliff, has…
—¿Acertado? —concluye por mí, regando de un ápice de inseguridad la palabra—. ¿Lo he hecho bien?
—Lo has hecho bien —concuerdo, pero ese «bien» se acerca mucho a «perfecto» y me da la impresión de que lo sabe. Me llevo una mano al pendiente y empiezo a darle vueltas—. Es…, eh… No lo has hecho por la tarjeta, ¿verdad?
Se le tensa el rostro.
—Llevo planeándolo desde que me contaste que era tu cumpleaños. —Cliff arquea las cejas—. Alex solo me ha servido para quedar mejor al hacerlo.
—Se llama Allen —lo corrijo.
—Lo sé —se burla, y una sonrisa traviesa le baila por el rostro.
Me río otra vez, a la vez que digiero las velas titilantes de cumpleaños y el baile de las sombras.
—Eres de otro mundo, Clifford Burke.
Se echa a reír.
—Ya me imagino qué mundo es ese. —Inhala y deja escapar el aire—. Muy bien, bueno…
Se dirige a la puerta, como si fuera a marcharse.
Estiro una mano antes de reflexionar y poso los dedos en el dorso de la suya.
Abre mucho los ojos, desviándolos hasta nuestras manos antes de sostenerme la mirada.
Entreabre los labios, sorprendido. Se le hincha el pecho, como si estuviera conteniendo la respiración, y pasea los iris azules por los míos.
No digo nada durante un momento porque nunca lo había visto adoptar esa expresión.
No sabía que era posible pillar a Cliff con la guardia baja de esa manera.
—No te vayas —le pido.
—Suponía que querrías pasar algo de tiempo a solas fuera del hotel.
—Pero no vas a abandonarme el día de mi cumpleaños, ¿no?
Pestañea, baja la mirada a mi mano y da la vuelta a la suya para apretarme los dedos con fuerza.
—Supongo que sería un poco injusto —admite.
—Mucho.
Una sonrisa le cosquillea en las comisuras de la boca. Me suelta la mano y coge el pastel de carne de la cama.
—Es en el canal tres —me indica.
Me arrastro por el colchón hasta apoyarme en el cabecero. Tras quitarme las pantuflas, estiro los pies y agito los dedos bajo los calcetines de color negro azabache.
Mientras voy cambiando de canal, Cliff corta dos porciones —una para cada uno— y las coloca en platos. Se inclina sobre el colchón para pasarme la mía.
Con su plato en la mano, Cliff se sienta en el lado opuesto y se remueve sobre el suave edredón marrón hasta colocarse a mi lado. Él también estira las piernas, aunque sus calcetines negros acaban mucho más allá de mis pies. Los dos movemos los dedos.
Y juntos, con nuestros platos llenos de pastel de pollo, cenamos con unos tenedores diminutos, envueltos en la tenue luz de la lámpara y el brillo frío de la televisión.