Un otoño para ser feliz Capítulo 14. Michelle #2
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Capítulo 14. Michelle #2

El amortiguado «¿qué estás…?» de Brittany se ve acallado por el chirrido de sus zapatillas sobre la madera. Emily la acompaña.

—Quiero otra Oreo, Britt Britt. Como no te quites de en medio, te quedas sin ella.

—¡Emily! —gime la niña.

—Apártate o leo tu diario.

—Está cerrado con un candado.

—Es de plástico.

Envueltas en la cacofonía de la discusión, las dos chicas desaparecen en la cocina. Cliff no separa las manos de las mías.

—Oye —susurra.

Levanto la mirada. Me tiene preparada una sonrisa, una que le crea delicadas arrugas alrededor de los ojos.

—Nunca he conocido a ese tipo ni nada parecido, pero… tu ex es un capullo. Lo sabes, ¿no?

Logro escupir una pequeña carcajada, al tiempo que centro los ojos en la tarjeta.

—Es… Sí, lo es.

—Te mereces más que una tarjeta de cumpleaños de alguien con quien has estado casada años —me asegura.

—Cinco años —puntualizo.

—Cinco años —repite.

—He desperdiciado mi veintena con él. Y ahora va y… pasa página, como si no hubiera ocurrido nada. —Me golpeo la mano con la tarjeta—. ¿Tan difícil es asegurarse de que no estoy en la lista de destinatarios?

—Es muy fácil.

—No puedo creer que tenga que empezar de cero. Tengo treinta años. Ningún chico va a querer estar con una mujer de treinta.

Cliff sonríe.

—A mí me encantan las mujeres de treinta.

Chasqueo la lengua y me tiro de un mechón de pelo.

—¿Sabes que el otro día me vi una cana por primera vez?

—Únete al club. —Se carcajea—. Yo tengo un montón. —Se pasa un dedo por el pelo y levanta el mechón más largo para revelar la sien, donde advierto un rocío de canas.

Suelto un grito ahogado.

—¿Cómo es posible que nunca me haya dado cuenta?

—Es mi alijo secreto.

Inclino la cabeza hacia un lado.

—¿Sabes? Te queda bien.

—¿Me queda bien?

—Los hombres no tenéis que preocuparos por envejecer. Mejoráis con la edad. Mientras que a las mujeres se nos considera arpías y solteronas.

—Muy buen disfraz para Halloween, en mi opinión.

Lo fulmino con la mirada y me dedica una suave sonrisa.

—Bueno, te contaré un secreto. A los hombres nos gustan las mujeres. Punto. Con más de treinta o con cuarenta. Joder, incluso con sesenta. Bajas, altas, morenas, rubias… Da igual. Nos gustan todas, aunque sobre todo las de más de treinta.

Suelto un bufido y ensancha la sonrisa, inclinándose hacia mí.

—Y sobre todo las canosas.

Al tenerlo tan cerca, me palpitan las terminaciones nerviosas de los dedos. Huelo la vainilla y la canela de la pastelería. Y un ápice de algo más… ¿Cítricos?

—Que no te oiga Lisa —bromeo con la voz un poco temblorosa—. Por lo de las canas.

—Ah, ya le gustaría —se pavonea, arrastrando las palabras, sin abandonar la sonrisa.

Desvío la vista mientras jugueteo con la tarjeta sobre el regazo, pero nuestras pupilas se encuentran en el aire. Como hacen siempre. Pasea los ojos azules por los míos. El mundo se empequeñece a nuestro alrededor hasta que solo quedamos nosotros.

—Te prometo que tu situación mejorará —susurra.

—A los hombres no les gustan las mujeres como yo —confieso, cohibida.

—¿Como tú?

«Sin sentido del humor, demasiado serias, obsesionadas con el trabajo».

—No sé —musito.

Me dedica una sonrisa traviesa y perversa.

—Creo que, en el fondo, los hombres buscan a mujeres como tú —gruñe, acercándose aún más—. Y los que no son unos cobardes.

Trago saliva y el estallido de la «c» de su última palabra me acelera tanto el corazón que apenas puedo respirar.

—Deja que te ayude esta tarde.

—¿Qué? —pregunto, pestañeando.

De repente, todos los sonidos a nuestro alrededor se hacen palpables. El murmullo de una televisión en la distancia. La charla de las niñas en la cocina. El quejido de la madera bajo unos pies en el piso superior.

—En el hotel —me aclara Cliff.

—¿Por qué?

—Porque necesitas descansar —contesta, encogiéndose de hombros—. Puedo comprobar las reservas o hacer las camas. Birdie solía tener una lista…

—¿Sabes dónde está todo por aquí?

Mueve la cabeza de un lado a otro. Luego, se le curvan los labios con una sonrisa perezosa.

—Sí, así que deja que te ayude.

Asiento.

—Vale.

Cliff se pone en pie y me tiende la mano. Tira de mí y me levanto a duras penas antes de apoyarle las palmas sobre el pecho. Lo tiene más fuerte de lo que esperaba. Más amplio. Doy un paso atrás, confusa por ese roce tan repentino. No parece darse cuenta. O quizá finge no hacerlo.

Se dobla por la cintura y coge la tarjeta del suelo para dármela.

—¿La quieres?

Trago saliva.

—Sí.

Espero que muestre una expresión de decepción al verme ceder ante la nostalgia, pero me entrega la tarjeta sin juzgarme.

—¿Te apetece venir a cenar esta noche? —me pregunta.

—Eh… En realidad, tengo cosas que hacer para un proyecto del trabajo.

—¿De Seattle?

Asiento y me dedica una sonrisa casi lastimera.

—Adicta al trabajo —me provoca—. Aunque me ocupe de una cosa, siempre encuentras algo que hacer.

Me da un vuelco el estómago y respondo:

—Sí.

Estira los brazos y ejerce una pequeña presión en mis hombros, lo que me envía un riachuelo de chispas por el pecho una vez más.

—Ve a hacer lo que tengas que hacer.

—Gracias, Cliff.

—Lo que necesites —sentencia. Entonces, cuando aparta la mano, deseo que vuelva a tocarme.

A última hora de la tarde, estoy tumbada en la cama hasta que el sol del crepúsculo se filtra a través de las cortinas traslúcidas, dejando la habitación sumida en una neblina con apagados tonos de bronce, oro y un brillo blanco tan radiante que tengo que cerrar los ojos hasta que desaparece en el horizonte.

Me paso toda la noche mirando los documentos, pero los papeles se fusionan entre sí hasta que lo único que cobra nitidez en la habitación es la tarjeta de cumpleaños de Allen apoyada en la mesilla.

Me dejo caer en la cama y contemplo el techo.

Ahora la oscuridad es demasiado densa como para ver nada.

El sol cada vez se acuesta antes. No me molesto en encender la lámpara.

La ventana de la cocina de los Burke está abierta, como siempre. Brittany gime por algo relacionado con la cena antes de echarse a reír por otra cosa. Carol grita desde el otro extremo de la casa y recibe una respuesta igual de ruidosa de Emily y una risa áspera de Cliff.

Cierro los ojos, pero no puedo dormir, así que permanezco tumbada en la oscuridad, oyendo cómo Rocket ronca, perezoso, y las hojas se rozan entre sí debido a una ráfaga de viento.

Cliff me ha invitado a cenar y lo he rechazado. «¿Y si nunca vuelve a invitarme?».

Por primera vez desde hace casi un mes, me siento sola.

Sola con la descorazonadora tarjeta de cumpleaños.

Lloraría si no estuviera tan enfadada, si la sangre no me surgiera del corazón como la lava y me salpicara el estómago con gotas sibilantes de desdén.

Lo hace con tanta fuerza en mis oídos que oigo cómo cae cada una de ellas. Plin.

Plin.

Plin.

¡Plin!

Abro los ojos de golpe.

¡Plin!

Me levanto de la cama y miro por la ventana. Me sobresalto cuando advierto la silueta de Cliff en la ventana de la cocina. Me saluda y le devuelvo el gesto. Con la otra mano, lanza algo contra mi ventana. Me estremezco cuando golpea el cristal con otro plin.

Tras arrastrarme por el colchón, percibo seis enormes cerezas en la hierba bajo el alféizar de la ventana.

Al otro lado de los dos patios, en su cocina, Cliff agita un dedo para pedirme que vaya a visitarlo.

El movimiento tira de mí, empujándome hacia delante, como si tuviera un hilo que atara su dedo con mi cuerpo.

Sin embargo, cuando advierte que sigo prácticamente inmóvil, articula un «por favor».

Reprimo una enorme sonrisa y le enseño el índice para indicarle que estaré ahí dentro de un minuto.

Desaparece de la ventana antes de que pueda arrepentirme de la decisión.

Me pongo las pantuflas y me enfundo un jersey ancho sobre el vestido.

Rocket levanta la cabeza de su cama. «¿Adónde te escabulles?».

—A la casa de al lado —musito.

«Pensaba que no te gustaba».

Dudo.

—Somos amigos.

Rocket suelta un gruñido somnoliento y apoya la cabeza en el cojín.

Recorro el pasillo y abro la puerta trasera de la cocina antes de cruzar los arbustos, entrar en el patio de Cliff y subir los tres escalones hasta la puerta trasera de su cocina. La mosquitera se abre antes de que pueda llamar y me recibe el cuerpo de Cliff en el umbral, bloqueándome la entrada.

Sujeta en alto una corbata de seda y la estira.

—Gírate.

Me va a provocar un infarto un día de estos.

Suelto una carcajada incómoda.

—¿Por qué?

—Porque lo digo yo.

—¿Qué me vas a hacer?

Baja la corbata y ladea la cabeza.

—¿Puedes fiarte de mí por una vez?

—No me estás provocando demasiada confianza ahora mismo, Cliff.

Con suavidad, pone en alto de nuevo la tela y se la pasa por los dedos, como si quisiera mostrarme que no me va a hacer daño.

La corbata está deshilachada en algunos puntos, con las costuras levantadas y llenas de bolas.

Distante, la reconozco. La llevaba en el funeral.

Pertenece a un Cliff más serio y desconocido, al hombre de ventas, no a mi Cliff pastelero.

—¿Te fías de mí? —insiste.

—No. —«Sí».

Suelta una carcajada.

—Gírate. Deja que te tape los ojos.

Doy media vuelta sobre los talones y observo el patio trasero a oscuras. Lo último que veo antes de que me coloque la tela sobre los ojos son las luces anaranjadas de Halloween de la casa al otro lado de la valla.

Noto los dedos de Cliff sobre las mejillas mientras me ata la seda suave en la nuca. Percibo cómo su aliento me cosquillea el vello en el cuello. El silbido del tejido me acaricia las orejas. Me pasa la mano por el pelo, como si estuviera arreglando los mechones que me ha desordenado en el proceso.

—Muy bien —susurra—. Ahora vamos a ir a mi habitación.

El corazón se me sube a la garganta.

—Cliff —le advierto en voz alta.

—Shhh, las niñas están dormidas —me regaña con una nueva carcajada.