Un otoño para ser feliz Capítulo 14. Michelle
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Capítulo 14. Michelle

MICHELLE

Una semana antes de Halloween, espero a Brittany en la parada del autobús tras saludar a los padres que veo cada día, a quienes les encanta decirme hola.

Unos segundos después, la pequeña me acribilla con ideas sobre disfraces como si lanzara confeti por un cañón.

Tras la tercera frase usando la primera persona del plural, le pregunto quién espera que haga estas creaciones expertas.

—Tú —responde.

Me echo a reír.

—¿Perdona?

—Birdie me hizo el disfraz de Halloween el año pasado. Suele hacerlo Emily, pero me gustó más el de Birdie.

Una punzada en el pecho.

—¿De verdad?

No sabía que, además de gestionar el bed and breakfast , debía ocuparme de todas las responsabilidades locales de mi madre.

Aun así, dos horas después, Brittany, de alguna manera, me ha convencido para que me siente en el suelo del salón y haga jirones unas sábanas negras mientras, a través del equipo de música, escuchamos a los Backstreet Boys.

Emily entra con la mochila colgada de un hombro y Cliff la sigue con un puñado de cartas en una mano y una caja con el logo de la pastelería Burke’s en la otra. Abre mucho los ojos al mirar la tela extendida por el suelo y los trozos recortados, junto con cuerdas, divididos en montones.

—Quedará mejor de lo que parece —le aseguro.

—¿Sabes coser? —pregunta Cliff.

—No.

—Bueno, entonces…

—Estoy esforzándome al máximo.

Emily, quien por fin sale de su estado de conmoción, suelta una carcajada.

—Está de puta madre, Michelle.

Cliff le da un codazo.

—Emily, venga. Controla esa boca. Estamos en su puesto de trabajo.

Sonrío a la adolescente, quien se encoge de hombros con un descarado:

—Ups.

—¿Acaso sabes qué es? —pregunto.

—No tengo ni idea —admite Emily.

—Señorita Shell, ¿puedo tomar la merienda? —interviene Brittany, tumbada en el suelo, moviendo los pies y garabateando con una cera un cuadrilátero de boxeo bastante decente sobre un papel.

Asiento.

—Las Oreos están en el armario superior.

—¡Toma! —chilla.

—Em… —empieza a decir Cliff.

—Yo me encargo —dice Emily, cruzando la puerta de la cocina.

A lo lejos, oigo que las dos hermanas se pelean por el sabor que quieren antes de abandonar la discusión para jugar con Rocket. Me recuerdan a Sara y a mí. ¿Qué es una relación de hermanas sino un vínculo tumultuoso acompañado de un perdón inmediato?

Miro las sábanas destruidas en el suelo y, después, a Cliff.

De forma casual, se ha dejado caer en el sillón floral junto al fuego.

Es la clase de hombre que se relaja de verdad en cualquier silla, como si se estuviera acomodando para pasarse allí horas, aunque solo vaya a estar sentado cinco minutos.

Abre un segundo los muslos antes de apoyar un tobillo sobre la rodilla contraria y sonreír con la caja sobre el regazo y las cartas encima.

Aunque Cliff es, en cierto sentido, engreído, creo que juzgué mal su arrogancia el primer día. La sonrisa perezosa y torcida. Las cejas arqueadas. Las arrugas de alegría alrededor de los ojos. La confianza natural.

Allen era presuntuoso. Cliff no necesita serlo. Extiende la mano con los sobres.

—¿Correo?

—Es un crimen federal coger las cartas de otra persona.

—¿Quieres que deje de hacerlo?

—No.

Acepto el puñado de sobres y encojo las piernas bajo mi cuerpo sobre el adornado cojín del suelo.

Le lanzo un rápido vistazo a la caja blanca de dulces.

—¿Eso también es para mí? —cuestiono.

Ensancha aún más la sonrisa.

—Pues sí, lo es.

—¿Más manías raras de pastelero?

—Por supuesto. —Se inclina hacia mí para tendérmela.

Abro la caja y en el interior encuentro un trozo cuadra-do de varias capas de hojaldre y un único tenedor de plástico descansando al lado. Huele a miel. Arqueo una ceja.

—Supongo que quieres que lo pruebe, ¿no?

—Si eres tan amable.

Deslizo el tenedor por el hojaldre y tomo un pequeño bocado.

«Dios, se le da genial».

Lo noto pegajoso y dulce sobre la boca con un sabor casi almendrado. El ligero hojaldre se deshace entre mis labios y, cuando me lo trago, me deja un suave regusto a canela.

—Está delicioso —confirmo, poniendo la caja en el suelo.

Sin embargo, Cliff parece decepcionado, como siempre que como algo que ha horneado él.

—¿Qué es?

— Baklava —contesta, como si no le impresionara ni un ápice. Se reclina en la silla con la barbilla apoyada en la mano. Le dedica una mirada intensa a la caja—. Demasiado dulce, ¿no crees? —pregunta.

—Me parece que todo lo que haces está increíble.

—Hum. —Es lo único que contesta. Da golpecitos con el dedo en el reposabrazos. Luego, por fin se centra en mí—. Ah, me gusta el jersey que llevas hoy. Te resalta los ojos.

Me ruborizo a la vez que suelto una carcajada. A este hombre le encanta desarmarme con halagos, lo sé porque la sonrisa siempre le llega a las pequeñas arrugas alrededor de los ojos. Me tiro de las mangas, que de repente noto demasiado apretadas sobre la piel.

—¿Sabes? Estaba pensando… —continúa.

—Ay, no —lo interrumpo con una risa burbujeante, al tiempo que trato de salir de la espiral de pensamientos sobre su sonrisa en la que me encuentro.

Esboza otra, esta vez de superioridad. Me muerdo el labio inferior para reprimir una nueva carcajada.

—Vale, ¿qué estabas pensando, Cliff?

—¿Y si me compro una cámara?

—¿Una videocámara?

—O quizá una desechable.

—¿Por qué? —pregunto, abriendo un sobre con el dedo y dejándolo en un montón separado para las facturas.

—Qué organizada —observa, asombrado.

—Termina la conversación anterior.

—Ah, sí. —Se remueve en el sitio y se apoya en el codo—. Bueno, apenas tengo vídeos caseros de Emily cuando tenía la edad de Brittany. Quiero crear nuevos recuerdos. No se me da bien.

—Ay, qué mono.

—En esa época, no podíamos permitirnos una cámara, pero ahora sí.

—Hazlo.

Clasifico las cartas una a una, colocándolas en el montón de facturas o en el de publicidad.

—Vale, digamos que me compro una cámara —continúa—. ¿Y si no la uso?

—Entonces, lo harán las niñas.

Aprieta los dientes.

—Bueno, en ese caso, acabaría con un montón de fotos de Josh, ¿verdad?

Me estudia, como si esperara que me echara a reír, pero me encojo de hombros. Abre mucho los ojos.

—¿Qué? ¿Ya no vamos a seguir burlándonos de ese crío?

—Puede…

Cliff suelta un grito ahogado.

—Emily te ha convencido. Eres una espía doble. Te ha comprado.

Presiono la lengua contra la mejilla para contener una carcajada.

—¿Sabes? Quizá deberíamos darle una oportunidad. Dejarle que venga a casa a cenar o algo así. ¿No confías en ella?

Inspira hondo y suelta un suspiro.

—Sí.

—Al menos, pasa una tarde con él.

Cliff suelta un gemido durante un segundo. Luego, asiente.

—Vale, pero tú también tendrás que soportarlo.

—No me arrastres contigo —me quejo con una sonrisa temblorosa cuando paso a la siguiente carta.

—Oh, claro que te voy a arrastrar conmigo —me provoca—. Vas a acompañarme, Michelle.

Se me corta la respiración cuando me encuentro con un sobre con caligrafía elegante. Muy elegante, aunque apenas entendible. La clase de letra cursiva ilegible de la que solo es capaz un doctor. El corazón me da un vuelco.

—¿Michelle? —pregunta Cliff.

—Perdona… —Niego con la cabeza antes de cerrar y abrir los ojos. Pero la caligrafía elaborada no ha desaparecido—. Otra tarjeta de cumpleaños.

Cliff frunce el ceño y, por alguna razón inexplicable, cuando tiende la mano, le coloco la carta en la palma. Estoy actuando en piloto automático y, al parecer, mi modo por defecto es confiar en Cliff.

Introduce uno de sus largos dedos por un lado del sobre y lo desliza para abrirlo, rasgando el papel antes de sacar la tarjeta. La contempla durante un segundo. Luego, la abre. La ilustración aparece ante mí. Es un perro que salta sobre una tarta con las velas encendidas.

«Es-perro que pases un muy buen cumpleaños».

Cliff, con la mandíbula apretada, gira la tarjeta para que yo también pueda ver el interior. Hay un mensaje genérico impreso que reza: «¡Feliz cumpleaños!» y lo único que aparece escrito a mano es la firma. Solo logro entender una «a» que me resulta muy familiar.

No voy a recibir nada más de mi exmarido por mi trigésimo cumpleaños. Simplemente una firma ininteligible, igual a la que he visto en todos sus documentos como doctor.

Desvío la mirada. Si hay algo que le guste en especial son las tarjetas.

—Su secretaria tiene un calendario con los cumpleaños y los aniversarios —musito—. Y siempre envía tarjetas firmadas con antelación a los pacientes. Debe de haber contratado a alguien nuevo. Supongo que no me ha sacado de la lista.

No me puedo creer que hayamos llegado a este punto. Una tarjeta impersonal que seguramente habrá comprado en un bazar mientras estaba en la fila sin saber que me iba a llegar. Me siento humillada. Y enfadada.

Me sorbo la nariz para ahuyentar el ardor tras los ojos.

—Eh, oye. —Se desliza del sillón al suelo. Se deja caer a mis espaldas con una pierna extendida y la rodilla de la otra doblada al lado de mi muslo—. ¿Estás bien?

—Sí —susurro—. Sí, estoy bien.

Aunque no es verdad. Me tiemblan las manos.

Me las mira y, con lentitud y delicadeza, me coge una de ellas.

No es un gesto íntimo. No entrelaza los dedos con los míos.

Solo me las sostiene entre las palmas. Y, aun así, se me para el corazón.

Lo vuelve a hacer cuando miro la tarjeta de cumpleaños olvidada.

—Habla conmigo —insiste.

—Es tan frustrante que… —Exhalo.

—Respira.

Trago saliva.

—Que ahora solo merezca una estúpida tarjeta impersonal. Todo este tiempo… no ha significado… nada.

Cliff no me pide que especifique qué quiero decir con ese «todo», lo que le agradezco porque ni yo sé a qué me refiero. «Todo» podría ser nuestro matrimonio. Nuestra vida. Yo.

No significo nada para él. Entro en una nueva década sin el hombre con el que he pasado la mayor parte de la anterior. Y parece que ha sido… en vano.

La puerta de la cocina que da al comedor se abre y Emily se detiene cuando nos ve a los dos sentados en el suelo, cogidos de las manos. Brittany irrumpe tras ella, pero Emily le coloca una mano en la cara y la empuja hacia la cocina de nuevo.