Capítulo 13. Cliff
CLIFF
Camino por toda la casa, recorriendo el pasillo, con el teléfono en la mano. Dejo los dedos a escasos milímetros de los números, pero no los presiono. Me da miedo hacer esta llamada.
Paso junto a la habitación de Emily. La puerta está cerrada, como ha estado toda la tarde, con un trozo de papel de rayas pegado, torcido, en ella.
Está repleto de letras mayúsculas escritas con un rotulador negro, una mezcla de versos bonitos y llenos de rabia.
Lo más probable es que la letra de la canción me esté pidiendo, de manera discreta e implícita, que me largue.
Bajo las escaleras. Carol está sentada en el sofá del salón. Brittany tiene la cabeza apoyada en su hombro con un pijama de todos los colores del arcoíris y el pelo húmedo por la ducha. Están viendo a dos adultos darse puñetazos de mentira en un cuadrilátero, igual que todos los lunes por la noche.
Me siento en la mesa de madera en la cocina y le doy vueltas, ausente, a los volantes del mantel antes de levantarme de nuevo. Inhalo. Exhalo. Por fin, marco el número de Tracy.
Suena una vez. Dos.
—¿Hola?
—Trace, buenas.
—¿Cliff? —Ya parece cansada—. ¿Hay algún problema?
Me rasco la coronilla.
—No solo te llamo cuando hay problemas.
—Sí, sí lo haces.
—Ya. Bueno… —Me aclaro la garganta y me meto una mano en el bolsillo antes de dirigirme hacia el fregadero una y otra vez. Por último, empiezo a juguetear con el grifo—. Quería contarte algunas novedades.
—Sobre lo que ha hecho Emily esta vez, supongo. —No es una pregunta.
Se me parte el alma ante la insinuación. Ya me ha enfadado y apenas llevamos un minuto hablando.
—Bueno —suelto una carcajada forzada—, no ha matado a nadie ni ha saltado de un rascacielos.
—Entonces ¿por qué me llamas? ¿Necesita algo Brittany?
Sus palabras siempre son como el golpe de una goma elástica en el estómago. Me escuecen allí donde aterrizan, además de dejarme un moratón a su paso.
—No —digo, arrastrando la palabra—, pero tu primogénita tiene novio.
La exhalación al otro lado de la línea me silba en el oído.
—¿Estás de broma?
—Ojalá, pero… —Le doy una patada a la alfombra. Luego, la vuelvo a colocar, me muerdo el labio y miro al techo. No puedo quedarme quieto—. Se ha saltado las clases para verlo.
—Cliff, no lo dices en serio, ¿verdad?
—Oye, es cabezota —replico con una carcajada—. Como sus padres.
Tracy suspira y es una respiración enfatizada por un gruñido. Nunca sé si lo que digo está bien o si estoy consiguiendo que se cabree menos, aunque supongo que, por su reacción, estoy inclinando la balanza hacia el lado contrario.
Suspira de nuevo.
—Si no vamos con cuidado, acabaremos teniendo entre manos un embarazo adolescente.
—Emily es lista.
—Bueno, eso espero. ¿Algo más?
—No, he pensado que querrías saberlo por mí, en lugar de por Brittany. Esa cría lo cuenta todo —comento entre risas.
—Sí, gracias. —Suspira—. Ese chico no se va a acercar a Brittany, ¿verdad?
Se me escapa una risa que ella no me devuelve. Noto cómo el calor me asciende por el cuello y las mejillas. Bajo la voz y me acerco a la ventana.
—Emily no es una delincuente. Lo sabes, ¿no? Es una cría. Y ese chaval es solo un adolescente. Trabaja en el videoclub. A Brittany no le pasará nada.
—Me preocupa Emily —admite—. No teníamos ni idea de lo que estábamos haciendo.
—Las hemos criado bien. A las dos —insisto.
—Lo siento. Sí. Pero… —gruñe.
Ahora mismo la chica que conocí en el pasado, la alegre animadora rubia con una sonrisa radiante que, atrevida, ponía los ojos en blanco, parece estar muy lejos de aquí.
Sí, Tracy no iba a quedarse anclada en esa versión para siempre.
Se convirtió en una mujer. Protectora con sus hijas, fuerte y valiente.
Pero, por Dios, eso solo consiguió que la quisiera más.
Como padres, nos pasamos muchas noches sin dormir, fuimos a eventos de la escuela y discutimos sobre la manera de criarlas.
Vale, tuvimos alguna pelea que otra, pero ¿qué pareja no la tiene?
Entonces, todo se puso patas arriba a la vez. La idea del hogar perfecto, la familia perfecta, la vida perfecta. Nuestro matrimonio no lo era, pero estábamos juntos. Me encantaba la pareja que formábamos. La quería.
—Emily ha traído las notas —digo—. Ha sacado sobresaliente en todo.
—¿En serio?
—Se le da mejor que a ti y que a mí, ¿eh? —respondo con una carcajada.
Desdeñosa, se sorbe la nariz. De lejos, oigo el repiqueteo de pulseras. Siempre se ponía un montón de ellas antes de salir. Debe de estar arreglándose. Miro el reloj: las nueve de la noche.
—¿Ese crío sigue molestando a Brittany? —pregunta.
—Lo he enterrado a dos metros bajo tierra, así que…
—Clifford.
—He llamado a sus padres. Han castigado a Luke de por vida. Los niños hacen tonterías. Cosas que pasan.
Unas llaves chocan en segundo plano.
—¿Adónde vas tan tarde? —pregunto.
—Tengo una cena de trabajo en Chelsea.
—Chelsea parece divertida —bromeo.
—Es un sitio, Cliff.
Articulo un «lo sé» silencioso porque decirlo en voz alta no merece la pena.
—Bueno, parece divertido —repito—. Pásalo bien.
Suelta un bufido.
—Bien, vale, no hace falta que lo digas con ese tono enfadado.
—No… —Cierro los ojos—. No estoy enfadado, Trace.
Tracy no me responde y, cuanto más tiempo pasa sin hablar, más me doy cuenta de que está desafiándome. Quiere que rompa el silencio. Pero ¿qué más hay que decir? ¿Qué puedo contestar sin que se lo tome mal?
Miro por la ventana de la cocina hacia Bird & Breakfast. Al otro lado del jardín en sombras, sobre la valla blanca, está la habitación de Michelle.
Me pregunto si ella también se peleará así con su ex.
La idea de que —pongo los ojos en blanco— Allen le hable mal hace que se me crispen los dedos. No me gusta.
Michelle se esconde tras una coraza. Una muy gruesa. Y no sé cuándo la construyó, si fue por lo de Birdie o por su ex, pero la ha aislado de todos. Sin embargo, la ha vuelto más fuerte. Segura. Y me gusta esa actitud que parece decir: «Que os den».
No obstante, también es divertida. Agradable. Amable, incluso. Más generosa de lo que deja entrever o de lo que probablemente quiera que piensen los demás. No deseo eliminar su coraza porque sería sinónimo de destruir su fuerza, aunque mataría por echar un vistazo tras ella.
Pestañeo con los ojos fijos en el cuarto a oscuras cuando, de repente, se encienden las luces. Tras la cortina blanca traslúcida se delinea una silueta. La de Michelle.
Es una sombra que flota con delicadeza por la habitación.
Alza los brazos y se quita del pelo la goma con sus pequeños dedos.
Los gruesos mechones caen en cascada sobre sus hombros.
Ella se mece de un lado a otro mientras se pasa los dedos por el cabello, masajeándose para aliviar el estrés del día.
Michelle lleva mucho tiempo estresada. Por Dios, lleva estresada desde que llegó a Copper Run.
Estoy seguro de que mi presencia no ayuda.
Ni un poquito. Irrumpí en su casa, la obligué a comer conmigo y entré en el videoclub como un cavernícola, dispuesto a retorcerle el pescuezo a un adolescente mientras ella trataba de detenerme.
Solo cuando Michelle se ha ido corriendo sin siquiera despedirse me he dado cuenta de lo dominante que me he mostrado.
Sin embargo, por egoísta que parezca, ha sido agradable pasar el rato con ella estos días.
Me he sentido más feliz. Como si no tuviera que forzar tanto la sonrisa de siempre.
Se ha convertido en un juego ver con cuánta frecuencia logro hacer que se ría.
Michelle nunca suelta una carcajada por pena, por lo que, cuando me regala una, sé que es genuina.
Sé que he abierto una grieta en su coraza.
Enciende la lámpara antes de apagar la luz del techo.
Ahora es un borrón parcial bajo el tenue brillo anaranjado, la figura de una cintura estrecha y unas piernas largas.
Trago saliva. Ya me había dado cuenta de su longitud, pero solo ahora que la estoy mirando advierto la extensión completa de esas piernas esbeltas.
Michelle se mueve por la sala, haciendo cosas indistinguibles. Quizá haya cogido un libro. O esté apartando los cojines. O esté echando hacia atrás las sábanas. Pero, entonces, unas manos en sombra se colocan en la cintura y empiezan a subir la tela de la camiseta, cada vez más…
Me giro sobre los talones y me alejo de la ventana. «Mierda». No soy de esa clase de tíos. No voy a espiar a mi vecina de esa manera.
—¿Cliff? —insiste Tracy.
Me sobresalto, presionando con fuerza el teléfono entre los dedos. Me había olvidado de que estábamos hablando, pero la voz de mi ex es como un cubo de agua fría sobre la cabeza.
—Perdona. ¿Sí?
—Te he preguntado si tenías que contarme algo más. Me tengo que ir, de verdad.
—Sí, no, claro —digo a toda prisa mientras me paso una mano por el pelo—. Tiene sentido.
Se produce una pausa incómoda antes de volver a hablar:
—¿Estás bien? Te noto raro.
Suelto una carcajada.
—Soy raro.
Tracy responde con un «ajá», conforme, como sabía que haría. Le encanta que disfrace la autocrítica con humor.
—Hablaré mañana con las niñas —sentencia.
No paso por alto el mensaje implícito: «No me llames hasta entonces».
Asiento para mí.
—Sí, hablamos mañana, Trace.
Ni siquiera se despide, pero no me importa. Dejo el auricular antes de oír el insoportable pitido continuo y regreso a la ventana. La habitación de Michelle vuelve a estar a oscuras. Bien. De todas maneras, no debería haber estado mirándola.