Un otoño para ser feliz Capítulo 12. Michelle #3
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Capítulo 12. Michelle #3

El cosquilleo que siento en la rodilla no me abandona en todo el viaje de vuelta. Incluso Rocket me mira, como si dijera: «Vas andando muy raro, Shelly».

—Cállate —espeto.

Estoy ruborizada. Ruborizada por culpa de Cliff.

Sé que a él le gusta el contacto físico.

Un pequeño roce en la rodilla no significa nada.

Le he visto rodear a Lisa con el brazo sin razón aparente, o chocar los cinco con Lars por algo tan simple como un halago a un cruasán.

Una palmadita en la espalda es su saludo habitual.

Pero lo más probable es que haya pasado un año desde la última vez que sentí la mano de un hombre tan cerca del muslo.

Y casi siete desde la última vez que me tocó cualquier otro hombre que no fuera mi marido. «Exmarido».

Cliff es sarcástico, descarado, engreído y… atractivo. Pongo los ojos en blanco y gruño ante mi propia confesión.

Es obvio. Por supuesto. Estaría ciega si no lo viera.

Tiene el encanto de los pasteleros. Con los hombros anchos, perfectos para arrastrar pesados sacos de harina; los antebrazos gruesos, fuertes de tanto amasar; y la sonrisa de un hombre acostumbrado a persuadir a los demás para que prueben sus delicias cubiertas de glaseado.

Cliff es atractivo cuando se pasa una mano por el pelo. Es atractivo cuando suelta un bufido de frustración al defender a sus hijas. Es atractivo cuando sonríe y cuando esboza esa media sonrisa de superioridad. También cuando se le marca esa pequeña cicatriz cerca de los labios.

Sin embargo, Cliff no es para nada mi tipo.

Hace dos meses vivía en una casa de ladrillos rojizos y me vestía para tener citas en restaurantes con manteles blancos.

Esa soy yo. No soy de las mujeres que se tumban en una cama con una colcha y se pone cualquier cosa para ir a cenar a la mezcla de pizzería y cafetería, una monstruosidad para la que aún no he recibido explicación.

Irrumpo en el bed and breakfast sin aliento, apretando los dientes, y me apresuro a soltar a Rocket, como si pudiera huir de estos pensamientos intrusivos sobre Cliff. Aunque la presencia de Emily en el suelo de la cocina es suficiente para arrancármelos de raíz.

Tiene las rodillas contra el pecho. Apoya los pies sobre las puntas de las Converse sucias y rotas. El pelo rubio le cae como una cortina doble ante la cara.

—No me has vendido —anuncia—. ¿Por qué?

Cruzo los brazos, tratando de aplacar la respiración acelerada por el paseo hasta aquí.

—No lo sé.

—¿No lo sabes?

Trago saliva.

—No me pareció que fuera asunto mío.

—Pero eres amiga de mi padre —expone.

Me muerdo el labio inferior. «Amiga». Cliff Burke es mi amigo. Mi amigo divertido. No mi amigo atractivo.

—Ya —concuerdo—. Pero sé lo que significa ser adolescente. Y, lo creas o no, tu padre también.

—No, no lo pilla —gruñe—. Ni él ni Carol ni mi madre.

—¿Tu madre tampoco?

Emily suelta una carcajada.

—Ah, sí, seguro que lo pilla a las mil maravillas.

Casi me siento insultada por ese sarcasmo exagerado. Formo una línea recta con los labios y ella deja escapar un suspiro.

—Da igual.

—¿Es complicado? —pregunto.

—Totalmente.

—¿Sabes? —Me giro y quito los posos del café y el filtro a la cafetera—. Yo también tenía una relación complicada con mi madre.

—¿Con Birdie? Sí, claro.

—Es verdad.

Emily suelta un bufido.

—Mataría por tener una madre como Birdie. —Apoya la barbilla en las rodillas—. Dios, tú tampoco lo pillas.

—Puede —acepto—. Nadie sabe lo que te pasa, excepto tú.

Entorna los ojos al mirarme. Yo, simplemente, me encojo de hombros.

—Pero no eres la primera adolescente que tiene problemas con sus padres. Eso te lo puedo asegurar.

Pestañea.

—Josh es un buen chico —musita, más para ella misma que para mí.

Enciendo la cafetera y me apoyo en la encimera. Después, cruzo los brazos sobre el pecho.

—No tiene mala pinta —digo. Luego, inclino la cabeza a un lado—. Un poco tonto. —Con eso me gano un pequeño bufido que parece una carcajada—. Pero no está mal.

Intercambiamos una suave sonrisa.

—Me gusta mucho —confiesa en un susurro.

—Entonces, házselo ver a tu padre —la animo.

—No nos toma en serio.

—Se lo toma más en serio de lo que crees.

—No quiere que acabemos como mi madre y él. Pero no me voy a quedar embarazada. No soy tan estúpida.

«Zasca».

—No juzgues a tus padres con tanta crueldad —respondo—. El amor te empuja a hacer locuras.

—¿Cómo lo sabes? ¿Alguna vez te has enamorado?

—Sí —contesto, pero la agitación en mi estómago quiere contradecirme.

Los sentimientos de mi amor de cuento de repente me parecen apagados y poco naturales. Por más que lo intente, no logro recordar el fuego que me abrasaba al ver a Allen. Ambos nos mostramos demasiado serios en todo momento. Éramos dos personas cabezotas que encontraron su pieza del rompecabezas.

No logro evocar la pasión, al menos no la clase de obsesión abrumadora que nubla el juicio y te mantiene en vela toda la noche.

Tampoco recuerdo si me sentía como Emily, con una necesidad desesperada de verlo en cada momento del día.

No recuerdo la última vez que noté un revoloteo en el estómago, como cuando Cliff me ha puesto la mano en la rodilla.

Por Dios, no me gusta Cliff. Es demasiado… Es demasiado…

—¿Sacas buenas notas? —indago, cogiendo unas tazas de la alacena.

—Voy de lujo en todo —argumenta Emily contra sus piernas.

—¿Y vas al día? ¿No has entregado ningún trabajo tarde ni nada de ese estilo?

Acerca aún más las rodillas a su cuerpo y, con desconfianza, farfulla:

—Sí, voy al día.

—Entonces, hablaré con tu padre sobre Josh y tú.

Emily se endereza con los ojos muy abiertos, como un muelle que acaba de saltar.

—¿En serio?

—Deja de escabullirte, ¿vale? Ve al trabajo después del instituto. Y no te saltes ninguna clase. No quiero mentir a tu padre.

«Excepto acerca de lo atractivo que me parece».

Emily sonríe y veo pequeños indicios de Cliff en el brillo de sus ojos azules. Desprenden una chispa de esperanza, como los de su padre.

—Lo juro —dice—. No volveré a escaquearme.

—O a saltarte las clases o el trabajo.

—O a saltarme nada de eso —me confirma.

Separo la jarra de la cafetera y cruzo la cocina antes de abrir la puerta al comedor de una patada. Apoyo el hombro en ella y hago un gesto con el codo hacia la encimera.

—Coge las tazas, ¿quieres? Si vas a quedarte, tendrás que trabajar.