Capítulo 12. Michelle #2
Estiro la mano hacia una de las arañas que cuelgan cerca de mi cabeza.
—Nada mal, la verdad.
Hace un gesto con la barbilla hacia Rocket.
—¿Tú qué opinas, Rocky?
El perro levanta el hocico. «¿Cómo te atreves a hablar conmigo?».
—Menuda actitud —se queja Cliff entre dientes.
—Es un gruñón, ¿verdad? —bromeo, sonriendo.
Nos terminamos el almuerzo y observo cómo Cliff vuelve al trabajo, remangándose la chaqueta de franela por los antebrazos para sacar más objetos de la caja de cartón abierta. El reloj se le mueve por la ancha muñeca con cada movimiento.
Asciende de nuevo por la escalera y me quedo de pie, apoyada en un lateral del cenador. La cara se me tiñe de un calor incandescente cuando sube cada peldaño. Le quedan muy bien los vaqueros.
—¡Cliff! —lo llama Carol, haciendo que me sobresalte. Esta recorre el camino hasta nosotros.
Su hermano se gira por la cintura y estiro la mano para estabilizar la escalera. Por fin, Carol me ve y me saluda.
—Ah, hola, Shells.
Cierro los ojos, frustrada por el mote, y Cliff suelta una risita.
—Bueno… —comienza Carol con lentitud—, no mates al mensajero.
Al instante, la sonrisa de Cliff se desvanece.
—¿Por qué? —Arrastra la palabra hasta casi adoptar el ritmo de las de su hermana.
Esta se estremece.
—Lisa me ha contado que Emily no ha ido hoy a trabajar.
—¿Que ha hecho qué? —Dos segundos después, Cliff ha bajado de la escalera—. ¿Sabemos dónde está?
—No, pero… tengo un presentimiento… —Otra frase perdida en un abismo de silencio.
Cliff rechina los dientes. Luego, dirige los ojos hacia el otro extremo de la plaza, directamente al videoclub.
«Ay, no».
De repente, está abriéndose paso entre las balas de heno y las hileras de calabazas. Con los ojos como platos, intercambio una mirada con Carol y, después, con Lars, que nos mira desde el otro lado del parque. Entonces, corro tras él con Rocket a mi lado.
—Cliff, ¿adónde vas? —pregunto.
No me responde. Sé adónde va. Cualquiera en la ciudad lo sabría.
Gruño, frustrada.
—¡Cliff!
—Debo comprobarlo —gruñe.
—Lo más probable es que no esté ahí.
—Pero quizá sí.
Me apresuro al galope tras él, con Rocket trotando a mi lado, al otro extremo de la correa, y lo alcanzo antes de que cruce la carretera.
Me coloca una mano en la par-te baja de la espalda y me guía hasta la acera contraria.
Luego, abre la puerta del videoclub. La campanita suena tan fuerte que me pregunto si no la habrá arrancado de cuajo.
Enrollo la correa de Rocket alrededor de una farola y yo también entro.
Al instante, suspiro. Recostada junto a la caja registradora, doblada por la cintura y con la barbilla apoyada en la mano, está Emily.
Y, tecleando en el ordenador tras el mostrador está el mismo adolescente con granos que vi que se escabullía con ella hace dos semanas, Josh.
«Maldita sea, Emily».
—¿Qué películas vas a alquilar hoy, Em? —pregunta Cliff—. ¿Rebelde sin causa ? ¿Movida del 76? Porque ahora mismo es lo que me está pareciendo esta situación. ¿O qué tal Todo en un día ? Porque no tienes nada que envidiarle al protagonista, peque.
Emily se gira y cualquier rubor que le cubriera las mejillas mientras le ponía ojitos a Josh le desaparece de la piel.
—Papá…
—¿Ha explotado la oficina de correos? —pregunta Cliff.
—¿Q-qué? —tartamudea Emily.
—Bueno, es la única explicación que le encuentro a que estés aquí, en lugar de trabajando con Lisa. Aunque, dado que no he percibido ni una sola voluta de humo en toda la mañana, estoy un pelín confuso.
La única vez que lo he visto así de enfadado fue cuando descubrió a Brittany después de que el otro crío la empujara entre las calabazas en el Festival de la Cosecha. Pero incluso aquel enfado era una nimiedad en comparación con esto.
El rojo le tiñe las mejillas. Tiene la mandíbula curva más definida al tensar y destensar el músculo junto a los mola-res mientras rechina los dientes, cabreado. Sus antebrazos están tensos, cubiertos de venas marcadas bajo una capa de vello moreno. De repente, la escena me deja sin aliento.
—Ya he terminado de trabajar —farfulla Emily.
Se le da fatal mentir.
—¿Es la primera vez que te escaqueas de ayudar a Lisa? —pregunta—. ¿O estamos a punto de tener más conversaciones incómodas de las que me gustaría?
Me quedo paralizada. Claro que no es la primera vez que Emily ha faltado al trabajo. La vi salir de casa a principios de mes. Yo lo sé. Ella sabe que lo sé. Emily desvía los ojos hacia los míos.
Josh da un paso hacia la puerta holandesa junto a la caja registradora con la mano extendida.
—Oye, tío. Soy…
Tenso, Cliff lo señala con un único dedo.
—Yo que tú no terminaría la frase, tío .
A su favor he de decir que Josh se calla y baja la mano.
Luego, ninguno habla, todos miramos con cautela al padre que está a punto de perder los nervios en el centro del videoclub.
Por alguna razón, que el único acompañamiento sean las notas agudas de Mariah Carey desde los altavoces del local empeora la situación.
Cliff se pasa una mano por el pelo, desordenándose los mechones castaños y haciendo que le caigan sobre la frente. Lo hace parecer un roquero, lo que provoca que me tense aún más, no creo que sea su intención, pero está demasiado frustrado como para importarle.
—Emily, vete a casa —dice—. Y llama a Lisa en cuanto llegues.
—Papá…
—Tienes que disculparte con ella. Y ya hablaremos luego.
—Pero…
—¿Quieres hablar ahora? Porque odiaría avergonzarte delante de… —Cliff chasquea los dedos—. ¿Cómo decías que te llamabas?
Esbozo un mohín con el labio inferior. Es obvio que sabe que es Josh.
Aun así, el pobre adolescente abre la boca para contestar, pero la mezcla de gruñido y bufido de Emily lo acalla.
Se coloca al hombro una única correa de la mochila, donde los llaveros suenan, acompañados del golpeteo de los cordones de las zapatillas en la moqueta azul cuando se dirige a nosotros como si estuviera a punto de ir a la guerra.
—Por Dios, a veces eres un rollo —refunfuña entre dientes al esquivarnos y cruzar la puerta, zarandeando la campanilla casi con la misma fuerza que Cliff.
—Oye… —empieza a decir Josh.
Le lanzo una mirada fulminante porque ahora mismo está jugando con fuego. Por suerte, el chico es listo y cierra la boca de nuevo.
Abriendo y cerrando los puños, Cliff por fin se gira sobre sus talones y se dirige a la puerta. La campanilla vuelve a sonar. Josh y yo nos sostenemos la mirada.
—No sabía que se estaba escabullendo del trabajo —me suplica—. Me dijo que algunos días no tenía clase.
Tiene las cejas tan arqueadas que casi forman una sola.
Suspiro.
—Sabes que tiene clase cinco días a la semana, ¿no?
—Pero es lista. Pensaba que quizá la dejaban salir antes o algo. —Se encoge de hombros, casual, tan inocente que casi me provoca una sonrisa.
—Es lista, sí —concuerdo—. Pero no dejes que falte, ¿vale?
—Lo intentaré. —Vuelve a encoger un hombro, y por la manera en la que tuerce los labios hacia un lado sé que contradecir a Emily quizá sea un esfuerzo en vano.
Me dirijo a la puerta antes de observarlo de nuevo.
—Ah, ¿quieres un consejo? Quizá la próxima vez no deberías presentarte al padre de tu novia con un «oye, tío».
El color le desaparece del rostro.
—He entrado en pánico. —Se pasa una mano por la cara—. Me odia.
Me obligo a sonreír, lo que hace que se le relajen ligeramente los hombros.
—Lo superará —le aseguro.
Me marcho de la tienda con el tintineo más tenue que ha experimentado hoy la campanilla de la puerta y encuentro a Cliff sentado en el bordillo. Me coloco a su lado. Tiene los antebrazos apoyados en las rodillas y las manos en el aire, como un peso muerto.
—Se me olvidaba lo emocionante que es ser adolescente —musita—.
No hay nada como saltarse las obligaciones cuando sabes que no deberías hacerlo —bromea, antes de soltar una risa forzada y esbozar una sonrisa apagada.
Incluso ahora, con una rabia residual latiéndole en el pecho como un tambor firme, intenta mantenerse optimista. Cliff no deja de esforzarse.
—Todo va bien —lo tranquilizo—. Solo es una cría.
—Lo sé —articula, pasándose la mano por la cara—. Lo sé. Es muy buena niña. Me da la impresión de que nunca nos hemos peleado hasta que este chico ha entrado en escena.
—Creo que es un puente que muchos padres deben cruzar.
—Me preocupa. Es demasiado lista como para hacer estas cosas.
—También está hasta arriba de hormonas.
Arquea una ceja.
—¿Y crees que no lo sé?
Sé que no iba dirigido a mí; sin embargo, el tono grave y lo divertido de la situación son suficientes para que desvíe la mirada y empiece a dar golpecitos con los zapatos en la calzada.
—Además —susurro—, sabes cómo se llama.
—¿Quién? ¿James?
Le doy un codazo en las costillas que le provoca otra carcajada.
—Es Josh. Eres un peligro. Pero también eres buen padre.
Arquea las cejas. «¿Está sorprendido?».
—Lo eres —repito. Luego, de forma discreta, miro el reloj—. Tengo que volver. ¿Quieres que me pase por tu casa esta tarde y hable con ella?
—No, no tienes que hacerlo.
—Pero quiero —insisto.
Cliff asiente para sí, en silencio. Luego, me coloca una mano en la rodilla.
Me quedo paralizada. No se corta a la hora de tocar.
Su roce siempre es delicado, nunca refleja codicia, deseo o ninguna implicación más.
Pero nunca me ha tocado aquí. La calidez de su enorme palma y sus dedos largos se extiende por toda mi rodilla y parte del muslo.
Irradia oleadas de fuego por mi cuerpo. Tan rápido como la ha posado la retira; no obstante, me ha dejado sin respiración.
Me sonríe, un gesto débil y agotado por las complicaciones del día.
—Gracias, Michelle.
—Sí —afirmo a toda prisa—. No hay problema.
Sé que me he ruborizado. Y que se me ha acelerado el corazón. Me pongo en pie, desato la correa de Rocket de la farola y me la envuelvo en la muñeca. Camino a toda prisa por la acera.
—¿Adiós? —me grita Cliff con una carcajada ronca.
—¡Adiós! —contesto.