Un otoño para ser feliz Capítulo 12. Michelle
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Capítulo 12. Michelle

MICHELLE

—Las toallas del baño están en la cómoda y he dejado un archivador encima con algunas actividades para hacer en Copper Run.

Ya se ha acabado el festival de otoño, pero hay decoraciones de Halloween por toda la ciudad.

No puedes perderte la casa de un hombre llamado Winston, a dos manzanas de aquí, que se sienta en el porche todas las noches para ver cómo la gente admira sus decorados. Está muy orgulloso de ellos.

—Vaya, ¿y están bien?

«No tengo ni idea». Es la información que me ha dado Cliff, aunque no me ha dejado acercarme a la casa de Winston todavía.

Dice que es un artista. Que hace murales por toda la ciudad, pero también decora su casa para celebrar cualquier festividad.

La transforma en un cementerio encantado de tres dimensiones en Halloween y Cliff no quiere estropearme la sorpresa hasta que no lo acabe.

Sin embargo, la señorita Margaret y su única maleta no se quedarán el tiempo suficiente para verlo, por lo que esbozo una mueca divertida y contesto:

—Dan el miedo justo.

La mujer me dedica una sonrisa de oreja a oreja.

—Bueno —doy una palmada—, no te entretengo más. Siéntete como en casa. Y, por favor, avísame si puedo hacer algo más por ti. Es mi hora del almuerzo, pero volveré después de la una para preparar una nueva cafetera.

Adopta una expresión radiante.

—Gracias.

—No hay de qué.

Las palabras de Cliff me inundan los oídos. «Lo suficiente como para estar presente, pero sin agobiarlos».

Mientras permanece sentada en el extremo de la cama recién hecha, rematada con una carta de bienvenida en la almohada, de forma discreta dejo un caramelo salado envuelto en la cómoda. Lisa dice que los pequeños detalles son los gestos agradables que recordarán los huéspedes.

Bajo las escaleras hasta el vestíbulo y cojo el monedero de mi madre del gancho de la cocina.

Con él, me llevo también la correa de Rocket.

El repiqueteo que produce hace que el perro salga a toda prisa de mi habitación.

Se la ato al collar antes de salir por la puerta principal, recorrer el camino empedrado y pararnos en el buzón, donde recojo el correo que me meto bajo el brazo para mirarlo después.

Luego, nos dirigimos a la plaza de Copper Run.

Los datos que le he dado a la señorita Margaret son correctos.

Durante las últimas dos semanas, parece haber pasado un tornado de adornos por Copper Run.

Las telas de araña se extienden ante las puertas principales, los porches y las vallas.

Las calabazas con sonrisas talladas similares a las del gato de Cheshire se alinean junto a las verjas, y los esqueletos de plástico se arrastran por los patios cubiertos de hierba tras salir de burdas tumbas.

Cada vez que pasamos junto a la casa que tiene unas sábanas colgadas para simular fantasmas que se mecen desde las ramas de los árboles, Rocket deja escapar un grave gruñido.

—No van a hacerte daño.

Bufa. «Mentirosa».

Llegamos a la plaza y me paso primero por la bocatería, sonriendo con toda la afabilidad posible a la propietaria, Betty, quien siempre insiste en que pruebe algún nuevo ingrediente.

—Sándwiches de pavo y pollo, como siempre —digo.

—Ah, deberías probar la nueva salsa secreta.

—No, gracias.

—Nunca sabrás lo que lleva, pero te prometo que está buena. —La extiende por el pan como si no me hubiera oído.

—Gracias, Betty.

—Lo que necesites, Shells.

A la gente en Copper Run le encanta llamarme como les apetece, aunque no creo que haya demostrado ni una vez que me guste el mote que han elegido.

Sin embargo, la familiaridad y la dulce y suave sonrisa que me dedica Betty cuando me tiende la bolsa con los sándwiches hacen que no me tome tan mal el insulto.

En la plaza, unos espantapájaros permanecen tumbados, abandonados en la acera. Una araña gigante de fieltro está boca arriba al lado de una pila de cajas de cartón con etiquetas como «Luces», «Demonios» y… «¿Sangre falsa»?».

El amigo de Cliff, Lars, está al otro lado del parque, clavando estacas en el césped suave. Me dedica un saludo agradable con la mano, igual que la florista, Sandra, quien sube los escalones de piedra con ramos de los colores del otoño entre los brazos.

Me estoy dando cuenta de que es difícil estar sola en este pueblo. Vivía una vida tranquila y productiva en Seattle. Aquí no hay nada que funcione así.

Cliff se encuentra en la parte superior de una alta escalera junto al cenador, decorando los postes con telas de araña. Tiene las mejillas sonrojadas del cansancio, a pesar de la brisa fresca que corre. Esbozo una pequeña sonrisa al ver a Cliff ruborizado.

—¿Te han obligado a participar en las decoraciones? —pregunto.

Me mira antes de desviar los ojos a la bolsa de sándwiches que tengo agarrada con tanta fuerza que los nudillos se me han puesto blancos. Le sujeto la escalera mientras él desciende, tambaleante.

—¿Ahora Betty te llama Shells? —pregunta.

—Sí —musito.

—¡Qué valor!

Frunzo los labios en una línea recta ante su sonrisa y luego rebusco en la bolsa.

—Pavo para ti —anuncio, tendiéndole el sándwich—. Betty ha insistido en echarle una nueva salsa que, según ella, está buena.

—Ay, no —gime.

Los dos nos sentamos en el banco dentro del cenador. Cliff a mi izquierda y un fantasma a medio hinchar a mi derecha.

—Por cierto, seguir tu manual parece estar funcionando —admito.

Arquea las cejas.

—Ah, ¿sí? ¿Ya has dado el discurso de…?

—Los jardines, las decoraciones y todo eso —concluyo por él.

—Genial. ¿Ves? —Mueve el sándwich en el aire porque este hombre es incapaz de no hablar con las manos—. Ya le vas pillando el truco.

—La gente sonríe más a menudo.

—Es fácil sonreír cuando estás cerca —comenta Cliff antes de dar un bocado.

Suele hacer ese tipo de cosas, ofrecer halagos de manera casual como si fueran caramelos de Halloween. Nunca sé cómo reaccionar y solía pensar que esa era su intención, la conmoción y el asombro. Pero ahora… Ahora Cliff dice cosas bonitas sin hacer ninguna pausa para ver la respuesta.

—Betty tenía razón —gruñe, haciendo un gesto con su bocadillo—. La salsa está buena. Pruébala.

Doy un mordisco y el rostro se me debe de contorsionar porque suelta una carcajada.

—¿Qué pasa?

Niego con la cabeza y esbozo una mueca, apenas capaz de hablar con voz ahogada:

—Creo que la salsa secreta es mostaza.

—¿No te gusta la mostaza?

Niego con la cabeza antes de tragarme el bocado, reticente. Cliff se echa a reír y le da un nuevo mordisco a su propio sándwich con un «mmm» exagerado.

Señalo a Rocket con el bocadillo.

—¿Lo quieres?

Incluso el perro, al olfatear la salsa amarilla que mancha el pan, gira la cabeza. «Qué asco».

—Estoy de acuerdo.

Cliff señala algo detrás de nosotros.

—Me han sobrado algunos cruasanes de esta mañana, por si quieres uno.

—Por favor.

—Bien, y si no te lo vas a comer… —Me arrebata el sándwich.

—Todo tuyo.

Me froto las manos para limpiarme las migas. Suspiro.

—¿Sí? —pregunta Cliff con una sonrisa.

—Bueno, sigue sin haber ninguna nota entusiasta en el libro de visitas.

—¿Esperabas que alguien lo considerara el Taj Majal?

—Quizá.

Entorna los ojos con una expresión de superioridad.

—Nunca fracasas, ¿no?

Me tenso y suelto un bufido.

—Claro que sí.

—¿Cuándo?

Ladeo la cabeza, un gesto que significa: «No dejas de decir tonterías», lo que ocurre a menudo cuando estoy con Cliff.

—Lleva su tiempo —añade, inclinándose hacia mí.

Casi me roza el hombro con los sándwiches que lleva en las manos cuando los agita en el aire. Alejo el pan y él se echa a reír.

—Algún día te llegará un huésped que apreciará todos esos cambios. No es algo que me preocupe, Michelle.

Se me curva una de las comisuras de los labios.

Me gusta que diga mi nombre completo, sobre todo porque sé que lo hace de forma intencionada.

Quizá Cliff se acerque demasiado o haga muchas preguntas personales que me pillan con la guardia baja, pero sabe cómo conseguir que la gente se sienta comprendida. A veces, incluso, demasiado.

Es muy distinto a mí. Si yo soy el otoño, él es la primavera.

No deja de sonreír y desprender calidez.

Sus ojos azules son muy profundos, como el primer cielo despejado de la temporada.

Le gusta posarlos sobre mi pelo oscuro, pasearlos por mis labios maquillados o detenerlos en el cárdigan cuando este me cae por el hombro.

Baja la mirada al taco de cartas que he dejado en el banco y suelta un grito ahogado.

—Michelle, ¿eso es una tarjeta de cumpleaños?

—¿Qué?

Cliff deja a un lado los sándwiches y sostiene en alto un sobre rosa.

—Está dirigido a ti y pone: «Feliz cumpleaños».

Ahí, en su mano, está la caligrafía elaborada de mi hermana con el garabato de una tarta debajo.

Me arde la cara cuando se la arranco de los dedos.

—No.

—Lo es. —Suelta una carcajada.

—No quiero hablar del tema.

—Yo sí.

—Odio mi cumpleaños. —Escondo la tarjeta bajo el resto de las cartas.

Abre la boca en mitad de una nueva carcajada, como si le hubiera sorprendido.

—¿Por qué?

—Se pierde entre otras festividades —confieso con amargura.

—Ay, pobrecita. ¿Cuándo es?

Aprieto los labios.

—A finales de este mes.

—¿En Halloween?

Echo la cabeza hacia atrás y suelto un gruñido.

—Cliff…

—¿Es ese día?

Suspiro.

—Un poco antes.

—Bueno, tienes suerte porque me encantan los cumpleaños. Y las fiestas de cumpleaños aún más.

Abro mucho los ojos.

—Cliff, ni se te ocurra planear algo.

—Jamás. —Se lleva una mano al pecho—. ¿Quién te crees que soy?

—La persona más insistente del planeta.

Mueve la cabeza de un lado a otro, pero no se me pasa por alto la curva descendente, apenas perceptible, que ahora forman sus labios. Me pregunto si lo habré ofendido.

Señala hacia las arañas que están colgadas del techo del cenador.

—¿Qué tal han quedado?

Es la magia de Cliff. Sabe cuándo cambiar de tema, y lo hace sin previo aviso. A veces es desconcertante, pero en otros casos es lo que más me gusta de él. Lo que me lleva a preocuparme aún más haberlo molestado por algo que he dicho.