Capítulo 11. Michelle #2
Me coloco la mano bajo la boca para atrapar cualquier miga que se pueda desprender.
Está bueno, muy bueno, con una delgada capa crujiente, azucarada y dura, que encierra un interior suave y esponjoso.
Los arándanos casi parecen estar frescos.
Me pregunto si así es la vida de cualquier amigo de un repostero.
Una oleada constante de comida increíblemente sabrosa.
—Está muy bueno —afirmo, pero, por extraño que parezca, Cliff no parece satisfecho.
En lugar de eso, deja escapar un suave suspiro mientras cruza la cocina para abrir otro cajón y saca un rollo de papel vegetal.
—¿Qué? —pregunto—. Está bueno.
—Pero no he dado en el clavo.
—¿De qué estás hablando?
—Es una manía rara de pastelero —responde con una sonrisa, burlándose de las palabras que he dicho antes. Señala con la barbilla un armario a mis espaldas—. ¿Te importa pasarme un bol?
Dejo en la caja el resto del profiterol y abro el armario, donde encuentro un puñado de boles apilados unos dentro de otros.
—¿Sabes dónde está todo? —pregunto.
Asiente.
—El año pasado estuve aquí más tiempo que en mi propia casa.
—No me puedo creer que te llevaras tan bien con mi madre.
—Era una buena mujer. Se portaba mejor con las niñas que su propia madre. —Suelta una carcajada—. Es gracioso cómo llegamos a ese punto.
Asiento, distante, pero mi mente se ha quedado atrapada, como un jersey enganchado en un alambre, revelando poco a poco recuerdos sobre mi madre. Nuestras complicaciones.
Pongo el bol en la encimera y, segundos después, empieza a batir el azúcar y la harina.
Me explica los pasos para preparar el dulce mientras introduce en otro bol los ingredientes húmedos.
Dice que utiliza leche entera porque es más densa y esta marca de levadura en concreto porque satisface más rápido mis necesidades.
Su secreto es añadir un poco más de mantequilla porque «bueno, es mantequilla», dice, encogiéndose de hombros.
Luego, Cliff se sube las mangas anchas de su jersey de punto y deja caer la masa sobre el papel vegetal cubierto de harina.
Comienza a amasar la mezcla con las manos.
La estira y la pliega, lanzando un rocío blanco sobre sus antebrazos contraídos.
Descubro que se me está acelerando la respiración, por lo que trago saliva con dificultad y empiezo a dar golpecitos incesantes en la encimera a su lado.
No sabía que la repostería era… esto . Unos brazos fuertes y unas manos diestras.
Cliff me mira y le sostengo la mirada. Sé que me estoy sobrepasando al contemplarlo con tanta intensidad, pero este hombre no puede enterarse de mi reacción al verle trabajar así.
—Birdie hablaba de vosotras —suelta—. Mucho.
Me da un vuelco el corazón.
—¿En serio?
—De ti y de Sara.
—Seguro que más de Sara. Es mucho más interesante.
—Hum —reflexiona, volviendo a centrarse en darle forma a la masa—. No, de las dos. Tú eras…
—¿La seria?
Se echa a reír.
—La responsable. A veces la preocupabas.
Me miro los pies e inspiro hondo. Sin embargo, mis ojos se deslizan hasta el archivador como si tuvieran voluntad propia. «Querida Sara». Cliff me contempla con las cejas unidas en el centro de la frente, como si pudiera oír las vueltas que estoy dando en mi cabeza.
—Todos aquí visteis una parte de mi madre que yo no conocía —confieso, a la vez que suelto todo el aire.
Y un vistazo a la expresión atenta de Cliff me lleva a añadir—: O…
no quería conocer. —Abro los labios, conmocionada por haber dicho algo así, y no tardo en volver a cerrarlos—. Solo… me gustaría ser sincera.
—¿Quieres hablar del tema?
—No.
—Me parece bien. —Se aclara la garganta—. ¿Sabes? Tu relación con Birdie me recuerda mucho a la de Emily con su madre.
—¿Qué quieres decir? —pregunto.
—Cuando Emily y Tracy se juntan, la situación se vuelve… convulsa, como mínimo. Parece que a ti te pasaba lo mismo con Birdie.
Trago saliva. No quiero abordar ese tema.
—Emily es una adolescente. Por supuesto que es convulsa.
—Es más que eso. Tracy deja muy claro que Emily no entraba en sus planes. Que por su culpa nuestras vidas permanecerán unidas para siempre.
Me quedo boquiabierta.
—¿Y tú también lo crees?
—No, por Dios —escupe tan rápido que casi me sobresalto—.
Emily fue una sorpresa. Y sí, ahora estoy conectado a Tracy en cierto sentido de por vida.
Pero no es responsabilidad de Emily. Y es injusto que mi exmujer lo pague con ella.
—Fija los ojos en la harina, a la vez que una sonrisa ladeada le curva la boca, como si las imágenes que se le están pasando ahora mismo por el cerebro lo tranquilizaran—.
A pesar de todo a lo que la hemos sometido, Emily es una chica maravillosa.
Siento que he pestañeado y, de repente, tiene opiniones e intereses.
Me resulta extraño que ahora le gusten los chicos.
Y no solo los chicos, sino los chicos con hormonas y bigotillo.
—Niega con la cabeza y deja escapar una carcajada jadeante.
—¿Echas de menos que tenga la edad de Brittany? —pregunto.
—Sí y no. —Se encoge de hombros con una nueva sonrisa—. Va mejorando con cada fase que pasa. A veces es un poco borde, pero, por Dios, eso me encanta. Lo más probable es que mate a Josh como le haga daño. —Se echa a reír—. Si no lo pillo yo primero. —Se aclara la garganta—. Bueno, gracias.
—¿Por qué?
—Por escucharme.
—Hablas mucho. Es difícil no hacerlo.
Sonríe.
—Lo sé.
—Te muestras muy sincero a la hora de hablar de tu ex.
—No sirve de nada guardarlo para mí. ¿No te pasa lo mismo?
—No —admito.
—¿No?
—Solo porque no tengas nada de lo que avergonzarte sobre tu matrimonio no significa que en mi caso sea igual.
Tras apartar las manos de la masa, inclina la cabeza hacia un lado con una sonrisa. Siento que acabo de presentarle un desafío al que no se puede resistir.
—Cuéntame un único secreto, Michelle.
—¿Un secreto?
—Eso he dicho.
—No.
Me distraigo cogiendo el sándwich de pavo. Lo contempla antes de desviar la mirada a toda prisa. Cuando lo hace, lo cambio por el de jamón.
—¿No éramos amigos? —me provoca—. Yo te he hablado de Tracy. Cuéntame algo de ese tipo.
—De Allen —lo corrijo.
—Eso, del pringado.
—No es un pringado. Es… Bueno, en realidad es doctor. —Le dedico una mirada fulminante—. No es un pringado, para nada.
—Lo es —insiste Cliff, quien está volviendo a amasar la mezcla—. ¿Por qué si no iba a engañarte? Eres despampanante.
El corazón me da un vuelco cuando tartamudeo:
—¿Q…? ¿Qué?
—No es una opinión, es un hecho. Lo eres. Incluso cuando frunces el ceño.
Entonces, despacio, Cliff me observa con los ojos entornados, paseándolos por mis labios hasta mi cintura. Noto el vello de punta presionarse contra la tela de mi camisa.
—Eres despampanante. Y él, un estúpido.
Chasqueo la lengua y asiento.
—Es… Bueno…, gracias.
—De nada.
Cambio el peso de un pie a otro, al tiempo que contemplo cómo mueve los brazos, con las pequeñas venas marcadas y…
—Has mencionado otra vida —digo.
—¿Cuándo?
—En el piso de arriba. Antes de la pastelería. ¿A qué te dedicabas?
—A ventas.
—No está mal —comento—. Yo trabajo en publicidad.
—¿Te gusta? —pregunta.
—Me encanta.
Sonríe para sí.
—Bueno…, a mí no. Es lo que quería Tracy.
—Asiente, con los ojos fijos en la pila de papeles en la encimera.
Son los documentos que me ha mandado Mark por fax.
El logo de la agencia de viajes Topsy’s, nuestro mayor cliente en Washington se muestra en la primera página—.
¿Trabajas en tu puesto en Seattle, aunque estés aquí?
—No puedo evitarlo.
—¿Tanto te gusta? ¿Por qué?
—No lo sé… Es así y punto. Es difícil describirlo.
—Supongo que no voy a conseguir enterarme de ningún secreto interesante hoy, ¿eh? —se burla con una media sonrisa.
Cliff es tan sincero, tan él mismo…
—Muy bien —digo—. ¿Quieres un secreto?
—El mejor que tengas —me confirma.
—Odiaba… —Levanto la barbilla—. Odiaba que Allen roncara.
La culpa me recorre el cuerpo, como si no debiera hablar así de mi marido, mi exmarido.
Cliff abre la boca, soltando un grito ahogado, burlón.
—Vaya, tranquilízate un poco. Has empezado por todo lo alto. No puedo soportar ese nivel de crueldad.
Cliff se relaja, con una expresión provocadora y torcida. Entonces, esa pequeña parte, la que se sentía culpable por haber confesado una molestia tonta, se separa de mí y revolotea hasta el suelo. Porque mi respuesta no era tan seria y la pregunta de Cliff tampoco.
Ahogo una carcajada y doy un paso al frente para darle un empujón en el hombro.
—Oye, me has pedido un secreto y es lo que te he contado.
Observa el punto en el que lo he tocado y sonríe.
—Qué va.
—Para mí era importante.
Sus carcajadas absorben las mías antes de que sus ojos bajen hasta mis labios. Igual que con la falta de espacio personal, a Cliff tampoco parece importarle mantener la mirada fija en algo demasiado tiempo. No tarda en desaparecerme la sonrisa, convirtiéndose en un ceño fruncido defensivo.
Vuelve a subir los ojos hasta encontrarse con los míos.
—¿Ves? Tenía razón. Eres guapa hasta cuando frunces el ceño.
Pongo los ojos en blanco.
—Cállate, Cliff.
No obstante, ese sencillo momento con él me provoca una sonrisa que no logro ahuyentar de mi cara. Mira el sándwich que hay cerca de mí y luego el que le he cedido, que está en la encimera a su lado.
—¿Has cambiado de opinión? —pregunta.
—Era evidente que el de pavo es tu favorito.
—Pero dijiste que te apetecía —comenta—. Intentaba ser majo.
—Y yo también lo estoy intentando.
Intercambiamos una tenue sonrisa y vuelve a centrarse en amasar la mezcla. Cliff puede ser frustrante. Pero también me gusta. Más o menos. Un poco.