Capítulo 11. Michelle
MICHELLE
—Vale, con ellos. Los de ahí —me susurra Cliff.
—¿Por qué con ellos?
—Míralos —me musita al oído con un hilo de voz.
Cliff y yo estamos sentados en la parte superior de las escaleras, observando a través de los barrotes de la barandilla entre los que se ve el salón principal de Bird & Breakfast. Una pareja está sentada en el sofá floral y le da vueltas a un plano endeble de Copper Run y el área circundante de Vermont.
Cliff se inclina hacia mí y apoya un antebrazo en la rodilla antes de comentar:
—Necesitan ayuda.
—Tienen un mapa. No les pasa nada. No necesitan que los moleste.
En el trabajo, dejo que mis inferiores se busquen la vida por su cuenta a no ser que me pidan ayuda. De lo contrario, quizá pensarían que no confío en ellos. ¿Por qué en hostelería la situación iba a ser distinta?
Arquea las cejas.
—¿Lo dices en serio? —Extiende la mano—. Es evidente que necesitan consejo.
—No, se las están arreglando solos —insisto. Por supuesto, justo en ese momento la pareja gira el mapa noventa grados. Me estremezco—. Más o menos.
—Como su anfitriona, ¿no te encantaría ofrecerles algo de ayuda?
—Tampoco conozco demasiado el pueblo.
Suelta una carcajada.
—Entonces, resolveréis el rompecabezas juntos. Será divertido.
Pasear por el pueblo forma parte de la extensa lista de investigaciones que deseo llevar a cabo. Me encanta encontrar aquello que vuelve a algo tan cautivador que no puede ignorarse. Por eso se me da bien mi trabajo. Pero no lo digo en voz alta.
Suelto un bufido.
—Quedaré en ridículo.
—O te considerarán adorable.
—No lo soy.
—A mí sí me lo pareces.
—Ja, ja. —Suelto una falsa carcajada antes de centrar mi atención de nuevo en la pareja sin permitir que el halago se asiente entre los dos más de lo que lo ha hecho ya. Ahora están dando golpecitos en una zona del mapa—. ¿Ves? No necesitan mi ayuda.
—Sí, la necesitan —repite Cliff con una carcajada apenas contenida—. Vas a bajar ahí abajo, lo suficiente como para estar presente, pero sin agobiarlos.
—Entonces, ve tú a ayudarlos.
—No, tú.
—No.
—Sí —contraataca Cliff, burlón.
Los dos huéspedes giran la cabeza hacia las escaleras y Cliff y yo nos ponemos en pie a duras penas. Mis zapatos chocan con sus piernas y me coloca una mano en la espalda para estabilizarme, al tiempo que subimos las escaleras a toda prisa.
Llegamos al descansillo de la segunda planta y noto el rostro ardiendo.
—Qué vergüenza. —Me tiemblan las manos, por lo que estiro los dedos.
Cliff observa cómo jugueteo con ellas.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Segura?
Le dedico una mirada mordaz.
—No me gusta que se me den mal las cosas —le explico—. No recuerdo cuándo fue la última vez que me ocurrió.
Se echa a reír, a la vez que se pasa una mano por el pelo rebelde, que por alguna razón nunca parece aterrizar en el lugar adecuado para hacerlo sentir cómodo.
—Michelle, si quieres que te ayude, tienes que escucharme de vez en cuando.
—Me gustan las cosas de determinadas maneras.
La cicatriz junto a su boca se le marca aún más cuando curva las comisuras de los labios. Es la sonrisa engreída a la que me estoy acostumbrando este mediodía.
—Has sido tú quien me ha pedido que venga —me recuerda.
—Lo sé, lo sé.
Da un paso al frente y me posa sus enormes y pesadas manos en los hombros. Siseo. Esa es la cuestión de Cliff, que toca a todos y siempre lo hace con calidez.
—¿Por qué crees que tengo una pastelería? —pregunta.
Inclino la cabeza hacia un lado.
—Porque ninguna compañía te soportaría.
Sonríe.
—Porque me gusta ser mi propio jefe. Pero en ciertas ocasiones incluso yo necesito ayuda. Por eso contraté a Carol. Y… —me aprieta los hombros una vez antes de soltarme— sí, ser un empleado en cualquier sitio me parece una tortura.
—¿Alguna vez has tenido un trabajo en plantilla? —le pregunto, curiosa.
Se rasca la cabeza.
—En otra vida. Antes de la pastelería.
—¿Por qué lo dejaste?
Se encoge de hombros y solo dice:
—Libertad.
Aprieto los labios y se echa a reír.
—Además, se me da de lujo hacer dulces. Vale, pasemos a la siguiente prueba. Quizá ahora tengamos más suerte.
Gruño.
—Dios, a veces eres peor que Emily —comenta—. Lo sabes, ¿no?
—¿Me estás llamando niñata? —lo reto.
Pasea la mirada hasta mis zuecos negros y vuelve a centrarla en mis ojos.
—Quien se pica…
Esbozo una mueca.
—Qué gracioso eres.
Bajamos las escaleras. Dejo escapar un suspiro al ver que la pareja con el mapa se ha ido. Dado que ni ellos ni el resto de los huéspedes están a la vista, la casa está vacía por primera vez en toda la mañana.
Entramos en la cocina. Un fuerte olor a canela se escapa del horno.
—Mmm. —Cliff se frota las manos—. Pinta bien.
«Me alegro».
Esperaba que a Cliff le molestara que hubiera empezado sin él, pero, en lugar de eso, se ha echado a reír ante mi proactividad.
No me está costando entender que a Cliff Burke le molestan muy pocas cosas.
A diferencia de Allen, quien se habría rendido conmigo en cuanto hubiera hecho una locura así.
Una parte de mí se pregunta si eso es lo que deseaba que ocurriera.
Estos son mis rollos de canela. Empecé a hornearlos anoche y, desde entonces, he hecho tres tandas que han salido fatal.
Quería demostrar que puedo hacer lo mismo que Cliff.
Tal vez no se me dé bien tratar con la gente, pero no necesito además lecciones de repostería.
Y siento que esta bandeja va a ser suficiente para demostrárselo.
Cliff chilla al abrir el horno. Me pongo de puntillas para mirar por encima de su hombro y se me cae el ánimo al suelo. Los rollos han adoptado un tono marrón oscuro e incluso yo soy consciente de que son demasiado marrones.
Cliff abre mucho los ojos antes de girarse hacia mí.
—¿Cuánto tiempo llevan aquí?
—En la receta de mi madre ponía treinta y cinco minutos.
Suelta un bufido.
—No.
—Sé leer. La he mirado esta mañana.
—Ni de lejos —contraataca, atravesando la cocina hasta un cajón.
Cruzo los brazos sobre el pecho.
—Ah, ¿en serio? ¿Y cómo lo sabes?
Sonríe.
—Porque se la escribí yo.
«Por supuesto que fue él quien le dio a mi madre esta receta».
Me muerdo la lengua para no decir ni una palabra más mientras la vergüenza se me desliza por la columna vertebral como un cubo de hielo.
Cliff coge los guantes para el horno del primer cajón que encuentra.
Parece saber dónde está todo en esta cocina.
Cuando está de espaldas a mí, deslizo un dedo hasta la sección correspondiente en el archivador negro de mi madre y vuelvo a leer la receta de los rollos de canela.
Gruño. Cliff tenía razón. Se suponía que solo debían estar ahí dentro durante veinticinco minutos.
Con la lengua contra la mejilla, miro hacia atrás. Cliff ya está sonriendo.
—¿Tenía razón? —pregunta.
—Tenías razón.
Su habitual sonrisa engreída se le extiende por el rostro y mira al techo, como si rezara al cielo.
—Me encanta cuando pasan estas cosas.
Se pone las manoplas, abre el horno y saca la bandeja, que coloca sobre un trapo en la encimera. Se quita los guantes, coge un tenedor de otro cajón que, por instinto, sabe que contiene los cubiertos y, sin preámbulos, corta un rollo antes de pinchar un trozo.
Cliff sopla y, despacio, le da un bocado.
Veo cómo los extremos de metal desaparecen entre los labios y observo cómo el tenedor vuelve a surgir, recorriéndole el labio inferior.
Su lengua asoma por una de las comisuras de la boca para atrapar una pizca perdida de canela.
«¿Por qué parece hacerlo a cámara lenta? ».
—Sabe fatal.
Pestañeo, volviendo al presente, y niego con la cabeza.
—¿Fatal?
—Fatal —repite—. Es el peor rollo de canela que he probado. Tíralos.
Abro y cierro la boca, tratando de encontrar las palabras, hasta que veo su sonrisa ladina y torcida. Aprieto los labios en una línea recta.
—Te estás quedando conmigo.
Se echa a reír.
—Han estado ahí dentro demasiado tiempo, por lo que están un poco tiesos, pero con buen sabor. —Sube y baja las cejas—. Sin embargo, aún tienes margen de mejora.
Cliff rebusca en una bolsa marrón de la tienda de comestibles que hay en el suelo y saca la harina. Rocket levanta la cabeza de la alfombra y olfatea el aire.
—¿Has traído más ingredientes? —le pregunto mientras, a continuación, extrae el azúcar. Suspiro—. Sabías que tendríamos que rehacerlos.
—Pensaba dejarte probar primero —expone con un guiño. Es un guiño tan casual que el corazón me da un vuelco.
No recuerdo la última vez que alguien me guiñó el ojo.
—Y sí —continúa Cliff, inclinándose hacia mí como si estuviéramos compartiendo un secreto—. Tenía la sensación de que lo intentarías antes de que llegara, así que he traído material extra.
Dejo caer los hombros y echo la cabeza hacia atrás. Una grave carcajada retumba en su garganta cuando vuelve a introducir los brazos en la bolsa de nuevo. Emerge con dos sándwiches metidos en unas bolsas herméticas transparentes. Me los tiende, uno en cada mano.
—¿Jamón o pavo?
—¿También me has hecho la comida? —pregunto, casi con un quejido—. Cliff, por favor…
—No iba a autoinvitarme y luego pedirte que me hicieras un sándwich. Los he comprado en la bocatería de Betty. ¿Jamón o pavo?
—Cliff, ya me estás ayudando…
—¿Jamón o pavo, Michelle?
Tiendo una mano y suspiro.
—Pavo, entonces.
—Bien. El de jamón es mi favorito. —Aunque Cliff sonríe mientras lo dice, el brillo no le llega a los ojos y no se le marca tanto como debería la cicatriz junto a los labios.
Deja el sándwich a un lado. Me pregunto si estará mintiendo.
—También he traído —rebusca en la bolsa y saca una caja pequeña que, al abrirla revela un dulce azulado, esponjoso y cubierto de azúcar— un profiterol de arándanos.
—Ah, gracias.
—Pruébalo.
—¿Ahora?
—Sí.
Entorno los ojos.
—¿Es una manía rara de pastelero?
Se echa a reír.
—Pruébalo.
Lo saco de la caja, le dedico una mirada curiosa con una sonrisa que significa: «Vale, lo que tú digas» y le doy un bocado.
«Ay, Dios mío».