Capítulo 10. Cliff #2
—¡Qué emocionante! —le digo a Brittany—. Bueno, sigue jugando cinco minutos más. —Le doy una palmadita en el hombro—. Luego, cenaremos, ¿vale? —Estira las manos hacia la caja, pero la aparto con rapidez—. Los dulces son para después.
—Jooo. —Brittany esboza un puchero exagerado.
Le revuelvo el pelo.
—Sí, sí —me burlo de ella—. Papá es un asco.
Curva el labio inferior hacia fuera y reticente vuelve a servir un té invisible.
Camino sobre las hojas muertas, subo los escalones chirriantes hasta el porche y me dejo caer en el lado opuesto del balancín. Mi impulso hace que nos mezamos hacia atrás con fuerza antes de recuperar el equilibrio. Michelle contempla la caja que he colocado sobre el regazo.
—Te he traído algo —anuncio, abriéndola para revelar la hilera de rollos de canela, de los que aún gotea el glaseado con el que los he regado antes de salir de la pastelería.
—¿Son las sobras de hoy? —pregunta.
—Prueba uno.
Entorna los ojos y me echo a reír.
—Vamos. Prueba uno.
Coge uno de los rollos de canela de la caja, se lo acerca a los labios voluminosos y muerde.
Quizá sea normal en un pastelero, pero me encanta ver cómo come dulces la gente.
En concreto, me gusta el aspecto que tiene Michelle mientras se come uno de los míos.
Cierra los ojos. Se le curvan las comisuras de los labios en una sonrisa.
Y las delgadas cejas se le juntan en el centro de la frente.
—Está increíble —gime.
«Por Dios». El corazón se me acelera.
—Me encanta ese sonido —digo.
Abre los ojos de golpe y suelto una carcajada.
—Soy repostero. Vivimos del disfrute de los demás.
Sin embargo, justo después, vuelve a dejarlo en la caja.
«¿Eh?».
Sé que cuando un dulce pertenece a alguien, cuando lo atrapa de verdad, no puede dejarlo. Los rollos de canela no son sus favoritos. Entendido.
Me estudia durante un momento antes de preguntar:
—¿Por qué querías enseñármelos?
—Porque están buenos.
—Creído.
—Y —continúo, inclinándome hacia ella— porque son fáciles de hacer. Vas a empezar a hornearlos en lugar de las galletas.
Suelta una carcajada por la nariz.
—No sé hacer rollos de canela.
—No te preocupes, yo te enseñaré.
Niega con la cabeza.
—Ni siquiera hemos empezado con las lecciones sobre gente que acordamos.
—Lecciones sobre gente —repito—. Me gusta.
—¿Ahora también vamos a dar lecciones sobre repostería? —continúa sin prestarle atención a mi comentario—. Es demasiado, Cliff.
—Ser capaz de hornear un desayuno decente para los huéspedes va de la mano con las lecciones sobre gente. Créeme. Además, soy yo el que debe decidir qué es demasiado, ¿vale? —Antes de que pueda volver a protestar, señalo a Brittany con la barbilla—. ¿Qué tal ha ido esta misión?
—Bien, es muy buena niña.
—Me alegro.
—Le gusta mucho Rocket.
Asiento.
—Ya lo veo.
—Me sorprende que no te ponga más nervioso —observa Michelle—. Por lo de la cicatriz y el perro que te mordió. Por lo del trauma que sufres —concluye con una sonrisa traviesa.
—Solo porque viviera una mala experiencia con un animal no significa que Brittany vaya a pasar por lo mismo. Siempre he querido lo mejor para Emily y para ella. Por suerte, Brittany ya es mucho más valiente de lo que era yo a su edad.
—Antes ha intentado deslizarse por la barandilla —comenta—. Y le ha dado conversación a una mujer que seguramente solo quería leer el periódico en paz.
Se me escapa una carcajada.
—Hoy no te ha supuesto demasiado trabajo, ¿no?
—No, la mujer ha acabado adorándola —responde antes de añadir—: Y seré yo quien decida qué es demasiado.
Sonrío cuando arquea una ceja, provocadora.
—Qué graciosa. —Creo que la sutileza del humor de Michelle es lo que más me gusta.
Se lleva una mano al pendiente para hacerlo girar. Me pregunto si será un tic nervioso. Entonces, sobre el esmalte de uñas, advierto una pequeña tirita que le rodea el dedo.
—Vaya, ¿qué es eso? —Estiro el brazo y se lo acaricio.
Inspira hondo.
—Me he cortado al partir una manzana.
—Madre mía, te vas a acabar matando por accidente en esa cocina.
—Tampoco soy tan inútil.
Sonrío.
—Esto. —Le toco la tirita—. Y esto. —Paso el pulgar por la cicatriz rosada del interior de su brazo—: No corroboran tu versión.
Michelle pestañea cuando le recorro el brazo con los dedos. Tiene la espalda tan rígida como una tabla. Me sostiene la mirada y frunzo el ceño antes de soltar una carcajada.
—¿Va todo bien?
Entonces, advierto que la estoy tocando.
El repiqueteo de unos cordones sobre el cemento nos interrumpe, atrayendo mi atención hacia mi casa, a la vez que aparto la mano. Emily está subiendo por el camino de entrada. Lleva los cascos sobre las orejas y el discman entre los dedos.
—¡Em! —grito. Al principio no me mira, por lo que me rodeo la boca con las manos y digo—: ¡Emily!
Levanta la cabeza y se quita los cascos.
—¿Qué tal el colegio, peque?
—Bien —dice, al mismo tiempo que se mete el reproductor de CD y las manos en los bolsillos de la chaqueta vaquera.
Entorno los ojos porque esa respuesta tan corta me resulta demasiado familiar.
—¿Has vuelto a ir a ver a Josh al videoclub?
—No —salta a la defensiva—. Tenía que trabajar. Después de clase. Vengo directa de allí.
—No suena nada sospechoso, ¡qué va!
—Tenía que trabajar —repite, pero no deja de darle patadas a una hoja enrollada sobre sí misma en el suelo. Centra los ojos en Michelle y, después, en mí.
—Entonces, si miro en tu mochila, no encontraré ninguna película, ¿verdad?
—Sí, pero es de hace…, no sé, dos días.
—¿Qué película? —interviene Michelle.
Emily juguetea con un hilo suelto de la chaqueta.
— Pesadilla en Elm Street.
—Vas a tener pesadillas —le advierto.
—No.
—Que no la vea tu hermana. Bueno, ¿qué tal está Josh? —pregunto.
Pasea de nuevo los ojos hasta Michelle. Casi con nerviosismo. Luego, vuelve a fijarlos en mí.
—Bien.
—Entonces, sí que has estado hoy en el videoclub.
Suelta un gruñido.
—Por Dios, te vuelves insufrible cuando hablas de él.
—Estoy haciendo mi trabajo de padre —le informo, pero ya está abriendo de golpe la mosquitera de nuestra casa y cruzando con fuertes pisadas el umbral.
—Insufrible —la imito, dibujando unas comillas en el aire—. Va a bordar la selectividad con palabras como esa.
Michelle sigue con los ojos fijos en la puerta cerrada antes de girarse hacia mí.
—¿No te gusta Josh?
—No tengo muchas referencias sobre el chico, pero es un adolescente.
Y piensa en cosas de adolescentes. —Suelto una carcajada entre dientes y le doy una patada al porche, haciendo que el balancín se meza hacia atrás—.
Su madre y yo empezamos a salir con esa edad.
Y, bueno, nadie nos dio educación sexual. Emily fue nuestra sorpresa.
—Y no quieres que se quede embarazada —advierte Michelle sin formularlo en tono de pregunta.
—Quiero que haga lo que desee —contesto—, pero que tome buenas decisiones. No cambiaría a Emily por nada en el mundo, pero la paternidad fue dura. Unos adolescentes intentando hacer de padres es duro. Éramos demasiado jóvenes. No quiero que las hormonas elijan por ella.
La puerta principal de la casa vuelve a chirriar y Emily aparece con el teléfono en la mano. Cubre con la otra el micrófono cuando grita:
—¡Brittany, es mamá!
Trago saliva. El vuelco en el corazón cada vez que llama mi ex no deja de oscurecerme los días buenos.
Brittany se pone en pie a toda prisa y cruza el patio tras despedirse de Rocket, no de Michelle ni de mí. Niego con la cabeza con una sonrisa, pero la mujer sigue mirando la puerta principal uno o dos segundos después de que se cierre.
A nuestras espaldas, la del hotel se abre y una huésped saca la cabeza por el umbral.
—Hola —saluda, mirando a Michelle, pero se centra en mí cuando esbozo una sonrisa cortés—. ¿Tenéis algún folleto sobre el Festival de la Cosecha?
—Acabó la semana pasada —responde Michelle a toda prisa. Breve. Directa al grano. No enfadada, sino de forma objetiva. Sin un ápice de sonrisa.
La mujer frunce el ceño y asiente.
—Ah, vale. Bueno, gracias.
Michelle también asiente. Luego, se gira hacia mí cuando la huésped vuelve a entrar en el hotel y la puerta se cierra a sus espaldas.
Pestañeo, reprimiendo una carcajada.
—¿Qué? —pregunta a la defensiva.
Me echo a reír.
—Me pasaré mañana a la hora de comer.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Confía en mí.
—¿Te estás autoinvitando?
—Más o menos. —Me levanto del banco y me estiro.
—¿Por qué?
—Porque tenemos que arrancar con las lecciones sobre gente. —Me meto las manos en los bolsillos—. No me había dado cuenta de lo mal que se te daba.
—Tampoco tan mal.
—Eso —digo, señalando a la puerta— ha ido de pena.
Se le cambia la cara.
—¿De verdad?
—Ay, Michelle, ha sido terrible.
—¿Qué he hecho? Le he dado la información que me estaba pidiendo.
Ladeo la cabeza y musito, provocador:
—Y ni siquiera sabes lo que has hecho mal.
Michelle aprieta los labios y frunce las comisuras de la boca.
—Vale —escupe—. Mañana a la hora de comer.
—¡Esa es mi chica!
Me dirijo hacia las escaleras, pero me detiene con un:
—¿Cliff?
—¿Sí?
—Eres insufrible.
Le dedico una sonrisa inmensa. No puedo evitarlo.
—Eso me han dicho.