Capítulo 10. Cliff
CLIFF
—George, si me haces un pedido de catering más a última hora, voy a vetarte.
El anciano farfulla algo que se parece a una maldición mientras llevo la caja llena de hojaldres, bollos de canela con nueces pecanas y cruasanes de almendra por la acera hasta donde tiene aparcado el coche.
—Lo digo en serio —continúo—. Quizá incluso te mate. Asesinato en primer grado. Premeditado. Y lo mismo les digo al resto de miembros del club de bingo.
Me ignora mientras abre la puerta con la llave. Meto en el asiento del acompañante la caja.
—De nuevo, gracias, Cliff —gruñe.
Muevo la mano en el aire.
—Sí, sí, de nada.
—Mañana me perdonarás.
—No lo haré porque ya te he perdonado, vejestorio.
Me estoy haciendo el duro y lo sabe. Tras dedicarme un último saludo con la mano y una sonrisa de superioridad, se mete en el coche, retrocede en la plaza con la seguridad que les encanta mostrar a los ancianos y recorre la calle de camino al centro comunitario para una partida vespertina de bingo.
—¿Por qué está todo tan desordenado? —pregunta Carol cuando regreso a la pastelería.
—George me ha vuelto a someter a un simulacro de incendio. He tenido que improvisar.
Cojo el delantal azul del gancho junto a la mesa de trabajo y me lo ato a la espalda.
Mi delantal de confianza es viejo, con múltiples quemaduras y desgarrones recosidos.
Pero las huellas de las manos de Emily cuando estaba en la guardería, dispersas por la parte delantera con pintura roja y blanca, aún se ven bajo los remiendos.
—Brittany no se ha bajado hoy del autobús —observa Carol.
—Lo sé. —Paso una bandeja de cruasanes a la izquierda de la superficie de acero para dejar espacio.
—Tampoco he visto a Emily.
—Estará en el trabajo. Llamaré a Lisa después.
Entorna los ojos.
—¿Qué haces?
—Repostería.
—¿Por qué?
—Porque es a lo que me dedico aquí.
—Vale —dice despacio—. Pero ¿no te preocupa saber dónde están tus hijas?
—No.
Carol niega con la cabeza y cierra los ojos con fuerza.
—No lo entiendo.
—Han sobrado algunos cannoli , si te apetecen.
—No cambies de tema. A ver, sí, me comeré uno, pero —mueve las manos— esa no es la cuestión. Estás aquí. Nunca te quedas después de las tres. Al menos, no desde que murió Birdie. Y las niñas tampoco están deambulando por la pastelería.
La campanilla sobre la puerta frontal tintinea, pero, antes de que alguno de los dos pueda dirigirse al mostrador, las pesadas pisadas se vuelven más ruidosas y Lars aparece en la cocina.
—Vaya, ¿por qué está todo hecho un desastre? —pregunta—. ¿No deberías haberte ido pronto?
Entorno los ojos.
—¿Qué haces aquí?
—Siempre cojo un dónut antes de abrir el local —dice.
—¿Todos los días?
—Últimamente, todos los días entre semana —interviene Carol con una mueca de desdén—. Es un gorrón.
Lars le guiña un ojo.
—Porque me lo permites.
Pasa ante ella para coger un dónut que ya está separado sobre una servilleta cuadrada. Me preguntaba qué hacía eso ahí.
—Bueno, ¿qué está pasando, Cliff?
Me aclaro la garganta.
—Michelle está cuidando de Brittany.
Carol suelta un grito ahogado y se lleva una mano al pecho.
—¿En serio?
—Tampoco es para tanto.
Una lenta sonrisa de superioridad se extiende por los labios de Lars.
—Te está volviendo loco, ¿eh?
Carol niega con la cabeza.
—Por Dios, ¿con qué la has chantajeado para que cuide de Britt?
Suelto una carcajada.
—No necesito chantajear a nadie. ¿Alguna vez os habéis parado a pensar que quizá tengo un carisma natural?
—No —dicen al unísono.
Chasqueo la lengua.
—Muy bien. Bueno, hay quien lo piensa.
—Lo sé y me molesta un montón —me provoca Lars antes de darle un bocado al dónut. Lleva siendo su dulce favorito desde que éramos críos. Sobre todo, el que solo lleva glaseado por encima. Es un chico sencillo.
Carol gruñe y se recuesta contra la pared.
—Te lo juro, Betty me pregunta todas las semanas si ya estás listo para volver al mercado. Dice que tiene una nieta o una prima lejana o algo así. No sé.
Se me contrae el estómago.
—Definitivamente no estoy preparado para nada de eso.
Me divorcié hace dos años y Copper Run lleva esperando a que dé el pistoletazo de salida desde entonces.
No digo que no esté listo para tener alguna cita.
Estoy dispuesto a muchas cosas. Solo hace falta ver mi reacción a que Michelle rebuscara en mi bolsillo el mes pasado.
Lo que me preocupa es que no estoy seguro de que alguien quiera salir conmigo.
Copper Run desea encontrarme a alguien, pero no saben lo que es pasarse la vida a mi lado.
Tracy no se callaba a la hora de decirme cuándo la molestaba. No necesito que me lo repita nadie más.
Lars habla con la boca llena de dónut.
—¿Sabes qué? Necesitas echar un polvo. Has engendrado a dos crías, así que sabes cómo hacerlo.
—Qué asco —se queja Carol, cruzando los brazos sobre el pecho.
—No me voy a acostar con nadie —musito.
—¿Por qué no? —pregunta Lars.
—Porque… no. —Niego con la cabeza.
—¿Porque solo te has acostado con Tracy?
Carol gruñe.
—¿Podemos dejar de hablar de la vida sexual de mi hermano, por favor?
Lars le dedica una sonrisa lobuna y le da otro mordisco al dónut.
—La cuestión es que sí —continúo—, Michelle se ofreció a cuidar de Britt. No la chantajeé con nada.
—¿Y por qué se ofreció? —pregunta Carol.
—Le voy a dar lecciones de hospitalidad.
—¿Por qué las necesita? —dice Lars con una carcajada—. ¿Michelle no es maja? A mí me pareció maja. Y guapa. —Sube y baja las cejas.
—Te has manchado el bigote de dónut —comenta Carol.
Le dedico una mirada.
—Michelle no es tu tipo. Se quedará aquí tres meses.
—Ah, paso.
Por alguna razón, el alivio me recorre el cuerpo. Supongo que porque sé que lo último que necesita Michelle es a Lars y su bigote lleno de migas.
—Claro que es maja —digo—. Pero… es maja tras una coraza. —Sonrío para mí—. Aun así, incluso los castillos tienen su encanto. Puedo ayudarla.
—La incordiaste hasta que cedió, es lo que estás diciendo, ¿no? —sentencia Carol.
Suelto un bufido como respuesta. Mi hermana hace un gesto con la cabeza hacia la mesa de trabajo, ahora cubierta de harina y agua, que se están convirtiendo en una sustancia pegajosa que acabará transformándose en una masa.
—¿Y qué es todo este lío?
Restos de canela salpican algunas partes de la superficie. Huelen un poco como Michelle, pero no del todo. Sin embargo, por algo tengo que empezar. El dulce favorito de Birdie eran los rollos de canela. Estoy decidido a conocer también el de Michelle. Es como un picor que necesito aliviar.
—Estoy haciendo rollos de canela —les explico.
—¿Para tu nueva amiga, Michelle? —me pica Lars.
Entorno los ojos.
—¿Por qué no dejas de tocarme las narices?
—Te vendría bien fumar —añade Carol.
—¿Cuándo decías que lo ibas a dejar? —contraataco.
Aprieta los labios.
—No te metas conmigo. Ahora mismo eres un desastre.
—Solo estoy haciendo rollos de canela. Tampoco es para tanto.
Entonces, Lars esboza una sonrisa de superioridad.
—No puedes relajarte ni un segundo al no saber qué tal estará yendo la situación con Britt, ¿eh?
Tiene razón. Lleva teniendo razón sobre casi todo desde que somos críos y lo odio. También tenía razón sobre Tracy (no paró de preguntarme el día de la boda si estaba seguro), pero es tan buen tipo que nunca me lo ha echado en cara.
—Estoy bien —replico—. Genial, incluso. Ahora tengo tiempo para hacer más cosas.
Carol suelta un jadeo.
—Ay, madre mía, te lo he pegado. Ahora tú también eres un caso perdido.
Dejo de amasar y apoyo los antebrazos en la mesa de trabajo.
—¿Eres siempre así de agradable por la tarde?
Carol sonríe.
—No, estoy así por ti.
—Bueno, acostumbraos a ver más esta cara por aquí a esta hora del día.
—¿Qué cara? —pregunta mi hermana—. ¿La de un caso perdido?
—Ya, no nos gusta —interviene Lars.
—No, ¿qué…? —Me pellizco la nariz—. ¡Es mi cara!
—No me gusta tu cara —se burla Carol.
—Una pena. Voy a recuperar mi vida. Hornearé más en la pastelería. Abriremos hasta más tarde. Ganaremos más dinero. Es lo mejor. Será como escribir en una hoja en blanco.
Carol chasquea la lengua.
—Estoy bastante segura de que las hojas de ahí fuera están muertas.
Se me desmorona la expresión. Se encoge de hombros, inocente, y saca un paquete de cigarrillos antes de dirigirse a la zona de ventas del local. Lars se lame los restos del glaseado de las yemas de los dedos y sonríe.
—Disfruta —canturrea antes de salir de la cocina y desaparecer por la puerta del local.
Observo a través de los enormes ventanales cómo se inclinan los árboles bajo la brisa otoñal. Debajo, unas hojas retorcidas y muy muertas se acumulan en un pequeño montón.
—A mí me parece que representan un nuevo comienzo —gruño mientras lanzo a la cesta de la ropa sucia un trapo hecho una pelota como si fuera un jugador de baloncesto, no consigo encestar. El trapo se abre sobre el suelo de baldosas, como si se burlara de mí.
Dos horas más tarde, cruzo el patio frontal de Bird & Breakfast con una caja de rollos de canela que hacen equilibrismo sobre mi mano.
Brittany está sentada en la hierba con dos tazas de té que ha posado en una zona de tierra.
Rocket permanece sentado, estoico, ante ella mientras la niña le coloca una de las tazas entre las patas rígidas.
—¡Bebe! —le ordena.
No se mueve, pero agita el rabo.
—Britt, no creo que te entienda —digo, haciendo que se sobresalte.
—¡Papá! —chilla.
Me agacho, dejo la caja en la hierba y recibo a Brittany entre mis brazos.
—¿Qué tal ha ido el día? —pregunto.
—Rocket y yo estamos tomando un té.
Miro por encima de su hombro. El perro pestañea, impávido y aburrido.
—Qué… guay —añado—. ¿Qué tal las clases?
—Hemos hecho calabazas.
—¿Calabazas de verdad? —La miro boquiabierto—. No te creo.
—No, ¡de papel! —dice con una carcajada.
—Aaah —digo, fingiendo sorpresa—. ¿Y qué tal la tarde con la señorita Michelle?
—La señorita Shell me ha dado trozos de manzana y he podido hablar con una mujer de Michigan.
Paseo la mirada hasta el porche. Michelle está sentada en el balancín con las piernas aovilladas bajo su cuerpo. Sonrío. Siempre parece impecable.