Capítulo 9. Michelle
MICHELLE
A las dos y veinticinco estoy esperando fuera del hotel con Rocket a mi lado.
A medida que pasan los días, la brisa se está volviendo más fría y, aunque solo estamos en la primera semana de octubre, el espíritu de Halloween ya ha alcanzado su máximo apogeo.
Dos puertas más allá, durante el fin de semana apareció una red de telas de araña en el porche frontal.
Y en la casa de al lado, unas lápidas enterradas en el jardín.
Y los propietarios de ambas viviendas me saludaron al pasar.
A esta gente le encanta saludar. Estoy acostumbrada a que los extraños no me hablen a no ser que estemos compartiendo un café o haya sucedido una circunstancia especial, como que les haya cortado el paso en la carretera. Al parecer, en Copper Run todas las circunstancias son especiales.
—Da yuyu, ¿eh? —le comento a Rocket, señalando los fantasmas que se mecen desde las ramas de los árboles.
Suelta un bufido por la nariz. «Si una de esas cosas se mueve, me voy dentro, Shelly».
Un autobús escolar amarillo tuerce la esquina y se detiene ante una alcantarilla en un extremo de la calle.
Cuando la puerta se abre, un puñado de niños sale de él.
Un crío se sube a un monopatín y se da impulso para avanzar por la acera.
Dos niñas se ríen mientras leen una revista con la cara de Jonathan Taylor Thomas en la cubierta.
Y, por fin, Brittany emerge con unos pantalones fucsia y una camiseta demasiado grande de las Spice Girls.
Enseguida se acerca corriendo a Rocket, que levanta la cabeza y mueve el rabo una y otra vez hasta que por fin la niña se abalanza hacia él y lo abraza, rodeándole el cuello.
—Hola, Brittany —saludo, pero está demasiado enterrada en el pelaje de Rocket como para percatarse. Le doy unas palmaditas en la espalda—. Vamos a tomar la merienda.
—¿Rocky puede entrar en casa? —pregunta.
—Claro, es un perro muy bueno.
Rocket me contempla como si dijera: «¿Desde cuándo?». Lo ignoro.
—Hoy llevas un peinado muy mono —le digo a Brittany, pasando los dedos por la cinta en zigzag que le recorre la cabeza.
—Ha sido cosa de Emily —confiesa—. Se le da muy bien hacer peinados.
—¿En serio? ¿Qué es lo que más te gusta que te haga?
—Me gustan mucho las trenzas y, eh… —Intenta encontrar las palabras, como suelen hacer los niños—. A veces, usa un aparato para hacerme ondas y eso.
—Suena muy bien.
—Sí —afirma, a la vez que levanta la barbilla, orgullosa.
Cuando llegamos a la cocina, aún no ha alejado la mano del lomo de Rocket y este no ha dejado de caminar a su lado, leal.
Abro el armario superior.
—He cogido algunas manzanas y mantequilla de cacahuete. ¿Qué te parece?
Brittany se sube a un taburete alto y balancea las piernas de delante hacia atrás.
—La señora Birdie solía tener galletas Oreo.
Me giro antes de apoyar la cadera en la encimera y descansar contra ella.
—¿Oreos? ¿En serio?
«¿Mi madre le daba Oreos?». «¿Estamos hablando de la misma mujer que decía que las cenas delante del televisor no eran lo bastante nutritivas?».
Brittany asiente. Se me suele dar bien pillar mentiras y está tan distraída acariciando a Rocket que estoy segura de que está diciendo la verdad.
—¿Qué más te dejaba hacer? —indago, cruzando los brazos.
Brittany mira hacia el techo, pensando. Luego, se encoge de hombros.
—Jugábamos fuera.
Pestañeo. Abro la boca y la vuelvo a cerrar.
—¿Nunca te obligaba a que hicieras los deberes?
Se echa a reír.
—No, papá se enfadaba mucho.
—Era divertida, ¿eh?
—Ajá. Papá dice que ahora está en un lugar mejor.
El estómago me da un vuelco y me obligo a sonreír.
—Así es. Pero, por desgracia, no tengo Oreos. —Brittany frunce el ceño, pero, antes de que comience a temblarle el labio inferior, añado—: Primero jugaremos fuera una hora. Luego, tendrás que hacer los deberes.
Se arrastra por el asiento, se baja de un salto y abre de golpe la puerta trasera que da al jardín vallado.
Rocket me mira. «¿Desde cuándo no sigues las reglas?». Pongo los ojos en blanco.
—Cállate.
Cierro la puerta tras ella y busco en los armarios un descorazonador para la manzana, pero en lugar de eso me topo cara a cara con la alacena de las tazas.
En la parte trasera, encuentro una blanca con múltiples huellas diminutas que cubren toda la superficie con un colorido caos.
La giro y, escritas con pintura negra desvaída, descubro las palabras «Gracias, Birdie».
La dejo en la encimera y la contemplo, al tiempo que tamborileo con los dedos sobre la superficie.
Mi madre participaba mucho en esta comunidad.
No es que no estuviera presente en mi vida cuando era pequeña, pero era distinta.
Se mostraba distante. Se pasaba mucho tiempo a solas en la cama.
Era agradable, pero débil. Copper Run nunca vio esa parte de su personalidad. Quizá fuera mejor así.
Cuando nació Sara, la situación cambió. Mi madre salió de la cama. Más tarde mi padre me contó que había empezado a ir a una psicóloga. Trabajó duro para compensarme por mi infancia, pero nunca tuvimos la conexión que compartía con Sara. Yo siempre me he llevado mejor con mi padre.
Tras unos segundos, me recompongo y parto la manzana, contemplando la tabla de cortar sin verla.
Intento no darle vueltas, pero noto cómo mi mente se acelera tanto como mi corazón.
Ojalá pudiera verme ahora. Estoy dirigiendo su hotel.
No me va mal en mi puesto de trabajo en Seattle.
La gente me escucha. Vendo sueños y los hago realidad.
No, no solo me va bien, sino que estoy prosperando. Haré que su hotel también prospere.
«Querida Sara».
Deslizo el cuchillo por la manzana. Enseguida el dolor me relampaguea por el dedo. Chillo y me acerco la mano al pecho.
—Mierda —siseo cuando una gota de sangre me recorre el dedo—. Mierda, mierda.
Tras acercarme al fregadero, abro el agua fría para aliviar el dolor, pero justo antes de colocar la mano bajo el chorro me detengo. «Cliff dijo que debía estar caliente».
No sé si solo funciona con las quemaduras, pero dedico unos segundos a que la temperatura del agua aumente antes de meter el dedo debajo. El corte me escuece mientras unas espirales rojas se diluyen, tornándose rosas, al caer sobre la superficie de acero.
Quizá mi madre tenía razón al dejarle el bed and breakfast a Sara. O tal vez quien la tenía era Sara cuando me aconsejó que pidiera ayuda. Llevo aquí un mes y ya me he hecho daño en esta cocina tres veces.
Por lo general, suelo saber lo que hago. «¿Qué diablos me pasa?».
—¿Qué tal va todo por aquí?
La voz de Lisa me sobresalta. Casi me golpeo en la mano con el grifo. Está de pie en el umbral con sus diminutos ojos brillantes tras las gafas enormes. Los pasea hasta el corte antes de centrarlos en mi cara.
—Fatal —contesto, sincera.
Despacio, asiente. Aprieta los labios rojos, lo que le provoca unas finas arrugas bajo la nariz.
—Vale, bien, ve a por una tirita. Yo me encargaré de la manzana.
Asiento, tensa.
—Gracias.
—De nada.
Vuelvo a mi habitación y rebusco en el botiquín de las medicinas que hay tras el espejo del baño.
Al cerrarlo, me contemplo. Parezco la misma Michelle, con el pelo suave y ahuecado gracias al secador, las cejas arregladas a la perfección, mi perfilador de labios color malva favorito y una camiseta negra sobre unos vaqueros.
La Michelle profesional pero accesible de siempre.
La Michelle que lo tiene todo controlado.
Sin embargo, una quemadura me recorre el interior del brazo y me he hecho un corte en el dedo. Me siento agotada.
Me coloco la tirita sobre la herida y apago la luz del baño, sumiendo en las sombras las paredes de baldosines rosas una vez más.
Cuando paso ante la ventana, advierto que hay alguien fuera.
Emily deambula cerca de ella, con la mochila a la espalda, alejándose de su casa de la mano de un chico de su edad.
«¿Cuánto tiempo ha estado en casa? Las clases se han acabado hace una hora».
Se están riendo cuando los ojos de Emily se encuentran con los míos. Se queda inmóvil. El chico la imita. Los tres nos contemplamos como si fuéramos una extraña manada de ciervos asustados.
El chico parece haber surgido de la imagen de Kurt Cobain que decora la camiseta de Emily.
Tiene el pelo rubio oscuro hasta los hombros, recogido tras una oreja que lleva perforada por un único aro.
Sobre el labio superior advierto algunos vellos morenos y un cúmulo de pequeños granos rojos le cubren la frente y las mejillas.
Supongo que es el famoso Josh. Un Josh al que el padre de Emily no puede ni ver.
La chica arquea las cejas hacia el centro de la frente. Una súplica silenciosa.
Me planteo decir algo. Pero, al final, le doy la espalda a la ventana y me encamino por el pasillo sin mediar palabra. No sé lo que he visto, pero sin duda no es asunto mío.