Capítulo 8. Cliff
CLIFF
—¿Puedo jugar con Rocky después del cole?
—¿Desde cuándo tienes tanta confianza con él como para ponerle un apodo? —la provoco—. Y sí, le he dicho al conductor que te deje en la parada del bus, en lugar de en la pastelería. Asegúrate de acordarte, ¿vale?
Brittany apenas tiene tiempo de decir «vale» antes de subirse al autobús a toda prisa mientras su mochila se mece hacia delante y atrás. Las cremalleras de metal golpean el Tamagotchi, cuya salud ya no tiene ni una oportunidad desde que Rocket ha entrado en escena.
Me despido con la mano mientras el autobús se aleja entre gruñidos y quejidos hacia la escuela. De vuelta a casa, cojo el petate, lo meto en la furgoneta y cruzo los arbustos del jardín trasero hacia el aparcamiento de Bird a la vez que presiona un botón de la cafetera, se limpia las manos en un pequeño delantal negro y se coloca unos guantes acolchados.
Abro la puerta trasera justo cuando está sacando una bandeja del horno.
La saludo con un:
—Buenos días.
Michelle chilla al oírme, agarra con torpeza la bandeja y la deja caer sobre la puerta abierta del horno.
Me cambia la expresión.
—Mierda.
Con un profundo siseo, Michelle retrocede hasta la encimera, con el pecho agitado, mientras mueve el brazo y crispa los dedos en un puño.
Cojo un paño de la encimera y rescato la bandeja caliente y abandonada. La coloco sobre los fuegos. Cuando le miro el brazo, la línea roja y brillante de una quemadura le adorna la piel sobre el interior del codo. Imito su siseo.
—¿Por qué no has llamado? —escupe, cerrando los ojos con fuerza.
—Lo siento. Ha sido la costumbre —contesto a toda prisa—. Vale, te has hecho una pequeña quemadura…
—¡¿Eso crees?!
—Se arregla con facilidad. —La sujeto por el antebrazo y la guío hasta el lavabo.
No se mira la quemadura, como si temiera que, al hacerlo, se volviese peor de lo que es en realidad. O tal vez sea a mí a quien no desea mirar para no quemarme con los ojos. Me entran ganas de echarme a reír ante la idea, pero solo se me escapa una carcajada.
—¿Qué tiene tanta gracia? —pregunta, desdeñosa.
—Imaginaciones mías. —Abro el grifo.
—Entonces, guárdate tus imaginaciones para ti.
Esta vez, me echo a reír con ganas mientras coloco los dedos bajo el agua hasta que la noto caliente.
—Muy bien, mete el brazo debajo.
La guío hacia el grifo y deja escapar todo el aire cuando el agua le incide en la quemadura. Asiente, como si se estuviera dando ánimos.
—Ya está —digo, acariciándole el interior del brazo para calmarla—. Bien. Mantén el brazo debajo unos segundos.
—¿No debería estar fría?
—De pastelero a pastelera, créeme, es mejor caliente.
—Yo no soy pastelera —añade con voz ahogada.
—Lo estás haciendo genial —la animo, ignorando su dardo—. ¿Has preparado café?
Por fin, abre los ojos y los entorna.
—Sí… —Arrastra la palabra.
Cojo una taza agrietada del armario.
—Como si estuvieras en tu casa —comenta, sarcástica.
—Gracias. Llevo en la pastelería desde las cuatro de la mañana. Estoy molido.
Me observa mientras inclino la cafetera sobre la taza.
—¿Siempre eres tan… invasivo?
Me apoyo en el fregadero, al tiempo que me acerco la taza a los labios.
—Sí.
Observo la cocina. La encimera, por lo general llena de cartas, periódicos o un sinfín de tazas de café, está impecable.
Me pregunto si la habrá limpiado con el trapo doblado que hay junto al fregadero.
El único desorden, si se puede llamar así, es una pulcra pila de papeles con agujeros en ambos márgenes.
En la parte superior se intuye el logo de una agencia de publicidad.
Me pregunto si será ahí don-de trabaja en Seattle.
—¿Qué haces aquí otra vez? —pregunta Michelle.
Me encojo de hombros, casual, dándole un sorbo al café.
—Quería recordarte lo de Brittany.
—Ah. —Niega con la cabeza, como si tratara de eliminar la brusquedad de su voz—. Claro, es hoy. Perdona.
—Por favor. —Desestimo la disculpa con la mano—. Si supieras la de veces que se han enfadado conmigo… La cuestión es que el autobús dejará a Brittany en la parada al final de la calle alrededor de las tres. Sabe cómo llegar hasta aquí, así que no hace falta que la esperes fuera, pero…
—La esperaré fuera —me interrumpe—. Si te sientes más cómodo así.
Hago una pausa, doy golpecitos con el pie y asiento.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Entonces, vale, en realidad, me quedaría más tranquilo, sí. Si no te importa.
Asiente, contemplándose la quemadura.
—Para nada.
Me paso la lengua por el interior de la mejilla.
—Perdona por asustarte. Y por el café supongo. —Me acomodo el pelo—. Estoy acostumbrado a entrar cuando me apetece. Birdie era… —Arquea las cejas y dejo escapar una carcajada de incomodidad—. ¿Sabes qué? —Levanto una mano en el aire—. Da igual.
—¿Qué ibas a decir?
—¿Te importa si pruebo una?
Pestañea.
—¿Qué?
Señalo con el pulgar las galletas desperdigadas por la bandeja que tengo detrás de mí.
—Las galletas —le aclaro—. ¿Te importa si pruebo una?
Durante unos segundos, me contempla, confusa. Sé que es un cambio brusco de conversación, pero lo último que necesita es que mencione constantemente a su madre, sobre todo después de haber causado un estropicio esta mañana.
Traga saliva y asiente.
—Claro. —Luego, añade—: No te quemes con la bandeja.
—Ja, qué graciosa. —Agito el dedo ante ella—. Eres divertida, Michelle.
—Es para calmar el dolor —bromea.
Me encanta cuando saca a relucir su sentido del humor.
Cruzo la cocina hacia la bandeja abandonada.
Las galletas están demasiado enteras, lo que, después de una caída como esa, seguro que significa que estarán duras como una piedra.
Por no mencionar que el toque de avellana ha adquirido una tonalidad demasiado oscura y a la parte superior le falta el ápice de amarillo mantequilla que esperaba.
Michelle me observa mientras tomo una galleta y le doy un mordisco. Se rompe entre mis dientes. No tiene sabor. Se desmorona sobre mi lengua en pequeños trozos irregulares. Brittany podría hacer mejores galletas que estas. Esbozo una mueca.
—Ay, no te pongas así. —Michelle suspira—. ¿Tan malas están?
—Por Dios, tienes que hacer algo al respecto —le aconsejo.
—Lo estás exagerando.
Le tiendo lo que queda de la monstruosidad agrietada.
—¿Quieres probarla?
—No. —Se encorva sobre el fregadero, se dobla por la cintura y apoya la cabeza en el borde—. No —repite con un gemido—. Sé que están malas.
Me echo a reír.
—Nos vemos después del trabajo, Michelle. No te olvides del autobús.
Me enseña el pulgar, poco entusiasta, sin apartar los ojos del fregadero.
—A las tres en punto —repito.
Molesta, levanta aún más el pulgar. Suelto otra carca-jada.
—Me encanta que seamos amigos.
—No me obligues a enseñarte un dedo distinto, Cliff.