Un otoño para ser feliz Capítulo 7. Michelle #2
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Capítulo 7. Michelle #2

—Carol termina la jornada sin mí la mayor parte de los días. —Advierto el sube y baja de su ancho pecho mientras mira un punto fijo. Me pregunto si desearía que no fuera así—. Y Emily tiene un trabajo después de clase. Forma parte de un programa que da empleo a estudiantes.

—¿Seguro que no se escabulle por ahí con ese chico?

—No —contesta con una carcajada—. Gracias por recordármelo. —Inclina la cabeza hacia un lado para observar cómo Rocket y Brittany, en camisón, retozan sobre un puñado de hojas. Suelta un suspiro de agotamiento—. A veces es difícil. Pero nos va bien, aunque nuestra vida sea un poco caótica.

Me sonríe y no sé si he visto una expresión más genuina en mi vida. Quizá en la cara de mi hermana, aunque nunca igual que esta. Lo pienso durante un segundo antes de incorporarme.

—Si vas a ayudarme, deja que te ayude yo.

Se echa a reír.

—¿Cómo?

—Me paso todo el día en el bed and breakfast . Puedo cuidar a Brittany después de clase. Aligerar la carga un poco si te quieres quedar hasta más tarde en la pastelería. —Estoy segura de que es lo que desea.

Se tensa, abriendo y cerrando la boca. Estaba en lo cierto.

—No, no podría pedirte algo así —se queja.

—No lo has hecho. Te lo he ofrecido yo.

—No quiero ser una carga —insiste.

—No lo serás —le aseguro con delicadeza.

Cliff no responde. No sabía que este hombre era capaz de quedarse sin palabras hasta ahora.

Suelta un suspiro y entrelaza los dedos.

—Sí, no sé…

—Puede sentarse en el salón y ver la televisión —digo—. Me aseguraré de que haga los deberes y juegue en el patio. Que se divierta como los demás niños.

Me mira de soslayo con una sonrisa de superioridad.

—Nunca has estado rodeada de niños, ¿no?

—Solo de mi hermana.

Suelta una carcajada.

—No sé. Puede. Birdie solía cuidarla, así que Britt ya sabe moverse por el hotel.

Se me contrae el pecho. A veces la gente de Copper Run suelta datos sobre mi madre, lo que siempre me resulta estremecedor. Pero son como preciados diamantes. Quiero recopilarlos todos.

—¿En serio? —pregunto.

—Sí, siempre estaba ahí cuando la necesitábamos. Era una buena mujer. No tenía ni que pedírselo. —Sonríe para sí—. Aparecía sin más.

Nos quedamos en silencio durante un segundo, acompañados solo por el roce de las hojas sobre el cemento. A lo lejos se oyen las risas distantes de los niños. El gemido y el golpeteo de una pelota de baloncesto en movimiento.

—¿Qué planeas hacer aquí, Michelle?

Me tiro del pendiente y me acerco las rodillas al pecho.

—He venido para mantener el hotel en marcha —contesto, sincera—. Si logro llegar hasta diciembre sin que sufra ningún daño, habrá sido un éxito.

—¿Qué pasa en diciembre?

—Volveré a Seattle. A mi trabajo. A mi vida. Sara y mi padre se mudarán aquí y tomarán el relevo.

Se frota el pulgar con la nariz.

—¿Por qué a todas las mujeres les gusta la vida en la ciudad?

— Friends hace que parezca divertida —bromeo.

Tras eso me dedica una sonrisa enorme y se me crispan los dedos al verla.

—Ya sabes cómo ser… ¿Cómo lo has llamado? Ah, sí, acogedora. —Me da un golpe en el codo con el suyo—. Deberías bromear más, ser tú misma. Eres encantadora.

—¿Encantadora?

—A mí me lo pareces.

Pongo los ojos en blanco.

—¿Ves? —señala—. Por ejemplo, tienes un ceño fruncido muy bonito.

—Qué gracioso.

Su sonrisa amable no desaparece.

—Ahora en serio: te ayudaré. Luego, podrás ir a coger taxis, tomar cafés o lo que sea que haga la gente de la ciudad.

—Sigues bromeando —observo.

Se encoge de hombros.

—No puedo evitarlo.

Niego con la cabeza.

—Seguro que a mi madre le encantaría saber que estoy pidiendo ayuda. Y que he destrozado su receta de galletas.

—¿En serio?

—Ya oíste a George. Eran, cito, «horribles».

Se echa a reír y, por primera vez en toda la noche, no responde con un comentario fuera de lugar. Parece sincero cuando añade:

—A Birdie le haría gracia.

—¿De verdad?

—Mucha. —Me dedica otra sonrisa—. ¿Quieres un consejo?

—Para eso estoy aquí, ¿no?

—Hazte amiga de Lisa y George. Haz amigos, en general.

—Odio a la gente.

Suelta otra carcajada.

—A ver, Lisa y George tienen buenas intenciones. Contesta si te dan un telefonazo de vez en cuando, ¿vale?

—No habrá problema. No me llama nadie más. Aparte de los huéspedes, claro. Y quizá mi hermana.

Me mira y, como antes, me desarma. Que pueda pasar de bromear a mantener una conversación profunda en un abrir y cerrar de ojos es un truco de magia que no entiendo.

Cliff suelta un suspiro exagerado y pregunta:

—¿No te llama nadie porque no quieren hacerlo o porque no quieres que lo hagan?

Dudo. Y, a continuación, confieso:

—Las dos cosas.

Asiente, comprensivo.

—Bueno, has venido al pueblo correcto. Copper Run es el lugar perfecto en el que desaparecer. —Suspira—. Deberíamos empezar de cero, creo.

—¿Qué quieres decir?

Me tiende la mano.

—Hola, soy Cliff.

Cautelosa, estiro la mía para aceptarla y me rodea los dedos con su enorme palma. Me presiona el índice en el interior de la muñeca y yo le rozo la piel áspera con el meñique.

—Encantada de conocerte. Soy Michelle.

Sigue estrechándome la mano.

—Soy el vecino de al lado —dice—. Tengo dos hijas. Son unas mocosas.

A mi pesar, me río.

—Tengo un perro. Él también es un poco… mocoso.

Y sigue estrechándome la mano.

Cliff sonríe y se le marca aún más la atractiva cicatriz junto a la boca.

—Este es el comienzo de una amistad muy rara.

Le devuelvo la sonrisa.

—Estoy de acuerdo.

—Y yo.