Capítulo 7. Michelle
MICHELLE
Mis zapatos chirrían sobre los adoquines de Bird no lo sé porque me he quedado atrapada en el tiempo, agonizante, hasta que la puerta por fin se abre.
Cuando Cliff me ve, arquea las cejas. Tiene un libro en una mano mientras pasea los ojos de mis labios a la camisa blanca metida por dentro de los vaqueros, el cinturón de cuero negro y las zapatillas blancas.
Luego, vuelve a mi cara. Una sonrisa torcida se extiende con lentitud por las comisuras de su boca, lo que me provoca una descarga de ansiedad.
Siempre consigue que me sienta expuesta.
—Michelle, qué sorpresa.
Deja el libro en la mesita de la entrada y apoya el brazo y la cadera en el marco de la puerta. Lleva el jersey de punto remangado sobre los antebrazos. Parece muy casual. Despreocupado. Seguro.
Me aclaro la garganta y hago un gesto a mi lado.
—Rocket quería ver a Brittany —le explico.
Cliff pestañea y dirige los ojos al perro, cuyo rabo golpea con fuerza el porche. No lo he visto tan emocionado desde que nos mudamos. O de verdad le gusta Brittany o es un experto en manipulación dispuesto a aliarse conmigo. Seguro que lo primero. Nunca ha querido que formemos equipo.
Cliff suelta una carcajada.
—¿Estás aquí porque tu perro te ha dicho que quiere jugar con mi hija?
—Sí.
Tras estudiarnos de nuevo a los dos, Cliff por fin se gira y grita hacia el interior de la casa:
—¡Britt! Rocket ha venido a verte.
Se oye el golpeteo de unas pisadas al bajar las escaleras. Ojalá pudiera embotellar la expresión en la cara de Brittany cuando nos ve. Su sonrisa no podría ensancharse más. Se balancea sobre los dedos de los pies, casi vibrando de emoción con su camisón de puntos blancos y negros.
—Tienes diez minutos. Ya deberías estar en la cama —anuncia Cliff.
—¿De verdad, papá?
—De verdad, sí. Ten cuidado. No lo abraces. Ni lo asustes. Solo… lánzale un palo o algo así, ¿vale?
Brittany se dirige al patio tan rápido que casi se cae por las escaleras del porche. En cuanto pasa al lado de Rocket, este se marcha tras ella, persiguiéndola por la hierba.
Cliff se mete las manos en los bolsillos y observa la escena en silencio.
Me aferro a un pliegue en la parte exterior de los vaqueros y lo suelto antes de hablar con un hilo de voz.
—¿Te importa si hablamos, Cliff?
Arquea las cejas una vez más, sorprendido. Debo de estar dejándolo a cuadros. No lo culpo. Apenas me lo creo yo.
—Claro, Michelle. —Dice mi nombre entre risas, imitando mi formalidad.
Se sienta en el primer escalón del porche y me agacho para acompañarlo.
Inspiro hondo. Sonríe, expectante.
—¿Sí? —me anima.
—Necesito ayuda —escupo.
—Necesitas… ayuda. ¿Tú? —pregunta con lentitud.
—Sí. A ver, se me da bien dirigir el hotel. Soy muy buena en publicidad; de hecho, es a lo que me dedico, y las finanzas no son un problema. Sigo las instrucciones a la perfección en mi día a día y…
—Entonces ¿por qué necesitas ayuda?
Crispo las manos.
—Mi trato con los clientes al parecer no es… agradable.
Cliff suelta una carcajada. Me sobresalto y se me ruborizan las mejillas, aunque no sé si es por la vergüenza o la rabia. Quizá ambas.
—Bueno, no es tan gracioso —replico con una mueca de desdén.
—No, no. Perdona, perdona. —Mueve las manos mientras trata de reprimir la risa mordiéndose el labio inferior—. Eh… Bueno…
—Es obvio, ¿no?
—Que te lo estés planteando es casi encantador.
—Sé cuáles son mis puntos fuertes. Estoy dispuesta a aceptarlo cuando me equivoco.
Me mira como si no me creyera.
—Entonces ¿me estás pidiendo ayuda? ¿Para… qué? ¿Para convertirte en una persona hospitalaria?
—Sí —respondo.
—Muy bien…, eh…, bueno, no sé cómo…
Cierro los ojos con fuerza y dejo escapar con voz ahogada:
—Por favor.
—¿Qué has dicho?
—No me hagas repetirlo.
—Madre mía, pedir ayuda te cuesta horrores, ¿eh? —me provoca—. Muy bien. ¿Cómo puedo ayudarte con este… problema tuyo?
—Necesito ser —chasqueo la lengua— más acogedora, creo.
—¿Más acogedora? —reflexiona con una sonrisa.
—Hoy le he dicho sin querer a una mujer que quería robarle la ropa.
Una risa juvenil borbotea en su garganta y parte de la tensión me desaparece de los hombros.
Reprimo una carcajada.
—Ha sido horrible.
—Pero ¿cómo voy a ayudarte con eso?
—Parece que a la gente de por aquí le caes bien.
—Eso parece —musita, apoyando los antebrazos sobre las rodillas y entrelazando las manos. Ladea la cabeza hacia mí—, pero creo, y puedes contradecirme si me equivoco, que a ti te pongo de los nervios.
Suelto un bufido.
—Venga, apenas te conozco.
—Vamos, sé sincera.
—Eres… distinto a las personas con las que suelo hablar.
Se lleva una mano al pecho.
—Ay.
—Oye, has dicho…
—Bueno, digo muchas cosas —bromea.
Trato de reprimir la sonrisa que se me extiende por la cara, lo que consigue ampliar aún más la suya.
—Bueno… —Estira los brazos ante él—. No sé. Me estás pidiendo mucho.
—No te pido que lo hagas gratis —argumento—. Me tienes en la casa de al lado si necesitas cualquier cosa.
Entorna los ojos.
—Tengo la leve sospecha de que estás intentando hacerte amiga mía. —Cuando no respondo, dice—: Ajá. —Cliff se inclina hacia mí y nuestros hombros se rozan cuando susurra—: Claro que voy a ayudarte, Shelly.
—Solo Michelle —lo corrijo, alejándome de su roce—, si no te importa.
El problema no es que no me guste «Shelly», sino que así me llamaba Allen. Y también Rocket. Y mi madre. Y no lo conozco lo bastante bien como para ser Shells o «caracola», que es como me llaman Sara y mi padre.
—A decir verdad, ni siquiera me gustan los motes —admito.
—Muy bien. Solo Michelle —bromea—, pero debes llamarme Cliff, no Clifford.
—¿No eres ese perro rojo y grande?
Niega con la cabeza.
—Estoy harto de esa broma. Juro que el universo se está burlando de mí.
—¿Por qué?
Se señala la cicatriz del labio.
—De niño, me mordió un perro. Tres puntos y una fobia que me lleva acompañando toda la vida. Sin embargo, parece que les caigo bien. Creo que todos conspiran para hacerme sentir incómodo.
—¿Me estás diciendo que no es una monada? —pregunto, haciendo un gesto con la cabeza hacia Rocket, que tiene la lengua colgando entre los dientes.
—Propaganda perruna.
—¿Cómo?
—Eh… —reflexiona, inquieto—. No confío en ellos.
—Es verdad, Rocket es un manipulador.
—¿No se supone que es el mejor amigo del hombre?
—Sí, del hombre, no de la mujer.
Cliff entorna los ojos.
—Tienes una anécdota al respecto.
—Es complicado.
—¿Tu relación con el perro es complicada?
—¿No es complicada cualquier relación familiar?
—¿Lo consideras parte de tu familia? —replica Cliff.
—Casi. —«Es lo único que tengo».
Cliff me dedica una tenue sonrisa, tose y se remueve sobre el porche.
—Me parece justo.
—La hay. —Le dedico una mirada de soslayo y ya está sonriendo—. Una anécdota, quiero decir. Supongo.
—¿Vas a compartirla?
—No lo sé.
—Compartir esas cosas es lo normal si quieres que una amistad funcione.
Me muerdo el labio inferior y suspiro.
—Rocket era de mi ex, por lo que nuestra relación es, como mínimo, tumultuosa.
—¿Qué ocurrió? —pregunta—. Con…
—Allen —completo—. Encontró a otra más joven.
Esboza una mueca.
—Joder.
—La chica me llamó.
—Joder —repite.
—Dijo que no sabía que estaba casado y que yo merecía saberlo.
—¿Desearías que no hubiera sido así?
—No, fue lo mejor.
Sisea con brusquedad, dejando escapar un último:
—Joder.
Asiento. Luego, nos quedamos en silencio una vez más.
El viento agita los árboles y provoca un remolino de hojas marrones que flotan hasta el suelo.
Al otro lado de la calle, unos críos recorren la acera en bicicleta.
En los radios de la rueda trasera han colocado una carta, haciendo que parezca que conducen una ruidosa motocicleta.
—Bueno —articula al final Cliff—, si te hace sentir mejor, yo también formo parte del club de divorciados. Me lo vi venir durante años.
—No sé si eso duele más o menos.
—Yo tampoco —admite.
Trago saliva.
—Debe de ser duro. Con dos niñas. Y una pastelería.