Capítulo 6. Michelle #2
Me reclino otra vez en el taburete y capto un retazo de Cliff. La silla gime cuando me echo aún más hacia delante. Los brazos de Cliff descansan sobre el mostrador mientras se acerca a Lisa. Suelto un bufido. No me sorprende que esté invadiendo su espacio personal.
—Shells —escupe Sara—, escúchame.
—¿Qué?
—¡Haz amigos! —me suplica con una mezcla de gemido y risa—. Estarás ahí durante tres meses más. ¿No vas a hablar siquiera con los huéspedes? ¿No te sientes sola?
«Te mereces…». Ahuyento las palabras de Allen.
Miro a mi alrededor. La casa está limpia.
He lavado la vajilla y el café está esperando a que se lo lleve a los huéspedes.
He hecho incluso una ración extra de galletas, aunque supongo que ya da igual.
Lo estoy haciendo todo bien. Y sea lo que sea lo que no está funcionando (¿las galletas, quizá?) necesita reajustarse.
Como con el resto de los problemas, es prueba y error.
Miro a Rocket, con el hocico presionado contra la ventana trasera. Me pregunto si esperará que Brittany aparezca. Oigo el siseo de un susurro en el vestíbulo. Apoyo una bota en el suelo de linóleo y me reclino de nuevo en el taburete.
Observo a Cliff. El pelo moreno le cae, despeinado, sobre la oreja. La mandíbula suave y curva. Su sonrisa habitual, con el grueso labio inferior algo más torcido hacia un lado que el otro. Esa misma camisa gruesa de franela, como si estuviera a punto de talar un bosque entero o preservarlo.
Lisa se encorva ante Cliff para musitar algo. Aprieto las muelas. ¿Qué estarán diciendo? ¿Qué otra crítica posible pueden hacerle a mis estúpidas galletas demasiado duras?
—¿Shells? —pregunta Sara.
Doy un empujón extra, sujetándome sobre dos de las patas del taburete. Cliff pasea los ojos hasta mí, topándose con los míos en el proceso. El corazón me da un vuelco y, de repente, la puntera del zapato abandona el suelo.
«No, no, no».
Me caigo hacia atrás. El aire se me escapa de los pulmones. Aterrizo con fuerza en el suelo de la cocina. Sobre él repiquetea también el teléfono. Rocket sale despedido por el pasillo, arañando las baldosas con las uñas, como si fuera el coyote de los dibujos animados.
El taburete permanece roto a mi lado y, mientras analizo los daños, dolor en la lumbar y un latido acelerado que siento hasta en las yemas de los dedos, unas pisadas se apresuran hasta la cocina.
Una mano me sujeta por el hueco del codo para ayudarme a ponerme en pie.
Me levanto y de pronto me encuentro cara a cara con Cliff.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Sí, sí.
Tras pasear los ojos por mi ropa, recorrerme las piernas y volver al punto de partida, con la misma mirada paternal que le dedicó a Brittany cuando se cayó, como si buscara algún moratón, por fin centra su pupila de nuevo en la mía.
No estoy acostumbrada a estar tan cerca de un hombre que no sea Allen. Noto el aliento de Cliff en los labios. Veo cada pequeña arruga alrededor de sus ojos y la cicatriz desvaída de la boca. Huele a canela y vainilla, el perfume orgánico de un repostero trabajador.
Con lentitud, la marca junto a sus labios se intensifica. Noto calor en el pecho, una lava que borbotea hasta el cuello.
—¿Estabas espiándonos? —me provoca con un susurro que me eriza la piel de los brazos y el pecho.
—No estaba espiándoos —miento.
—Te noto a la defensiva.
—Creo que estás sacando conclusiones precipitadas.
—No soy yo el que se ha caído de un taburete.
El corazón se me acelera cuando curva una de las comisuras de los labios.
—¡¿Shells?! —El hilo de voz de Sara retumba desde el teléfono en el suelo de la cocina, lo que me provoca un sobresalto—. ¿Qué está pasando?
Advierto que Cliff sigue sujetándome del brazo, presionándome la manga sobre el codo con su áspero pulgar. Me aparto. Fija los ojos en los míos y él también deja caer la mano.
Me quito el polvo de la falda con toda la posible dignidad que me queda y me inclino para coger el teléfono.
—Un segundo, Sara.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Me he caído. No pasa nada. Un segundo —repito. Presiono el botón para silenciar el micrófono y dejo el auricular en la encimera.
—Por Dios, ¿te encuentras bien? —pregunta Lisa en el umbral, con una mano sobre la boca y una galleta de canela en la otra. George aparece tras ella con el ceño fruncido.
—Todo bien —contesto—. En serio.
—¿Seguro? —insiste Lisa.
Tensa, respondo un «sí» demasiado forzado.
Rocket gira la esquina antes de mirarme de arriba abajo. No sé si está comprobando que estoy bien o si se está asegurando de que no hay ningún ruido estrepitoso. Contempla a Cliff con cautela.
—¿Hoy te vas a portar bien conmigo? —le pregunta el hombre, quien se inclina y extiende la mano.
Rocket la olfatea un momento y se aleja.
—Supongo que no.
—Dame un segundo —digo, cogiendo el teléfono de nuevo.
Lisa y George desaparecen entre murmullos ininteligibles. Cliff los sigue, pero se queda en el umbral. Cuando me despido de él con la mano, suelta una carcajada. No sé qué pensar de eso.
Vuelvo a activar el micrófono del teléfono.
—Oye, Sara.
—Por Dios, ¿qué ha pasado?
—Me he caído, pero estoy bien.
—He oído otras voces.
Suspiro.
—Sí, mi vecino estaba aquí.
—Pensaba que no hablabas con él.
—Es imposible no hablar con él.
Se produce una pausa y juro que la oigo sonreír al otro lado de la línea.
—Bueno, entonces es el candidato perfecto para ser tu primer amigo.
Se me tensa el cuerpo.
—Sara…
Oigo cómo sorbe y posa el cuenco en una mesa. Con la boca llena de lo que seguramente son cereales, dice:
—Por favor, intenta ser feliz ahí. Te envidio. Apuesto lo que sea a que las hojas están preciosas en esta época del año.
—Sí —admito—, lo están.
—Entonces, disfrútalas. Y acepta la ayuda que te ofrezcan. Deja de repelerlos a todos.
—¡Oye!
Se echa a reír.
—Hazlo por mí.
Dejo escapar un gruñido de frustración. Paseo por la cocina y observo a Cliff, dirigiéndose a la puerta principal.
—¿Quieres venir a cenar? —le pregunta Lisa antes de que haya salido—. Haremos suficiente pastel de carne para toda tu familia.
Como si sintiera que lo estoy mirando, Cliff desvía los ojos hasta los míos, lo que me provoca un calor intenso en el pecho y cuello. Inhala antes de girarse de nuevo hacia Lisa.
—No —responde. Luego, suelta un suspiro y una carcajada—, pero gracias. Debería volver antes de que la casa estalle. Emily está terminando un proyecto de ciencias en el que tiene que hacer un volcán.
George sonríe con una expresión mucho más agradable que cualquiera que me haya dedicado.
—Estaremos atentos entonces si oímos una explosión.
Cliff le da a Lisa un último abrazo y la puerta se cierra a sus espaldas.
—Prométeme que harás algún amigo —me suplica Sara al oído—. Habla con los huéspedes. Lo que sea. —Luego, traga saliva—. Si no lo haces por mí, hazlo al menos por mamá.
Suspiro y contemplo a Rocket, quien vuelve a tener el hocico pegado a la ventana, buscando a la niña por el patio de los vecinos.
—Sí —respondo—. Sí, lo intentaré.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.