Capítulo 6. Michelle
MICHELLE
El libro de visitas ya no está vacío, aunque desearía que lo estuviese.
Copper Run es un pueblo idílico.
Las hojas secas y el acogedor festival de otoño han sido perfectos.
La nueva gestión no ha estado mal.
¿No ha estado mal? Retrocedo una página, donde todas las entradas alababan la experiencia en el bed and breakfast y acababan con algunas frases sobre la propietaria: el maravilloso desayuno de mi madre, su encantadora conversación, la sensación hogareña en general.
Trago saliva y cierro el libro mientras dejo escapar un suspiro y aprieto los párpados. He soportado otra semana de invitados que me ponían mala cara.
Tras preparar el desayuno esta mañana, he recibido una débil sonrisa por parte de la madre de una pequeña familia, un gesto condescendiente que significaba: «Por favor, déjanos solos», por lo que he salido de la sala.
Les he dado espacio. La semana pasada, seguí a mis invitados a todas partes y eso tampoco funcionó.
Intento probar cosas distintas, pero ninguna parece ser la correcta.
No pasa nada. Solo es otro grupo focal, como en publicidad. Otro problema que resolver.
Sin embargo, las soluciones no están sirviendo de nada. Siempre acaba funcionando alguna opción y que no lo esté haciendo me exaspera. Este tipo de cosas se me dan bien. Por algo soy jefa de publicidad.
—Ah, es precioso —canturrea una voz.
Alzo la vista. Lisa entra por la puerta como si estuviera en su casa, estudiando el vestíbulo, asombrada. George la sigue. Me tenso tras el mostrador. Después de marcharme en mitad de nuestra conversación en la tienda de comestibles, no esperaba volver a verlos.
—Vaya, hasta has lavado los paños. —Lisa coge uno de la mesa de la entrada y sonríe.
No sé si es una expresión genuina o si sus mejillas tienen un rubor excesivo a causa de los polvos de maquillaje.
—¿Cómo va todo? —se interesa George.
—Ah, y las flores —lo interrumpe Lisa con un grito ahogado—. ¡Y has traído nuevos periódicos! Siempre le decía a Birdie que necesitaba ponerse al día con ese tema, pero, ay, nunca le importaron las noticias. George, eso me recuerda que debemos comprar la prensa de la mañana.
—Podéis coger uno —digo.
La mujer se lleva una mano al corazón.
—Qué mona.
George arquea una ceja, volviendo a su «¿Va todo bien?».
—No ha habido ningún problema —contesto, contemplando el libro de visitas y dejándolo a un lado—. Se está dirigiendo solo.
Lisa olfatea el aire.
—¿Has estado haciendo las galletas de Birdie?
—Sí, están en el… —Apenas soy capaz de terminar la frase antes de que Lisa pase junto a mí, recorra el pasillo y entre en la cocina, ignorando la placa Solo personal autorizado .
George se aclara la garganta, al tiempo que centra los ojos en los míos. No sé qué me está queriendo decir, pero es suficiente para empujarme a seguir a Lisa. El crujido de los tablones de madera del suelo me indica que va detrás de mí.
Abro la puerta de la cocina y Lisa ya tiene una galleta en la boca.
—Solían encantarme.
Sin embargo, cuando la mastica, se le contorsiona la expresión. Abre mucho los ojos, arruga la nariz y aprieta los labios. Su «mmm» suena tan forzado que da vergüenza.
El corazón me da un vuelco.
—¿Qué pasa? —pregunto—. ¿No están buenas?
Coge una servilleta y escupe. «Ay, no».
—Querida —comienza, subiéndose las gafas por el puente de la nariz—, están malísimas. ¿Esto es lo que les das de comer a tus huéspedes?
Lo dice tan alto que cruzo la puerta de la cocina que conecta con el comedor y me aseguro de que no hay nadie allí. Una familia está desayunando. Y no han tocado las galletas. Con una mueca, cierro la puerta.
—Pero nadie se ha quejado hasta el momento —le susurro a Lisa.
—¿Están ahí tus huéspedes ahora mismo? —pregunta.
—Sí —contesto aún más bajo.
Lisa mira a un punto sobre mi hombro hacia la puerta del comedor.
—¿Y no estás desayunando con ellos?
—¿Se supone que debo hacerlo? —Pensaba que no era lo que querían. ¿Qué estoy pasando por alto?
—Ay, cariño.
El teléfono de la encimera de la cocina suena y, enseguida, lo cojo. Cualquier cosa con tal de huir de esta conversación.
—Bird y el padre soltero, un hombre que ha llevado a su hija en brazos porque esta se había hecho un corte en la pierna.
Un hombre que se muestra muy protector con las niñas.
Estresado. Incómodo. Con los dientes apretados.
—Bueno —continúa—, esto es para vosotros.
No veo qué le tiende, pero Lisa lo halaga enseguida.
—Ay, ¡Cliff!
—Galletas de canela, ¿no?
Chasquea la lengua.
—Ah, sí, por favor. Son mis favoritas.
—¿Qué tal son los huéspedes? —me pregunta Sara al oído—. ¿Has conocido a alguno agradable?
Vuelvo a garabatear en la libreta.
—No, a ninguno. Los dejo a su bola.
—¿Qué? ¿Por qué? Es lo mejor de ese sitio. La gente viaja y cuenta historias increíbles.
—He intentado hablar con ellos, pero están de vacaciones —me excuso—. No quiero molestarlos.
Desde el vestíbulo, oigo de nuevo a Lisa.
—Ah, deliciosas, como siempre. —Luego, baja la voz—. ¿Puedo sugerirte que enseñes a hornear a la chica de Birdie? Sus galletas…
—Horribles —escupe George, y no quiero ser mal pensada, pero diría que lo ha dicho más alto para que lo oiga.
«¡¿En serio?!».
—¿De verdad? —pregunta Cliff. Casi puedo imaginarme esa sonrisa torcida.
La voz de Sara me devuelve a nuestra conversación.
—Shells, no molestas a los huéspedes. Si quisieran irse solos de vacaciones, elegirían un motel a las afueras del pueblo. Les gusta toda la experiencia. Quieren hablar contigo.
—No, claro que no.
—Sí, claro que sí —responde con una carcajada—. De eso se trata. Papá me dijo el otro día que don Tío Bueno…
—No se llama así.
—Siempre llevaba algunos dulces horneados y hablaba también con los huéspedes. ¿Lo ha hecho desde que estás ahí? Quizá te sirva de ayuda.
Oigo las carcajadas distantes de Cliff, graves, de esas que nacen del pecho. Genuinas, como todo lo que hace.
—No —admito—. Es posible que le haya dicho de forma explícita que no me ayude.
Sara suelta un grito ahogado.
—¿Qué le dijiste?
—Que podía hacerlo sola. Eso es todo. —Al contarlo en voz alta, la culpa me recorre la piel, como si sintiera vergüenza ajena por mí misma.