Capítulo 5. Cliff #3
Entro y cojo el teléfono que me tiende Brittany.
—Dime, Trace.
—¿No hablo con ella durante una semana y pasa esto?
Es gracioso; tanto Michelle como Tracy van directas al grano. La diferencia es que sus tonos son muy distintos, el de Tracy es de víbora, y el de Michelle, de culebra de agua que quiere paz. No puedo evitar soltar una carcajada.
—Cliff, no tiene gracia. Me ha contado que la ha empujado un chico.
—Me encargaré de patearle el culo. No te preocupes.
—Juro que si…
—Todo va bien por aquí. Lo prometo. Los niños se pelean. Es lo normal.
—Quizá… Quizá debería visitaros más a menudo.
Se me contrae el pecho. Cada vez que les ocurre algo peligroso a las niñas, duda sobre su decisión de marcharse.
Y lo pillo, en serio. Pero su mudanza fue lo mejor para Tracy y para nosotros.
Se había pasado toda la vida en Copper Run, atada a mí desde los dieciséis años, en los que superamos un embarazo adolescente que ninguno podría haber predicho.
Hace seis, insistió en que deberíamos probar a tener otro crío, que quizá un embarazo planeado sería diferente.
Sin embargo, al final, cuando se volvió distante, cuando comenzamos a molestarla, cuando acabé durmiendo en el sofá noche tras noche, no me sorprendió que me entregara los papeles del divorcio.
Unos meses más tarde, quiso marcharse a la ciudad a iniciar su carrera profesional.
Se planteó llevarse a las niñas, pero, después de convencerla de que ya estaban asentadas aquí, de que Copper Run era una buena comunidad, se fue.
La animé para que lo hiciera. Yo tenía mi pastelería y ella debía perseguir su sueño también.
Por desgracia, no necesité demasiado para convencerla.
—Lo estás haciendo bien, Trace —la tranquilizo.
—Ha dicho que Emily la ha dejado sola. Debería intentar al menos ser un buen modelo a seguir.
Aprieto los dientes cuando una chispa de enfado me traspasa.
—Lo es.
—No lo bastante bueno. Oye, si vuelve a ocurrir esto de nuevo, me gustaría que consideráramos…, no sé…, algo.
La repentina tensión en el pecho casi me queda sin aire.
—¿Algo? ¿A qué te refieres?
—Quizá Brittany pueda…, ya sabes…, quedarse conmigo.
Tracy hace este tipo de cosas a menudo. Se siente culpable y se plantea cambiar el acuerdo de la custodia. Me asusta cada vez que lo propone. Gana mucho dinero. Le resultaría demasiado fácil cambiar de idea.
Suelto una carcajada forzada.
—Trace…
—Aquí hay buenos colegios. Creo.
—Aquí también hay buenos colegios. Y ya están asentadas. A Brittany le gusta el pueblo.
—Que la críes ahí y le guste son dos aspectos totalmente distintos.
Sus palabras son como si me estuviera clavando un cuchillo en el pecho. Primero, se mudaron mis padres. Luego, los suyos. Después, Tracy. Algunas personas consideran que Copper Run es una prisión. No entiendo por qué.
Me muerdo el labio y asiento.
—Sí, bueno, pospongamos esa idea. Las clases acaban de empezar.
Suspira.
—Vale, pero… lo digo en serio —repite, aunque su tono refleja duda, como si no estuviera convencida—. Llamaré la semana que viene.
—Lo estoy deseando. —Quizá lo haya dicho con más sarcasmo del que debería porque Tracy no se despide; solo oigo un clic seguido del aburrido pitido continuo que me gime como respuesta. Con lentitud, dejo el auricular en su sitio.
Emily surge de la cocina, con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando un punto cualquiera de la pared.
—Ni siquiera ha pedido hablar conmigo —murmura.
Me da un vuelco el corazón, hundiéndose cada vez a mayor profundidad a medida que pasan los segundos.
—Va mal de tiempo, peque —logro decir—. Creo que está muy ocupada con el trabajo.
—Claro —murmura.
Le presiono con delicadeza el hombro.
—No te olvida.
Emily asiente. Luego, pasa a mi lado con prisa, coge a Brittany de la mano y vuelve al Festival de la Cosecha.
Me enfada la manera en la que Tracy trata a Emily.
Intento con todas mis fuerzas protegerla del resentimiento de su madre.
No es culpa de nuestra hija que no usáramos un preservativo cuando teníamos dieciséis años.
Aunque es más que evidente quién es la favorita de su madre, y me sube la presión arterial por las nubes cada vez que lo demuestra.
En el fondo, Tracy no deseaba tener familia.
Se vio obligada a adoptar ese papel y ser madre le resultó una carga.
Yo mismo se lo parecí con mis chistes estúpidos y mis comentarios sarcásticos, una frase esclarecedora que dejó caer durante el divorcio y a la que llevo dándole vueltas durante años.
Pero, aunque entiendo su motivación para marcharse, no puedo imaginarme desearlo de verdad.
Quiero tanto a mis hijas que duele. La idea de abandonarlas nunca se me pasaría por la mente. De igual manera, esa era la prerrogativa de Tracy, no la mía.
A través del escaparate de la pastelería, advierto que Michelle sale de la tienda de comestibles de la esquina, al otro lado de la calle, y desata la correa de Rocket de la farola. Tendré darle las gracias como se debe por ayudarme hoy, aunque no sé cómo.