Capítulo 5. Cliff #2
No veo su expresión, pero no responde. Michelle acerca los dedos a la tela interna para asegurarse de no rozarme de nuevo el muslo.
Cada movimiento me vibra en las venas. No he tenido una mano…
, bueno, así de cerca desde hace años. Intento pensar en otra cosa.
En Dennis Rodman dándole una patada en las pelotas al cámara.
En ese cerdito de Toy Story . Candle in the Wind.
Estoy casi en paz, pero, cuando Michelle por fin encuentra el llavero y tira de él, los bordes afilados de las llaves me rozan. Me aclaro la garganta y niego con la cabeza. Poniéndome a tono con mis propias llaves. Patético.
—¿Cuál? —pregunta.
—La de bronce con la mella en la parte superior —le informo con la voz ahogada.
Se precipita hacia la entrada, introduce la llave adecuada y gira la cerradura antes de empujar la puerta.
Aprieto el interruptor con el hombro para encender las luces principales y coloco a Brittany sobre el mostrador.
La niña le da patadas al dejar las piernas colgando.
Observo el corte de la parte trasera de la pantorrilla; es muy superficial, pero lo bastante escandaloso para asustar a una cría. No puedo culparla por llorar.
Me giro y me encuentro a Michelle en la esquina del local, con los brazos cruzados, observando el cuadro de las magdalenas en la pared. Me pregunto si ella también verá lo torcido que está. Sonrío para mí. Al menos, no lo ha dicho en voz alta y, por suerte, Carol no está aquí para darse cuenta.
—Voy a por el botiquín —anuncio—. ¿Te importa echarle un ojo?
—Claro que no.
Me dirijo a mi despacho, cojo el kit enterrado bajo una pila de papeleo y vuelvo. Al llegar, capto el final de una conversación.
—También sabe sentarse —comenta Michelle—. Prueba.
—Siéntate —susurra Brittany.
—Con más fuerza. «Rocket, siéntate».
—Rocket, siéntate —la imita Brittany y, ay, madre mía, el perro no tarda en dejarse caer en el suelo.
Estoy sonriendo cuando suena la campanilla sobre la puerta. Lars la mantiene abierta y Emily se agacha para pasar bajo su brazo, apresurándose por el umbral con los ojos del tamaño de un plato llano.
Suelta un grito ahogado y se cubre la boca con las manos.
—Ay, por Dios, papá, no te encontraba.
—¿Dónde estabas?
—Iba… Iba a volver enseguida, pero Josh…
«Sí, adiós a mi buen humor».
Incómodo, Lars retrocede con lentitud hasta salir por la puerta.
—Se suponía que ibas a vigilar a tu hermana —le digo a Emily—. ¿Y te has ido con ese chico?
Abro el botiquín y niego con la cabeza.
—Han sido dos segundos —tartamudea mi hija mayor.
Me agacho ante Brittany con un disco de algodón y antiséptico.
—No puedes dejar a tu hermana sola. —Inclino la botella sobre el algodón y se lo enseño a Brittany—. Pórtate como una niña mayor, ¿vale?
Asiente, aferrándose con más fuerza al mostrador a medida que presiono el algodón contra el corte. Gime. Lo peor de ser padre es curar heridas.
—Papá, lo siento —interviene Emily de nuevo.
—Em… —El teléfono empieza a sonar y juro que lo siento como unas uñas arañando una pizarra—. Ahora mismo no tengo tiempo. Solo… —El teléfono sigue sonando—. ¿Puedes cogerlo?
No se mueve.
Sé que se siente mal. Y, por supuesto, yo también fui adolescente en mi época.
Solía escabullirme con la chica que me gustaba igual ella, y ese es el problema.
Esa chica que me gustaba acabó siendo mi mujer durante catorce años.
No voy a permitir que Emily cometa el mismo error que su madre y yo.
Estoy seguro de que lo último que desea es acabar ligada de por vida al maldito Josh.
Michelle se acerca al teléfono en la pared.
—Yo me encargo. —Se lleva el auricular al oído—. Pastelería… local, dígame. ¿Qué necesita?
Le enseño una tirita en cada mano a Brittany.
—¿Unicornio o perro? —Muevo hacia delante y hacia atrás las tiritas con los colores del arcoíris.
Brittany centra los ojos en Rocket antes de fijarlos en mí de nuevo.
—Perro.
Suspiro. Si voy a preocuparme con Emily y los chicos, tendré también que preocuparme por Brittany y los perros.
—Pues perro —confirmo, antes de acercar la tirita a la piel y tirar del plástico a cada lado para pegarla—. Y oye, la próxima vez que quieras jugar entre calabazas, avísame y veremos cómo hacerlo. Quizá incluso podamos meter dentro a tu hermana.
Con eso consigo que Brittany se eche a reír y Emily me dedique una ligera curva con una de las comisuras de la boca. Extiendo el brazo para coger la mano a mi hija mayor.
—No pasa nada, peque. Hablaremos luego, ¿vale?
—Vale —musita.
—Nada que no pueda resolver un buen concurso de gritos —la provoco.
—¿Puedo lanzarte una almohada a la cabeza?
—Solo si lo hago yo primero. Pondremos Metallica.
Emily sonríe.
—Guay.
—¿Cliff? —pregunta Michelle, cubriendo el altavoz con la mano—. Una mujer llamada Tracy quiere hablar contigo.
Casi al instante, me siento como si me cayera en la cabeza un cubo de agua fría.
—¡Mamá! —chilla Brittany, balanceando aún más los pies.
Me incorporo y me acerco al teléfono. Michelle me tiende el auricular y me roza los dedos con los suyos. Se me corta la respiración un segundo. Tiene una mano muy suave comparada con la mía, llena de durezas. Pero todo el fuego desaparece cuando me acerco el teléfono a la oreja.
—¿Cliff?
—Hola, Trace.
—He llamado a casa y no estabais.
«Nada de formalidades. Lo pillo».
—Estábamos en el Festival de la Cosecha —le explico. Luego, giro la esquina y musito—: Te has retrasado una semana. ¿Va todo bien?
—He estado ocupada —contesta. Luego, con un ligero titubeo, añade—: Gracias por preguntar.
Se produce un momento de silencio entre los dos, un momento que no existía hasta hace unos años. Después de mudarse de forma permanente lejos del pueblo, sus sentimientos hacia mí oscilan entre el enfado y la culpa.
—No hay problema —respondo con un suspiro.
—¿Puedo hablar con Britt?
—Claro. —Le tiendo el teléfono a la niña—. Oye, Britt Britt, ¿quieres hablar con mamá?
Se baja con facilidad del mostrador, como si el corte no existiera, «¡qué granuja!», y me arrebata el teléfono.
—Hola, mamá —saluda, elevándose sobre los talones y, después, sobre las puntas de los pies.
Emily se inclina sobre el mostrador con los brazos cruzados y deja escapar un profundo suspiro. Poso una mano en su hombro. Tracy siempre quiere hablar primero con Brittany. Emily se desprende de mi mano sacudiendo el cuerpo y se dirige a la cocina. A medio camino, le susurra a su hermana:
—Avísame cuando se digne a hablar conmigo.
Brittany arruga la nariz.
—¿Qué es «dengue»?
—No importa.
La niña me dedica una mirada confusa, pero le enseño los pulgares para tranquilizarla. Sonríe y vuelve a centrarse en la charla con Tracy.
Michelle está de pie en un rincón, con los brazos cruzados, y pasea los ojos por la vitrina vacía y la pizarra del menú sobre el mostrador.
Por fin, le sostengo la mirada y arquea las cejas.
Me siento mal de que esté aquí, soportando todo esto, por lo que le dedico una sonrisa torcida.
Enarca una única ceja, inquisitiva. Con una carcajada, señalo la puerta con la barbilla.
Con un acuerdo tácito, ambos nos encaminamos hacia el exterior.
Lars no está por ninguna parte. Llamará después para preguntar si todo va bien.
No le gusta interferir en asuntos familiares. Por otra parte, Michelle…
Tras apoyarme en la farola, me paso una mano por el pelo. Ninguno dice nada y casi agradezco este momento de silencio después de los últimos diez minutos. Casi.
—Gracias —digo al final— por ayudarnos. No tenías por qué hacerlo.
Se encoge de hombros.
—No me gusta ver que acosan y hacen daño a otros.
Una sonrisa se me extiende por el rostro cuando asiento. Dentro del local, Rocket se sitúa, tenso, junto a Brittany mientras esta se mece de un lado a otro, desprendiéndose del exceso de energía.
—Es un perro guardián bastante decente —observo.
Michelle suspira.
—Es un cabezota.
—Pero parece que está bien domesticado.
—Porque le gusta Brittany —responde, negando con la cabeza—. Solo le hacía caso a mi ex. Le vale cualquiera menos yo.
—¿A tu ex o al perro?
Suelta un bufido.
—A los dos.
—¿Cómo sabes que no le caes bien a Rocket? —cuestiono.
—Igual que sé que no es un perro antidroga.
Sonrío aún más cuando curva las comisuras de los labios carnosos. Chasqueo la lengua.
—Así que sabes bromear.
—A veces.
—¿Cuándo?
Comprueba el reloj.
—A las dos cada domingo.
Su sonrisa se amplía un poco más y no puedo evitar devolverle una radiante. Pero, entonces, la suya desaparece.
—¿La gente suele firmar el libro de visitas?
Perplejo, me paso una mano por el pelo de nuevo.
—Eh, claro, me imagino.
—Hum. —Centra los ojos en la distancia.
Dudo qué responder. Es la primera vez que me ha abierto la puerta una rendija, casi como si me hubiera dejado deslizar un pie por ella.
—¡Papá! —grita Brittany, de pie en el umbral de la pastelería—. Mamá quiere hablar contigo.
Paseo la mirada entre Michelle y la puerta abierta del local varias veces antes de señalarla con el dedo.
—¿Hablamos luego?
—Claro.
—De nuevo, gracias.
Asiente y se da una palmada en el muslo mientras grita:
—Vamos, Rocket.
Y, como había predicho, el animal apenas la escucha. Repite las palabras y, tras una pausa, el perro por fin sale del establecimiento como un adolescente reacio. Quizá Michelle tenga razón.