Un otoño para ser feliz Capítulo 5. Cliff
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Capítulo 5. Cliff

CLIFF

No veo a Brittany por ningún lado, pero reconocería los gritos de mi hija en cualquier parte.

—Se os olvida el cambio, Cliff —grita Betty cuando tanto mi amigo Lars como yo nos alejamos a toda prisa de su puesto con las manos vacías, dejando abandonada la sidra de manzana.

No me giro. Ya estoy saltando la valla tras la que se encuentran las calabazas, donde dejé a Brittany con Emily.

Bordeo la cerca de alambre que rodea el puesto de pesca, esquivo al poni destinado a dar paseos con niños sobre el lomo y me abro paso entre una multitud que se agolpa ante un puesto para pintarse la cara. Su dueño, Winston, canturrea:

—Vaya, Cliff. ¿Tienes que ir a algún sitio?

Tras esquivar el rincón con las balas de heno, Lars anuncia:

—Ahí, Cliff.

Por fin veo a Brittany. En el suelo. Llorando.

Corro hacia ella, me agacho y busco alguna herida de la cabeza a los pies.

Le paso el pulgar por la mejilla para secarle una lágrima.

Se me encoge el corazón. Por alguna razón, que a los niños se les caiga una única lágrima hace que la situación sea aún más triste.

Especialmente, cuando se trata de mi hija.

—Brit, oye, mírame.

Se le cae una nueva lágrima.

—Britt Britt, oye.

Sigo estudiándole los brazos y las rodillas en busca de moratones y, en cuanto me aseguro de que está bien, advierto lo ridícula que es toda la escena. Brittany está tirada al lado de una calabaza, como si fuera una muñeca Repollo que emergiera de una vagina vegetal.

Me echo a reír.

—¿Estás bien?

Brittany trata de sonreír a través de las lágrimas contenidas. Ese es el secreto para criar a los hijos: si no le das a algo demasiada importancia, ellos tampoco se la darán.

Lars también suelta una carcajada a mi lado. Está de pie, con las manos dentro de los bolsillos, y niega con la cabeza.

—Le has dado un buen susto a este hombre, señorita.

Lars lleva siendo mi mejor amigo desde el instituto. Mantiene el bigote que se dejó en los ochenta, cuando le encantaba Magnum, P. I. , y su pizzería es tan buena que no ha dejado de añadir agujeros al cinturón desde entonces.

A mis espaldas, oigo un «Me empujó ella primero» nasal. Lars y yo giramos la cabeza y nos encontramos con un crío de pie a unos metros de distancia, que señala a mi hija con el dedo, acusatorio.

Cierro los ojos y suspiro, apenas capaz de decir:

—¿Dónde están tus padres?

En el momento justo en el que hago la pregunta, un ladrido cruza la calle. Un fogonazo de pelaje blanco y negro atraviesa el arco de hierro del parque. Desde hace una semana, hay un solo border collie en el pueblo, lo que significa que lo acompaña de cerca una mujer muy seria.

«Ahí está».

Michelle cruza la calle trotando. Su expresión es intensa. Tiene el pelo castaño convertido en un desastre voluminoso y ese pintalabios bermellón podría matar a cualquier hombre. O a un niño, en este caso.

El crío se queda paralizado en el acto cuando Rocket salta la valla de las calabazas y se acerca a Brittany.

—Oye, oye, oye. —Me apresuro a agarrarlo del collar, pero Brittany se adelanta y le rodea el cuello con los brazos antes de enterrar la mejilla en el pelaje. La ansiedad me sube por la garganta—. Britt, suéltalo. Aún no conocemos bien a este perro, ¿vale?

Rocket gira la cabeza hacia el chico y, si no supiera que es imposible, diría que entorna los ojos.

—Hola —saluda Michelle entre jadeos mientras se lleva una de sus elegantes manos a las costillas—. ¿Qué tal va todo por aquí? —No es del todo una pregunta.

Se me curvan los labios ante su tono autoritario. Es de esos que dicen: «Sé que no va bien, pero hago la pregunta por ser cortés».

—No va mal —contesto, observando cómo pasea los ojos desde Brittany hasta su perro.

Lars arquea las cejas, a la vez que le dedica una sonrisa traviesa.

—Creo que no nos conocemos. —Estira la mano para estrechársela—. Soy Lars.

—Michelle —contesta, ahora centrada en el chico, pasando por alto la mano extendida de mi amigo.

Lars se acaricia la mejilla con la lengua sin abandonar la sonrisa y pasea los ojos de arriba abajo por toda su figura. Le gustan las forasteras y a ellas la misteriosa reminiscencia local de Tom Selleck. En cuanto averigüe que vive aquí, se le pasará el interés.

Señalo al crío con la barbilla.

—Oye, niño, ¿y tus padres? ¿Están por aquí?

Brittany se frota la nariz llena de mocos con el dorso de los dedos.

—Está castigado.

—No es verdad —replica el niño, dando un paso hacia ella.

—Contrólate —le advierto, al mismo tiempo que Michelle da una zancada titubeante al frente. Paseo los ojos por ella. No puedo evitar sonreír ante su temperamento de bulldog, y no me refiero, por sorprendente que parezca, al perro de carne y hueso en esta situación.

—¿Estás castigado? —le pregunto al chico.

Frunce los labios, a la vez que se le ruborizan las mejillas. Vuelvo a suspirar, cansado de toda la situación.

—Genial, entonces ¿qué haces aquí?

Abre la boca y la cierra. En mitad del silencio, Brittany grita:

—¡Está enfadado porque ganó Steve!

Ah, por eso me sonaba. Es Luke. El Luke que odia a Steve Austin. Luke, el que por fin se ha deshecho de esa melena revuelta. Su madre llevaba meses insistiendo en que se cortara el pelo. Apenas lo reconozco.

Lars suelta un bufido y niega con la cabeza.

—Ay, madre…

—No se merecía ganar —contraataca Luke.

Me pellizco el puente de la nariz.

—Dios bendito.

—¿Quién es Steve? —pregunta Michelle.

—Steve Austin —le aclaro, pero la suave arruga que se le crea sobre las cejas me confirma que esa explicación no significa nada para ella—. Un luchador. Da igual.

La situación debe de estar pareciéndole ridícula. Me la parece incluso a mí. Dos niños de colegio luchando por la racha de victorias de un adulto.

Con un suspiro, añado:

—Vete a casa, Luke.

—Pero…

—Y sí, llamaré a tus padres al llegar a la mía para contarles que te hemos visto fuera cuando deberías estar castigado.

La cara se le pone roja, pero al menos el chico tiene el suficiente sentido común como para no rebatirme. Por sorprendente que parezca.

Michelle abre mucho los ojos con lentitud.

—Cliff, está sangrando.

—¿Qué? —Paso la mano por las piernas de Brittany una vez más, al tiempo que el pánico vuelve a invadirme. Le miro la pantorrilla y, por supuesto, ahí está el pequeño arañazo en la parte trasera.

«¿Cómo lo he pasado por alto?».

Cojo a Brittany en brazos porque ahora mismo mi hija es lo único que me importa. Y quizá matar a ese niño, pero eso lo dejaré para otro día.

—Puedo ir a comprar unas tiritas en la tienda de la esquina —propone Michelle.

—No, iremos a la pastelería —digo—. Tengo un botiquín de primeros auxilios.

—Pero si está bien —se queja Luke.

En ese momento, Brittany esboza un mohín con el labio inferior y otra lágrima le cae por una de las mejillas sonrojadas.

Inclino la cabeza hacia Luke.

—Escúchame. Como vuelva a ver a mi hija en el suelo ante ti, tendré que hablar muy en serio con alguien. Con tu madre. O con el alcalde. O con Bill Clinton. Y la próxima vez que gane Steve, cosa que hará, y te moleste, debes saber que la estoy entrenando como luchadora.

—¿En serio? —tartamudea el niño.

—¿En serio? —pregunta Lars con una ceja arqueada.

—Ajá —les confirmo.

—Vaya —susurra Luke.

—Sí, vaya. Ahora, vete a casa.

No me quedo para ver si lo hace. Giro sobre mis talones y cruzo la calle a grandes zancadas.

—¿Te importaría buscar a Emily por mí? —le pregunto a Lars.

Me ofrece un saludo militar y se aleja trotando, volviendo sobre sus pasos entre las balas de heno y el caos de calabazas del Festival de la Cosecha.

—¿De verdad me vas a enseñar a luchar, papá? —me susurra Brittany, sorbiéndose la nariz.

—Cuando puedas levantar cincuenta kilos, sí.

—Toma —celebra para sí.

Michelle nos sigue, cerrando y abriendo los puños mientras deja escapar el aire con pesadez por la nariz. Si pudiera escupir fuego, estoy seguro de que ahora mismo vería las nubes de humo.

—¿Te encuentras bien? —le pregunto.

Pestañea, como si hubiera salido de un trance. A continuación, agita las manos y asiente. El tintineo de un collar me informa de que su perro ahora camina, leal, a mi lado. Bueno, no a mi lado. Al de Brittany.

Nuestra pequeña pandilla continúa por la manzana hasta que llegamos a la puerta de la pastelería.

La empujo y suelto un suspiro. Carol debe de haber cerrado ya.

Llamo al cristal, rezando para que siga dentro, pero, tras un par de segundos, dado que Brittany continúa sorbiéndose la nariz entre mis brazos, pierdo la paciencia.

Me giro en el acto e intento buscar las llaves en el bolsillo, pero Brittany pesa demasiado. Me dispongo a dejarla en el suelo, y suelta un quejido lastimero.

—¿Puedes ponerte en pie, Britt?

Niega con fervor con la cabeza y gime:

—No.

Suspiro.

—Vale, bien, ¿puedes…?

—¿Qué necesitas? —interviene Michelle.

Pestañeo.

—Las llaves. Las tengo en el bolsillo.

Me sorprende respondiendo:

—No me importa cogerlas por ti.

Mi preciosa vecina, una mujer que parece poner los ojos en blanco ante cada uno de mis movimientos, se está ofreciendo a rebuscarme en el bolsillo. Echo la cabeza hacia atrás y pestañeo, mirando al cielo. El Altísimo está decidido a ponerme a prueba hoy.

—Bolsillo delantero izquierdo —le indico.

Reajustando a Brittany entre mis brazos, le doy más espacio a Michelle, cuyos zapatos repiquetean por la acera cuando se acerca. Huele a ámbar y clavos, como la otra noche. No, no es una crème brûlée . Quizá una tarta de café.

Con lentitud y delicadeza, Michelle mete la mano en mi bolsillo. Siseo cuando la frialdad de sus dedos se extiende por mi muslo.

—Tienes la mano congelada.

Se detiene.

—Perdona. ¿Mi ayuda te está resultando demasiado inconveniente?

Me muerdo el labio para reprimir una carcajada. «Es graciosa».

—Solo me preocupaba por tu flujo sanguíneo, eso es todo.