Capítulo 4. Michelle #3
—Ay, lo siento. —Niego con la cabeza y me inclino para cogerla.
Una voz de mujer mayor me responde, temblorosa:
—Ah, no te preocupes… —Hace una pausa y deja escapar un grito ahogado—. Ay, madre mía, ¿Michelle?
La miro desde el suelo y ante mí encuentro a una mujer que no reconozco. Pestañea, contemplándome agachada y con los dedos en torno a la manzana. Lleva el pelo blanco corto y suave, a la altura de la mandíbula, pero sus enormes gafas convierten sus ojos en unos puntos diminutos.
Me enderezo.
—¿Te conozco?
—¡George! —grita—. George, es Shelly. —Arqueo una ceja cuando vuelve a gritar—: ¡George!
El pasillo es ya de por sí estrecho, pero, cuando un hombre gira la esquina con unas gafas tan grandes como las de la mujer y los pantalones subidos hasta las costillas, de repente me parece que está atestado.
—Por Dios —gruñe—, ¿qué pasa, mujer?
—¡Es Shelly! —Extiende la mano, con la palma hacia arriba, para presentarme—. La hija de Birdie.
George entorna los ojos.
—Creía que Sara iba…
—Hola —lo interrumpo—. Soy Michelle. Encantada de conoceros.
Extiendo la mano, pero, al darme cuenta de que aún estoy sosteniendo la manzana, la dejo caer en la cesta. La mujer esboza una sonrisa inmensa.
—Y yo, Lisa. Este es mi marido, George. Éramos muy buenos amigos de tus padres. Debes de haber oído hablar mucho de nosotros.
—Sí —miento.
Solo los conozco porque Cliff los mencionó. Ese hombre está siendo de gran ayuda, aunque me fastidie reconocerlo.
—No sabíamos cuándo llegarías —comenta Lisa antes de darle un codazo a George—. Según dijo Paulie, deberías haber venido hace un mes, pero no he podido ponerme en contacto con él desde entonces. He supuesto que estaba ocupado… Bueno, ya sabes…
«Con su luto».
—Mi padre está ahora en California —explico—. Se quedará una temporada con mi hermana.
Abre mucho los ojos.
—¿Has venido solo tú?
—Sí, solo yo.
Las dos palabras se me asientan en el estómago. Después del divorcio, acepté que ahora estaría «solo yo». A decir verdad, me parece más cómodo que cuando decía «Allen y yo». Aun así, haber pronunciado esa frase en voz alta me aplasta el pecho. Me acaricio el anular desnudo con el pulgar.
Miro de nuevo por la ventana porque, de repente, deseo estar en cualquier otra parte excepto aquí y advierto que Emily está hablando con un adolescente. Al inclinarse hacia él, las mejillas se le tiñen de rubor. Brittany corre entre las calabazas tras ella.
—Ay, madre, pobrecita —musita Lisa, envolviéndome la muñeca con los dedos y atrayendo mi atención—. George, ¿has oído eso? Necesita ayuda.
Se me desmorona la expresión.
—Ah, no…
George gruñe.
—La he oído perfectamente.
—No —repito a toda prisa—. No, gracias. Tengo una lista. —Les dedico una sonrisa forzada—. Mi madre me dejó instrucciones, así que estoy preparada.
Lisa curva hacia abajo las comisuras de la boca y desearía que no lo hubiera hecho. Últimamente, esa mueca conlleva lágrimas y no puedo soportar más emociones.
—La echamos de menos, ¿sabes? —dice, tensando la mano sobre mi brazo.
«Sí, no hay duda, no puedo seguir con esto».
—Era una supermujer —continúa Lisa—. Colaboraba en el festival. Conducía la carroza del alcalde el Cuatro de Julio. El año pasado invitó a todo el vecindario a Acción de Gracias…
—Tenía mucha clase —concluye George.
—La tenía, sí —confirmo, aunque nunca llegué a presenciar esa versión de mi madre, la que pertenecía a Copper Run. La mamá gallina del bed and breakfast . La dulzura del pueblo.
Sara la conoció, sí, pero yo solo recuerdo a la mujer que cultivaba un jardín con mi hermana pequeña e intentaba, con todas sus fuerzas, hacer lo mismo conmigo.
Rocket ladra. Alzo los ojos hacia el escaparate y veo que tira de la correa, con los ojos fijos en Brittany, quien está de pie a solas entre las calabazas.
«Espera, ¿adónde ha ido Emily?».
Lisa me da un golpecito en el brazo.
—Nos pasaremos pronto por el hotel, ¿vale?
Niego con la cabeza.
—No tenéis por qué hacerlo.
Un chico se acerca a Brittany entre las calabazas. Rocket gime, tirando de nuevo de la correa.
—No, aquí nos ayudamos los unos a los otros —insiste Lisa—. Toma, tengo algunos cupones —anuncia, sacándolos como si fueran las cartas de un truco de magia—. Cógelos, por favor.
—Gracias, pero debería irme.
—Cariño…
—Tengo que…
—Si necesitas…
—¡Estoy bien! —exclamo.
George levanta la mirada, asombrado. Y entonces oigo las palabras de Allen, que dan vueltas por mi cabeza una vez más. «Te mereces estar sola».
Fuera, se oye un quejido agudo. Miro por la ventana. Brittany está tumbada en el suelo entre dos calabazas. Y el mismo chico se encuentra de pie sobre ella.
Quizá sí que merezca estar sola. Podría pasarme los siguientes meses dirigiendo el hotel por mi cuenta y me iría bien. Al parecer, la soledad es mi especialidad. Sin embargo, me hierve la sangre al ver cómo la niña recibe un golpe tras otro. No se lo merece.
Con la cesta vacía, me abro paso hasta la puerta de la tienda de comestibles en chaflán y, sin un mísero «adiós» en los labios, desato la cadena de Rocket y corro hacia el parque con él a mi lado.