Capítulo 4. Michelle #2
«Por esa calle», me entraban ganas de escupir. No obstante, en lugar de eso, los acompañaba al porche frontal y les indicaba la dirección con un cortés «No tiene pérdida». Sin mucho entusiasmo, me daban las gracias con un gesto de la mano.
Tengo un día entero para desestresarme antes de que lleguen los siguientes huéspedes.
Espero que sean más agradables que los últimos: una familia en la que los padres no han reñido ni una vez a sus hijos por acariciar a Rocket.
Cierro la puerta principal antes incluso de que su furgoneta salga del camino de entrada.
Hay muchos aspectos que me gustan de ser la dueña del hotel. No me importa tener que limpiar y me siento cómoda con la contabilidad. Además, ya he encargado varios anuncios para el mes que viene.
Aunque también están los huéspedes descontentos. La calma asfixiante de no estar en una ciudad. La ausencia evidente de la falta de personas a mi alrededor. El simple hecho de estar sola.
No digo que eche de menos a Allen. Llevaba meses durmiendo en la habitación de invitados y hablamos de separarnos en un par de ocasiones. Debería haberme imaginado lo que ocurriría a continuación.
Pero, aun así, cuando entro en la cocina, noto la falta del sonido de las páginas de su periódico o el olor de nuestro humeante café matutino. Ya no escucho hablar de las operaciones que tenía programadas para ese día. Solo una secuencia infinita de anuncios sobre escaleras.
La familia Burke es mi único alivio ante el silencio.
A pesar de no haber vuelto a relacionarme con ellos desde la cena, conozco sus horarios.
Emily deambula frente a la ventana abierta de su cocina y se ríe al teléfono en torno a las siete de la tarde, todos los días.
Brittany cruza los arbustos hasta nuestro aparcamiento después del colegio y pasea la mirada por nuestras ventanas, imagino que buscando a Rocket.
Y luego está Cliff, que llega a casa tarde del trabajo, entre risas, y se baja de la furgoneta con el zigzagueo de un relámpago por un cielo despejado.
Parecen divertidos y llevan una vida muy distinta al hogar en el que crecí.
Aun así, le dije a la familia Burke que no necesitaba ayuda y así es. No voy a rendirme ahora. Las cosas van bien.
Me paso el resto de la tarde limpiando, acompañada del suave murmullo de la radio. Cuando abro los armarios chirriantes de la cocina para cenar temprano, solo me devuelven la mirada una bolsa medio vacía de azúcar y una lata de café.
«Vaya, me he quedado muy rápido sin comida esta semana».
Quizá debería aprovechar para reabastecer los productos del hotel. Hojeo el archivador y, bingo, encuentro una lista de esenciales. Tras sacarla de la funda protectora, cojo el monedero de mi madre y la correa de Rocket, colgada en un gancho en la cocina, y me dirijo a la puerta principal.
Ahora que estamos a mediados de septiembre, los árboles de Copper Run se han convertido en acuarelas de color dorado y rojo óxido. Las hojas se marchitan y flotan hasta el suelo, creando montones que Rocket atraviesa, olfateándolos.
Me dedica una mirada fulminante. «Estas hojas no proceden de la ciudad, Shelly. Huelen distintas. No llevo bien los cambios».
—Ni yo —susurro.
«¿Cuándo nos vamos?».
Suspiro.
—Todavía no.
La plaza del pueblo está a rebosar de familias ajetreadas que ocupan cada centímetro de la acera. Los niños cruzan la carretera sin mirar a ambos lados. Hay un videoclub, una oficina de correos y… ¿una combinación de pizzería y cafetería? No quiero saberlo.
Mi madre romantizó tanto este pueblo que empezó a parecer intocable. Era como un pequeño rincón del universo que solo existía en su imaginación. Un lugar con las mejores calabazas, festivales en todos los días especiales y un clima perfecto, con una ligera brisa otoñal.
Me ciño el cárdigan corto sobre el pecho.
La plaza huele a tarta de manzana y heno.
A hojas secas y sirope de arce. Han colgado una pancarta entre dos farolas que anuncia: Festival de la Cosecha de Copper Run .
Está a rebosar de gente. Los adolescentes se ríen en el cenador del parque, adornado con luces naranjas.
Un niño deambula entre las balas de heno y cerca de la valla de madera en torno a unas calabazas están las únicas caras que conozco. La familia Burke.
Cliff pasea con Brittany de la mano. La pequeña salta y Cross la balancea con un brazo a unos centímetros del suelo durante un momento antes de posarla de nuevo. Repiten el juego por segunda vez y la cría ríe tan alto que la oigo desde aquí.
El hombre mira a su alrededor, como si buscara a alguien. Me tenso y acelero el paso hasta la tienda de comestibles. Ato la correa de Rocket a una farola.
—Siéntate.
Deja caer el culo en el suelo. «Tienes cinco minutos».
—Cinco minutos —acepto con un susurro.
Me cuelo por la puerta y cojo una cesta de plástico antes de lanzar al azar los productos de la lista de mi madre. Polvo de hornear, leche, mantequilla…
Para quitarme el gusanillo, por fin cedo y echo un ojo a través del escaparate de la tienda.
En el parque, Brittany, Emily y Cliff caminan por un pasillo, flanqueado por calabazas.
El hombre no deja de mirar a la pequeña con esa sonrisa torcida suya, radiante.
No sé si es encantador o… engreído. Es como si siempre tuviera un número cómico cosquilleándole los labios, preparado para liberarse sin permiso.
Alguien se acerca a Cliff e intercambian unas palabras. La mujer se ríe, sujetándose el estómago, totalmente doblada por la cintura.
«Vale, Cliff no es tan gracioso».
Pero, entonces, se acerca otra persona, un hombre con un grueso bigote y barriguita, y los dos se sonríen de oreja a oreja. El hombre le da una palmada en el hombro y Cliff lo rodea con el brazo.
De nuevo, ¿es encantador… o engreído?
Al final, Cliff se tira de la tela de los pantalones para agacharse al nivel de Brittany. La niña señala un puesto detrás de él y su padre asiente una y otra vez con una sonrisa mientras mueve el dedo en el aire como si dijera: «Sí, sí, claro, claro, claro».
Emily mira en la misma dirección que Brittany. Cliff se incorpora y hace un gesto, señalándose los ojos con dos dedos antes de hacer lo mismo con los de sus hijas. Luego, camina tras el hombre con bigote.
No me he dado cuenta de que me he quedado paralizada en el estrecho pasillo de las sopas hasta que alguien tropieza conmigo. Chocamos y una manzana cae al suelo desde su cesta.