Capítulo 4. Michelle
MICHELLE
Echo de menos las bocinas de los coches y las luces de la ciudad a través de la ventana de mi casa adosada por la noche.
Después de cuatro horas sin dormir por culpa del viento y el silencio, un silencio ensordecedor, enciendo la televisión en mi suite.
Me despierto tres horas más tarde con un publirreportaje en el que veo que venden escaleras.
Tras darme una ducha, todavía somnolienta, he hecho café y he abierto el grueso archivador con instrucciones de mi madre, el cual he colocado al lado de los preciados libros de cocina y la tabla de cortar.
Noto el pecho convertido en un nudo. Todo es tan… ella. El papel floral del bloc de notas. La caligrafía fina en cursiva. La tinta del rotulador que aún no se ha difuminado por los bordes, como si lo hubiera escrito ayer.
Hojeo las fundas protectoras arrugadas llenas de documentos y encuentro números de teléfono, una lista de tareas diarias, información para reabastecer los productos de limpieza y una carta.
«Querida Sara…».
La respiración se me bloquea en la garganta mientras cierro de golpe el archivador.
«Sara».
Entiendo por qué mi hermana heredó el orgullo y la felicidad de mi madre. Su personalidad dicharachera encaja a la perfección con la hospitalidad.
Yo soy una mujer pragmática, no la hija divertida.
Sé quién soy. Y me enorgullezco por ello.
He desarrollado una carrera en publicidad de la nada.
He sido la primera mujer en llegar a supervisora dentro de mi departamento y la primera jefa de publicidad en nuestra compañía.
He trabajado muy duro para alcanzar un puesto en el que los demás actúan como les digo.
Sara heredó el gen despreocupado y optimista de mi madre. Incluso la ayudó a elegir esta propiedad. Yo no me enteré hasta mucho después de que la hubiera comprado y su firma se hubiese secado.
Cierro los ojos. «Solo necesito seguir con esto hasta que Sara se gradúe. Ya está».
Vuelvo a introducir un dedo en el archivador y lo abro, ignorando la página con la carta.
Encuentro un papelito con los números de los departamentos de publicidad de diferentes periódicos.
Suspiro con una sonrisa. Bien. Ese es mi fuerte.
Puedo ocuparme de esto por la tarde. Giro otra página y llego a la lista diaria de cosas por hacer.
—Empezaremos por aquí —digo al vacío, ocupado solo por Rocket y por mí.
El perro se estira sobre el felpudo de la puerta trasera y me mira como si dijera, perezoso: «Tú empezarás por ahí. Yo voy a echarme una siesta».
Me coloco unos guantes amarillos de goma hasta los antebrazos y froto cada superficie. Lanzo todas las sábanas y fundas de almohada por el conducto de lavandería de la planta superior, paso la aspiradora, quito el polvo y toso.
Hace tres meses, estaba en mi enorme despacho, en un lugar relevante. En ese entonces, nunca me habría imaginado que ahora estaría metiendo el brazo hasta el codo en un retrete mientras el perro de mi ex me mira y pestañea desde el umbral del baño. Rocket se está riendo por dentro, lo noto.
A la hora de comer, abro la ventana de mi dormitorio y permito que la brisa otoñal del exterior se filtre en la estancia. Me dejo caer en la cama. Los muelles del colchón chirrían, como si gimieran de pena. O quizá haya sido yo quien ha hecho ese ruido.
«Querida Sara».
Giro la cabeza para apoyar una mejilla en la colcha y observo el reloj.
Faltan tres horas para que lleguen los primeros huéspedes y apenas he mirado la reserva o las instrucciones sobre cómo registrar su visita.
También debo llamar a la oficina en Seattle cuando se despierten. No tengo tiempo de descansar.
Sentada, miro por la ventana y advierto que la de los Burke está abierta de par en par. Cliff deambula por la cocina y me quedo paralizada. Rápido, me pongo en pie y cierro la ventana.
No es que me desagraden mis nuevos vecinos. La más pequeña, Brittany, ya tiene a Rocket comiendo de su mano. La adolescente, Emily, es divertida y sarcástica. Y Carol, su tía…, bueno, es un desastre, pero me recuerda a mi hermana en sus días malos. Las mujeres no son el problema.
Es su hermano quien no deja de flotar por mi mente: Cliff Burke, con sus manos cubiertas de venas que se pasa continuamente por el pelo moreno y descuidado. Cliff Burke, con su sonrisa torcida y su risa grave. Cliff Burke, que no entiende lo que es el espacio personal.
Me desprendo de la sensación inquietante que sentí en las manos, las ascuas de esas chispas cálidas que me hormiguearon en la piel cuando me tocó ayer una, dos, quién sabe cuántas veces.
Los dedos con los que me rodeó la cintura.
El aliento en mi oreja al estabilizar los platos tambaleantes entre mis manos.
El cuerpo sólido contra mi espalda cuando choqué con él.
El teléfono de la mesilla suena y me pongo en pie de un salto antes de descolgarlo.
—Bird como si lo hubiera ensayado y estuviese siguiendo una lista de pruebas a las que someterme.
Quería la ventana abierta, más mantas o una recomendación de cuál era la mejor ruta hacia la plaza del pueblo, donde se celebra el festival otoñal.