Capítulo 3. Cliff #2
No mucho después, estamos en el comedor con la sopa y unos sándwiches sobre el mantel.
Las cucharas repiquetean contra los boles y Brittany sorbe el caldo, sonido que retumba por la sala.
Emily tenía razón. Nunca comemos aquí y hay motivos para no hacerlo: la mesa de caoba, el juego de sillas con estructura rígida y asiento mullido y las fotos de playas con marcos de bronce son reliquias de la decoración de mi exmujer.
Preferimos nuestro rincón de la cocina, macerándonos en la calidez persistente del horno y con Emily como nuestra DJ particular que pone música con el radiocasete portátil.
—Bueno —comenta Carol—, Michelle, ¿qué te está pareciendo Copper Run de momento?
—Llevo aquí solo una hora.
—¿Una hora? —Carol la mira, boquiabierta.
—La he secuestrado —bromeo, despreocupado.
—¡Y yo! —añade Brittany.
—¿Ahora el hotel es tuyo? —interviene Emily, cruzando las piernas sobre la silla.
—No —responde Michelle, hundiendo la cuchara en la sopa anaranjada—, me quedaré solo hasta después de Navidad.
—¿Cuándo llegarán tus primeros huéspedes? —pregunta mi hija mayor.
Chasqueo la lengua y digo entre dientes:
—¿Qué he dicho sobre interrogarla?
—Mañana —contesta Michelle.
Me quedo paralizado.
—Espera, ¿solo tienes un día para aprender todos los tejemanejes de dirigir ese sitio?
—Pensaba que no la estábamos interrogando —musita Emily.
—Aprendo rápido —interviene Michelle con las cejas arqueadas de nuevo. Me gusta la manera en la que rozan las puntas de su pelo marrón. Casi con delicadeza—. No quería cancelar su reserva en el último momento.
—Papá te puede ayudar —canturrea Brittany antes de sorber la sopa—. Lo prometió.
—Por supuesto —concuerdo—. Nos llevábamos muy bien con tu madre —le explico—. Los arbustos no eran suficientes para mantener alejada a esta cría. —Le revuelvo el pelo a Brittany, meciéndole la coleta—. Tu padre y ella se vieron obligados a soportarnos.
—Mi madre era una persona muy generosa —rememora Michelle. Suele ser una frase que va acompañada de una sonrisa melancólica, el eco de un recuerdo bonito de la infancia, pero ella solo tuerce una comisura de la boca ligeramente. No es terrible, pero algo lo mancilla.
—Me lo creo —contesto, escéptico.
Carol suspira.
—Le encantaba este pueblo.
—Birdie ganó el concurso de disfraces del año pasado —suelta Brittany.
—Ah, sí —dice Emily—. Se vistió de Freddy Krueger. Estaba impresionante.
—¿Has conocido ya a Lisa y George? —intervengo.
Michelle niega con la cabeza.
—¿Quiénes son?
—Buenos amigos de tus padres —le aclaro—. Y unos plastas.
—George y Cliff se pelean como el perro y el gato —finge susurrarle Carol a Michelle con una sonrisa.
—Quizá, si no pidiera dulces recién horneados por la tarde, no tendría que hacerlo —me defiendo sin molestarme en murmurar.
Bajo la mesa, oigo a un perro inhalar, seguido del sonido de babas y unos dientes que rechinan. Aparto el mantel floral y me quedo paralizado al ver a mi hija dándole pedazos de su sándwich al border collie . Le lame las migas restantes de los dedos.
—Britt, no le des de comer al perro.
A Michelle las mejillas se le tornan de un profundo carmesí cuando ella también mira bajo la mesa.
—¡Rocket! —sisea—. Pórtate bien.
El perro, de nuevo, no presta atención a su dueña. Michelle se acaricia el interior de la mejilla con la lengua. Nuestros ojos se encuentran bajo la mesa.
—Le gusta ignorarme —me explica.
Carol suelta una carcajada.
—Perdona —se disculpa—. Me ha hecho gracia que un perro tenga tanto carácter.
De repente, suena el teléfono de la cocina. Todos nos tensamos, incluido yo, y Michelle pasea los ojos por nosotros.
—No contestamos al teléfono mientras cenamos —le explico.
—Pero quizá sea Josh —gime Emily.
«O Tracy, que por fin está llamando para hacer su comprobación semanal de que las niñas están bien».
Me obligo a sonreír.
—Entonces, estoy deseando oír lo que tiene que decir. Así nos ahorramos tiempo.
—Eres muy cruel.
—Y tú muy suertuda.
Emily suelta un bufido de indignación, pero solo tengo oídos para cada tono del teléfono. Quiero contestar, pero sería hipócrita por mi parte levantarme ahora. Podría dejar un mensaje, pero ¿lo cogerá si le devuelvo la llamada?
Otro tono.
Por fin, un clic, seguido de mi voz amortiguada.
—Has contactado con Cliff, Emily y Brittany —dice mi yo del contestador—. Deja tu nombre y número después de la señal y ya te llamaremos. —Luego, un coro de tres voces, Emily, Brittany y yo, dice—: ¡Aaadiós!
Se oye la señal. Todos inhalamos.
—Ah, hola. Soy Josh.
Los suspiros recorren la mesa.
—Buscaba a Emily. Eh… —Mi hija se tensa en la silla, expectante, mientras Josh continúa despacio—. Sí, llamaré más tarde, supongo.
Decidí hace semanas que Josh era, sin duda, un bollo relleno de higo. Seco y aburrido. Cuelga al otro lado de la línea y le dedico a Emily una mirada de soslayo.
—Parece majo —comenta Carol.
Emily se muerde el labio inferior.
—¿Puedo irme? ¡Porfa!
No estoy de humor para discutir, por lo que asiento.
—Pero menos de una hora al teléfono, ¿eh? Y, si oyes que alguien más está llamando, me lo pasas.
Antes de que termine la frase, Emily ya está en pie y desapareciendo por la puerta de la cocina con su plato.
Hago una mueca.
—Bueno…
—Yo también debería irme —anuncia Michelle—. Gracias por la cena. Estaba muy buena.
Es mentira. La sopa de Emily era espantosa, pero Carol y yo esbozamos una sonrisa cortés.
Arrastro la silla para alejarme de la mesa.
—Te acompaño a la salida.
Cruzamos la cocina y pasamos junto a Emily, quien ya tiene el auricular del teléfono pegado a la oreja. Abro la mosquitera con un chirrido y dejo que pasen Michelle y su perro. El aroma a ámbar de su pelo me envuelve una vez más. Me inclino contra el marco.
—Gracias por soportarnos. Y lo siento. Queríamos mucho a tu madre.
—Te lo agradezco —dice, y la creo.
—¿Sabes? Le prometí a Birdie que te ayudaría. Bueno, a Sara, pero a ti también.
Arquea una ceja. No puedo evitar soltar una carcajada.
—¿Qué?
—Me irá bien —contesta, desviando la mirada—. Pero gracias. Solo necesito aguantar hasta diciembre.
«Interesante». Su aversión a este pueblo me recuerda a la de mi ex. Las personas, los árboles, las hojas… Creía que todo el pueblo, incluida la naturaleza, conspiraba contra ella.
—Copper Run no está tan mal —añado, inclinando la cabeza hacia un lado—. ¿Birdie te dejó directrices?
—He encontrado un archivador, aunque no lo he leído todavía. Esperaba revisarlo esta noche, pero…
Me echo hacia atrás, chasqueando la lengua.
—Ah, culpa mía otra vez.
—No pasa nada.
Sigue sin sostenerme la mirada y, por voluntad propia, mis ojos la recorren de arriba abajo. Por alguna razón, que esté molesta conmigo la vuelve aún más atractiva. Le sienta bien el rubor en las mejillas.
Asiento despacio.
—Bueno, ha sido divertido.
Vuelve a centrar los ojos en mí y creo intuir en ellos una pizca de humor.
—Mucho.
—Supongo que nos vemos mañana.
—Espera, ¿por qué?
Ahora me toca a mí sentirme aturdido.
—Para… ¿el desayuno? ¿En el hotel?
—¿Por qué? —repite, esta vez de manera más directa.
Suelto una carcajada.
—Bueno, por lo general, suelo pasarme cada mañana a dejar los dulces.
Me pregunto qué dulce le gustará. Y si su cuello olerá a azúcar caramelizado. Quizá su favorito sea algo obvio, como la crème brûlée , aunque con un toque elegante, con azúcar caramelizado de verdad, pero algo me dice que no es tan simple.
—¿Hay dulces todas las mañanas? —pregunta.
—Para desayunar, sí. Soy el pastelero de por aquí —bromeo, forzando un acento falso—. A Birdie nunca se le dio demasiado bien la repostería, por lo que… —me interrumpo ante su confusión.
Michelle contempla el bed and breakfast vacío a través de la espesura de arbustos. Nunca he visto a una persona pensar tan alto.
—¿Estás bien?
—Sí —afirma, volviendo a la realidad con un pestañeo—. Tengo mucho que aprender.
—Lo he dicho en serio: le prometí a Birdie que ayudaría —insisto.
Niega con la cabeza.
—No lo necesito.
—No es una propuesta, es el cumplimiento de una promesa. Al menos, deja que te ayude durante las dos primeras semanas.
—En serio, no…
—Entonces, al menos, deja que te pase alguna receta.
Asiente.
—Muy bien.
—Muy bien.
—Gracias de nuevo por la cena.
—Vuelve cuando quieras.
Mientras se aleja, tras darse un golpecito en la cadera para que el perro la siga, paseo los ojos hasta su dedo desnudo una vez más.