Un otoño para ser feliz Capítulo 3. Cliff
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Capítulo 3. Cliff

CLIFF

Michelle entra en mi cocina con cautela, como si la hubiera invitado a cenar Satán en el mismísimo infierno. Y juraría que el border collie que la sigue está dispuesto a robarme el tridente.

—¡Perrito! —Brittany pasa corriendo a mi lado.

Extiendo la mano, pero se escapa fuera de mi alcance, por lo que no logro atraparla por los tirantes a tiempo. Cuando mi hija se detiene ante el animal, este se sienta sobre las patas traseras en el suelo de baldosas.

—Rocket, sé majo —le ordena Michelle.

El perro tensa las orejas, pero no se digna a girar la cabeza. Su dueña permanece parada junto a la puerta, con la espalda recta y los brazos cruzados. El pintalabios carmesí coincide con el color de sus uñas, con las que tamborilea, ansiosa, sobre el hueco del codo.

La recuerdo del funeral de Birdie. No ha cambiado nada. Parece segura. Imponente. Tensa. Y también sola. Estudio su cuarto dedo en busca de un anillo. Desnudo.

«¿Cómo?».

Había asumido que estaba casada con el hombre igual de estirado que estuvo a su lado en el funeral. Aunque, bueno, lo golpeó y el impacto resonó por toda la capilla. Ahí definitivamente no había amor.

—Cómo mola —susurró Emily después.

El drama evitó que mi hija llorara durante unos segundos, así que debo darle las gracias a Michelle por eso.

La mujer abre los labios al pasear la vista por la cocina.

Sigo su línea de visión. Nuestra casa no tiene nada especial.

Es probable que haya demasiados imanes en la nevera, que sujetan deberes con buena nota, dibujos hechos con los dedos y fotos satinadas manchadas de huellas.

La barra del desayuno está llena de libros y cartas, y en el aparador se apila la colección de CD de Emily.

Pero Michelle contempla la estancia como si fuera una maravilla.

Yo también me siento así. Hay muchas mujeres guapas en Copper Run, pero no recuerdo la última vez que vi a alguien tan impresionante como ella.

Incluso ahora, sin el vestido negro del funeral, ataviada con un conjunto mucho más casual (aunque también negro), Michelle invade el espacio.

El pelo moreno, que le cae sobre los hombros, es tan liso que parece salido de un catálogo.

Los ojos, de un marrón más claro, se resguardan a la sombra de unas largas pestañas oscuras.

Sí, tiene unos rasgos delicados; con una mandíbula curva, unos pómulos finos y unas mejillas rosadas y suaves, pero esa sutileza contrasta con la intensidad de las cejas arqueadas y los labios voluminosos, convertidos en una única línea.

—Deja que lo adivine.

Michelle pestañea.

—¿Qué vas a adivinar?

—La ciudad —continúo—. Tiraría por Baltimore.

—¿Qué?

—De dónde eres. ¿Boston? —Entorno los ojos—. No…, Seattle. Trabajas en Washington, de donde es tu madre.

Se queda callada durante un segundo antes de confirmarlo:

—Sí, Seattle.

«Parece una chica de ciudad».

Reprimo una sonrisa de satisfacción y digo:

—Emily, ¿cómo va la sopa?

—Voy a añadirle un extra de calabaza por ti.

Un escalofrío me recorre la espalda y lo exagero para dejar clara mi opinión. Brittany sonríe, radiante, en el suelo, paseando las manos por el pelaje blanco y negro del perro.

Michelle se acerca a la ventana sobre el fregadero y abre con dos dedos las cortinas de volantes.

—Se ve mi dormitorio desde aquí —comenta.

—A Birdie le gustaba montarnos un espectáculo.

Desvía los ojos hacia los míos. Me echo a reír.

—Era broma.

Entonces, advierto que quizá haya sido insensible por mi parte.

Sin embargo, sé que a Birdie le habría hecho gracia.

¿A su hija? Es evidente que su sentido del humor es más serio.

Su actitud impávida y su esmalte oscuro son muy diferentes a las líneas de expresión y los vestidos florales color pastel de Birdie Cadell.

Cruzo la cocina hacia la alacena.

—Entonces ¿te vas a encargar del bed and breakfast de tus padres?

Abre la boca para responder, pero Emily la interrumpe:

—Espera, ¿eres hija de Birdie?

—Sí —contesta Michelle.

Enseguida, Emily frunce el ceño.

—Siento lo de…, ya sabes.

Creo intuir que Michelle traga saliva.

—No pasa nada.

—¿Qué tal está el señor Cadell? —continúa Emily.

—Mi padre vivirá con mi hermana en la residencia universitaria por el momento.

—Ah… —Las palabras de Emily se apagan.

Mentiría si dijera que yo no me siento igual de desilusionado.

El marido de Birdie era una presencia tan habitual como su mujer.

Sí, no hablaba demasiado, pero lo compensaba con sus acciones.

Esperaba a Brittany en la parada del autobús cuando me retrasaba en la pastelería, hacía parrilladas en verano y se sentaba con nosotros en el porche por las noches.

Una mirada a Michelle es suficiente para que recuerde que, aunque nosotros hemos perdido a nuestros vecinos, ella ha perdido a su madre. No es lo mismo. Ni de lejos. Cuando Michelle vuelve a desviar la atención, deambulo hasta los fuegos y me inclino hacia Emily.

—Oye, no la interroguemos, ¿vale? —susurro.

—Pero lo acabas de hacer.

—Sí, pero yo soy un capullo y tú no, peque.

Abro el armario sobre mi cabeza y saco varios platos. Michelle de repente cruza las baldosas de la cocina con un pequeño repiqueteo de sus zapatos negros y extiende una mano.

—Entonces ¿vas a ocuparte de la temporada más ajetreada tú sola? —continúo como si nuestra conversación no hubiera sufrido una pausa incómoda.

—Me las arreglaré —asegura, haciéndome una señal con las manos.

Sonrío mientras paseo los ojos de su mano a su cara.

—Eres nuestra invitada. No voy a permitir que pongas la mesa.

Vuelve a hacer el mismo gesto, contradiciéndome en silencio. Con lentitud, ensancho la sonrisa antes de situarle los platos en las manos.

—Muy bien, vale. Gracias.

—¿Dónde los coloco? —pregunta.

Hago un gesto con la cabeza al comedor, al otro lado de una puerta cerrada.

—Cenaremos allí.

No puedo dejar de mirarla y de sonreír de oreja a oreja. Es tan valiente y audaz.

Emily suelta una risita.

—Nunca nos sentamos en el comedor.

—Bueno, ahora tenemos una invitada, ¿no? —rebato.

—Entonces ¿en el comedor? —pregunta Michelle.

—Sí, por ahí.

Sin embargo, antes de que pueda encaminarse a la puerta, esta se abre hacia nosotros.

Michelle está a punto de chocar con ella, por lo que se tambalea hacia atrás y le coloco una mano en la parte baja de la espalda, además de apoyar la otra sobre la que tiene bajo los platos tambaleantes para equilibrarlos.

No se trata de una vajilla demasiado especial, pero son los únicos que tenemos.

Carol emerge del umbral y vacía el monedero en la barra de desayuno.

—Como tu amigo Lars vuelva a pasarse por la pastelería, preguntando por ti cuando sabe que no estás para poder… Ah, hola.

Mi hermana se queda paralizada al percatarse de la extraña que hay en mi casa.

Tarda lo mismo que yo en ser consciente de que estoy tocando a dicha extraña.

Así de cerca, capto el toque a ámbar y clavos que emana de su pelo.

No, azúcar caramelizado. Con el tiempo, como pastelero, muchos olores acaban resultándote empalagosos, pero el azúcar caramelizado nunca pasa de moda.

Doy un paso atrás y señalo a mi hermana con la mano.

—Carol, esta es Michelle, la hija de Birdie. Se ocupará del hotel. Michelle, esta es mi hermana. Vive en un estado constante de angustia.

Carol extiende una mano hacia Michelle.

—Y ese es mi hermano. Un capullo. Pero me alegro de conocerte.

—Lo mismo digo —saluda Michelle, estirando la mano libre para estrechársela.

Se le curvan las comisuras de los labios. Creo que es la primera sonrisa que le he visto esbozar. Le devuelvo el gesto, aunque la suya no está dirigida a mí.

—Se me ha olvidado presentarte a todas —advierto, al tiempo que me paso una mano por el pelo—. Esta es Emily. —Le rodeo los hombros con el brazo—. Está estudiando Economía doméstica. Por eso se encarga de cocinar.

Emily me clava la cuchara de madera en el pecho.

—En realidad, es un misógino. De los grandes.

—Enorme —concuerdo, sarcástico—. Debe aprender cuál es su sitio antes de que sea demasiado tarde.

Emily suelta una carcajada, pero Carol me amonesta con un:

—Por Dios, Clifford.

—Y esa es Brittany.

Mi hija está tirada en el suelo junto al perro, demasiado cerca de su boca. «Mierda». El latido de mi corazón triplica su velocidad habitual.

—Oye, Britt Britt, retírate un poco, ¿vale?

Embelesada, sin interrumpir su contacto visual, Brittany se aparta un milímetro.

—¿Cuántas hermanas tienes? —pregunta Michelle.

—¿Por qué? ¿Te quieres quedar alguna? —bromeo—. En realidad, estas son mis hijas.

Durante un momento en el que, si hubiera pestañeado me lo habría perdido, Michelle centra los ojos en mi anular. Reprimo una carcajada. «No vas a encontrar ningún anillo ahí». Ni siquiera una circunferencia veraniega sobre el bronceado.

Emily golpea la cazuela con la cuchara de madera.

—Muy bien, listo. Con tropezones extra de calabaza. Solo para ti, grandullón.

Abro la nevera.

—No estoy preparado. ¿Cómo me has adelantado?

—Te has distraído —me acusa.

Señalo a Michelle con la mano, con la palma hacia arriba.

—¿Siendo cortés con una vecina?

La mujer arquea una única ceja, como si dijera: «No me uses como excusa». Me río ante el pequeño toque humorístico.

—Encenderé la tostadora —concluye Carol, quitándose la chaqueta y colgándola en el perchero de la puerta junto a otra diminuta, de Britt.

Mi familia y yo nos movemos por la cocina, dándole los últimos retoques a la cena.

Michelle desaparece por la puerta con los platos.

Cuando vuelve, abre un cajón al azar hasta que encuentra los utensilios.

Los coge sin mediar palabra y sonrío. No le gusta permanecer con los brazos cruzados. Lo respeto.