Capítulo 2. Michelle #3
El hombre inclina la cabeza hacia un lado y unos mechones de pelo se le deslizan ante los ojos por el movimiento.
—Llevo tiempo queriendo conocerte —suelta—. Eres Sara, ¿no?
Por alguna razón, la frase me vuelve a poner los nervios de punta.
—No —contesto—. ¿Y cómo sabes…?
—Birdie me dijo que su hija vendría a…
—Soy la otra.
—Que se iba a ocupar de…
—Voy a encargarme del…
Se produce una pausa en la que, por fin, ninguno de los dos habla sobre el otro.
Exhalo.
—Ahora soy yo la que dirige el hotel.
Entorna los ojos.
—¿Y no te llamas Sara?
—No, soy la otra hija.
Arquea las cejas y esboza una sonrisa.
—Claro.
Nuestro concurso de miradas se ve interrumpido por un fuerte grito ahogado en su parte de los arbustos.
—No. Me. Digas. ¿Estás cerca de un perro? —La adolescente que he visto en la ventana de la cocina cruza el jardín, los cordones desatados de sus Converse repiquetean sobre la acera.
—Se me permite estar cerca de un perro —replica el hombre con una carcajada. Es la clase de risa que parece haber estado cosquilleándole los labios todo el tiempo, como si perteneciera a esa pequeña cicatriz que tiene cerca de una de las comisuras de la boca.
—Odias a los perros —insiste la adolescente.
El hombre suelta un bufido.
—No odio a los perros.
Entonces, la chica centra los ojos en mí.
—¿Quién es?
—Lo estoy averiguando. ¿Te importaría llevarte a Britt dentro?
—¿Va todo bien? —se preocupa.
El hombre sonríe. Sus expresiones al mirar a estas niñas desprenden demasiada ternura.
—Sí. Id dentro un segundo.
—Pero acabo de salir.
—Y te lo pasarás igual de bien en el camino de vuelta al interior —le asegura, moviendo la fiambrera por el asa—. Disfruta del crujido de las hojas y el aire fresco.
La adolescente pone los ojos tan en blanco que le desaparecen los iris, aunque acompaña el gesto con una sonrisa.
Estira una mano.
—Vamos, Britt Britt.
La niña se pone de pie y se despide de Rocket con la mano.
—Adiós, perrito.
Rocket se rebela, como si quisiera seguirlas, pero continúo sujetándolo por el collar.
Cogidas de la mano, la cría y la chica cruzan la puerta trasera, no sin antes lanzarnos un par de vistazos. Luego, desaparecen por la mosquitera.
—La adolescencia… —musita el hombre con la sonrisa torcida.
Me devuelve la mirada. No me había dado cuenta de lo cerca que estaba. Se inclina hacia delante para apoyar el antebrazo en la valla, tan próximo a mi hombro que noto la calidez de su mano. No debe de entender lo que es el espacio personal, pero me niego a moverme la primera.
—No me has dicho tu nombre —observa.
—Michelle —contesto.
—Cliff —responde, extendiendo la mano—. Cliff Burke.
La acepto. Su palma es más grande que la mía y tiene una quemadura sonrosada y pálida en el dorso.
Su apretón es firme, a la par que delicado, aunque no lo bastante flojo como para que sea insultante.
No lo hace con la mitad de la mano, como si fuera frágil, sino como un igual, un equilibrio que pocos hombres de mi compañía alcanzan.
—¿Y por qué no ha venido Sara? —cuestiona aún sin apartar la mano de la mía.
—¿Qué?
—Es verdad. Es una pregunta muy personal.
Y sigue estrechándome la mano.
—¿Te refieres a por qué no se va a encargar mi hermana? —pregunto.
—Sí.
Sigue estrechándome la mano.
—Está ocupada —replico.
—¿Y tú no?
—Ahora no.
La sonrisa traviesa de Cliff vuelve a aparecer.
—¿Qué significa eso?
—Quería encargarme yo —miento.
Suelta un bufido.
—No es verdad. ¿Por qué lo has hecho?
Es demasiado perspicaz, lo que hace que mis terminaciones nerviosas estallen en llamas cuando escupo:
—Porque está claro que mi madre no puede.
Solo cuando deja de moverse me doy cuenta de que seguimos estrechándonos la mano. Arquea las cejas y la vergüenza me recorre la columna vertebral.
—Lo siento —musita.
Cierro los ojos con fuerza y suspiro.
—No, perdóname tú a mí —contesto—. Ha sido un día largo.
Abro los ojos otra vez para estudiarlo y descubro que me está dedicando de nuevo esa sonrisa torcida y juvenil. Se me contrae el pecho.
—Ya me imagino. —Centra los ojos en nuestras manos unidas y añade—: ¿Me vas a soltar tú o lo hago yo primero?
A toda prisa, aparto el brazo y él observa el movimiento con esa molesta sonrisa en el rostro.
—Encantada de conocerte.
Retrocedo, con Rocket a mi izquierda, y me da la impresión de que el perro mira a Cliff de soslayo. Me descubro haciendo lo mismo.
—Lo mismo digo, Michelle. —Pero, cuando me estoy girando para marcharme, grita—: ¿Y si vienes a casa a cenar?
Me detengo en el sitio y doy media vuelta.
—¿Qué?
—Sí —insiste—. Una gran bienvenida al vecindario. Es lo que se suele hacer por aquí.
—Es…
—Créeme, será divertido. —Deja escapar un suspiro sin abandonar la sonrisa—. Y seguro que acabarás conociéndonos, sobre todo si Britt está por medio. No le cuesta nada hacer amigos. —Antes de que pueda negarme, se gira y grita hacia la mosquitera—. Emily, pon la mesa para una persona más.
—No tienes que…
—No es ningún problema. De todas maneras, no tienes comida, ¿no?
Miro a Rocket, el animal centra los ojos en mí. «Shelly, ¿qué diablos?».
Como si estuviera ensayado, el estómago me gruñe. Cliff baja los ojos antes de volver a centrarlos en mi cara. Acompaña la sonrisa engreída con unas cejas arqueadas.
Dado que no veo otra opción, confirmo:
—Claro.