Capítulo 2. Michelle #2
«Quiero estar aquí», debo recordarme. Me siento en el borde de la cama y entrelazo los dedos. «Lo he elegido yo».
—No tienes por qué hacerlo —me ha dicho Sara antes de irme, presionándose mi bolso contra el pecho como rehén—. Puedo posponer la graduación.
Con delicadeza, se lo he arrebatado.
—Sara, si hablamos del tema una vez más, en lugar de ocuparme del bed and breakfast , lo quemaré.
—Te prometo que me mudaré en cuanto acabe —no ha tardado en asegurarme.
—Lo sé. Pero, hasta entonces, yo me encargo.
Lo que no le he contado a Sara ha sido lo de la excedencia que he pedido en el trabajo. No tiene por qué enterarse.
Sara ha sonreído.
—Ya tengo todo el discurso preparado. No me subestimes. —Se ha quedado callada un momento antes de añadir—: En serio, tienes un trabajo en publicidad superadulto. Y una vida superadulta.
—Y ya está todo bien atado.
He mirado hacia el salón. Mi padre estaba sentado en el sillón reclinable con los pies cubiertos por los calcetines sobre el reposapiés extendido.
—Cuida de él, ¿vale?
Sara ha esbozado una mueca divertida.
—En nada estará de fiesta con los críos de la universidad.
Le he devuelto una débil sonrisa. Entonces, ha tirado de mí para abrazarme y me ha susurrado:
—Llámame una vez a la semana. Como mínimo.
Mi madre le dejó el hotel a Sara, pero a mi hermana pequeña le queda un semestre para acabar la escuela de arte y ya se ha tomado un par de años sabáticos.
Mi padre apenas puede salir de la cama, mucho menos dirigir el negocio de ensueño del amor de su vida.
Por eso, estoy haciendo lo de siempre: lo que hay que hacer.
Eso significa encargarme de este sitio hasta que Sara se gradúe en diciembre.
Mi compañía me ha dado un pequeño permiso, quizá porque se sentían mal por lo de mi madre y el divorcio, pero sobre todo porque debían hacerlo. Nadie sabe hacer mi trabajo igual que yo.
Suponía que se produciría el caos si me marchaba y ya me han llegado tres mensajes al busca por ello.
Mi compañía ha puesto a Mark a cargo de mi cliente principal.
Ha sido una decisión horrible porque es tan competente como una bolsa de papel mojada, pero su hándicap en golf es trece y eso es lo único que importa.
Oteo a través de las ventanas cubiertas por cortinas de encaje a mi izquierda. «Genial». Mi habitación está justo enfrente de la cocina de mis vecinos, donde una adolescente con el pelo rubio y enmarañado baila ante el fregadero con la música ensordecedora que he escuchado antes.
Cierro las cortinas y deshago la maleta, metiendo de forma pulcra las prendas en los cajones y colgando las camisas más bonitas en el armario.
Entonces, me detengo cuando veo que solo cuento con una barra de madera.
Colgado de una percha en un extremo hay un bolso morado de cuero con cierre de beso.
Paso los dedos por la larga correa regulable.
Los vestidos bohemios de mi madre iban a juego con el estilo de Sara, pero a veces su gusto también se solapaba con el mío. Solo a veces.
Dejo el bolso en la cama y traspaso el maquillaje y el monedero del mío, más grande, a este. Tampoco voy a necesitar uno tan voluminoso.
Vuelvo a la cocina y me preparo un café vespertino. A medida que la cafetera borbotea, rebusco en los armarios, donde encuentro tazas agrietadas y sacos de harina arrugados. Tengo que ir de compras.
Tras hacerme el café, subo las escaleras y estudio las habitaciones de los huéspedes y los armarios empotrados del pasillo.
Luego, me dirijo de nuevo al salón y la recepción, tratando de familiarizarme con el lugar.
En el mostrador, encuentro un archivador negro.
En la funda transparente de la cubierta hay un papel amarillento con la caligrafía elaborada de mi madre.
Información sobre Bird & Breakfast
Me lo llevo a la cocina con el café a la vez que lanzo miradas a la puerta trasera, esperando ver la cara aburrida de Rocket.
Sin embargo…, en un extremo del jardín, una niña ha metido los brazos entre los piquetes de la valla y rodea con ellos el pelaje negro y blanco de Rocket, que tiene el hocico escondido en su cuello. La cría chilla.
«Ay, Dios mío».
Dejo a un lado el archivador y el café, y cruzo a toda prisa la puerta trasera.
—¡Rocket! —grito.
El corazón se me acelera y los nervios me forman un nudo en la garganta. Sé que no le hará daño. Es cabezota y no hace caso a nadie, pero no es violento.
«No es violento».
Mis mocasines de suela gruesa levantan las hojas caídas y las hierbas muertas.
Tiro de su collar para apartarlo. Solo cuando los he separado, advierto que la niña no está gritando, sino que se está riendo.
Su preciosa nariz chata se arruga por una carcajada incontrolable.
El pelo rubio y rizado, recogido en una coleta y con un par de brillantes horquillas en forma de mariposa, se le mueve cada vez que respira.
—¡Le gusto! —exclama.
La puerta de un coche se cierra, atrayendo mi atención hacia la camioneta roja que permanece al ralentí en el camino de entrada de mi vecino.
Unas botas pesadas repiquetean sobre la acera.
Entonces, alguien se abre paso entre los rosales que separan el pequeño aparcamiento del hotel de la casa de mis nuevos vecinos.
—¡¿Brittany?!
Al otro lado de la valla emerge ante mí el hombre más preocupado que he visto nunca. Con las cejas oscuras fruncidas y las comisuras de la boca hacia abajo en una línea fina exagerada y temblorosa.
Siento como si me hubieran pillado haciendo algo malo, aunque no sé por qué.
—¿Qué pasa aquí? —pregunta, y su voz, antes trémula, desprende nerviosismo. Los mechones de pelo moreno le sobresalen allí donde los han atrapado las ramas de los árboles, e incluso parece haberse subido a toda prisa las holgadas mangas de la camisa de franela naranja sobre los antebrazos venosos.
La mirada del hombre por fin se encuentra con la mía y, de repente, siento que los zapatos se me han anclado al suelo. El estómago me da un vuelco y aterriza en el barro. Es el hombre del funeral de mi madre.
La misma sensación, la de unos ojos que me ven y se quedan bloqueados en los míos, me sobrepasa de nuevo. Tras sostenerme la mirada, la pasea sobre mí, de mis mejillas a mis labios y, más allá, al puño con el que sujeto el collar de Rocket.
Ahora que estamos más cerca, veo que sus iris son de color azul claro, el recuerdo de un día de verano sin una nube.
Luminosos. Felices. Nada parecidos al día encapotado que hace hoy, casi con un filtro sepia por todas las hojas caídas.
Unas suaves pecas le cubren el puente de la nariz, que tiene un poco torcido, como si le hubieran dado un puñetazo en algún momento de su vida.
Una pequeña cicatriz desvaída le adorna el labio superior, lo que quizá confirme mi teoría.
No obstante, más allá de eso, tiene las mejillas afeitadas y una ligera curva en la boca que es tal y como la recordaba.
Atractiva. Como si estuviera a punto de echarse a reír.
—Es muy suave.
Los dos fijamos los ojos en la niña, quien estira los brazos por la valla hacia Rocket. Tiro del collar a la vez que el hombre se lanza hacia delante y atrapa a la niña por los tirantes del peto antes de elevarla en el aire. La pequeña suelta un río incontrolable de carcajadas.
Mi vecino la gira para colocarla frente a él.
—¿Qué te he dicho sobre acariciar perros que no conoces?
—Que no lo haga —contesta todavía entre risas.
El hombre inclina la boca en una sonrisa perezosa. Su labio inferior se curva hacia un lado más que el otro y revela un ápice de unos dientes blancos y rectos. La pequeña arruga se le marca aún más cuando suelta una carcajada.
—Exacto. —Con cuidado, la deja en el suelo y, en broma, le dice—: No te muevas, Toby.
Vuelve a centrar los ojos en los míos, paralizándome de nuevo.
—¿Sabes? —comienza, pasándose una mano por el pelo—. No sé cómo gestionar que alguien intente raptar a mi hija.
—¿Qué? —La palabra se me escapa con más brusquedad de la que pretendía.
—¿Debería denunciaros a ti y a tu… —pasea los ojos hasta Rocket— perro guardián?
Esboza una sonrisa. «Es una broma. Está de broma».
Atónita ante esta escena en la que de repente me encuentro hablando con un vecino, lo que no entraba en mis planes para hoy, respondo:
—No le suele gustar la gente.
El hombre chasquea la lengua y entorna los ojos, juguetón.
—Por alguna razón, no hace que me sienta mejor.
Cierro los ojos y me estremezco por mis palabras antes de asentir.
—Sí, acabo de darme cuenta.
Suelta una carcajada mientras la niña estira de nuevo los brazos.
—¿Puedo acariciarlo?
Rocket se acerca a ella, olfateando el aire. «¿Puedo olerla?».
Por fin, advierto las migas que se intuyen en el bolsillo del peto de la niña y suspiro.
—Debe de llevar comida. Por eso la está olfateando.
—Ah. —El hombre se acerca cada vez más, un paso tras otro, hasta que imito sus zancadas, pero hacia atrás. Cuando se ha aproximado lo suficiente para tocarme, digo a duras penas:
—Espera, ¿qué estás…?
Entonces, pasa de largo ante mí, se arrodilla y coge una fiambrera fucsia del suelo que no he visto al salir con torpeza al jardín. Justo en el centro hay una amalgama de colores brillantes, con estrellas llamativas y un unicornio con la crin brillante.
Le da un par de golpecitos.
—Bueno, aquí solo puede haber pan o drogas. ¿Por cuál apuestas?
Vuelvo a levantar la cabeza con brusquedad.
—¿Por qué iba a haber drogas ahí dentro?
Se encoge de hombros.
—A lo mejor es un perro antidrogas.
—Rocket no es un perro antidrogas.
—Oye, puedes contármelo si está en contra de las drogas.
La niña se echa a reír. Quizá esté acostumbrada a las tonterías de este hombre tan peculiar, pero a mí no me hacen ninguna gracia.
—No es… —Aprieto los labios, manteniendo a raya mi frustración.
—¿Me estás diciendo que tu perro antidrogas no está en contra de las drogas?
Abre la fiambrera. Los restos de la corteza del pan caen al suelo y Rocket se lanza hacia ellos por la hierba, provocándole a la niña un nuevo ataque de risa.