Capítulo 2. Michelle
MICHELLE
Cuando me marché de Seattle, pretendía desaparecer por completo. Por suerte, Copper Run está en mitad de la nada, en Vermont.
Han pasado dos horas desde que salí del aeropuerto en un taxi que huele a humedad.
El conductor, fumador empedernido, mira de nuevo por el espejo retrovisor, como lleva haciendo cada cinco minutos desde que nos ha recogido.
No aparta los ojos de Rocket. Un montón de envoltorios de comida rápida y CD pegajosos están tirados por el suelo del taxi, pero le preocupa que un perro bien adiestrado esté sentado como un centinela en la parte trasera.
—Pagarás un extra por el chucho —me ha dicho mientras lanzaba mi equipaje al maletero.
Juro que Rocket ha gruñido entre dientes ante el insulto, suponiendo que los perros tengan sentimientos.
—Lo sé —le he contestado mientras miraba de soslayo la etiqueta medio caída en el reposabrazos de su asiento, donde se leía «Louis».
Le he tendido un fajo de billetes doblados que superaba por lo menos en cien dólares el coste del parquímetro. Ha pasado el pulgar por cada capa antes de guardarse el dinero sin mediar palabra.
Dos horas después, los árboles teñidos de un naranja y castaño tostados pasan a toda velocidad ante la ventana del vehículo. En Seattle, los edificios dan sombra a los escasos árboles, pero aquí solo hay vegetación y vallas. No hay ni un rascacielos a la vista.
Rocket mira por la ventana rota y una ligera brisa le revuelve el pelaje. No saca la cabeza por ella. Hacerlo significaría perder su dignidad. En lugar de eso, se dedica a observar.
Cuando el coche traquetea con fuerza sobre unas antiguas vías del tren, Rocket desvía los ojos hacia mí como si dijera: «No irás en serio, Shelly».
Se remueve en el asiento con un bufido. No me molesto en acariciarlo. No le gustaría. Odiar el contacto físico es lo único que tenemos en común.
—¿Es aquí? —gruñe Louis desde el asiento del conductor.
Me inclino sobre la consola central y observo las otoñales colinas doradas y rojizas que poco a poco se abren para revelar un cartel enmarcado por una celosía blanca.
¡bienvenidos a copper run!
—Sí.
Tras pasar el cartel hay un puente rojo cubierto, pequeño y de un solo carril, que desemboca en la plaza del pueblo.
—Madre mía, parece una escena de Viviendo a tope —comenta Louis al mirar por el parabrisas desde el otro lado del volante.
Un parque pintoresco, flanqueado por tiendas, está cubierto de balas de heno y calabazas.
Unos banderines blancos y naranjas cuelgan entre las farolas.
Justo en el centro del parque hay un cenador blanco adornado con guirnaldas de luces naranjas y hojas otoñales.
Han colocado dos espantapájaros en el banco del interior, apoyados en el respaldo.
Las aceras están salpicadas de pizarras con caballete que anuncian las ofertas especiales del día.
Unos carteles de madera colgados de toldos indican la finalidad de cada local: una farmacia, un videoclub o una pastelería.
La mayoría de los escaparates que cubren los establecimientos del suelo al techo están decorados con murales de más espantapájaros y calabazas.
Otro cartel rodeado por una celosía, junto al parque, anuncia copper run , como si ya se nos pudiera haber olvidado.
—¿Qué vienes a hacer aquí? —se interesa Louis.
—Voy a dirigir un bed and breakfast . —Es una frase que no habría pronunciado hace treinta días.
—Estarás de broma, ¿no? —comenta tras ahogar una carcajada.
—No estoy de broma —repito.
Extiendo el mapa y delineo con el dedo las carreteras marcadas en amarillo y azul. Este lugar es minúsculo en el plano. Seguro que solo hay dos semáforos y nos los hemos saltado.
—A la izquierda por aquí —le indico.
La plaza da paso a largas aceras rodeadas por casas de dos pisos con torreones y porches que recorren todo su perímetro.
Las hojas cubren el suelo, aunque en algunos patios las han amontonado.
Un grupo de niños en bicicleta, de pie sobre los pedales, pasan a nuestro lado a toda velocidad.
Un crío de unos tres años camina a trompicones ante un columpio colgado en un árbol.
Una mujer lo sigue con una cámara de vídeo.
En el lado opuesto de la calle, una pareja mayor pasea cogida de la mano.
—Un pueblecito mono, ¿eh? —observa Louis.
Vuelvo a mirar el mapa.
—Gira a la derecha.
Doblo el plano, pero, cuando las dobleces no se alinean a la perfección, lo meto de cualquier manera en el bolso. Me tiemblan las manos y sé exactamente por qué.
Mi inquietud alcanza su punto álgido en mi garganta cuando reconozco la enorme casa blanca al final de la calle. Balanceándose entre dos cadenas colgadas de un poste blanco hay un cartel de madera pintado con letras en cursiva: Bird and Breakfast .
La casa colonial de dos plantas está impecable.
Una valla con estacas blancas rodea el camino de adoquines que lleva al porche perimétrico, donde descansan dos sillas y un balancín que se mece por la brisa.
Un ventanal sobresale por un lado y, a través del cristal, intuyo un banco corrido de madera y cortinas de encaje.
Unos rosales perfectos flanquean el camino de entrada entre el hotel y la casa contigua.
Estoy tan distraída que casi se me olvida decir que esta es la casa. Louis pisa el freno y estiro el brazo para evitar que Rocket caiga al suelo. Juro que entorna los ojos marrones con expresión de «Odio todo esto».
—Ya, ya —musito.
Tras detenernos, cojo la correa de Rocket del bolso y se la engancho al collar. Los dos descendemos del coche.
Respirar aire fresco después del humo del taxi es un alivio.
Copper Run huele a hojas secas y brisa penetrante.
También se advierte un toque de algo cálido en el viento, una especie de pan horneado.
Quizá una tartaleta o galletas en el horno.
Mazzy Star tararea desde la ventana abierta de los vecinos.
Louis abre el maletero y, sin demasiadas ceremonias, deja las dos maletas en la acera. No intercambiamos ni una sola palabra de despedida. Solo cuando se aleja, el peso de mi decisión acaba por alcanzarme.
«Mierda».
Rocket me mira, por lo que arqueo las cejas.
—Estoy bien.
Tras dar un paso al frente, abro la puerta de la valla de estacas blancas.
Rocket, reticente, trota ante mí. Nuestros pasos hacen crujir las hojas recién caídas sobre el camino rocoso, acompañados del repiqueteo de las maletas a mis espaldas, que solo se interrumpe cuando las cargo para subir los escalones rechinantes de la entrada, con el bolso colgado del hombro.
Rebusco en el bolsillo y saco el llavero que me ha dado mi padre antes de marcharme. Estresado, ha separado cada una de las llaves con el pulgar mientras decía:
—Esta abre la puerta principal. Esta, la trasera, pero tienes que darle una sacudida extra. Esta es la del sótano, pero no la confundas con la de la buhardilla. Se parecen…
Le he dicho que ya me las apañaría, que no tenía de qué preocuparse.
Por fin, encuentro la llave de la entrada principal, la giro en la cerradura y empujo la puerta con vidriera.
Una oleada de aire pesado nos da la bienvenida.
Me pregunto cuándo fue la última vez que entró alguien aquí; si fue mi padre quien bloqueó la puerta tras la visita de mi madre al hospital hace dos meses.
Rocket camina con pasos cautos por el interior, olfateando el ambiente.
—¿Ves algo? —le susurro.
Echa las orejas hacia atrás, como si dijera: «No me metas prisa».
Pongo las manos en alto.
—Vale, vale.
Entro y enciendo las luces. Una lámpara de araña ilumina el vestíbulo.
A la izquierda hay un mostrador delante de una estantería de madera.
Una escalera asciende a un descansillo desnudo antes de girar y continuar hasta la segunda planta.
La moqueta cubre el camino hacia el salón, al otro lado de la recepción, donde la luz del sol se filtra a través del ventanal entre las finas cortinas recogidas.
Los platos y tazas decorativos de cerámica se encuentran dentro de los armarios de cristal del enorme aparador.
En el centro, una alfombra floral se intuye bajo los sillones de color beis con pequeños faldones y reposabrazos acolchados.
Puedo trabajar con todo esto. He promocionado cosas mucho más feas.
Camino por el corto pasillo a la derecha y abro una puerta en la que se indica: solo personal autorizado.
Al cruzarla me topo con una cocina de un tamaño bastante decente.
Unos trapos marrones adornados con uvas y enredaderas están doblados sobre la encimera.
Unas cortinas de color púrpura cuelgan ante la ventana que da al patio trasero. La cafetera vacía está enchufada.
Me dirijo a la puerta trasera y la abro.
Otro camino de piedra serpentea por el pequeño jardín hasta llegar a la valla blanca que separa la hierba del aparcamiento de gravilla, en el que entran unos cuatro coches.
Un vehículo solitario, el Honda plateado de mi madre, ocupa una plaza bajo el árbol más alejado de la casa.
El capó está cubierto por una delgada capa de onduladas hojas marrones.
Rocket tira de la correa, así que se la quito y dejo que corra por la zona vallada.
Antes de salir, recorro un estrecho pasadizo a la derecha.
En el fondo hay una puerta cerrada con un cuadro hecho de punto de cruz que reza: «Hogar, dulce hogar».
Con cuidado, giro el pomo y la puerta gime al abrirse.
Una cama de matrimonio cubierta por una colcha reposa contra la pared.
Una pequeña televisión con un reproductor de vídeo incorporado está en la cómoda, en una esquina.
En la mesilla hay un teléfono inalámbrico y una pequeña pila de libros de Chicken Soup for the Soul , rematada con una diminuta figurita de porcelana de Precious Moments, de las que solía coleccionar mi madre.
Inspiro. Espiro. Sin embargo, no se disipa ni un ápice del aire que me comprime el pecho.