Capítulo 1. Cliff #3
Su tía pone las manos en alto en señal de rendición.
Cuando Tracy se marchó, Carol trató de servir a las niñas de apoyo, pero acabó convirtiéndose en otra figura femenina autoritaria, lo que menos deseaba Emily en el mundo.
Llegados a este punto, mi hija es incapaz de dejar de hacer la misma broma una y otra vez.
Me giro hacia Emily.
—Soy tu jefe hasta que cumplas dieciocho años. La última vez que soplaste las velas, recuerdo contar dieciséis. Y James…
—Josh.
—Ni siquiera va al instituto. ¿Cuántos tiene? ¿Treinta?
—¡Se graduó en mayo! —farfulla Emily—. Solo tiene diecisiete. Si dejaras que viniera a casa alguna vez…
—¿Para hacer qué? ¿Jugar al Monopoly ?
—Seguro que se le da genial gestionar el dinero.
—Porque está ahorrando para la jubilación, ¿no?
Emily echa la cabeza hacia atrás para soltar un gruñido exagerado.
—No es tan mayor.
—Necesito hacer otra pausa —interviene Carol, buscando el paquete de tabaco en el bolsillo delantero.
—¿Puedo robarte uno? —le pregunta Emily.
Inclino la cabeza hacia un lado.
—¿No aprendiste nada del programa de prevención de drogas?
Se encoge de hombros.
—En realidad, hacían que pareciera que fumar molaba.
No logro reprimir una sonrisa mientras niego con la cabeza.
—Menuda niñata estás hecha. Y no mola. ¿Cómo va a molar si lo hace Carol?
—Estoy aquí —se queja mi hermana.
—Tu tía es adulta —continúo—. Puede tomar decisiones horribles con las que arruinarse la vida.
—¿Cuándo podré, entonces, tomar decisiones horribles? —cuestiona Emily.
—Cuando cumplas los cincuenta.
—Ah, vaya, para entonces quizá también tenga edad suficiente para empezar a salir con Josh —rebate irónica.
Esbozo una sonrisa.
—Ese viejo carca estará muerto para entonces.
A regañadientes, adopta una expresión divertida mientras se coloca los cascos sobre las orejas de nuevo.
—Te voy a cocinar el plato que menos te gusta esta noche —bufa—. El peor de todos.
—Lo estoy deseando, peque.
Le tiendo la mano para que me choque los cinco y Emily no puede resistirse a concedérmelo antes de sacar el discman del bolsillo de la chaqueta vaquera, darle al Play y avanzar por la acera con pesadez, alejándose de la plaza, de camino a nuestra calle.
Miro a Carol, de cuyos dedos surge una nube de humo.
—Llevaba el pintalabios corrido —comenta.
—Es verdad —canturrea Betty, asintiendo solemne. Está fuera de la bocatería, fingiendo que barre.
«Cotilla».
—Yo también lo he visto. —Dolly, en la librería tres puertas más allá, inclina la regadera vacía sobre las flores secas.
Winston suelta una carcajada desde su taburete.
—Tienes problemas.
Es imposible tener una conversación privada en este pueblo.
—Sí, sé que lo llevaba corrido —les confirmo a todos.
No está siendo fácil criar a una adolescente.
No hay ningún cursillo sobre qué clase de tampones debo comprarle y cómo se le dice: «No, no puedes escaquearte de las clases para ir a ver a tu novio.
Por favor, deja de pedírmelo». Emily me ha asegurado que su madre ya le ha dado «la charla», pero no sé si creérmelo porque a Tracy le gustan las conversaciones difíciles menos incluso que a mí, lo que significa que lo más probable es que deba hablar con ella pronto.
Lo añadiré a la lista, junto con recordarle a Brittany que no debe pelearse con nadie por la falsa racha de victorias de un adulto.
Crío a mis niñas día a día, semana a semana. Siempre hay algo nuevo. Ojalá los problemas vinieran con meses o años de diferencia. A veces todo ocurre a la vez, el mismo día.
Carol vuelve a cruzar la calle y la sigo. Le robo el cigarro de la mano y lo apago contra el cenicero que hay sobre la papelera.
Contempla la colilla antes de musitar:
—Gracias.
—De nada.
Dentro, el teléfono suena. Entrelazo los dedos tras la cabeza y vuelvo a toda prisa a la pastelería.
—Espero que sea Trace —musito.
—No caerá esa breva —se burla Carol.
—Salúdala de mi parte —grita Betty.
Le enseño los pulgares, perezoso, sin mirarla. Tras rodear el mostrador, inspiro hondo y cojo el auricular.
—Pastelería Burke’s.
Espero oír la disculpa de mi exmujer, pero en su lugar me recibe un balbuceante:
—Hola, Cliff. ¿Qué tal va el día?
Dejo escapar el aliento contenido.
—Ah, hola, George. ¿Qué tienes para mí?
Cojo el bolígrafo situado junto al cable del teléfono y garabateo el pedido habitual de George en el cuaderno. Cuanto más habla, más consciente soy de que Tracy todavía no ha llamado. De nuevo.
La familia Burke permanece unida con cinta de carrocero, pegamento y la vieja madera de esta pastelería.
Pero al menos estamos juntos, supongo que no puedo pedir nada más.
Será mi exmujer quien me envíe a la tumba antes de tiempo por el estrés que me genera, al menos podría pasar el rato con Birdie en el cielo.
Un fogonazo amarillo se filtra por las ventanas francesas de la pastelería. Levanto la vista y capto el retazo de un taxi al pasar. No sé cuándo fue la última vez que vi un taxi cruzar Copper Run a toda velocidad.
Me inclino sobre el mostrador mientras George sigue murmurándome al oído para mirar a través de la ventana trasera del coche. Dentro, un estirado border collie ve pasar los edificios de la plaza central. Y, a su lado, una mujer preciosa que me resulta familiar le da la vuelta a un mapa.