Capítulo 1. Cliff #2
—Ah. —En broma, me golpeo la frente con la mano—. Qué tonto. Claro, ¡Steve!
Brittany suelta una carcajada, a la vez que se vuelve a sorber la nariz.
Se me había olvidado que ahora llamábamos por su nombre al luchador del año.
Carol ha hecho que se obsesione con Steve Austin (no me fastidies, ¿no había otro?) y está subiendo puestos en la lista de mi hija de seis años de hombres a los que admirar, justo por encima de los Backstreet Boys.
Sea como sea, su madre me mataría si se enterara. Si llamara algún día a tiempo.
Ejerzo una ligera presión en los hombros de Brittany.
—Venga, ya sabes que no va a perder.
—Pero Luke dice que sí.
—Bueno, pues dile a ese pequeño gamberro que se equivoca ahora y siempre, y que debería ponerse las pilas, ¿vale?
Mi hija comienza a repetir las palabras para sí, como si recitara las frases de una obra de teatro.
—No se lo digas tal cual —me apresuro a añadir—. Lo que se dice en la pastelería, o cerca de ella, se queda en la pastelería, ¿vale?
—Pero a Birdie se lo contábamos todo.
Emily y yo intercambiamos una mirada.
—Claro —añado despacio, volviendo a centrarme en Brittany—. Pero recuerda que Birdie era la excepción. Lo que se dice en Bird & Breakfast se queda también en Bird & Breakfast.
Birdie Cadell y su encantador y silencioso marido, Paul, llevaban un año dirigiendo Bird & Breakfast. Desde que los Cadell se mudaron al hotel junto a nuestra casa, y dado que Brittany nunca ha visto un jardín sin poder contener las ganas de cruzarlo corriendo, no tardamos en hacernos amigos.
Birdie solía cuidar de Brittany después de clase y Emily se aprovechaba de sus galletas sobrantes.
A las chicas les está costando adaptarse a su ausencia.
—Echo de menos a Birdie —susurra Brittany.
Emily se estremece.
—Oye, ahora está en un lugar mejor, ¿recuerdas? —la consuelo, aunque me encantaría que mis palabras también calaran en su hermana.
Brittany asiente despacio y me pregunto si estará reviviendo nuestra conversación sobre la muerte en la puerta de la capilla del velatorio de Birdie.
Hicimos un largo viaje por carretera en pleno verano hasta Seattle para presentar nuestros respetos, pero no tengo ni idea de cuánto recuerda Britt sobre la muerte.
Lo único que sé es que le encanta sacar el tema.
—¿Crees que Sara será divertida? —pregunta mi pequeña.
Me encojo de hombros.
—No lo sé. Eso espero.
Cuando llamamos a Birdie mientras estaba en el hospital, antes de que se sometiera al bypass, mencionó que su hija Sara se encargaría del hotel.
En broma, le dije que era demasiado pronto para hacer planes de contingencia, pero imagino que debía de saber más que yo.
Supongo que Sara vendrá en algún momento, pero, dado que aún no hemos recibido ninguna carta o llamada de Paul, vamos a ciegas.
—¡Cliff! —Levanto la mirada y me encuentro a Betty asomada a la puerta de su bocatería—. ¿Necesitas ayuda?
Le quito importancia con un gesto.
—Todo bien, Betts.
Dirige la mirada hacia Brittany antes de centrarla de nuevo en mí.
—¿Seguro?
Desestimo el comentario moviendo con más ahínco la mano.
—Todo bien, Betts.
—Bueno, avísame si…
—Por supuesto.
Me arde la cara. Betty es solo el comienzo.
No tardarán en salir más cabezas por la puerta del resto de los establecimientos.
Todos los habitantes de Copper Run son igual de insistentes a la hora de ayudar.
Mierda, incluso yo lo haría. Sin embargo, lo último que quiero es cargar a mis agradables vecinos con asuntos tan tontos.
—¿Tengo que volver? —pregunta Brittany.
—¿Adónde? ¿Al cole?
Asiente. Yo resoplo. Madre mía, mi hija tiene una pinta horrible con los ojos hinchados y el sube y baja del pecho, sin aliento, como si acabara de correr una maratón.
—No —concluyo con un suspiro—. No tienes que volver a clase. Id dentro. Haré galletas. —Juguetón, le tiro de la coleta—. Llamaré a la escuela para que no se piensen que has muerto.
Se le ilumina la mirada.
—¿En serio?
—En serio.
Le doy unos golpecitos en la espalda y, como si hubiera presionado un interruptor, se echa a reír con los brazos extendidos, imitando a un avión, al tiempo que entra en la pastelería.
—Solo una galleta, ¡eh! —grito, pero no me oye. O no quiere oírme.
Chasqueo la lengua y miro a Emily.
—Me la acaba de jugar, ¿no?
Sonríe.
—Obvio.
Gruño al mismo tiempo que se coloca los auriculares sobre las orejas. Introduzco un dedo por un lateral para volver a quitárselos.
—¿Tú no deberías estar en el trabajo? —le pregunto—. Lisa te va a matar.
—Ya he acabado —responde, encogiéndose de hombros.
Emily se pasa las tardes trabajando en la oficina de correos al otro lado de la plaza, y esa debería ser la única razón por la que no estuviera en clase ahora mismo.
Pero Lisa, la vieja cartera que sigue viva de milagro, es de las que piensan que puedes salir del trabajo en cuanto hayas terminado tus tareas.
Suelo estar de acuerdo, pero conozco a mi hija.
Mierda, sé demasiado bien lo que es ser adolescente en Copper Run.
—Has dicho que has visto a Brittany en el videoclub. —Entorno los ojos—. ¿Qué hacías allí?
Se tensa y se encoge de hombros. Conozco esos gestos.
—Fui a ver qué películas nuevas habían traído esta semana —se excusa.
Se le da fatal mentir.
—Estabas con ese chico otra vez.
Emily abre mucho los ojos.
—¡No!
Formo una única línea con las cejas.
—¿En serio?
Levanta la barbilla.
—En serio.
—Entonces, no estabas haciéndole una visita a James…
—Josh.
—Cierto. Lo que yo he dicho.
Entorna los ojos hasta que son un reflejo de los míos. Sé lo que está pensando y ella sabe que lo sé.
—Vale —admite—, estaba pasando el rato con Josh.
—Ajá…
—Pero he pensado que… como estoy sacando buenas notas… Me preguntaba si…
—No —gruño, presionándome con el pulgar y el índice el puente de la nariz.
Emily se da una palmada en los muslos.
—Ah, venga. Llevamos saliendo dos semanas.
—No es tiempo suficiente como para merecer una invitación a mi casa.
—Ni que fueras un rey.
—Tú misma lo has dicho.
—Papá…
—A tu habitación, Em.
—¡Ni siquiera estamos en casa! —replica, señalando la acera.
—Te lanzaré hasta allí.
Se detiene. Se muerde el labio para reprimir una carcajada.
—¿Con un cañón?
—Con un cañón —confirmo con una sonrisa.
Cruza los brazos sobre el pecho.
—No eres mi jefe.
Carol suelta un bufido.
—Qué suerte tienes.
—Lo que tú digas, Carol —escupe Emily.