Un otoño para ser feliz Capítulo 1. Cliff
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Capítulo 1. Cliff

Cliff

Tengo la mala costumbre de fulminar el teléfono con la mirada. Con los brazos cruzados, la lengua contra la mejilla y dando golpecitos con el pie. Quizá no sea justo, pero este cachivache no suena cuando lo necesito, así que ¿quién es la víctima en este caso?

—¿Estás segura de que no había ningún mensaje para mí esta mañana? —pregunto, inclinándome sobre el mostrador de la pastelería donde mi hermana contempla con la misma intensidad que yo un cuadro enmarcado de unas magdalenas—. ¿Carol?

—No queda bien —se queja.

—¿El cuadro?

—No queda bien —repite.

—Claro que sí —replico. Abro la puerta holandesa que da al recibidor de baldosas de linóleo y me seco las manos en el delantal—. Está genial.

A decir verdad, no sé qué diferencia hay entre este y el último cuadro que eligió, pero con Carol no puedo mostrar el mínimo atisbo de duda.

Lleva semanas redecorando el interior de la pastelería.

Las paredes verdes originales primero se volvieron rosas y posteriormente amarillas.

Las sillas de hierro se vieron reemplazadas por unas de madera oscura y después por otras de madera clara.

No ha tocado aún las vitrinas, pero les doy una semana.

Luego, seguro que desaparecerán también.

Por mí, como si el local tiene carteles de neón anunciando cervezas, razón por la que ella se encarga del diseño y yo no.

Mi misión es hornear. Ella es el cerebro de la pastelería Burke’s. Yo, las manos.

Carol pasea los ojos por los ventanales que cubren las paredes.

Winston, el pintor, está subido a un pequeño taburete en la acera, dando los últimos retoques a nuestro mural temporal, compuesto de hojas otoñales, espantapájaros, calabazas y manzanas.

Le he pedido que añada una tarta, pero dice que no sabría dibujarla, así que nos tendremos que conformar con las manzanas.

Carol deja escapar un suspiro melancólico.

—Yo no podría hacerlo.

—Claro que no. Para eso hemos contratado a Winston. El mural está quedando genial —la tranquilizo de nuevo.

Miro el teléfono del mostrador. Pensaba que había sonado. Quizá no.

—No funciona. —Carol descuelga de la pared el cuadro de las magdalenas, lo coloca en el suelo y camina con firmeza hacia el exterior.

La sigo, dejando la puerta entreabierta para poder oír el teléfono si suena.

Se levanta una ligera brisa, por lo que me meto las manos en los bolsillos del pantalón vaquero.

El frío que hace ahora en Copper Run no se parece ni de lejos al que hará en los próximos meses.

Estamos a principios de septiembre y las hojas han comenzado a cambiar su color verde veraniego por un intenso caoba y oro bruñido.

Es el primer día en el que el viento sopla de verdad y arremolina las hojas en torno a mis pies.

—¿Qué opináis? —pregunta Winston desde la acera señalando el mural del escaparate, con el pincel inmóvil en el aire.

—Una maravilla —digo—. Tu mejor trabajo hasta el momento.

—Carol parece estresada.

—Le molesta no tener tanto talento como tú.

Reprime una risita.

—A todos les gustaría tener un don como el mío.

Al pasar, le doy una palmadita en la espalda.

—Buen trabajo intentando que no se te suba a la cabeza, amigo.

Como respuesta, me dedica un saludo militar.

Sigo a Carol por la calle hasta la plaza central. Mete la mano en el bolsillo trasero y saca un paquete de cigarrillos. Arqueo las cejas.

—Cierra el pico, Clifford. Mañana lo dejo.

Pongo las manos en alto.

—No he dicho nada.

Enciende el mechero, da una larga calada y expulsa el humo por una de las comisuras de los labios en dirección contraria.

—Soy un caso perdido —gime Carol.

Si las personas fueran dulces, Carol sería un cannolo . Cuando muerdes uno, aunque haya salido perfecto, se agrieta y solo queda el relleno esponjoso. Carol siempre parece a punto de mostrarme su lado tierno.

Suspiro, rodeándole los hombros con el brazo.

—No eres un caso perdido.

—No hago nada bien.

Siempre se ha mostrado muy crítica consigo misma, pero últimamente aún más.

Todos estamos de los nervios desde que Birdie Cadell murió en verano, aunque lidiamos de manera distinta con la pérdida.

Yo horneo dulces en exceso. Carol fuma. Al menos se aleja lo suficiente de la pastelería para que el olor a tabaco no se cuele en el local.

Agita la mano por el aire para alejar el humo.

—¿Alguna vez te has sentido así? ¿Como si fueras un fracaso total?

—No.

Me dedica una mirada fulminante y sonrío.

—Oye, nos aseguramos de que los cruasanes queden esponjosos y de abrir la puerta a las seis. —La agarro del hombro y la sacudo—. Basta con hacer esas dos cosas bien. Lo demás da igual. Solo es una pastelería, Carol.

Ladea la cabeza.

—Solo es una pastelería —repite, burlona—. Eres un mentiroso.

Tiene razón. Por supuesto que no es solo una pastelería vieja. Es nuestra pastelería; en la que me zambullí de cabeza hace dos años y está prosperando más de lo que debería. La pastelería Burke’s es mi mayor logro y uno de mis mayores problemas. Me encanta.

—El cuadro de las magdalenas da igual, ¿vale? Lo estás haciendo genial. Lo prometo.

Carol me dedica una tenue sonrisa y yo la estrecho contra mi costado.

—Gracias —musita.

—Ahora, pongámonos en marcha.

Carol arruga la nariz.

—No eres mi jefe.

Se me escapa una carcajada.

—En teoría, sí.

—A veces te odio.

—No tanto como Emily.

Suelta un bufido.

—¿Estás de broma? Emily te adora.

—Ah, claro. —Chasqueo los dedos—. Se me olvidaba que era al revés. Mi hija me quiere.

—Idiota —sisea Carol mientras esboza reticente una sonrisa y me da un golpecito en el hombro—. Al igual que el resto de los adolescentes, algún día verá la luz.

—No tentemos a la suerte.

—A lo mejor acaba siendo un desastre como su querida tía —reflexiona tras darle otra calada al cigarro—. Ay, mierda, soy un desastre.

Le arrebato la colilla de los dedos y la presiono contra el cenicero de la papelera del parque.

—Sí que te odio —gruñe, entornando los ojos—. Ahora lo digo en serio.

—No lo dudaba.

Me reclino contra la farola, pero me sobresalto cuando una guirnalda de luces anaranjadas en torno al poste se me clava en la espalda.

Han decorado la plaza de Copper Run para el Festival de la Cosecha.

Las aceras están cubiertas de paja, los espantapájaros permanecen erguidos al lado del cenador blanco y un puñado de calabazas cubre una esquina del parque.

Tengo que decidir qué venderé en el puesto.

El año pasado, la pastelería Burke’s se quedó sin existencias de la tarta de manzana con crujiente de galleta.

Carol estira un pie y aplasta las hojas caídas en la acera.

—¿Y… ha llamado la reina malvada?

Golpeo con los nudillos la farola y me acaricio la mejilla con la lengua.

—No seas cruel.

—¿Lo ha hecho?

—No —respondo—. Y no había ningún mensaje para mí, ¿verdad?

—Va a ser que no.

Asiento.

—Entonces, no. Nada.

—Pero es lo normal.

—Por desgracia, sí.

Mi exmujer llama a nuestras hijas desde Nueva York cada semana, aunque es habitual que se le olvide.

La he llamado dos veces desde el domingo, pero he acabado hablando con el contestador en ambas ocasiones.

Han pasado dos años desde que Tracy se marchó de Copper Run y me preocupo por ella, pero más por su relación con nuestras hijas.

Si Carol es un cannolo , Tracy es un tronco de Navidad: más difícil de hornear de lo necesario y presente solo una vez al año. Carol me coloca una mano en el hombro con calidez y respondo con una sonrisa algo forzada.

—Vamos —digo—. Se acabó la pausa para el cigarrillo.

—A la orden, jefe.

—Sabía que acabarías aceptándolo.

Nos disponemos a cruzar la carretera, pero al final de la calle, de camino a la pastelería, están mis hijas. Por un segundo, creo que se me ha retrasado el reloj; sin embargo, cuando miro… No, aún no se han acabado las clases.

—¿Qué diablos…? —Recorro la acera y tiendo la mano para evitar que la florista, Sandra, me golpee con la furgoneta.

Divertida, toca la bocina, aunque se le desmorona la sonrisa al ver mi expresión de preocupación.

—¡Lo siento, Cliff! —grita por la ventanilla.

Le enseño el pulgar, indiferente. Llego hasta mi hija de dieciséis años, que ya está deslizándose la correa de la mochila por un brazo. El llavero choca con el cemento, produciendo un tintineo.

—Emily, ¿qué ha pasado? —pregunto, paseando los ojos de una a otra.

Se encoge de hombros.

—He visto a Brittany en la puerta del videoclub.

—¿Y no se te ocurrió enviarla de nuevo a la escuela? —pregunto mientras me dirijo a toda prisa a mi hija de seis años y me agacho para estar a su altura.

—Estaba llorando —me explica Emily.

—¿Cómo ha logrado salir sin que la haya visto nadie?

Se encoge de hombros.

—¿En el recreo? No lo sé.

Aunque las dos niñas tienen el pelo rubio miel de su madre, no podrían ser más diferentes.

Emily ha heredado mi cabello liso, que lleva más largo que nunca y le cae en cascada hasta la mitad de la cazadora vaquera sobre los finos auriculares que tiene colgados del cuello.

Viste una camiseta de rayas con el ombligo al aire, dejando al descubierto un ápice de piel desnuda sobre los pantalones vaqueros.

Le he sugerido que no se lo ponga, claro está, pero siempre se muestra un poco desafiante, lo que me encanta.

En el extremo opuesto del espectro está Brittany, de seis años, con un peto blanco y deportivas con purpurina.

Tiene el pelo ondulado recogido en una coleta con una goma de color fucsia.

No es tan rebelde como Emily, pero imita a su hermana lo suficiente como para que la confianza no sea un problema.

Le acuno las mejillas y le seco el rastro de lágrimas con el pulgar.

—Britt, ¿qué ha pasado?

—Luke ha dicho… —Se frota la nariz con el dorso de la mano tras sorbérsela—. Ha dicho que Steve iba a perder el combate.

Entrecierro los ojos.

—¿Steve? ¿Quién es Steve?

—Steve, papá. —Se señala la camiseta. Sobresaliendo por la parte superior del peto hay un hombre calvo con un chaleco de cuero.