Un otoño para ser feliz Prólogo #2
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Prólogo #2

Papá tiene la mano apoyada en el lomo de Rocket, acariciándole ausente el aterciopelado pelaje blanco y negro.

Tras un par de palmaditas, el border collie aparta la cabeza lejos de él.

Deambula hasta la pared contraria antes de lanzarme una mirada con la que parece decir: «Ale, ya lo he consolado.

¿Feliz?». A continuación, se deja caer sobre las patas traseras con más fuerza de la necesaria.

Le tocaba a Allen encontrar a alguien que se ocupara de Rocket hoy. Como era de esperar, no se molestó en hacerlo; igual que tampoco se molestó en decirme con tiempo que heredaría a su perro en el divorcio porque no podía sacarlo del país.

Rocket no me hace caso. Apenas deja que nadie lo acaricie.

Pero ¿qué puedo hacer? El perro solo tenía dos posibles destinos: o quedarse conmigo, o seguir a Allen hasta un refugio.

A un dandi como Rocket lo habría horrorizado y no soy ni de lejos tan despiadada.

A decir verdad, el perro no debería estar en la capilla, pero no molestará a nadie. Bueno, a mí, haciéndome el vacío.

Mi padre ha dejado caer la mano junto a su costado, allí donde estaba Rocket, por lo que estiro el brazo y se la rodeo con los dedos.

—Hola —musita con una sonrisa apagada.

—¿Cómo vas?

—De maravilla. —Las bolsas bajo sus ojos me cuentan una historia distinta—. ¿Y tú?

—Bien —respondo.

Me suelta la mano para coger el colgante que llevo sobre el pecho.

—¿Es el de tu madre? —Toquetea la delgada cadena que serpentea hasta el hueco de mi clavícula—. Estás muy delgada.

—Estoy bien —repito.

—Se le daba genial elegir cosas bonitas —comenta mi padre, más para sí que para mí—. El collar. Las sábanas del hotel. ¿Sabes? Hay unas servilletas que le encantan. Las de lino con las… —Se le quiebra la voz.

—Papá…

Se retuerce las manos mientras lanza un vistazo a la puerta cerrada que lleva a la capilla que no está tardando en llenarse.

—¿Quién ha venido?

—Al parecer, todo el pueblo de Copper Run.

—Ah —contesta con un amago de sonrisa en las comisuras de los labios—. Buena gente.

—Eso he oído.

—¿Qué tal lo está llevando Allen? —se interesa.

De forma involuntaria, aprieto los dientes.

—Bien.

—¿«Bien» es tu respuesta para todo hoy?

Se me escapa, reticente, una pequeña carcajada.

—Sí.

De reojo, veo que Rocket me mira a través de sus rasgados ojos perrunos.

Aprieto los puños. El perro parece saber que necesito sacar el tema del divorcio, igual que el extraño de ahí fuera.

Sin embargo, ¿cómo se lo digo a Sara y a mi padre?

«Hola. Vuestra hermana/hija de casi treinta años, adicta al trabajo, no ha sabido salvar su matrimonio».

Allen, a sus cuarenta y dos años, se va a mudar al otro lado del charco por un puesto como médico y le va de fábula con una mujer que tiene la misma edad que yo cuando nos conocimos.

Sara se angustiará, pero no quiero que nadie sienta lástima por mí. Allen ya no me quiere y no voy a obligarlo a quedarse a mi lado. Era la decisión más lógica. La correcta. Aunque tampoco quiero anunciarla a bombo y platillo.

—¿Cómo voy a volver? —susurra mi padre con un suspiro.

—¿Ahí fuera? —pregunto.

—Al hotel —me aclara, tembloroso—. No tengo ni idea de dónde lo guarda todo. Se encargaba de las facturas, el calendario… Ay, madre, no puedo llamar a los huéspedes. Es la temporada más ajetreada. Casi no hay habitaciones libres. No puedo… No puedo…

Inhalo.

—Oye, nos las apañaremos. Como siempre.

—Tú siempre te las apañas —contesta—. Eres tan fuerte como ella.

—No, es Sara quien más se parece. Tiene su fuerza y su energía. Le irá genial en el hotel.

Asiente una y otra vez antes de frotarse las sienes.

—Es verdad. Es verdad. Le saldrá solo. Es verdad.

Ambos sabemos que Sara posee todos los rasgos buenos de mi madre. Su afabilidad y positivismo; su lado creativo y entusiasta. Son las características perfectas para heredar un bonito bed and breakfast . No como las de la distante hija mayor. Tampoco es que lo quisiera.

Sara por fin se graduará en la escuela de arte en diciembre. Después, ocupará el puesto de manera impecable. Siempre y cuando nuestro padre pueda encargarse de él hasta entonces. Ahora mismo no parece tener el control de nada.

La puerta de la capilla chirría al abrirse y el murmullo de las conversaciones inunda la sala.

Se me tensa el cuerpo cuando Allen cruza la habitación, relajado, al tiempo que sus zapatos de Valentino repiquetean sobre el suelo de linóleo con cada zancada.

Rocket corre hacia él, moviendo entusiasmado el rabo.

Allen lo calma con una palmadita antes de apartarlo.

—¿Estás lista, Shelly?

Quizá sea la falta de sueño, pero la petición no consigue abrirse paso por la neblina de mi mente. Mi padre empieza a levantarse.

—¿Tenemos que…?

—No —lo interrumpo, colocándole una mano en el hombro.

Allen y yo somos personas prácticas. Su mente racional es uno de sus rasgos más atractivos. Sí, es un poco frío, pero yo también. Siempre nos hemos entendido… y respetado. Al menos, hasta hoy. Su necesidad poco apropiada de mantener las apariencias ahora le importa más que el luto de mi familia.

Sara se acerca con el ceño fruncido. En las manos lleva un ramo de flores.

—Es de un hombre que hay ahí fuera.

Se las tiende a mi padre, pero las intercepto porque así es una cosa menos de la que debe encargarse.

Sara pasea los ojos de Allen a mí.

—¿Va todo bien?

Mi exmarido exhala, impaciente.

«Por favor, hoy no», vocalizo. Él niega con la cabeza.

—Shell…

Cierro los ojos con fuerza.

—Dame un segundo.

—No me lo pongas más difícil —articula Allen, arrastrando las palabras.

—¿Qué pasa? —se preocupa mi padre.

—No es nada, papá. Solo…

Y entonces Allen lo suelta, sin más.

—Nos hemos divorciado. —Las palabras retumban entre las paredes y el bajo techo.

Tiene los ojos muy abiertos, igual que los míos. Creo que no esperaba decirlo tan alto ni yo que sonara tan brusco.

—Mañana ya no estaré por aquí —continúa Allen, ajustándose las solapas de la chaqueta—. Tengo que irme al aeropuerto.

Noto el pulso en el cuello, las manos y las piernas. Me estoy clavando una de las espinas de las flores en la palma.

—Siento que hayáis tenido que enteraros así —concluye Allen ante el largo silencio tras mirar el reloj—. Necesito irme ya. Os acompaño en el sentimiento. —Lo dice como si no hubiera formado parte de la familia durante cinco años.

Comienza a alejarse de manera casual, con la misma indiferencia.

Rocket trata de seguirlo, pero Allen niega con la cabeza.

La sangre me hierve, borboteándome en la garganta y las mejillas.

Me duele el pecho por el calor. No sé si estoy triste, asustada o enfadada.

Por desgracia, entre luchar y huir, no me enorgullece decir que lo primero es mi modo activado por defecto.

Lo sigo con largas zancadas, emergiendo de la sala adyacente a la capilla principal de nuevo. El murmullo de conversaciones me rodea. El aire frío que se filtra por la puerta abierta de la capilla me agita el pelo y hace revolotear el papel que envuelve el ramo.

—Deberíamos haber esperado —escupo.

Allen se gira sobre los talones, mira a izquierda y derecha, y se acerca a mí.

—No, deberíamos habérselo contado antes —musita con un hilo de voz.

—¿Cuándo exactamente? —susurro entre dientes, con el cuerpo tenso por la rabia.

Elevo cada vez más la voz, haciendo que se remueva en el sitio.

«Bien, siéntete incómodo»—. ¿En el hospital?

¿Tras el infarto? ¿Antes del bypass? ¿O en la sala de espera, cuando tu compañero nos dijo que no había dado resultado?

El pelo rubio de Allen, antes peinado con cera hacia atrás, se está descontrolando. Veo las vetas blancas que le salpican las sienes antes de que intente colocarse un mechón mientras inspira hondo.

—Deberíamos habérselo dicho el día en que lo decidimos —sentencia—. ¿Ves? Ese es tu problema, Shelly…

—No tengo ningún problema.

—Debería haber supuesto que lo mantendrías en secreto todo lo posible. No le cuentas nada a nadie. Ni a mí. Ni a tu familia. Reprimes las emociones hasta que explotan. Bueno, felicidades. Aquí está la explosión.

Pestañeo rápido, irguiéndome aún más y apretando los puños.

—Yo no…

Se inclina hacia mí y sisea:

—¿Por qué crees que he tenido que buscar a otra persona que me hiciera sentir como un compañero?

Echo la cabeza hacia atrás de forma tan brusca que parece que alguien me ha agarrado del pelo y ha tirado de él. Apenas logro expulsar las palabras en un susurro:

—¿Qué has dicho?

—Eres una estirada. Ya no sabes divertirte.

—Está enumerando mis defectos con los dedos—.

Tienes que encargarte de todo. ¿Alguna vez se te ha pasado por la cabeza que no es lo que quería?

¿Que nadie quiere algo así? Y tienes unos estándares imposibles.

Por favor, si ni siquiera pudiste perdonar a tu madre por…

Crac. Al principio, creo que es el sonido de mi corazón al romperse. Entonces, me doy cuenta de que he echado la mano hacia atrás y le he dado una bofetada en la mejilla.

Jadeo. No puedo respirar.

Allen pestañea mientras poco a poco la forma rosada de mi mano le aparece en la cara. Aún impasible, añade:

—Te mereces estar sola.

Las palabras, firmes y concisas, me pitan en los oídos.

Paso a su lado a toda prisa y cruzo la puerta doble de la capilla.

El viento silba al enmarañarme el pelo. Una gota de sudor me recorre la parte baja de la espalda.

Las espinas del ramo me penetran en la piel.

Las primeras hojas otoñales flotan desde los árboles.

Los coches tocan la bocina. Alguien está escuchando una música reguetonera en el extremo de la calle.

Tiene razón.

Hiervo de rabia y estallo. Mi mundo se ha descontrolado. Todo está fuera de control.